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Dos Lobos, Una Luna

Dos Lobos, Una Luna

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Mujer poderosa / Amor eterno / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: clau21

Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.

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capitulo 13

...Aprender a Ser Tres...

...****************...

Faltaban 3 semanas.

Elena lo sabía porque no podía dormir más de 2 horas seguidas sin levantarse a orinar, y porque cada vez que se agachaba veía estrellitas.

Los gemelos no tenían prisa.

Ella sí.

“Si nacen esta semana, los dejo en la biblioteca y me voy”, dijo mientras intentaba atarse los zapatos. No podía.

Roran se agachó, se los ató sin decir nada.

Kael le pasó una taza de agua tibia con miel. “Bebe. Te va a dar calambres”.

Ella los miró.

Dos alfas de 1.90, acostumbrados a mandar ejércitos, y ahora su mayor preocupación era si la almohada estaba bien puesta.

“Ustedes no están mejor”, dijo.

Roran se encogió de hombros. “Yo sé cazar. No sé cambiar pañales”.

Kael asintió. “Yo tampoco. Pero aprendemos”.

Esa era la frase del mes: _Aprendemos_.

 

La noche que empezó

Fue a las 2:17 a.m.

Elena se despertó con una sensación rara. No dolor. Solo... presión.

Se sentó despacio.

“Chicos”, dijo en voz baja.

No hacía falta gritar. El vínculo los trajo despiertos en 3 segundos.

Kael estaba en la puerta en un segundo.

Roran ya tenía la bolsa con las cosas lista. La había preparado hace un mes y la revisaba cada noche.

“¿Ahora?”, preguntó Roran.

Elena asintió. “Creo que sí”.

No hubo pánico.

Habían hablado de esto mil veces.

Mara, la curandera, vivía a 2 minutos.

El plan estaba claro.

Lo que no estaba claro era cómo se sentía Elena.

Tenía miedo. Y estaba cansada. Y tenía ganas de llorar sin razón.

Kael se arrodilló frente a ella y le tomó las manos.

“Respira conmigo”, dijo.

Roran le puso una mano en el hombro.

“No estás sola”.

Salieron caminando. No corriendo. Caminando.

Porque si corrían, Elena se iba a caer, y si Elena se caía, los mataba a los dos.

 

El parto

Duró 9 horas.

9 horas de dolor que venía y se iba, de Mara diciendo “vas bien”, de Elena maldiciendo a los dos por haberla embarazado.

Kael no se movió de su lado.

Le sostenía la mano, le limpiaba la frente, le repetía “respira” aunque ella ya quisiera morderlo.

Roran estaba en la puerta la mayor parte del tiempo.

No podía quedarse quieto. Salía, entraba, traía agua, salía otra vez.

Cuando Elena lo miró con cara de “si no entras te mato”, entró y se quedó.

A las 11:32 a.m. nació Lira.

Pequeña, roja, gritando como si le debieran algo.

Elena lloró sin querer.

A las 11:36 a.m. nació Kael Jr.

Más tranquilo. Abrió los ojos y miró a todos como diciendo “ya terminé, gracias”.

Mara los limpió, los envolvió, se los puso en el pecho a Elena.

“Madre e hijos estables”, dijo. “Estás agotada, pero estás bien”.

Elena miró a Kael y Roran.

Los dos tenían cara de haber visto un fantasma.

“Son feos”, dijo.

Roran se rió, cansado.

“Son tuyos. No pueden ser bonitos”.

Kael se inclinó y besó su frente.

“Descansa. Nosotros nos encargamos”.

Elena se durmió con un bebé en cada brazo.

Y por primera vez en meses, no soñó con guerra.

 

La primera noche en casa

Fue un desastre.

Lira lloraba cada 2 horas.

Kael Jr. dormía, pero cuando se despertaba tenía hambre de tres días.

Elena no podía levantarse bien.

Kael no sabía cómo calentar la leche sin quemarla.

Roran intentó cambiar un pañal y salió con la cara verde.

A las 4 a.m. los tres estaban sentados en la cocina, con ojeras, mirando a dos bebés dormidos como si fueran bombas a punto de explotar.

“¿Y ahora?”, preguntó Roran.

