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LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna) / Completas
Popularitas:23.2k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7 — Salma y las hijas que nadie reclamó

El domingo amaneció igual de gris que toda esa semana, pero esta vez Lían no estaba leyendo el periódico.

Estaba sentada en la oficina del segundo piso del Lotus, con tres libros de contabilidad abiertos sobre el escritorio, una taza de café del horrible enfriándose al lado y un dolor de cabeza creciéndole detrás de los ojos.

Llevaba dos horas leyendo números.

Y los números no le cuadraban.

—Sofía —llamó por el intercomunicador, una de las cosas del siglo que sí le había gustado aprender a usar.

—¿Dime?

—Sube. Trae paciencia.

Sofía apareció en la oficina dos minutos después, con un vaso de jugo verde que olía a pasto picado.

—¿Qué es eso?

—Apio, manzana y jengibre.

—Sofía, eso es comida de cabra.

—Eso es lo que te tomas todos los días, Vale. Desde hace cinco años. Tómatelo.

Lían lo agarró. Lo miró. Pensó en las cien cosas más útiles que podría estar haciendo con esa media hora de su vida. Bebió un sorbo. Sabía exactamente como olía.

—Sofía.

—¿Qué?

—Necesito que me expliques estos libros.

Sofía se sentó del otro lado del escritorio y se inclinó sobre las páginas.

—¿Qué no entiendes?

—Entiendo lo que entra. Entiendo lo que sale en sueldos, en alquileres, en las cosas del club. Lo que no entiendo es esto.

Lían señaló una columna con el dedo. Una columna larga, llena de números altos, sin descripción clara, marcados con códigos de tres letras.

—Esto.

Sofía miró. Suspiró. Cerró el libro despacio.

—Esto es lo que más te enorgullecía, Vale.

—¿Y qué es?

Sofía la miró un segundo. Como si dudara. Después abrió otra vez el libro en la misma página.

—Esto son rescates.

Tardaron una hora en revisarlo todo.

Cada código de tres letras era una mujer. Las iniciales del nombre que la chica había escogido al llegar al Lotus, no el nombre con el que la habían vendido. Cada cifra era lo que Valentina había pagado para sacarla.

Eran muchas.

Lían contó. Cuarenta y siete en cinco años.

Cuarenta y siete mujeres compradas en subastas clandestinas, en remates privados, en negociaciones directas con tratantes que creían estar vendiéndolas para prostíbulos de tercera. Cuarenta y siete mujeres que Valentina había metido en el Lotus, había alimentado, había vestido, había hecho revisar por un médico, y a las que después les había dado a elegir.

—¿Elegir qué?

—Tres cosas —dijo Sofía—. Si querían quedarse a trabajar en el Lotus como una más, con su porcentaje, con sus reglas, podían. Si querían irse y empezar de cero en otra ciudad, Vale les pagabas el viaje y les daba dinero para seis meses. Si querían denunciar, las acompañabas a la policía y les conseguía abogado.

—¿Cuántas se quedaron?

—Catorce. Las que están abajo. Andrea, Camille, Mei, Salma, las demás.

—¿Y las otras treinta y tres?

—Repartidas por el continente. Algunas te escriben todavía. Otras prefieren olvidar. Una está estudiando medicina. Otra tiene un restaurante. Una se casó con un panadero y tiene dos hijos.

Lían dejó el libro sobre el escritorio.

Se quedó mirando los códigos un rato largo.

Hijo de puta. Esta mujer hacía el bien y nadie lo sabía.

No, eso no era cierto. Alguien sí lo sabía. Sofía. Probablemente las catorce de abajo. Y nadie más en el mundo.

—¿Por qué no lo contaba?

Sofía se encogió de hombros.

—Decías que el bien que se cuenta deja de ser bien y se convierte en publicidad. Y que la publicidad atrae a los hijos de puta.

—¿Eso lo decía con esas palabras?

—Casi. Decías "los pendejos".

Lían sonrió. Una sonrisa pequeña.

Valentina, querida. Me caes mejor cada día.

A las tres de la tarde, Lían bajó al salón principal.

