NovelToon NovelToon
En Busca De Tu Alma

En Busca De Tu Alma

Status: Terminada
Genre:Romance / Mundo mágico / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:351
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️

NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Guardia de la Penumbra

El campamento improvisado en la entrada de la Fosa apestaba a brea quemada y al lodo de los caballos. Era el mismo recodo de rocas rojizas donde Lin, Vetmi y los cazadores habían descansado noches atrás. Las cenizas frías de su pequeña vigilia todavía estaban marcadas en el suelo de piedra.

La luna del sur iluminaba la silueta descomunal del Príncipe Armoton, que permanecía sentado sobre un fardo de provisiones. Su maza de espinas de hierro descansaba en el suelo, teñida con la costra de la sangre seca del capitán que había ejecutado en la llanura de sal. A su alrededor, una docena de jinetes de la Guardia de Hierro mantenía las picas altas, rígidos como estatuas de metal negro por el miedo a los arrebatos de su líder.

El siseo de las herraduras ligeras rompió el silencio del cañón. El Príncipe Saevus entró al galope en el perímetro, liderando a jinetes de la caballería ligera que alguna vez habían pertenecido al Príncipe Drilon. Las armaduras de sus hombres eran de placas delgadas y sus monturas avanzaban limpias, sin el cansancio de las golas pesadas.

Saevus desmontó con una elegancia perezosa, ajustándose las hombreras de hierro negro. Sus ojos, cargados de esa envidia podrida que Val sabía alimentar, escanearon las rocas antes de fijarse en su hermano mayor.

—Llegas tarde, Saevus —rugió Armoton, y su voz, profunda y cargada de vibración, hizo que los caballos ligeros dieran un paso atrás—. Tu caballería no carga el peso de mi hierro, y aun así he tenido que esperarte en esta fosa de muertos. Los perros de caza perdieron el rastro del jabón en la sal. Esos demonios del norte se metieron en las grietas de la piedra.

Saevus no se inmutó por los gritos. Caminó despacio hacia las cenizas de la fogata de Lin, se agachó y tomó un trozo de pan seco que Ettore había dejado olvidado. Lo desmenuzó entre sus dedos enjoyados con una calma que desquiciaba a su hermano.

—El desierto no se conquista con prisa, Armoton —respondió Saevus con una voz suave, midiendo cada palabra—. Mis hombres cubrieron los riscos altos de la llanura. Mientras tú gastabas los cascos de tus monturas en el llano blanco, mis exploradores cerraron las salidas del cauce inferior. Lin y el pequeño Vetmi están corriendo hacia una pared de picas.

Armoton se puso en pie de golpe, su figura gigante bloqueando la luz de la luna. Tomó su maza con la mano derecha y dio un paso al frente, clavando sus ojos en el rostro de Saevus.

—No me hables de tus estrategias de palacio, bastardo —siseó el Verdugo, bajando la voz hasta convertirla en un rugido sordo—. Sé lo que hiciste en la enfermería. Los sanadores no son tan tontos como mi padre. El veneno del hongo de risco deja un rastro púrpura en las encías que yo mismo he visto en los prisioneros. Mataste a Drilon en su cama por los consejos de esa serpiente de túnica blanca. Usaste los cuchillos de Val para quedarte con sus soldados.

El aire del cañón se congeló. Los guardias de ambos lados apretaron los pomos de sus armas, sabiendo que en Yalnizlik un fratricidio era el pan de cada día, pero hablar de ello frente al general del ejército era tentar a la muerte.

Saevus mantuvo la fijeza de su mirada, sin un solo gramo de piedad o arrepentimiento en sus facciones de soldado. Como estratega que era, sabía que responder con palabras directas o defensivas ante una bestia de maza pesada era un error táctico. En lugar de eso, sonrió de lado, adoptando una postura relajada pero lista para el combate.