“Ahora dormimos 30 minutos”, dijo Kael. “Por turnos”.

Elena negó con la cabeza. “No. Los dos duermen. Yo me quedo”.

“No”, dijeron los dos al mismo tiempo.

Discutieron 10 minutos en susurros.

Al final ganaron ellos.

Elena se acostó.

Kael se quedó con los bebés.

Roran se quedó en la puerta, por si acaso.

Durmieron 1 hora.

Fue la mejor hora de sus vidas.

 

La primera semana

Nadie dormía.

Nadie se bañaba.

Nadie comía caliente.

Mara venía una vez al día a revisar a Elena y a los bebés.

“Normal”, decía. “Cansancio, dolor, leche que no baja. Normal”.

Elena se sentía inútil.

Había dirigido un consejo, ganado una guerra, y ahora no podía hacer que un bebé de 3 kilos dejara de llorar.

Una tarde se quebró.

Estaba sola con Lira en brazos. Lira no paraba de llorar.

Elena se sentó en el suelo y lloró con ella.

Kael la encontró así.

No dijo nada. Se sentó a su lado, le quitó a Lira, y empezó a mecerla.

“Shh”, dijo. “Yo lo tengo”.

Roran entró 10 minutos después.

Vio la escena y sin decir nada se puso a calentar agua para que Elena se bañara.

Nadie dijo “te lo dije”.

Nadie dijo “esto es difícil”.

Lo sabían.

 

La segunda semana

Empezaron a organizarse.

Turnos de 4 horas.

Kael de 10 p.m. a 2 a.m.

Roran de 2 a.m. a 6 a.m.

Elena de 6 a.m. a 10 a.m., luego dormía.

Funcionó. Un poco.

Al menos ahora comían algo.

Elena empezó a salir 10 minutos al día.

Solo al patio. Con un bebé en brazos.

El aire le despejaba la cabeza.

La gente del refugio la veía y no decía nada.

Solo asentían.

Sabían lo que era.

Una tarde, Mireya apareció con una olla de estofado.

“Para ti”, dijo. “Los hombres no saben cocinar”.

Se fue sin esperar respuesta.

Elena lloró otra vez.

Estaba sensible. Lo odiaba.

 

El primer mes

Los bebés empezaron a dormir 3 horas seguidas.

Fue como ganar la lotería.

Elena pudo bañarse sin que alguien vigilara la puerta.

Pudo comer sentada.

Pudo pensar en otra cosa que no fuera “¿respiran?”.

Kael y Roran se volvieron expertos en cosas raras.

Kael podía calmar a Lira con una canción que se inventaba.

Roran podía hacer que Kael Jr. se durmiera con el ruido de su respiración.

Una noche, después de acostar a los dos, se sentaron los tres en la cocina.

Silencio.

Cansancio.

Pero un cansancio bueno.

“¿Valió la pena?”, preguntó Roran.

Elena lo miró.

“Pregúntame en un año”.

Kael se rió.

“Valió la pena. Aunque no duerma en 10 años”.

Roran asintió.

“Yo también”.

Elena se apoyó en Kael.

Roran le puso una manta encima.

Y por primera vez en un mes, se sintió en paz.

 

El segundo mes

Los problemas cambiaron.

Ya no era “no duermen”.

Ahora era “¿por qué lloran si ya comieron?”.

“¿Es fiebre o solo calor?”.

“¿Y si se caen de la cama?”.

Elena dejó de ir a las reuniones largas.

Iba 1 hora, daba instrucciones, se iba.

El consejo no se cayó.

Se sorprendió ella misma.

Kael empezó a llevar a Kael Jr. a entrenar.

No a pelear. Solo a caminar por el patio con él en el pecho.

El niño se dormía con el movimiento.

Roran empezó a llevar a Lira al puesto este una vez por semana.

La gente la adoraba.

“Nuestra Luna chiquita”, decían.

Elena tenía celos.

Y le daba risa tener celos.

Una noche se lo dijo.

“Me da celos que los quieran más a ellos que a mí”.

Kael la miró como si estuviera loca.

“Nadie te quiere más que a ellos. Pero ellos no te regañan por trabajar 14 horas”.

Roran asintió.