El Lotus durante el día era otra cosa. Sin luces bajas, sin música, sin clientes. Las chicas andaban en bata y chanclas, fumando en la barra, mirando series en una televisión que alguien había puesto sobre una mesa, peleándose por el último pedazo de torta de la nevera.

Lían se sentó en uno de los banquillos altos. Camille le pasó un café sin que ella lo pidiera. Más café del horrible. Bien. Era lo único constante en esta vida nueva.

—¿Vale? —Salma estaba al otro extremo de la barra, lavando una taza—. ¿Necesitas algo?

—Que vengas un segundo.

Salma dejó la taza. Se acercó.

Era una mujer de unos veintisiete años, morena, alta, con el cabello recogido en una trenza larga y una cicatriz fina que le bajaba desde la mandíbula hasta el cuello. Los recuerdos de Valentina llegaron rápido: Salma había llegado al Lotus ocho meses atrás, comprada en una subasta del norte. Tenía un hijo de cinco años que vivía con su madre en otro país, al que ella mandaba plata todos los meses. No quería irse. Decía que el Lotus era el primer lugar donde nadie le había pedido nada que ella no quisiera dar.

—Salma, siéntate.

Salma se sentó. Lo hizo con cuidado, como las chicas que han aprendido a no ocupar más espacio del necesario.

—Quiero preguntarte algo.

—Lo que sea, Vale.

—¿Cómo fue lo tuyo? Lo de la subasta.

Salma se quedó quieta un segundo.

—¿Por qué preguntas?

—Porque acabo de leer en un libro lo que pagué por ti hace ocho meses, y la cifra me pareció baja. Quiero saber si me hicieron una mala oferta o si tú vales menos de lo que pensé.

Salma parpadeó.

Y entonces se rió. Una risa corta, sorprendida.

—Vale, qué hija de puta eres.

—Lo intento.

Lían le hizo seña al asiento del lado. Salma se acercó más. Camille les puso a las dos un trago corto sin preguntar.

—En serio —dijo Lían, ya con otro tono—. Cuéntame.

Salma tomó aire.

—Me sacaron de mi casa hace dos años. Yo trabajaba en un café en la frontera. Un cliente me ofreció un trabajo mejor en otra ciudad. Me fui con él. La otra ciudad era un sótano. Estuve dos años pasando de un sótano a otro. Cuando llegué a la subasta donde tú me viste, ya no recordaba mi nombre completo. Llevaba diez meses sin verme en un espejo.

Lían no contestó.

—Cuando me compraste, pensé que iba a empezar otro sótano. Pensé que las mujeres también compran mujeres ahora, qué progreso. Me trajiste aquí. Me dejaste dormir tres días seguidos en un cuarto con cerradura por dentro. Al cuarto día me sentaste a la mesa y me preguntaste si quería quedarme, irme o denunciar.

—¿Y qué dijiste?

—Te pregunté si podía pensarlo. Tú me dijiste que tenía un mes para decidir. Y mientras pensaba, podía vivir aquí sin trabajar. Me pagabas un sueldo por nada. Por estar.

Salma bebió un sorbo de su trago.

—Pensé un mes entero. El último día te dije que me quedaba. Tú me dijiste bienvenida a casa.

Silencio.

—¿Tú no te acuerdas, Vale?

—Me acuerdo —mintió Lían, y por dentro le sonó a verdad—. Solo quería oírtelo decir otra vez.

Salma le tomó la mano por encima de la barra. La apretó.

—Estás más blanda desde el hospital, Vale. Está bien. Te queda.

Lían tragó saliva.

—No estoy más blanda. Estoy concentrada.

—Como digas.

Salma le soltó la mano. Se levantó. Volvió a sus tazas.

Lían se quedó sentada un rato largo, mirando el trago corto que Camille le había servido.

Hijo de puta, Valentina. Te hubiera caído bien.

Volvió a la oficina a las cinco.

No por trabajo. Por algo que se le había encendido en la cabeza desde la mañana y que no la dejaba en paz.

Abrió el cajón principal del escritorio. El que ya había revisado dos veces sin encontrar nada importante. Esta vez buscaba algo distinto.