—El trono de hierro de nuestro padre solo acepta a los que saben sobrevivir, hermano —dijo Saevus en un susurro frío, evadiendo la acusación directa—. Drilon perdió su brazo derecho ante el acero de Lin. Un general inútil es una carga para las arcas de la corona. Si la Guardia de Hierro quiere mantener su prestigio, necesita líderes que no se dejen mutilar por traidores del norte. Val solo acelera lo inevitable. Preocúpate por el acero que Lin te dejó en la frontera, Armoton. Si ese capitán te quita el mando de las dunas, tú serás el siguiente trozo de lino inútil en este desierto.

Armoton levantó la maza unos centímetros, sus dientes crujiendo por la ira. El Verdugo era puro músculo y violencia, y la calma calculadora de Saevus le revolvía la sangre.

—Si vuelves a usar los trucos de Val en mis perímetros, Saevus, te romperé las placas del pecho antes de que puedas sacar tu daga de frutas. Toma tus jinetes ligeros y muévete hacia el río seco. Quiero al chico vivo; a los otros tres, muélelos en el barro.

Saevus hizo una reverencia perezosa, subiendo de nuevo a su montura con una sonrisa astuta. El tablero del sur seguía moviéndose bajo sus hilos.

—Nos veremos en el límite del cauce, general. Procura que tus caballos pesados no se queden atascados en la arena.

A una legua de distancia de las conspiraciones del palacio, el frente unido de la Guardia de la Penumbra avanzaba en absoluto silencio bajo el cielo violeta de la medianoche. Las cuatro monturas mantenían un galope constante, guiadas por el brillo dorado que emanaba de la palma derecha de Lin. El capitán ya no usaba su guante; el hilo de energía bajo su piel vibraba con una pulsación de urgencia que le devolvía la fuerza a sus hombros cansados.

Frente a ellos, el terreno cambió de golpe. La piedra de la meseta profunda se cortaba en un acantilado de greda de diez metros de profundidad. Abajo se extendía el límite del río seco: un inmenso cauce de arena muerta, guijarros sueltos y troncos petrificados que dividía la frontera de Yalnizlik con el Gran Desierto de las dunas rojas. El cauce tenía una anchura de doscientos metros y cruzarlo a pie o a caballo era quedar completamente expuesto a las alturas.

Lin detuvo su semental negro en el borde del acantilado, levantando la mano izquierda. Su rostro serio se transformó en esa máscara de piedra que infundía respeto en las fronteras.

—La marca está cambiando de frecuencia, muchachos —advirtió Lin en voz baja, su mirada escaneando las laderas oscuras del cauce—. El frío de la palma se volvió pesado. El peligro está encima de nosotros.

Marcos desmontó con agilidad, apoyando la oreja contra la greda del suelo durante tres segundos antes de levantarse con el machete ya desenvainado.

—Caballería ligera, Lin. El trote es rápido, sin el peso de las golas pesadas de Armoton. Los caballos están apostados en los riscos de la ladera opuesta. Es un cerco táctico. Nos estaban esperando en este límite.

El joven príncipe Vetmi se colocó entre Lin y Ettore. Su postura era recta y firme, la de un guerrero que acababa de nacer en las arenas del Oasis. Apretó el pomo de su espada con fuerza, mirando hacia la penumbra del río seco con una fijeza inquebrantable.

—Es la unidad de mi hermano Drilon —delató Vetmi, con la voz templada por la resolución—. Su caballería ligera usa picas de gancho cortas para derribar a los jinetes en los llanos de arena. No atacará de frente. Esperará a que bajemos al fondo del cauce para cortarnos las salidas con los flancos.

Ettore sonrió de lado, sacando tres saetas pesadas de su aljaba y colocándolas entre los dedos de su mano izquierda mientras tensaba la cuerda de su ballesta con un movimiento mecánico y profesional.

—Tácticas de asedio nocturno… Esos soldados de la luz no aprenden que las sombras del norte ven mejor en la oscuridad. Capitán, si nos quedamos en esta cornisa, nos lloverán saetas. Debemos bajar al cauce y romper su línea de un solo golpe.

