Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Prólogo
Cita
"El musgo no tiene prisa. La lluvia tampoco."
— Proverbio anónimo
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Dedicatoria
Para los que esperan sin saberlo.
Para los que un día dejaron de creer en el para siempre,
y sin embargo siguen abriendo la puerta cada mañana.
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Presentación
El aroma del musgo después de la lluvia es una novela sobre el amor que no grita, sino que susurra. Sobre las heridas que cierran mal y el tiempo que nunca es suficiente. Sobre un alfa que busca algo que no sabe nombrar y un omega que aprendió a no esperar nada. Esta es su historia.
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Prólogo
El musgo no muere. Solo espera.
Jean lo aprendió de niño, en las excursiones al bosque con su abuela. Señalaba los troncos húmedos, las piedras sombrías, y susurraba: "Mira, Jean. Parece seco, pero con un poco de lluvia vuelve a ser verde".
Ahora, a los veintiocho años, Jean se parece a ese musgo.
Trabaja en un cibercafé de la ciudad. Su uniforme es azul marino, su sonrisa es correcta, su pelo castaño cae en una coleta floja de la que siempre escapan mechones. Atiende a los clientes con la precisión de quien ha aprendido a no dejar huella. Ni una palabra de más. Ni una pregunta personal. Ni una esperanza.
Porque las esperanzas, descubrió, duelen.
A los diecisiete se enamoró por primera vez. A los veintiuno se dejó marcar. A los veinticuatro supo que el alfa al que pertenecía llevaba meses viendo a otro omega. La marca sangró durante semanas. El dolor no era solo físico: era saber que el para siempre no existía.
La operación para retirarla le dejó una cicatriz pequeña en la nuca, del tamaño de una moneda, y una glándula dañada que apenas produce olor. Ahora huele a té verde y musgo de bosque, pero tan tenue que la mayoría de la gente ni lo percibe. Es un fantasma olfativo. A propósito.
Mejor así, piensa mientras limpia la máquina de espresso. Menos preguntas. Menos peligro.
Pero hay algo que Jean no sabe.
En algún lugar de la ciudad, un chico de veinte años llamado Nico está a punto de terminar su entrenamiento de natación. Huele a lluvia de verano. Y mañana, por casualidad, entrará en ese cibercafé.
El musgo no sabe que va a llover.
Pero la lluvia ya está en camino.
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Nota de la autora
Esta historia nació de una imagen: un chico que seca tazas en un cibercafé vacío, y otro que entra empapado por la lluvia de verano. No sabía entonces que estaría hablando de la paciencia, de las marcas que duelen años después, y de cómo a veces el amor no grita: solo se queda, espera, respira. El musgo no sabe que va a llover, pero la lluvia ya está en camino. Gracias por acompañarlos en este viaje.
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Agradecimientos
A los primeros lectores que confiaron en esta historia cuando aún era solo un esbozo. A los que saben que el amor más verdadero no siempre es el más ruidoso, sino el que sabe esperar. A los que, como Jean, están aprendiendo que la lluvia puede volver a caer. Y a los que, como Nico, todavía creen que merece la pena buscar.