Tardó veinte minutos. Casi en el fondo, debajo de unos contratos viejos, encontró una carpeta delgada. Sin nombre, sin etiqueta. Adentro, un solo papel.

Una invitación.

No tenía membrete. No tenía firma. Solo cuatro líneas escritas a mano con letra apurada:

La Asamblea — próxima reunión.Cuatro de febrero. Once de la noche. Casa Verde, kilómetro veintisiete sur. Una invitada. No más.

Lían se quedó mirando el papel.

Cuatro de febrero. Un mes exacto.

Una subasta.

Le pasaron por la cabeza, ordenadas, las cosas que sabía:

Dante Rivas buscaba a su hermana por cinco años.

Camila había desaparecido en una subasta como esa, Valentina no la habría guardado en el cajón del fondo si no pensara ir.

Lían se quedó con el papel entre los dedos.

Hija de puta. Querías ir, ¿verdad, Valentina? Tenías otra chica en la mira. Otra niña a la que ibas a salvar antes de que Renata te metiera el champán envenenado.

Cuarenta y siete chicas en cinco años. La cuarenta y ocho se había quedado sin rescatadora.

Lían dobló el papel despacio. Lo guardó en el bolsillo interior del saco.

Pensó en Dante un segundo. En el hombre que había entrado al Lotus sin mirar a las chicas. En la foto de los ojos verdes sobre la mesa. En los cinco años que llevaba buscando.

No era amistad. Tampoco era promesa. Era un dato útil. Si encontraba algo en esa subasta, algo de Camila, algo de la red entera, podía usarlo. Por la chica que Valentina no llegó a rescatar. Por las chicas que vinieran después. Y por la cuenta pendiente que Renata todavía no sabía que iba a pagar.

Lían apagó la luz de la oficina.

Bajó al salón.

Las chicas seguían en bata, en chanclas, en torno a la tele.

Se sentó en el banquillo al lado de Salma. Le pidió otro café.

Por primera vez desde que había despertado en este siglo, sintió algo que no era venganza ni furia ni cálculo.

Era algo más parecido a un trabajo.

Y le gustó.

1
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
excelente estrategia
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
esto se puso bueno
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
jajaja me encanta
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
ahí caramba eso es mucho billegas 🤣
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
me pregunto si Sofía ya está clara en que es una reencarnada o solo cree que la otra habla así a lo loco de la muerte 🤔🤔
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
jajaja me encantaría ver si bien no sus bailes al menos sus vestuarios la corona esa hermosa máscara que la cuida 🥰🥰
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
esto se puso sospechoso
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
excelente
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alguien me explica cómo se hizo famosa tan rápido jajaja los reservados del viernes debes cobrar todo al triple sacan plata pero sin vender su cuerpo y eso te dará mucho más capital para ayudar a más chicas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
me encanta la novela amaría que tuviera imágenes o fotos para disfrutar mas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
y cobrales con intereses a todos mi ciela
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
al menos está Clarita que lo va a mandar a freír espárragos si es que vuelve🤬
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
hablando de cobardes 🤷🏼‍♀️
Roxana C Añez
Me enamoré de la historia, fue... refrescante leer algo tan original.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Roxana C Añez
Podrá haber sido un pendejo... pero está parte me dolió 🥺
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺
Corina Galantti
una historia hermosa, muy triste, pero con final FELIZ! ME ENCANTÓ. BENDICIONES ESCRITORA
Celia Maza
muy pero muy buena. tenía tiempo que no leía una novela asi
Elizabeth Delvicier
bien fuerte en época machista donde los hombres comían de cada plato y las mujeres tenían que esperar para ser visitadas en sus alcobas
Evelyn
Me encanta como escribes yo leo desde México y me encanta la protagonista una mujer empoderada y que no se dela dominar por nadie
Guadalupe Flores
👏👏👏👏👏👏 Que bonito final. Se fue en paz Valentina. No me gustó que muriera Lucía. Y me quede con ganas de ver más sufrir a Remata. Jajaja felicidades escritora muy bonita novela
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