Alfredo siempre creyó que el odio tenía justificación.
Homofóbico, violento y consumido por los prejuicios que heredó de su padre, pasó toda su vida despreciando aquello que no entendía… hasta el día de su muerte.
O eso creyó.
Porque al abrir los ojos nuevamente, ya no era Alfredo.
Ahora es Andrei Macías: un joven omega de piel canela, heredero de una poderosa familia de comerciantes y víctima de una tragedia que destrozó su vida.
Atrapado en un mundo donde los hombres pueden ser marcados, deseados y quebrados, Andrei deberá enfrentarse no solo a los nobles que lo lastimaron… sino también al hombre cruel que alguna vez fue.
Pero entre heridas, segundas oportunidades y un temido general extranjero de fama sanguinaria, descubrirá algo que jamás imaginó:
Tal vez el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte a sobrevivirte a ti mismo.
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capitulo 5
—Dame nombres.
Elena abrió los ojos de golpe.
—¿Q-qué?
—Los nombres de las personas que estuvieron involucradas.
La joven palideció visiblemente.
—Yo… señor, no sé si debería decir algo así…
—¿Por qué no?
—Porque el señor Gael probablemente querría hablarlo primero con usted.
Rodé los ojos automáticamente.
El gesto salió tan natural que incluso yo mismo me sorprendí.
Claro.
Seguía siendo tratado como alguien frágil.
—Déjalo así entonces —murmuré apoyándome contra el respaldo de la silla—. Solo cuéntame lo que recuerdes.
Elena dudó.
—Amo…
—Todo —la interrumpí—. No omitas detalles.
La observé fijamente.
—Desde la mañana de ese día. Cuando desperté. Lo que hice. Con quién hablé. Todo.
La joven permaneció en silencio unos segundos antes de asentir lentamente.
—Sí… yo estuve con usted todo el día.
Algo extraño atravesó mi pecho al escuchar eso.
Porque significaba que ella probablemente también había visto cómo Andrei terminó destruido.
Elena tomó aire profundamente.
—La celebración por su cumpleaños comenzó desde temprano. La mansión estaba llena de trabajadores organizando decoraciones y preparando el banquete.
Su voz se volvió más suave mientras hablaba.
—Usted parecía feliz ese día.
Feliz.
La palabra me resultó extraña.
—Se levantó muy temprano y pasó casi una hora escogiendo ropa porque el señor Víctor le había enviado un regalo desde el extranjero.
Fruncí levemente el ceño.
—¿Mi hermano?
—Sí. Un conjunto hecho a medida. Azul oscuro con bordados plateados. Le quedaba muy bonito.
Desvié la mirada incómodo.
Todavía no me acostumbraba a escuchar ese tipo de comentarios dirigidos hacia mí.
—Después desayunó con sus padres —continuó Elena—. El señor Gael prácticamente no dejó de presumirlo en toda la mañana.
Eso me sorprendió.
—¿Presumirme?
Ella sonrió apenas.
—Siempre lo hace.
Mi pecho volvió a sentirse raro.
—Luego llegaron los invitados —continuó—. Comerciantes, nobles, militares… demasiada gente importante.
Su expresión se tensó lentamente.
—Y ellos también llegaron.
Levanté la mirada inmediatamente.
—¿Ellos?
Elena asintió despacio.
—Un grupo de jóvenes nobles. Todos alfas.
Sentí una incomodidad inmediata recorrerme el cuerpo.
—Recuerdo que no me gustó cómo lo miraban.
Sus dedos se apretaron nerviosamente.
—Especialmente uno de ellos.
—¿Quién?
Ella dudó otra vez.
—El segundo hijo del marqués Devereux.
El nombre sonó ridículamente pretencioso.
—Era insistente con usted desde que llegó. Intentaba acercarse demasiado. Quería bailar con usted todo el tiempo.
Mi mandíbula se tensó.
—¿Y nadie hizo nada?
—El señor Gael estaba ocupado atendiendo invitados importantes… y usted no quería preocuparlo.
Eso…
eso sí sonaba como algo que alguien amado haría.
Intentar no arruinarle el evento a sus padres.
Elena bajó la mirada.
—Recuerdo que antes de la cena usted empezó a sentirse extraño.
—¿Extraño cómo?
—Nervioso. Caliente. Inquieto.
Sentí un escalofrío.
—Pensamos que tal vez estaba cansado, pero luego…
Su voz se debilitó.
—El aroma comenzó a salir de golpe.
Fruncí el ceño confundido.
—¿Aroma?
Elena abrió ligeramente los ojos.
—Claro… olvidó eso también.
Dios.
Otra cosa más.
—Los omegas producen feromonas, amo. Especialmente durante el celo.
Mi estómago se revolvió inmediatamente.
—Y cuando eso pasó… esos hombres comenzaron a actuar diferente.
El silencio cayó pesado entre nosotros.
—Como depredadores —susurró finalmente Elena
—¿Y luego qué pasó? —pregunté lentamente.
Elena bajó aún más la mirada.
Sus manos temblaban apenas sobre el delantal.
—Si estabas conmigo… ¿por qué te fuiste?
La culpa cruzó su rostro de inmediato.
—Llegó un empleado que nunca había visto antes —respondió con voz baja—. Me dijo que la jefa de sirvientas me estaba buscando urgentemente.
Fruncí el ceño.
—¿Y fuiste?
Ella asintió lentamente.