“Tienen prioridades claras. Comida, sueño, tú”.

Elena se rió.

“Bueno, al menos estoy en la lista”.

 

El tercer mes

Llegó la primera crisis real.

Lira tuvo fiebre.

39 grados.

No bajaba con paños fríos.

Mara vino corriendo.

Revisó, dio medicina, se quedó toda la noche.

Elena no se movió de la cama.

Kael estaba afuera, caminando en círculos.

Roran estaba en la puerta, hablando con el vínculo como si pudiera convencer a la fiebre de irse.

A las 4 a.m. la fiebre bajó.

Lira se durmió en el pecho de Elena.

Los tres respiraron por primera vez en 12 horas.

“No vuelvas a hacernos eso”, dijo Roran.

Lira no respondió. Dormía.

Kael se sentó en el borde de la cama.

“Si pasa otra vez, me desmayo yo”.

Elena le tomó la mano.

“No va a pasar. Porque ahora sabemos qué hacer”.

Tenía razón.

El miedo no se iba.

Pero ahora tenían un plan.

 

El cuarto mes

Empezaron a salir más.

No lejos. Al mercado del refugio.

Con los bebés en portabebés, con dos guardias detrás, con la gente sonriendo y tocando los pies de los niños.

Era raro para Elena.

Antes la miraban con respeto y miedo.

Ahora la miraban con sonrisas y comentarios como “se parece a ti, Luna”.

Le gustaba.

Le daba miedo gustarle.

Una tarde, mientras compraba manzanas, una mujer mayor se acercó.

Tenía 70 años. Había perdido a dos hijos en la guerra vieja.

“Tú los salvaste”, dijo.

Elena no supo qué decir.

“Yo solo hice lo que tenía que hacer”.

La mujer le tocó la mano.

“No. Tú elegiste no odiar. Eso salva más que las espadas”.

Elena se fue a casa llorando.

Otra vez.

 

El quinto mes

Los bebés empezaron a balbucear.

“Agu”, “mama”, “dada”.

Kael y Roran se peleaban por cuál había dicho primero.

Elena grababa todo en su cabeza.

No había cámara. No importaba.

Una noche, Kael Jr. dijo “dada” mirando a Kael.

Kael se quedó quieto.

Luego se agachó y lo abrazó como si le hubieran dado un premio.

Roran se cruzó de brazos.

“Yo esperé toda la noche y nada”.

Lira, como si lo escuchara, dijo “dada” mirándolo a él.

Roran se quedó mudo.

Luego sonrió. La sonrisa más grande que Elena le había visto en años.

“Eso es trampa”, dijo Kael.

Roran se encogió de hombros.

“Ganar es ganar”.

Elena los miraba y pensaba:

Esto es lo que quería proteger.

Esto es por lo que valía la pena.

 

El sexto mes

Elena volvió a trabajar 6 horas al día.

No más.

El consejo se quejó una vez.

Elena dijo: “Si quieren que vuelva 12 horas, contraten a otra Luna”.

No volvieron a quejarse.

Kael y Roran se turnaban para quedarse con los bebés.

A veces los llevaban al consejo.

Los ponían en una manta en el rincón.

Nadie se quejaba.

Los bebés dormían más que algunos consejeros.

Una tarde, mientras Elena presidía una reunión, Kael Jr. se despertó y empezó a llorar.

Elena se disculpó, lo tomó, le dio de comer ahí mismo.

Nadie dijo nada.

Mireya solo dijo: “Continúa, Luna. Tenemos tiempo”.

Ese día Elena entendió algo.

No tenía que elegir entre ser madre y ser Luna.

Podía ser las dos.

Y si a alguien no le gustaba, podía irse.

 

El séptimo mes

Llegó la primera noche sin ellos.

Mireya se ofreció a quedarse con los bebés.

“Vayan a la cabaña”, dijo. “Una noche. Sin papeles. Sin informes. Sin pañales”.

Elena dudó.

Kael y Roran no.

Agarraron una bolsa y se fueron.

La cabaña estaba a 20 minutos del refugio.

No pasó nada especial.

Comieron sopa.

Hablaron de nada.

Durmieron 8 horas seguidas.

