NovelToon NovelToon
Nuestro Destino 1 El Comienzo

Nuestro Destino 1 El Comienzo

Status: Terminada
Genre:Romance / Escuela / Reencuentro / Completas
Popularitas:78
Nilai: 5
nombre de autor: cristy182021

Una chica que cree en el amor… incluso cuando el amor no cree en ella.
Después de enamorarse de alguien que nunca cambió, descubre la verdad de la peor forma: a través de sus propias amigas. Aun así, decide no romperse, no cerrarse… porque, en el fondo, sigue creyendo que en algún lugar existe ese amor que siempre soñó.
Entonces aparece él.
Un chico marcado por su propio pasado, que también conoció el dolor, pero que en lugar de rendirse… se volvió más fuerte. Más decidido. Más real.
Cuando sus caminos se cruzan, algo cambia.
No es inmediato.
No es perfecto.
Pero es diferente.
Con la ayuda de quienes los rodean, comienzan a acercarse, a confiar… a sentir algo que ninguno de los dos esperaba volver a vivir.
Sin embargo, el pasado no se queda atrás tan fácilmente.
La exnovia de él está decidida a interferir, intentando arruinarlo todo durante un momento clave: el baile.
Pero esta vez…
Las cosas no serán como antes.

NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 13

A veces…

Los adultos creen que, si hablan en voz baja…

Los problemas dejan de existir.

O que los niños no escuchan.

No entienden.

No sienten.

Pero la verdad…

Es que muchas veces escuchamos más de lo que deberían.

Y recordamos más de lo que imaginan.

Aquella noche…

Yo todavía no lo sabía.

Pero una conversación aparentemente simple…

Iba a quedarse enterrada en algún rincón de mi memoria.

Esperando el momento correcto para doler.

(Papá)

—Amor… ¿cómo sigue mamá?

La voz de mi madre rompió el silencio del auto con una suavidad que no lograba esconder la preocupación.

Mi papá mantuvo la mirada al frente unos segundos más antes de responder.

Como si decirlo en voz alta…

Lo volviera real.

Finalmente soltó un suspiro pesado.

—No bien…

Su mano recorrió lentamente su rostro.

Cansancio.

Miedo.

Impotencia.

Todo estaba ahí.

—Y lo peor… —continuó con la voz más baja— es que ni mis hermanos ni mi papá saben exactamente qué tiene.

Hizo una pausa.

Sus dedos se tensaron sobre el volante.

—Solo saben que su salud está fallando.

Mi mamá bajó ligeramente la mirada.

—¿Y eso qué dicen los doctores?

Mi papá negó despacio.

—Nada claro.

Su voz se quebró apenas.

—Y eso es lo que más miedo me da.

El silencio llenó el auto.

Pesado.

Incompleto.

Real.

Hasta que mi mamá volvió a hablar.

—¿Y Cris?

Mi papá respondió demasiado rápido.

Casi por instinto.

—Ella no sabe nada.

Sus palabras fueron firmes.

Protectoras.

Casi desesperadas.

—Y por ahora…

Quiero que siga así.

Mi mamá lo observó unos segundos.

—¿Crees que sea lo correcto?

Mi papá soltó una pequeña risa amarga.

De esas que no tienen nada de humor.

—No lo sé.

Sus ojos siguieron fijos al frente.

—Pero bastante tiene con lo suyo.

Hizo una pausa.

Más larga esta vez.

Más difícil.

—Cuando llegue el momento…

Se lo diremos.

Mi mamá asintió.

Aunque sus ojos decían otra cosa.

Duda.

Miedo.

Tristeza.

—Por eso Cris va a empezar la secundaria aquí —continuó mi papá—.

Sus manos apretaron un poco más el volante.

—Pero cuando termine…

Vamos a regresar.

Mi mamá levantó la mirada.

—¿Tan pronto?

Mi papá tragó saliva.

Y por un segundo…

Pareció mucho más cansado.

—Mamá no va a poder sola.

El silencio volvió.

Más fuerte.

Más incómodo.

Más real.

Hasta que mi mamá habló casi en un susurro.

—No va a ser como ella lo imaginaba…

Mi papá cerró los ojos apenas un instante.

Solo uno.

Pero suficiente para entenderlo todo.

—No, cielo…

Su voz se quebró.

Muy poco.

Pero lo suficiente.

—Y sé que le va a doler…

Cuando lo entienda.

(Cris)

Sin saberlo…

Esa conversación quedó enterrada entre ellos.

Lejos de mí.

Lejos de mi mundo.

Lejos de mis preocupaciones.

Yo seguía viendo la vida como algo simple.

