Aleska es una jovencita ilusionada con su boda, con una vida de amor y felicidad, pero llega la traición, la peor de todas.
Su prometido la vende a mafiosos, ¿la razón?, quiere deshacerse de ella lo más rápido posible, ha conseguido enamorar a una niña rica, la cual quiere que termine lo más rápido con esa pobretona. Pero cuando ella había perdido las esperanzas, algo extraño pasa, ¿una coincidencia?, ¿algo planeado?, nadie lo sabe, o tal vez solo una persona lo sepa.
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Cap. 14 Creo que se van a llevar bien
Drago la miró, y por primera vez desde la confesión, una sonrisa verdadera, cargada de admiración y de un desafío compartido, apareció en sus labios.
—¿Tienes idea de por dónde empezar a buscar un fantasma de hace treinta años?
—Sí —respondió Aleska, un brillo de determinación en sus ojos.
—Por donde nadie buscaría: por el vigilante que murió. No por los papeles, sino por la gente. Por su familia. Si hay una prueba física, alguien la guardó. Y la gente… la gente siempre tiene un precio, o un rencor.
Drago asintió, lentamente. La alumna había superado al maestro. No solo había aceptado la verdad, había diseccionado el problema y propuesto una solución ofensiva.
—Bien —dijo, acercándose.
—Entonces la guerra cambia de fase. Ya no nos defendemos. Cazamos. Juntos.
—Juntos —confirmó Aleska.
Y esta vez, cuando sus miradas se encontraron, no había sombras entre ellos. Solo la fría y clara luz del próximo movimiento en el tablero.
La alianza había sobrevivido a su prueba más dura. Y había salido más fuerte, no por el amor, sino por la elección consciente y la estrategia compartida. La cocina había sido su campo de batalla privado, y había ganado la batalla más importante: la de su propia convicción.
La estrategia era de dos frentes. Internamente, Drago y Aleska movían sus piezas en silencio, rastreando el rastro frío del documento a través de contactos antiguos y sobornos discretos. Externamente, la misión de Aleska era consolidarse como una figura social ineludible, una espina clavada en el costado de Valentina y Clarissa.
Fue Elena quien dio el siguiente golpe maestro de relaciones públicas. En una cena íntima en su mansión, presentó a su hija, Mónica Volkov. Tenía 24 años, el pelo castaño rizado y una sonrisa fácil que no tenía la dureza calculada de su madre.
Era inteligente, pero sin malicia; heredera, pero sin la ambición corrosiva de Clarissa.
—Creo que se van a llevar bien —había dicho Elena, con una mirada cómplice hacia Aleska.
—Y Aleska necesita amigos de su… generación. No puede pasarse la vida solo entre lobos viejos y víboras.
Tenía razón. Con Mónica, Aleska no tenía que interpretar el papel de la heredera ruso-griega perfecta. Podía bajar un poco la guardia. Hablaban de arte, de viajes que Aleska nunca había hecho pero sobre los que Sofía la había hecho estudiar, y de la absurda pomposidad de ciertos círculos sociales. Se hicieron amigas de inmediato, o al menos, surgió una genuina simpatía y una alianza estratégica.
Y así, Mónica se convirtió en el pasaporte de Aleska a los espacios más exclusivos y casuales de la juventud dorada, muchos de los cuales también eran territorios de influencia de Clarissa. Donde iban, causaban sensación: la misteriosa y elegante Sra. Krutoy y la alegre heredera Volkov.
Fue en un desayuno en el Club del Lago, un reducto de cristal y madera donde las mamás como Valentina planeaban matrimonios y las hijas como Clarissa fingían desinterés, donde Mónica soltó la bomba.
Estaban en una mesa junto al ventanal, con vista a los jardines. Mónica, después del tercer mimosa, le lanzó una mirada de complicidad femenina a Aleska.
—Oye, tengo que confesarte algo —dijo, bajando la voz aunque nadie estaba cerca.
—El tío Drago… está guapísimo para su edad. En serio. Esas canas, esa postura… da un aura de… no sé, de hombre que lo ha visto todo y aun así sigue de pie. Eres su esposa, no me digas que no te has imaginado… ya sabes.
Aleska casi se atraganta con su té. La mirada que le lanzó a Mónica no fue la de Sofía (fría y calculadora), sino una mezcla de alarma genuina y una furia íntima porque la chica había tocado un nervio que ni ella misma quería examinar demasiado.
—Mónica —dijo, con el tono de advertencia que usaba Drago.
—¡Vamos! —insistió Mónica, riendo.
—No seas mojigata. Dicen que los hombres mayores saben lo que hacen. O al menos lo sospechan. Debe ser… intenso, ¿no? Toda esa concentración, ese poder que irradia… enfocado en ti. Uf. Me da curiosidad, solo por el estudio antropológico, claro.
Aleska la fulminó con la mirada, pero por dentro, una ola de calor le subía por el cuello. Porque era cierto. En la quietud de la noche, en los momentos de silencio cargado después de planear su venganza, sí se lo había imaginado.
¿Cómo sería la intimidad con un hombre como Drago? ¿Sería fría y transaccional, como su matrimonio en el papel? ¿O sería posesiva, dominante, reflejando el control absoluto que tenía sobre todo lo demás? ¿O habría, debajo de las cicatrices y el peso de su pasado, una intensidad contenida, una pasión que solo alguien que hubiera sobrevivido al infierno como ellos dos podría entender?
Su piel se estremeció al recordar el olor de él: una mezcla de jabón caro, whisky suave y ese aroma a poder y masculinidad pura que no era una colonia, sino una emanación de su ser. Era un pensamiento prohibido, una distracción peligrosa en medio de una guerra. Y Mónica, con su curiosidad desinhibida, lo había sacado a la luz del desayuno.
—Tu ‘curiosidad antropológica’ se está metiendo donde no le importa —dijo Aleska, recuperando la compostura, pero su voz sonó un poco más ronca de lo normal.
—Drago y yo tenemos un… entendimiento. No es el tipo de matrimonio del que se chismorrea en el club.
—Eso lo hace aún más interesante —susurró Mónica, con picardía, antes de cambiar de tema al ver que Aleska podía estrangularla con su servilleta de lino.
El resto del desayuno, Aleska estuvo distraída. Cada vez que veía a alguna conocida de Clarissa o Valentina lanzarles una mirada envenenada desde otra mesa, la satisfacción era doble.
Sí, tenían al enemigo enojado, y eso era una ventaja. Pero ahora también tenía este nuevo y desconcertante sentimiento revolviéndose en su estómago, mezclado con el jugo de naranja.