la vida de Giovanna no era color de rosa, pero la noche en que todo cambió descubrió que aquella persona que debería haberla protegido, la había condenado.
¿que ocurre cuando el monstruo arrastra consigo a la persona que mas amas en este mundo? ¿puedes perdonar que alguien te arrebate a tu madre por error?
Aleksei creyó que estaba vengando a su hermana, pero descubrió su error y ahora debe pagar las consecuencias.
NovelToon tiene autorización de pitufina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
treinta dias
El salón permaneció sumido en un silencio insoportable.
Solo se escuchaban los sollozos de Giovanna.
La muchacha continuaba abrazada al cuerpo de su madre, aferrándose a ella con una desesperación que partía el alma.
Como si aún existiera una posibilidad.
Como si se negara a aceptar que aquella sonrisa había desaparecido para siempre.
Carlo observó la escena desde el suelo.
Y por primera vez en más de veinte años sintió que estaba completamente derrotado.
No por los golpes.
No por la sangre.
No por las armas apuntándole.
Sino por la certeza de que había destruido aquello que más amaba.
Toda su vida había creído que podía controlar las consecuencias.
Había aceptado trabajos sucios.
Había obedecido órdenes.
Había visto cosas que ningún hombre decente debería ver.
Pero siempre se repetía lo mismo.
Lo hacía por ellos.
Por su esposa.
Por su hija.
Por su futuro.
Ahora comprendía la verdad.
Aquella excusa había sido una mentira.
Una mentira que se había contado durante décadas.
Porque si realmente hubiera querido protegerlas, jamás habría entrado en aquel mundo.
Su esposa estaba muerta.
Su hija rota.
Y él era el responsable.
Lentamente levantó la vista.
Alekséi seguía inmóvil.
Observando.
Como una estatua de piedra.
Sin embargo, Carlo comenzó a notar algo.
Algo extraño.
El ruso tampoco parecía satisfecho.
No parecía un hombre que hubiera obtenido justicia.
Parecía un hombre más vacío que antes.
Como si la muerte de aquella mujer hubiera dejado una marca incluso en él.
Durante varios segundos nadie habló.
Hasta que Carlo rompió el silencio.
—No fui yo.
Su voz sonó quebrada.
Apenas un susurro.
Alekséi no respondió.
—No maté a tu hermana.
Silencio.
—No ordené nada.
Los hombres armados intercambiaron miradas.
Algunos parecían cansados.
Otros incómodos.
Nadie quería seguir allí.
El salón olía a sangre, pólvora y tragedia.
—Ya basta —dijo finalmente Alekséi.
Carlo negó con la cabeza.
—No.
Levantó la vista.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Puedes matarme si quieres.
Alekséi permaneció inmóvil.
—Puedes torturarme.
Silencio.
—Puedes arrancarme las uñas, romperme los huesos o dispararme aquí mismo.
La voz comenzó a quebrarse.
—Pero yo no maté a tu hermana.
Por primera vez, algo cambió en el rostro del ruso.
No fue compasión.
Fue duda.
Pequeña.
Breve.
Pero estuvo allí.
Porque durante toda la noche había esperado ver miedo.
Mentiras.
Desesperación.
Sin embargo, lo que tenía delante era un hombre destruido.
Un hombre que acababa de perder a la mujer de su vida.
Y aun así seguía insistiendo en la misma verdad.
—Las pruebas te señalan a ti.
—Lo sé.
—Todo lleva a ti.
—Lo sé.
Alekséi frunció el ceño.
Aquella respuesta no era la que esperaba.
—Entonces explícalo.
Carlo soltó una amarga carcajada.
—Porque alguien me entregó.
El silencio volvió a llenar la habitación.
—¿Qué?
—Alguien necesitaba un culpable.
Alekséi lo observó atentamente.
—¿Tu jefe?
—Quizás.
—¿No lo sabes?
—No.
Carlo bajó la cabeza.
—Pero llevo demasiados años en este negocio para no reconocer una traición cuando la veo.
Las palabras resonaron en el salón.
Y por primera vez Alekséi escuchó algo que no había considerado.
Porque la verdad era que Carlo tenía razón.
Los hombres de aquel mundo mentían constantemente.
Pero también se traicionaban.
Todo el tiempo.
Dinero.
Poder.
Miedo.
Lealtades rotas.
Era el lenguaje que conocían.
—¿Estás diciendo que te utilizaron?
—Estoy diciendo que alguien necesitaba desaparecer de la ecuación.
Los ojos de Carlo buscaron a su hija.
Ella seguía abrazando a su madre.
Ajena a todo.
Perdida en un dolor demasiado grande.
—Y creo que fui el elegido.
Alekséi permaneció pensativo.
Durante varios segundos nadie habló.
Finalmente se acercó.
Se detuvo frente a Carlo.
—Si dices la verdad...
Carlo levantó la vista.
—Entonces encuentra al responsable.
Aquellas palabras hicieron que incluso los hombres armados se tensaran.
