Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 13: La primera cena
El último cliente se fue hace cinco minutos, la chica de la laptop roja cerró su ordenador, bostezó y desapareció por la puerta con un tintineo apagado. Ahora Offline está en silencio, solo el rumor de la nevera y el goteo lejano de la máquina de café enfriándose.
Jean mira el reloj de la pared, ya tendría que haber cerrado hace diez minutos, no es que haya pasado nada especial, solo que la rutina del cierre se alarga cuando uno está nervioso. Y lo está. Los dedos le tiemblan mientras apila las tazas sucias y ha tenido que volver a contar el cambio de la caja dos veces porque la primera no le salían los números.
Nico sigue sentado en la mesa del fondo, tiene el cuaderno abierto, pero lleva un rato sin pasar la página. A veces mira a Jean, a veces mira el móvil, a veces mira la ventana donde la tarde se ha ido apagando hasta dejar solo un hilo anaranjado en el horizonte. No ha dicho nada en todo este tiempo, no ha preguntado "¿cuánto falta?" ni ha mirado el reloj con impaciencia. Solo espera.
Jean apila los platos en la bandeja, cuatro mesas aún están sucias: restos de servilletas, posos de café, migas de pasteles. Normalmente las limpia al final, cuando ya ha guardado todo, es su ritual: primero la barra, luego la máquina, luego las mesas, y por último el suelo.
Pero hoy el ritual le pesa.
—¿Necesitas ayuda? —pregunta Nico.
Jean lo mira. El chico rubio tiene la cabeza ligeramente ladeada, una expresión neutral, como si la pregunta no fuera trampa.
—No —responde—, ya casi termino.
Nico se levanta de la mesa, no pide permiso, se acerca a la bandeja donde Jean ha ido dejando los platos sucios, coge una bayeta del balde y se dirige a la mesa más cercana.
—No hace falta —dice Jean, más seco de lo que quería.
—Lo sé. —Nico pasa la bayeta sobre la superficie de madera, un gesto firme, eficaz—. Pero si lo hacemos los dos, terminaremos más rápido. —Levanta la cabeza, sonríe— y podremos salir antes.
Jean se queda mirándolo, quiere decir que no, que eso es su trabajo, que no necesita que un cliente le limpie las mesas, pero las palabras no le salen. Hay algo en la forma en que Nico se ha puesto a limpiar sin esperar respuesta, como si fuera lo más natural del mundo, que le desarma.
—Está bien —dice al fin.
Se ponen a limpiar, cada uno a un lado de la sala, las bayetas pasan sobre la madera, borrando los restos del día. El silencio no es incómodo, es una pausa compartida, como si estuvieran ensayando algo que aún no tiene nombre. Jean siente la mirada de Nico en la nuca mientras terminan de fregar la última mesa, no le molesta, eso es lo extraño.
Cuando terminan, Nico se queda de pie, mirando a Jean.
—Ya está —dice Jean—, voy a cambiarme.
Nico asiente, se sienta otra vez en su mesa, esta vez sin el cuaderno, solo espera.
El vestidor de los empleados es un cuartito al fondo del pasillo, al lado del almacén, una percha, un espejo empañado por el tiempo y una silla de plástico donde Jean deja su mochila. Cierra la puerta, se apoya contra ella un momento, cierra los ojos.
Estás loco, se dice, en serio aceptaste la invitación de un universitario.
Abre los ojos, se mira en el espejo. El uniforme azul marino, la coleta baja, el mechón suelto sobre la sien, es el mismo que se ha visto todos los días durante meses. Pero hoy algo es diferente, hoy va a salir de aquí con Nico, a cenar. Se quita el delantal, lo cuelga en la percha, se desabrocha los primeros botones de la camisa y luego se detiene.
Recuerda la voz de Nico: Te queda bien el pelo suelto.
Se queda inmóvil un segundo, luego baja las manos, se quita la goma. El pelo cae sobre sus hombros, castaño, ondulado, un poco más largo de lo que debería. Se mira en el espejo, no se ve distinto, pero algo ha cambiado.
—¿Qué estás haciendo, Jean? —se pregunta en voz baja.
Baja la mirada, un gesto que le sale solo, encoge los hombros, como si quisiera ocupar menos espacio, es su manera de pedir disculpas sin hablar, de decir no te preocupes, no voy a molestarte, antes de que alguien pueda rechazarlo.