—Pensé que sería algo relacionado con la fiesta. Había demasiados invitados y todos estábamos ocupados.
Tragó saliva.
—Pero cuando llegué… ella me dijo que jamás me había enviado a llamar.
El silencio comenzó a sentirse pesado otra vez.
—Entonces regresé al salón principal para buscarlo.
Su voz comenzó a quebrarse apenas.
—Pero usted ya no estaba ahí.
Sentí algo incómodo apretarse dentro de mi pecho.
—Le pregunté a otros empleados si lo habían visto, pero nadie sabía nada. Entonces… entonces me asusté.
Elena levantó la mirada apenas un segundo antes de volver a bajarla.
—Fui directamente con el señor Gael y le conté todo.
Pude imaginarlo inmediatamente.
Gael entrando en pánico.
La búsqueda.
El miedo.
—El señor llamó al mayordomo enseguida —continuó ella—. Intentaron mantener todo discreto para no alarmar a los invitados, pero enviaron empleados a revisar toda la mansión.
Su respiración tembló.
—Y después lo encontraron.
El aire de la habitación pareció enfriarse.
—¿Dónde?
Elena cerró los ojos con fuerza.
—En una de las habitaciones alejadas del ala norte.
Sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente.
Ella comenzó a llorar silenciosamente antes de continuar.
—Todos esos hombres lo habían encerrado allí y…
Su voz murió.
Apreté lentamente las manos sobre mi regazo.
—Elena.
La joven negó rápidamente con la cabeza.
—No puedo… —susurró rota—. No puedo decirle lo que vi aquella noche.
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
—Usted… usted era tan amable con todos…
Mi garganta se tensó.
—Y no merecía que esos animales lo trataran de esa forma.
Silencio.
Pesado.
Asfixiante.
Y por primera vez desde que desperté en este mundo…
sentí algo mucho más fuerte que miedo.
Rabia.
Los suaves golpes en la puerta interrumpieron el pesado silencio de la habitación.
Elena se apresuró a limpiarse las lágrimas antes de abrir.
Era otro empleado.
—La cena está servida, joven amo —informó haciendo una reverencia—. El señor Gael lo espera en el comedor.
Elena asintió por mí.
Luego se acercó rápidamente acomodando algunos pliegues de mi ropa con manos todavía ligeramente temblorosas.
—Lo siento… —susurró avergonzada por haber llorado.
No respondí.
Porque honestamente no sabía cómo hacerlo.
Todavía tenía aquella sensación amarga hirviendo dentro del pecho.
Rabia.
Una rabia pesada y desconocida.
Bajamos en silencio por enormes pasillos iluminados por lámparas cálidas hasta llegar al comedor principal.
La mesa era absurda.
Larga.
Elegante.
Demasiado grande para tan pocas personas.
Y aun así solo encontré a Gael sentado en uno de los extremos revisando algunos documentos.
Apenas me vio, dejó todo a un lado.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Hola, hijo —dijo con una pequeña sonrisa cansada—. Ven, siéntate aquí a mi lado.
Obedecí en silencio.
Los empleados comenzaron a servir la comida con rapidez mientras Gael retomaba la conversación como si intentara mantener un ambiente normal.
—Como te comenté antes, Víctor llegará en unos días. Según su carta ya debería haber cruzado la frontera del reino.
Tomó una copa antes de continuar.
—Y tu madre continúa visitando la propiedad de su familia.
Su expresión se tensó apenas.
—Yo decidí no acompañarlo esta vez. Utilicé los negocios como excusa.
Lo dijo casi con alivio.
—Nunca me ha gustado demasiado el ambiente en la casa de tu abuelo.
Fruncí levemente el ceño.
—¿Por qué?
Gael soltó una pequeña risa seca.
—Porque no me agradan los nobles.
La respuesta salió inmediata.
—Siempre pendientes de las apariencias… del apellido… del qué dirán.
Negó suavemente con la cabeza antes de continuar.
—¿Sabías que durante años muchos se negaron a hacer negocios conmigo por mi tono de piel?
Mi corazón dio un pequeño salto.
—Decían que alguien “como yo” no podía dirigir un imperio comercial serio.
Sonrió con ironía.
—Qué tontería, ¿no crees? Como si el color de la piel determinara la inteligencia o la capacidad de una persona.
Gael siguió hablando.
Pero dejé de escucharlo.
Tono de piel.
Las palabras quedaron atrapadas en mi cabeza.
Porque era cierto.
No me había fijado.
Cuando desperté en este cuerpo todo había sido demasiado extraño: la voz, el rostro, el miedo, el dolor, la información sobre ese mundo.
Jamás pensé realmente en eso.
Bajé lentamente la mirada hacia mis manos.
Y finalmente lo vi.
La piel.
Oscura.
Mucho más oscura que la de mi vida anterior.
Mi respiración se cortó un segundo.
Entonces recordé.
Mi padre.
Sus insultos.
La manera distinta en que me trataba comparado con mis hermanos.
Sentí un escalofrío recorrerme entero.
No.
No, no…
Necesitaba verme otra vez.
Necesitaba entender.
Me levanté tan rápido que la silla rechinó contra el suelo.
Gael se sobresaltó inmediatamente.
—¿Andrei? ¿Qué ocurre?
Pero yo apenas podía escuchar.
Porque por primera vez desde que desperté…
realmente estaba viendo este cuerpo.
bendiciones autora y ánimo
bendiciones autora y ánimo