Como algo seguro.

Como algo eterno.

Sin imaginar…

Que algunas despedidas…

Empiezan mucho antes de que alguien diga adiós.

Cuando llegamos a casa…

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

El sonido de los platos en la cocina.

El aroma de la cena.

La televisión encendida en volumen bajo.

Mi mamá acomodando cosas.

Mi papá sonriendo…

Aunque sus ojos se veían un poco más cansados de lo habitual.

En ese momento no lo entendí.

Ni siquiera lo pensé.

Porque, cuando eres joven…

A veces confundes la rutina con eternidad.

—Hija…

La voz de mi papá me sacó de mis pensamientos.

Levanté la mirada.

—Ya vete a dormir.

Su sonrisa fue cálida.

Cansada.

Pero real.

—Mañana tienes muchas cosas que comprar con tu mamá.

Me estiré ligeramente.

El cuerpo me pesaba.

—Tienes razón.

Sonreí.

—Buenas noches.

—Que descanses, hija —añadió mi mamá mientras recogía algunos platos—.

Se detuvo un segundo.

Y me miró.

—Mañana también tenemos que hablar de algo pendiente.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿De qué?

Mi mamá sonrió con misterio.

—Mañana.

Rodé los ojos.

—Eso no cuenta como respuesta.

Mi papá soltó una pequeña risa.

—Ahora sí… a dormir.

Negué con la cabeza, divertida.

—Buenas noches.

—Buenas noches, princesa.

Subí a mi habitación sin darle demasiadas vueltas.

Me puse la pijama.

Apagué la luz.

Y, en cuanto mi cabeza tocó la almohada…

El sueño me venció.

La luz del sol me despertó a la mañana siguiente.

Suave.

Cálida.

Perfecta.

Abrí los ojos lentamente.

Por un segundo…

No recordé dónde estaba.

Ni qué día era.

Ni qué tenía que hacer.

Hasta que lo recordé.

Secundaria.

Sonreí.

—Ok…

Me incorporé rápido.

—Hoy sí empieza todo.

Bajé las escaleras todavía medio dormida.

Esperando escuchar la voz de mi mamá.

Esperando el olor del desayuno.

Esperando…

Todo lo de siempre.

Pero entonces me detuve a mitad del último escalón.

Y me reí sola.

—Claro…

Negué con la cabeza.

—Estoy esperando a Cris…

Pero Cris soy yo.

Mi propia tontería me hizo sonreír.

Y, por alguna razón…

Eso hizo que todo se sintiera todavía más ligero.

Desde arriba escuché la regadera.

Mi mamá.

—Perfecto.

Miré el reloj.

Y abrí los ojos de golpe.

—¡Voy tarde!

Corrí directo a desayunar.

Comí tan rápido que honestamente…

Ni recuerdo qué había en el plato.

Solo sé que mi mamá me miró todo el tiempo conteniendo la risa.

—¿Siempre masticas así de rápido?

Levanté un dedo.

—No hables con deportistas mientras comen.

Mi mamá soltó una carcajada.

—Definitivamente eres hija de tu padre.

—Eso espero.

Ella negó con la cabeza.

Pero sonrió.

Y, minutos después…

Ya íbamos camino al centro.

La ciudad estaba completamente viva.

Vendedores.

Música.

Gente caminando de un lado a otro.

Niños corriendo.

Autos pasando.

Todo se sentía enorme.

Ruidoso.

Nuevo.

Y me encantaba.

—Vamos primero por tu mochila —dijo mi mamá.

Asentí emocionada.

Entramos a una tienda llena de colores, diseños y útiles escolares por todos lados.

Y, de pronto…

La vi.

Fue instantáneo.

—Esa.

Mi mamá siguió la dirección de mi dedo.

—¿Segura?

No lo dudé.

—Completamente.

El vendedor sonrió y se acercó.

—¿Te gusta ese modelo?

Asentí.

Pero entonces recordé algo.

Algo importante.

—¿Tiene también tipo portafolio?

El hombre sonrió.

—Déjame revisar.

Mientras se alejaba, mi mamá me observó con una sonrisa divertida.

—¿Te vas a llevar las dos?

La miré.

Y sonreí.

—Ya sabes para qué quiero la otra.

Mi mamá negó con la cabeza.

—Definitivamente sí eres hija de tu padre.

No pude evitar reír.

Porque tenía razón.

Y, por alguna razón…

Ese comentario me hizo sentir orgullosa.

Mucho más de lo que debería.

Cuando finalmente llegamos a casa…

Sentí el cansancio golpearme de golpe.

No el tipo de cansancio que duele.

Sino ese que aparece después de un día bueno.