—No vamos a bajar por el sendero principal —sentenció Lin, y su voz profunda sonó con la autoridad de un general de los cuatro tronos—. Vetmi, guía la línea por la grieta que Toivo marcó en el pergamino. Marcos, tú y yo abriremos la brecha en el centro. Ettore, quédate en la roca alta y límpianos los primeros ganchos. ¡Muévanse!

El grupo descendió por una rampa natural de piedra rota, metiendo los caballos en el fondo del río seco justo cuando las primeras antorchas de la Guardia se encendían en los riscos altos. El humo negro de la brea llenó el aire de la noche, iluminando las túnicas azules y el hierro de los jinetes que salieron de la arboleda seca como lobos en la oscuridad.

—¡Ahí están los traidores! —rugió un oficial de la caballería, levantando su pica de gancho—. ¡Por el Rey Erke y el oro del consejo! ¡No dejen que crucen hacia las dunas!

La melé en el límite del río seco estalló con una violencia salvaje y claustrofóbica.

Diez jinetes ligeros cargaron al galope sobre la arena suelta, intentando usar la velocidad de sus monturas para rodear a la unidad. Lin no esquivó el impacto. Espoleó a su semental negro hacia el centro de la línea enemiga, desenvainando su espada corta. Un soldado intentó atravesarle el cuello con su lanza, pero el capitán desvió el hierro con el escudo de su brazo izquierdo, dio un paso con su caballo y le cortó las riendas al atacante. El animal se encabritó de dolor, lanzando al guardia contra los guijarros antes de que Lin le atravesara el pecho con una estocada limpia y seca.

Marcos interceptó a dos lanceros por el flanco derecho, cruzando su machete pesado contra el acero de Yalnizlik. El estallido metálico resonó en todo el cañón seco. Marcos usó su fuerza brutal para empujar el caballo de uno de los hombres contra un tronco petrificado, rompiéndole las defensas con un tajo horizontal que le abrió el muslo al soldado.

Desde la cornisa alta, el siseo agudo de la ballesta de Ettore cortaba el viento de la noche con una precisión que daba miedo. Cada saeta derribaba a un ballestero enemigo en las laderas antes de que pudieran apuntar hacia el fondo del cauce. Tres guardias de hierro cayeron de sus monturas con el hierro clavado en las ranuras de sus cascos.

Sin embargo, otro peligro se cerró sobre la retaguardia.

Un oficial pesado de la caballería, vistiendo una armadura de placas reforzadas y empuñando una pica de gancho de dos metros, emergió de las sombras de un matorral seco. Vio al joven Vetmi manteniendo la guardia baja y espoleó a su caballo de batalla hacia él con una saña asesina.

—¡Tu cabeza será el regalo del príncipe, bastardo! —rugió el oficial, lanzando la pica en un tajo descendente que buscaba arrancar al príncipe de la silla de montar.

—¡¡VETMI, CUIDADO!! —gritó Ettore desde las alturas, intentando recargar su ballesta, pero quedándose sin tiempo ante la velocidad de la carga.

Vetmi no se congeló por el terror. El recuerdo de los golpes de Marcos en el Oasis Seco y las palabras de paciencia del capitán Lin encendieron su mente de golpe. No era el ratón asustado del palacio de piedra gris; era el Cuarto Escudo de la Guardia de la Penumbra.

Aplicando la técnica marcial del norte, Vetmi flexionó las rodillas sobre los estribos, bajó su centro de gravedad y esperó el microsegundo exacto del impacto. Cuando la pica de gancho estuvo a centímetros de su chaleco de cuero viejo, el joven príncipe dio un giro con su muñeca izquierda, usando el plano de su espada corta para desviar el peso del hierro del oficial.

El metal chocó con un chirrido agudo. La fuerza del desvío desestabilizó por completo al oficial pesado, cuyo propio impulso lo arrastró hacia adelante, dejando su flanco izquierdo totalmente desprotegido. Vetmi no dudó. Con un pulso frío y una rapidez que asombró a Marcos, el muchacho estiró el brazo y le hundió su acero directamente por debajo de la axila, allí donde las placas de hierro se unían con el cuero de la armadura.