Niega con la cabeza, suspira, se cambia rápido, sin mirarse más: vaqueros desgastados, una camiseta negra. No es lo que le hubiera gustado llevar para salir a cenar pero es lo único que tiene en el vestidor, no había planeado esto, no ha tenido tiempo de prepararse. Cuando termina, se queda un momento frente al espejo, pasándose una mano por el cuello de la camiseta. Su propia mirada le devuelve una pregunta que no sabe responder.
Sale del vestidor.
Nico está de pie junto a la barra, con las manos en los bolsillos. Lo ve salir, ve el pelo suelto, la camiseta negra, la forma en que Jean camina hacia él con los hombros ligeramente encorvados.
No puede evitar sonreír.
—Listo —dice Jean.
—Listo —responde Nico.
Y salen juntos a la calle.
La noche está fresca, sin rastro de la lluvia que había amenazado durante la tarde, las farolas dibujan círculos de luz naranja sobre la acera y el aire huele a escape de coches y a las flores del jardín de algún vecino. Caminan en silencio, no es un silencio tenso, es el de dos personas que aún no saben cómo llenar el espacio entre ellas, pero no tienen prisa por hacerlo.
—¿Te gusta la comida japonesa? —pregunta Nico al cabo de un rato.
—No sé —responde Jean—, nunca la he probado.
—¿Nunca?
—Suelo comer en casa o en algún sitio rápido cuando termino tarde, nunca he ido a un restaurante de esos.
Nico lo mira, hay algo en la forma en que Jean dice eso, sin dramatismo, como si fuera lo más normal del mundo, que le hace sentir una cosa rara en el pecho.
—Entonces vamos a eso —dice—. Conozco un sitio, no está lejos.
—Está bien.
Giran en la siguiente esquina, el local es pequeño, fachada de madera oscura, una linterna de papel junto a la puerta. Dentro hay pocas mesas, la mayoría ocupadas por parejas o grupos pequeños, huele a salsa de soja y a té.
Se sientan junto a la ventana, la camarera les deja las cartas y se va.
Nico hojea la suya sin mucha atención, ya sabe lo que va a pedir, pero Jean tarda más; mira los nombres de los platos como si fueran palabras en otro idioma.
—¿No sabes qué pedir? —pregunta Nico.
—No sé ni lo que es la mitad de esto.
—¿Quieres que te recomiende algo?
Jean asiente. Nico se inclina un poco hacia adelante, señala con el dedo en la carta de Jean.
—Esto es sushi, pescado crudo con arroz. Si no te gusta el pescado crudo, esto otro es tempura: verduras o pollo rebozados.
—¿Y eso? —Jean señala un nombre que no sabe pronunciar.
—Ramen. Fideos con caldo. Está muy bueno, sobre todo cuando hace frío.
Jean lo mira, la luz del restaurante es cálida, tenue, y le dibuja sombras suaves en el rostro.
—Pues ramen —dice.
Nico sonríe, pide dos ramen y algo de té. La camarera se va. El silencio vuelve, pero ahora es más pequeño, más llevadero.
Nico se recuesta en la silla, mira a Jean. El pelo suelto le cae sobre los hombros, y a veces se le escapa un mechón sobre la mejilla, igual que cuando lo lleva recogido. No se lo acomoda, parece nervioso o inquieto, o las dos cosas.
—¿Puedo preguntarte algo? —dice Nico.
—Depende —responde Jean.
—¿Cuántos años tienes?
Jean arquea una ceja.
—¿No es un poco tarde para preguntar eso?
—Nunca es tarde para conocer a alguien.
Jean se queda callado un momento, baja la vista a la mesa, a la servilleta doblada, al vaso de agua.
—Veintiocho —dice.
Nico ni siquiera parpadea. Asiente, como si esa información ya la hubiera sabido siempre.
—Yo veinte —dice Nico.
Jean siente un vuelco en el estómago, ocho años, es demasiado, pero no puede decir que no lo esperaba, se lo había imaginado, más o menos, veinte, tal vez veintiuno. Alguien que va a la universidad, que nada, que dibuja en los márgenes de sus cuadernos, no es una sorpresa. El problema es que imaginarlo no es lo mismo que oírlo, escucharlo lo hace real. Ocho años, su madre le habría dicho que está loco. Quizá lo está, pero también es demasiado tarde para echarse atrás.
—Me lo imaginaba —dice al fin, en voz baja. Suelta un suspiro que no sabe si es resignación o rendición—. Más o menos.
Nico sonríe, esa sonrisa fácil, abierta.
—¿Cuál es tu nombre completo? —pregunta.
—Jean. Solo Jean.
—¿Sin apellido?
—Con apellido, pero no viene al caso.
Nico no insiste, toma un sorbo de agua.