Cuando volvieron, Elena abrazó a Lira como si no la hubiera visto en un año.

“Necesitábamos eso”, dijo.

Roran asintió.

“Cada tres meses. Orden del consejo”.

Kael se rió.

“Que lo aprueben por escrito”.

 

El octavo mes

Los bebés empezaron a gatear.

Y a meterse todo a la boca.

Y a tirar cosas.

La casa se volvió un campo minado.

Elena encontró un cuchillo de madera en la boca de Lira.

Casi le da un infarto.

Kael puso seguros en todos los cajones.

Roran quitó todas las cosas pequeñas del suelo.

Elena compró una alfombra grande para que pudieran caer sin romperse.

Era cansado.

Pero era risa.

Mucha risa.

Una noche, Kael Jr. se cayó y en lugar de llorar se rió.

Los tres se rieron con él.

Hasta que se acordaron de que podía haberse roto la cabeza.

No se rompió.

Pero el susto duró una semana.

 

El noveno mes

Empezaron a decir “mamá” y “papá”.

No claro. Pero lo intentaban.

Elena se derritió cada vez.

Kael se ponía rojo de orgullo.

Roran lo negaba, pero lo repetía 20 veces para escucharlo otra vez.

Una noche, mientras los acostaban, Lira dijo “mamá” mirando a Elena.

Elena se arrodilló y la abrazó.

“Estoy aquí, mi amor. Siempre”.

Kael Jr. dijo “papá” mirando a Kael.

Kael se quedó sin aire.

Luego lo levantó y lo lanzó al aire.

Roran lo agarró antes de que se cayera.

“Con cuidado, idiota”.

Elena los miraba y pensaba:

Esto es la paz.

No la ausencia de guerra.

Esto.

 

El décimo mes

Llegó la primera vez que se enfermaron los dos al mismo tiempo.

Gripe.

No grave, pero molesta.

No durmieron 3 días.

Elena no se separó de ellos.

Kael y Roran se turnaban para llevarle agua, comida, mantas.

Al tercer día, Elena se desplomó en la silla.

“Ya no puedo”, dijo.

Kael le quitó a Kael Jr.

Roran le quitó a Lira.

“Ahora descansas tú”, dijo Kael.

Elena se durmió en 2 minutos.

Cuando despertó, los bebés estaban mejor.

Y la casa estaba limpia.

Y había comida en la mesa.

No dijo gracias.

No hacía falta.

Lo sabía.

 

El undécimo mes

Empezaron a caminar.

Dos pasos, caída, risa, otra vez.

Elena no podía creer lo rápido que pasaba el tiempo.

Hace un año no podía levantarse de la cama.

Ahora corría detrás de dos niños de 11 meses.

Una tarde, mientras los vigilaba en el patio, se dio cuenta.

No tenía miedo.

No del futuro. No de la guerra. No de perderlos.

Tenía miedo de que crecieran demasiado rápido.

Eso era todo.

Kael se sentó a su lado.

“En qué piensas?”

“En que mañana van a tener 18 y se van a ir al norte”.

Kael se rió.

“Faltan 17 años”.

“Se van a pasar volando”.

Roran llegó con dos vasos de agua.

“Dejen de pensar en el futuro. Mañana hay que limpiar el vómito de la alfombra”.

Elena le tiró una hoja.

“Gracias por arruinar el momento”.

 

El duodécimo mes

Cumplieron 1 año.

Hicieron una fiesta pequeña.

Solo el refugio.

Pastel de miel, canciones, regalos hechos a mano.

Lira se comió el pastel con las manos.

Kael Jr. se durmió en medio de todo.

Elena los miraba y no podía creer que esos dos niños fueran suyos.

Y de Kael.

Y de Roran.

Cuando terminó la fiesta, los acostaron.

Los tres se sentaron en la cocina.

Cansados. Felices. Agotados.

“Lo logramos”, dijo Roran.

“No”, dijo Kael. “Lo estamos logrando”.

Elena asintió.

“Y vamos a seguir”.

Se fueron a dormir.

Sin alarmas. Sin planes.

Solo la certeza de que mañana iban a hacerlo otra vez.

1
Rosa Pandui
Que suerte tiene
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