—¿Qué?
—Encuéntralo.
Carlo parpadeó.
—¿De qué hablas?
Alekséi lo observó fijamente.
—Tienes contactos. Tienes información. Conoces ese mundo mejor que nadie.
Su voz se volvió más fría.
—Descubre quién fue.
Carlo sintió que el corazón se detenía.
—¿Y si lo hago?
—Tráeme pruebas.
—¿Y después?
El ruso tardó unos segundos en responder.
—Después veremos.
Aquella respuesta no tranquilizó a nadie.
Mucho menos a Carlo.
Porque conocía perfectamente a los hombres como Alekséi.
Los hombres consumidos por la venganza rara vez cumplían promesas.
—¿Y mi hija?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Alekséi giró la cabeza hacia Giovanna.
La muchacha ni siquiera parecía escuchar.
Seguía aferrada al cuerpo de su madre.
Como si el mundo hubiera dejado de existir.
—Seguirá conmigo.
El corazón de Carlo se hundió.
—No.
—Sí.
—No.
Intentó levantarse.
Los hombres lo sujetaron inmediatamente.
—¡No!
Su grito resonó por toda la casa.
—¡No te la lleves!
Giovanna levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos estaban vacíos.
Llenos de lágrimas.
—Papá...
Aquella sola palabra destrozó a Carlo.
Porque sonó exactamente igual que cuando era niña.
—Giovanna...
Ella volvió a mirar a su madre.
Como si todo lo demás hubiera perdido importancia.
—Por favor...
La voz de Carlo tembló.
Miró a Alekséi.
Por primera vez en toda la noche.
Por primera vez desde que comenzaron los golpes.
Le suplicó.
—Por favor.
Alekséi permaneció inmóvil.
—Ella no tiene nada que ver con esto.
Silencio.
—Déjala marcharse.
Silencio.
—Por favor.
El ruso cerró los ojos durante un instante.
Recordó a su hermana.
Recordó su cuerpo.
Recordó el funeral.
Recordó el vacío.
Cuando volvió a abrir los ojos, la dureza había regresado.
—Treinta días.
Carlo se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tienes treinta días para descubrir quién fue.
El hombre apenas podía respirar.
—Treinta días.
—Y si encuentro pruebas...
—Me las entregarás.
—¿Y Giovanna?
Alekséi lo observó.
Durante unos segundos pareció debatirse internamente.
Finalmente respondió:
—Mientras coopere, nadie le hará daño.
Carlo se aferró a aquellas palabras.
Era poco.
Demasiado poco.
Pero era algo.
—Lo juras.
Alekséi no respondió.
Y aquel silencio resultó mucho más aterrador que cualquier amenaza.
Porque significaba que no estaba dispuesto a dar garantías.
No podía.
O no quería.
Carlo comprendió entonces la verdad.
Su hija se convertiría en una prisionera.
En una moneda de cambio.
En la única razón por la que seguiría respirando durante los próximos treinta días.
Y aquello lo llenó de horror.
Los hombres comenzaron a moverse.
La noche avanzaba.
Todo estaba terminando.
O quizás recién comenzaba.
Uno de los hombres intentó acercarse a Giovanna.
Ella no reaccionó.
Otro se agachó junto a ella.
—Tenemos que irnos.
Nada.
No respondió.
No se movió.
No levantó la mirada.
Seguía abrazando a su madre.
Entonces Carlo reunió las pocas fuerzas que le quedaban.
—Giovanna.
La muchacha giró lentamente el rostro.
Sus ojos encontraron los de él.
Y durante un segundo vio exactamente lo mismo que había visto en su esposa tantas veces.
Dolor.
Amor.
Arrepentimiento.
—Escúchame.
Las lágrimas volvieron a caer por el rostro de Carlo.
—Lo siento.
Giovanna cerró los ojos.
—Lo siento por todo.
La muchacha no respondió.
—Todo esto es culpa mía.
Aquellas palabras parecieron romper algo dentro de ella.
Porque por primera vez comprendió que su padre también estaba destruido.
—Papá...
—Voy a encontrarte.
La voz de Carlo se quebró.
—¿Me oyes?
Ella no respondió.
—Voy a traerte de vuelta.
Aunque en el fondo no sabía si podría cumplir aquella promesa.
Porque el reloj ya había comenzado a correr.
Treinta días.
Treinta días para descubrir quién había traicionado a la hermana de Alekséi.
Treinta días para sobrevivir.
Treinta días para recuperar a su hija.
Y mientras observaba cómo los hombres comenzaban a separar a Giovanna del cuerpo de su madre, Carlo Rossi comprendió que acababa de iniciar la carrera más importante de toda su vida.
Porque por primera vez no luchaba por dinero.
No luchaba por poder.
No luchaba por su propia supervivencia.
Luchaba por la única persona que le quedaba en el mundo.
Y estaba dispuesto a enfrentarse al infierno entero para traerla de regreso.