—Yo soy Nicolás —dice—. Pero solo mi madre me llama así cuando se enfada.
Jean casi sonríe. Casi.
El té llega, la camarera llena las dos tazas pequeñas y se va, el vapor se eleva en espirales blancos.
—¿Y qué te gusta hacer, Jean? Cuando no estás en Offline.
Jean envuelve las manos alrededor de la taza, el calor le llega a los dedos.
—No mucho —dice—. Leer, a veces, ver películas, cosas normales.
—¿Nada más?
Jean duda, no tiene por qué decirlo, no tiene por qué compartir nada, pero la pregunta de Nico no es agresiva, es solo curiosidad, y la forma en que lo mira le hace bajar la guardia.
—Solía hacer fotos —dice—, hace años.
—¿Fotos? ¿De qué?
—De todo. Luces, sombras, gente en la calle, cosas que me llamaban la atención.
Nico se queda callado, no aparta la mirada.
—¿Y por qué lo dejaste?
La pregunta cae suave, como quien no quiere hacer daño, pero a Jean le duele igual.
—La vida —dice—. Pasaron cosas y lo dejé atrás.
El ramen llega los dos se quedan en silencio mientras la camarera deja los cuencos humeantes sobre la mesa. Jean mira el suyo: el caldo oscuro, los fideos, el huevo partido en dos, la carne.
—Huele bien —dice.
—Prueba —dice Nico.
Jean toma los palillos, no es experto, pero se las arregla. El primer sorbo de caldo le llena la boca de calor, suspira sin querer. Nico sonríe.
—¿Bueno?
—Sí —dice Jean y luego, más bajo—. Gracias.
Comen en silencio, no es un silencio incómodo, es el de dos personas que comparten una comida y no necesitan hablar todo el tiempo.
Cuando los cuencos están casi vacíos, Nico vuelve a hablar.
—¿Y tu cámara? ¿La tienes todavía?
Jean levanta la vista.
—Sí.
—¿Y no la usas?
—No, lleva años sin funcionar.
—Podrías arreglarla.
Jean suelta los palillos sobre el borde del cuenco, la pregunta le ha removido algo, no sabe si es rabia o tristeza.
—No es tan fácil —dice—, no es solo la cámara.
—¿Entonces qué?
Jean se queda callado, mira la ventana, el reflejo de la luz del local sobre el cristal, las sombras de los peatones que pasan.
—Dejé eso atrás —dice al fin—, fue parte de... otra vida
—Pero te gustaba.
—Eso no importa.
—Claro que importa. —Nico inclina la cabeza, lo mira con una intensidad que Jean no sabe cómo interpretar—. Si te gustaba, importa.
—Ya es demasiado tarde para retomarlo —dice Jean, y suena más duro de lo que quería.
Nico guarda silencio un momento, el ruido del restaurante, las otras mesas, el tintineo de los palillos, todo parece lejano.
—Si te gustaba de verdad —dice, en voz baja—, todavía se nota en tus ojos.
Jean siente que el aire se le hela en el pecho, no sabe qué responder, las palabras de Nico son demasiado sinceras, demasiado cerca de algo que no quiere sentir. Baja la vista, mira sus manos sobre la mesa.
—No es tan sencillo —repite, pero esta vez su voz no tiene fuerza.
—Ya sé —dice Nico—, pero podría empezar por arreglar la cámara.
Jean no responde, el tema de la cámara se queda flotando entre ellos, como una pregunta que ninguno se atreve a formular del todo.
Terminan de comer y Nico paga la cuenta antes de que Jean pueda ofrecerse. "Ya pagas la próxima", le dice, igual que la otra noche en el cine, Jean no insiste. Salen a la calle, la noche se ha vuelto más fresca, las farolas siguen dibujando sus círculos naranjas sobre la acera. Caminan despacio, sin dirección, hasta que llegan a la esquina donde Jean siempre dobla.
—¿Te acompaño? —pregunta Nico.
—No hace falta, está cerca.
—Está bien —dice Nico.
Se quedan uno frente al otro, con medio metro de distancia que los separa, la luz de la farola les dibuja sombras largas en el suelo.
—Gracias por la cena —dice Jean.
—Gracias por aceptar —responde Nico.
Jean duda, quiere decir algo más pero no sabe qué, nunca sabe qué.
—Hasta mañana —dice al final.
—Hasta mañana, Jean.
Nico sonríe, Jean siente que algo en su pecho se afloja, aunque no quiere. Se da la vuelta, camina hacia su casa sin mirar atrás, pero esta vez, cuando dobla la esquina, sonríe. Una sonrisa pequeña, casi invisible.