Lleno.

Real.

Subí directo a mi habitación, dejando las bolsas junto a la puerta sin preocuparme demasiado por acomodarlas.

Eso podía esperar.

Yo no.

Me dejé caer sobre la cama con un suspiro largo.

—Por fin…

Cerré los ojos unos segundos.

Solo unos.

Lo suficiente para dejar que el silencio de mi cuarto me envolviera.

Mi lugar.

Mi espacio.

Mi pequeño universo.

Tomé mis audífonos del escritorio.

Los conecté.

Y, en cuanto la música empezó a sonar…

El mundo desapareció un poco.

Exactamente como me gustaba.

Entonces extendí la mano hacia el libro que había dejado sobre la cama esa mañana.

Mis dedos rozaron la portada.

Y sonreí.

Twilight.

—Otra vez tú… —murmuré.

Pasé suavemente los dedos por la portada antes de abrirlo.

Todavía no entendía qué tenía esa historia.

Qué tenía ella.

Qué tenía él.

Qué tenía esa forma de hablar del amor…

Como si pudiera doler.

Como si pudiera salvarte.

Como si pudiera cambiarlo todo.

Y, honestamente…

Eso me asustaba un poco.

Pero también…

Me atrapaba.

Muchísimo.

Abrí el libro justo donde lo había dejado.

Y empecé a leer.

Una página.

Luego otra.

Y otra.

Y otra.

Hasta que dejé de escuchar la música.

Hasta que olvidé que seguía sentada en mi cama.

Hasta que el mundo afuera…

Simplemente dejó de importar.

No sé cuánto tiempo pasó.

Cinco minutos.

Treinta.

Una hora.

Con un buen libro…

El tiempo nunca funciona igual.

La puerta sonó suavemente.

Ni siquiera la escuché al principio.

Solo cuando la voz de mi mamá atravesó la música.

—¿Hija? ¿Puedo pasar?

Parpadeé varias veces.

Como si acabara de volver de otro mundo.

—Sí…

Me incorporé un poco.

—Adelante.

Mi mamá abrió la puerta despacio.

Sus ojos bajaron de inmediato hacia el libro entre mis manos.

—¿Qué estás leyendo?

Sonreí ligeramente.

Sin poder evitarlo.

—Se llama Crepúsculo.

Levanté el libro un poco.

—Una amiga de la primaria me lo recomendó…

Hice una pequeña pausa.

Y corregí.

—Bueno…

De la ex primaria.

Mi mamá sonrió.

—Eso suena extraño.

—Sí.

Solté una pequeña risa.

—Un poco.

Acaricié distraídamente la portada.

—Dice que son cuatro.

Me prestó todos.

Ya va en el segundo…

Y me jura que cada libro se pone mejor.

Mi mamá cruzó los brazos.

Observándome con una mezcla de ternura…

Y sospecha.

—Entonces…

En estas vacaciones has estado leyendo eso todo el tiempo.

Bajé la mirada.

Y, sin querer…

Sonreí.

—Sí.

Muchísimo.

Ella soltó una pequeña risa.

—Bueno…

Eso definitivamente podría ser peor.

Se acercó a la puerta.

Pero se detuvo antes de salir.

Como si acabara de recordar algo.

—Ah…

Por cierto.

Tu papá llamó.

Levanté la mirada de inmediato.

—¿Sí?

Mi mamá sonrió.

Y esta vez…

Había algo misterioso en sus ojos.

—Dice que tiene una sorpresa para ti.

Mi respiración cambió apenas.

—¿Una sorpresa?

Ella asintió.

—Y no me quiso decir qué era.

La puerta se cerró suavemente.

Y el cuarto volvió a quedar en silencio.

Pero ahora…

Mi mente ya no estaba en el libro.

Ni en la música.

Ni en la historia.

Ahora estaba en otra parte.

En mi papá.

En esa palabra.

Sorpresa.

Fruncí ligeramente el ceño.

Y sonreí al mismo tiempo.

—Ok…

Miré el libro una vez más.

Luego abrí la siguiente página.

—Pero primero…

Terminaré esto.

Y, sin saberlo…

Esa tarde todavía guardaba algo más.

Algo que jamás olvidaría.

No sé cuánto tiempo pasó.

Con un buen libro…

Eso deja de importar.

Solo sé que, cuando cerré la última página…

Sentí ese vacío extraño que aparece cuando una historia termina.

Ese pequeño duelo silencioso.

Ese “todavía no quiero soltarlo.”

Cerré el libro lentamente.

Lo sostuve unos segundos entre mis manos.

Y sonreí.

—Listo…

Miré el reloj.

