La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
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Capítulo 18: El careo con los Viejos Lobos
El ala de la alta corte del palacio imperial vibraba con una tensión silenciosa mientras Theo Valerius y el príncipe heredero Alexander cruzaban la galería de los héroes. Sus botas de montar, aún manchadas con la nieve batida del patio del Norte y el barro de los suburbios, golpeaban el mármol pulido con un ritmo coreografiado por la furia. No había rastro de la habitual compostura que se exigía en presencia de la guardia de gala. Los centinelas imperiales, al ver la expresión gélida del Comandante Supremo y el brillo destructivo en los ojos claros del príncipe, optaron por cuadrarse en silencio y no interponerse en su camino.
Ambos herederos marchaban decididos a exigir explicaciones inmediatas. Sentirse como piezas de ajedrez movidas a ciegas en su propio territorio por las personas en las que más confiaban era una humillación que su orgullo territorial no estaba dispuesto a tolerar.
Llegaron a las pesadas puertas de caoba del despacho privado del Emperador Christopher. Alexander no se molestó en usar el picaporte de bronce; empujó las hojas de madera con un golpe seco de ambas manos, permitiendo que el estruendo de la madera azotando los topes anunciara su entrada como un torbellino.
En el interior del santuario, la escena que los recibió rozaba la insolencia.
El Emperador Christopher se encontraba de pie junto a la chimenea, sosteniendo un cortapuros de plata, mientras el Duque Cédric Valerius descansaba cómodamente en el gran sillón de cuero sobre un taburete acolchado. El aroma a tabaco de hoja premium y a licor de ámbar llenaba la estancia, creando una atmósfera de absoluta desconexión con el caos que los jóvenes traían consigo.
—Padre, esto es un insulto —dijo Alexander, plantándose frente al gran escritorio imperial con los puños apoyados sobre la madera noble—. Sabías exactamente quién era la chica de los muelles. Sabías que estaba lidiando con una princesa extranjera y permitiste que me paseara por el sector prohibido como un maldito novato.
Theo dio un paso al frente, situándose al lado de su primo, su imponente figura desprendiendo un vaho helado que parecía chocar contra el calor de la chimenea.
—Y tú, padre —siseó Theo, fijando sus ojos gélidos en el viejo Duque—. Tenías al Rey del sur almorzando en el comedor de mis oficiales mientras mis rastreadores de las *Black Shadows* gastaban su tiempo jugando a los espías. Te burlaste de mis informes en la biblioteca, fingiste demencia con una taza de té y permitiste que un monarca encubierto pusiera sus manos sobre Lucero. Exijo una explicación formal ahora mismo.
Christopher no se inmutó ante el arrebato de su hijo. Con una tranquilidad exasperante, encendió su cigarro, le dio una calada lenta y exhaló el humo espeso hacia el techo artesonado antes de mirar a los dos jóvenes. A su lado, Cédric comenzó a reír, una carcajada ronca y profunda que resonó en las paredes de la estancia y que sirvió únicamente para encender aún más la pólvora en la sangre de los herederos.
—Vaya, vaya... —se mofó el viejo Duque, estirando la mano para dar un buen trago a su copa de ámbar—. Míralos, Christopher. El gran príncipe heredero y el temible General de Hierro vienen a darnos un discurso sobre el honor militar. Tardaron semanas completas, despliegues masivos y un duelo a muerte en el patio del Norte para descubrir una verdad que nosotros sabíamos en los primeros cinco minutos de que ese pergamino de cera negra cruzara la frontera. Debería quitarles el presupuesto de inteligencia a ambos por pura incompetencia.
—¡No es divertido, padre! —rugio Theo, dando un pisotón que hizo tintinear los cristales del mueble de licores—. La seguridad del Norte estuvo en juego. Hubo un intento de rapto en mis propios jardines.
—Y si ese "intento de rapto" hubiera tenido éxito, tu cabeza ya estaría colgada de las almenas, Theo —lo interrumpió Christopher, su voz bajando a un registro firme y autoritario que borró de golpe el tono de burla del despacho—. Si los dejamos actuar a ciegas no fue por un capricho. Necesitábamos que los usurpadores del sur creyeran que el Imperio no estaba al tanto de la presencia de la familia real. Si hubiéramos enviado tropas oficiales a recibirlos, la facción mística habría replegado sus fuerzas y cambiado de estrategia. Vuestras persecuciones, vuestros enfados y vuestra vigilancia constante fueron la pantalla perfecta para mantener a los verdaderos espías enemigos confundidos.
Cédric dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco, abandonando la faceta de padre bromista para adoptar la mirada del viejo general de guerra.
—Pero el tiempo de los juegos se terminó, muchachos —sentenció el Duque, deslizando un pergamino con el sello imperial hacia el borde del escritorio—. Es hora de que dejen de comportarse como lobos celosos y miren el mapa real. La facción usurpadora enemiga no es una simple banda de mercenarios. Tienen un ejército formal y, según nuestros últimos informes de vanguardia, ya están marchando con sus huestes hacia la frontera de las montañas del Norte. Vienen a cazar al Rey exiliado y a sus hermanas, y no van a detenerse ante nuestras murallas.
Christopher se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio y clavando sus ojos claros en los de su hijo y su sobrino con una seriedad implacable.
—Aquí está el ultimátum de la corona —declaró el Emperador—. Si permitimos que los usurpadores tomen la frontera, el invierno no será lo único que arrase con nuestro territorio. La guerra es inminente. Así que tienen dos opciones: o siguen llorando por su orgullo herido y encerrando a la diplomacia en salones cartográficos, o asumen la responsabilidad que sus apellidos les demandan. Si realmente quieren proteger a las mujeres que les han robado el aliento y mantener a salvo la joya de nuestra casa, van a tener que dejar de lado sus disputas estúpidas.
Theo y Alexander se miraron de reojo, la hostilidad mutua cediendo terreno ante la magnitud de la amenaza militar que se cernía sobre el Imperio.
—Comandarán el ejército imperial juntos —sentenció Christopher, dictando la orden definitiva—. Theo guiará a la caballería pesada y al bloque defensivo del Norte, y Alexander moverá a las *Black Shadows* para cortar las líneas de suministro enemigas en los valles bajos. Cooperarán con el Rey extranjero y su estratega como un solo bloque. Si ganan esta batalla, el tratado de paz se sellará con sangre y el Imperio expandirá su influencia. Si fallan, no habrá corona que heredar para ninguno de los dos.
El silencio volvió a instalarse en el despacho, pero esta vez era el silencio pesado que precede a los tambores de guerra. Theo apretó los puños, asimilando la lección de estrategia de los viejos lobos, mientras Alexander sentía cómo el instinto territorial se le encendía en el pecho ante la idea de marchar al frente. Los cachorros finalmente habían terminado su entrenamiento; la verdadera cacería estaba por comenzar.