El acero entró limpio, cortando los vasos principales del oficial. El hombre soltó un silbido de sangre ahogada, sus ojos abiertos por el shock absoluto antes de desplomarse pesadamente de su caballo, cayendo inerte sobre la arena del río seco. El Cuarto Escudo había reclamado su primera victoria militar con la destreza de un veterano del norte.

—¡Brillante, chico! —rugió Marcos, terminando con el último lancero de su flanco con un golpe seco de su pomo—. ¡Has aprendido a cortar el hierro!

Lin terminó con el líder de la patrulla del frente, limpiando el acero de su espada con un movimiento rápido de sus dedos. Miró a Vetmi, que permanecía jadeando sobre su montura, con las manos sucias de polvo de greda y el acero goteando un carmesí espeso sobre la arena blanca. El orgullo protector en los ojos del capitán eliminó cualquier rastro de su rigidez militar.

—Has peleado como un verdadero guerrero de la Penumbra, Vetmi —dijo Lin, y su voz profunda sonó con una solemnidad dulce—. Tu guardia salvó la línea y nos abrió el camino. Tu nombre ya no pertenece a la podredumbre de Erke; te has ganado tu propio acero hoy.

Vetmi sonrió con un orgullo, limpiándose el sudor de la cara con la manga de su túnica. Sintiéndose fuerte gracias a la lealtad de sus tres compañeros, el príncipe envainó su arma con una firmeza real.

—Le dije que sería un escudo, capitán Lin. No voy a dejar que apaguen la luz del hechicero Norman.

—¡Nos tenemos que mover, Lin! —gritó Ettore, bajando de la rampa del acueducto a toda prisa, con su ballesta ya guardada—. Las antorchas de la Guardia de Hierro se ven al inicio del desfiladero derecho. El Verdugo viene furioso con los jinetes pesados. Si nos quedamos a celebrar el tajo del príncipe, nos triturarán con la maza en este llano de arena.

Lin introdujo la mano bajo su chaleco de cuero viejo por un segundo, asegurándose de que el diario de Norman estuviera intacto contra su pecho. Sintiéndose fuerte gracias a la marca dorada de su palma, que ahora vibraba con una pulsación cegadora y pacífica hacia el frente, el capitán espoleó a su semental negro.

—¡Cabalguen, muchachos! —ordenó Lin, y su voz de acero resonó en el límite del río seco—. Cruzaremos la última barrera de Yalnizlik ahora mismo. El amanecer debe encontrarnos dentro del Gran Desierto. Las mentiras de Val y las picas de la guardia se han quedado rotas en este cauce. ¡Hacia el Faro!

Las cuatro monturas partieron a máxima velocidad, saliendo del fondo del río seco y adentrándose de golpe en la inmensidad del Gran Desierto de las dunas rojas. Detrás de ellos, el rugido de furia del General Armoton empezó a retumbar en las piedras del acantilado, al ver los cuerpos de su caballería ligera tendidos en el barro salino, pero la distancia ya jugaba a favor de los hombres libres.

La gran travesía por la recuperación del alma del hechicero de luz había roto su cerco político en el sur. Con un príncipe adiestrado actuando como el cuarto escudo, un cuaderno cargado de promesas y un caballero de acero que marchaba bajo la guía de un amor eterno, la Guardia de la Penumbra avanzaba hacia el centro de las tierras sagradas, lista para enfrentarse a las aberraciones de hierro frío y encender el Faro que devolvería la primavera al mundo.

1
Day
HOLAAA, PODRÍAS POR FAVOR, VER MI CHATSTORY Y LEERLA, ESTÁ EN PROCESO, SOY NUEVA 🥰Y SI GUSTAS PUEDES SEGUIRME✨AMO TÚ HISTORIA, LA RECOMIENDO MUCHO✨
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play