En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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Biblioteca
Axel apretó el libro entre sus manos hasta que sus nudillos se tornaron blancos. El fantasma de Berlín, la voz de su padre exigiéndole que cada relación fuera una inversión rentable, y la apuesta del grupo System pesaron de pronto como una losa de cemento.
—A veces los seres humanos solo actúan por impulso. A veces no hay nada detrás.
—Sí la hay —insistió ella, levantando la mirada para clavar sus ojos marrones en los suyos—. Tal vez solo eres demasiado cobarde para decirla en voz alta.
El silencio que siguió fue denso, pesado, cargado de verdades a medias. Por primera vez en su vida, Axel Von Lindberg, el rey de la réplica rápida y el sarcasmo corporativo, no tuvo una respuesta.
—Te toca —dijo Liv de pronto, cambiando el ritmo de la conversación con esa volatilidad que la caracterizaba.
—¿Qué?
—Responder una pregunta. Sin filtros. Sin esa armadura de aristócrata alemán.
—No recuerdo haber aceptado ese juego, Cenicienta.
—Acabas de hacerlo al quedarte callado. Consideralo el impuesto por haber destruido mi castillo.
Axel suspiró, recargando la espalda contra el estante de madera.
—Bien. Una sola pregunta. Dispara.
Liv sonrió de medio lado, pero sus ojos permanecieron serios.
—¿Alguna vez te han roto el corazón?
Directo al centro. Sin anestesia. Sin el preámbulo seductor que Axel esperaba de cualquier otra mujer en París. Axel soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que resonó entre los estantes.
—No. Jamás.
—¿Nunca? ¿Ni una sola vez en tus años de viajes y escuelas internacionales?
—No.
—¿Porque tienes demasiada suerte o porque no te enamoras?
—Porque no soy estúpido —sentenció Axel, con una frialdad matemática—. El enamoramiento es un error de cálculo químico. Una vulnerabilidad que le entrega el control de tu vida a otra persona. Yo controlo mis variables.
Liv lo observó durante un largo rato, como si estuviera viendo a un cuadro hermoso pero profundamente triste en una galería vacía.
—Eso es lo más triste que he escuchado en toda la semana, Von Lindberg.
—Es inteligente. Es lo que mantiene a las personas cuerdas y exitosas.
—No —negó ella, poniéndose de pie con suavidad—. No es inteligente. Es simplemente solitario.
Las palabras quedaron flotando en el aire de la biblioteca, calando más hondo que el frío parisino. Axel sintió una incomodidad punzante en el pecho, como si Liv hubiera empujado una puerta trasera de su mente que él había mantenido cerrada con candado desde su infancia.
—Tu turno de preguntas terminó —dijo él, levantándose de un solo movimiento fluido y recuperando su máscara—. Vámonos de aquí.
—Cobarde —murmuró ella con una sonrisa pequeña mientras caminaba hacia la salida.
—Práctico —corrigió él, siguiéndola de cerca.
Salieron a la calle cuando el cielo de París ya se teñía de un azul nocturno y profundo. El aire invernal los envolvió de golpe, congelando el aliento que salía de sus bocas en pequeñas nubes blancas.
—Ven —dijo Liv de pronto, tomándolo suavemente de la manga de la túnica de su abrigo, desviándose del camino habitual hacia la estación del metro.
—¿A dónde se se supone que vamos? Mi auto está en la otra dirección.
—Confía en mí. Una última vez por hoy.
Axel dudó, mirando la mano de ella sobre su brazo. La tela de su abrigo era cara, pero el toque de Liv se sentía extrañamente cálido a través de ella.
—Esa palabra en tu boca sigue sin gustarme.
—A mí tampoco me gustaban tus ideas de correr por el parque o romperme las piernas con el yoga… y mira, sigo respirando.
—Sigues viva por pura piedad de mi parte.
—Exacto. Así que camina.
me gustó mucho