Fruncí el ceño.

—¿Solo cinco minutos?

Parpadeé.

Volví a mirar.

Y solté una pequeña risa.

—Ok…

Negué con la cabeza.

—Definitivamente sí leo demasiado rápido.

Me levanté de la cama estirándome un poco.

La música seguía sonando en mis audífonos.

Suave.

Cálida.

Familiar.

Y, sin darme cuenta…

Empecé a cantar.

Primero bajito.

Casi en un susurro.

Como si la canción saliera sola.

Sin permiso.

Sin aviso.

Solo…

Porque tenía que salir.

Caminé hacia la puerta.

Luego hacia las escaleras.

Y, con cada paso…

Mi voz cambió.

Se llenó de algo más.

De recuerdos.

De nostalgia.

De ausencia.

Y entonces…

Los sentí.

Mis bisabuelos.

Su risa.

Sus abrazos.

La forma en la que pronunciaban mi nombre.

Ese vacío…

Que nunca termina de irse del todo.

Mi garganta se cerró un poco.

Pero seguí cantando.

Porque detenerme…

Se sentía peor.

Mi voz tembló apenas.

Pero no paró.

—Te digo… somos los dos…

Mi pecho se apretó.

Bajé un escalón más.

—Como el aire que está flotando libre en la inmensidad…

Mis ojos empezaron a humedecerse.

Y aun así…

Seguí.

—Déjame volar…

Mi respiración se quebró apenas.

—A tu lado yo por siempre quiero estar…

Y entonces…

Lo sentí.

No fue un sonido.

No fueron pasos.

Fue otra cosa.

Esa sensación de que alguien te está mirando.

Me quité uno de los audífonos lentamente.

Y levanté la mirada.

Ahí estaba.

Mi papá.

En silencio.

Completamente quieto.

Observándome como si acabara de descubrir algo que había estado frente a él toda la vida.

Mi respiración se detuvo.

—Papá…

Mi voz salió apenas en un susurro.

—No te escuché entrar.

Él sonrió.

Pequeño.

Suave.

Pero sus ojos…

Sus ojos decían otra cosa.

—No me escuchaste…

Hizo una pequeña pausa.

—Porque estabas en tu mundo.

Mi mano bajó lentamente.

Todavía sostenía uno de los audífonos.

Mi papá dio un paso más cerca.

Y, por primera vez…

Pareció un poco más vulnerable de lo normal.

—Cantas muy bonito.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—Yo…

Bajé la mirada.

Mis mejillas empezaron a calentarse.

—Ni siquiera sabía que cantaba.

Mi papá soltó una pequeña risa.

Pero fue una risa triste.

Tierna.

Llena de algo que no entendí en ese momento.

—Yo tampoco.

Guardó silencio unos segundos.

Observándome.

De verdad observándome.

Como si estuviera intentando memorizarme.

Y entonces preguntó suavemente:

—¿Estabas llorando…

Hizo una pequeña pausa.

—Por tus bisabuelos?

Tragué saliva.

Y, por alguna razón…

Con él nunca podía mentir.

Asentí.

Muy despacio.

—Sí…

Mi voz se quebró apenas.

Eso fue todo.

No hizo más preguntas.

No intentó arreglarlo.

No dijo “no llores.”

No dijo “todo estará bien.”

Solo extendió la mano hacia mí.

Firme.

Cálida.

Segura.

Como siempre.

—Ven.

Su voz fue apenas un susurro.

—Vamos a lavarte la cara.

Y no sé por qué…

Pero ese gesto tan pequeño…

Dolió.

Porque, en ese instante…

Entendí algo.

A veces…

El amor no dice grandes discursos.

A veces…

Solo te ofrece una mano.

Y se queda.

—¡La cena está lista!

La voz de mi mamá atravesó el pasillo con esa mezcla perfecta entre autoridad…

Y cariño.

—¡Espero que ya se estén lavando las manos!

Mi papá y yo nos miramos al mismo tiempo.

Y, sin poder evitarlo…

Sonreímos.

—Justo eso estamos haciendo, cariño —respondió él.

Su mano seguía sobre mi hombro.

Firme.

Cálida.

Segura.

Como si, de alguna forma…

Todavía supiera exactamente cuándo necesitaba sentir que no estaba sola.

—Ahorita bajamos, mamá —respondí.

Nos lavamos las manos en silencio.

Pero no era un silencio incómodo.

Era uno de esos silencios que se sienten como hogar.

Como familia.

Como algo que crees…

Que nunca va a cambiar.

La cena ya estaba servida cuando llegamos.

El olor me hizo sonreír de inmediato.

Mi mamá siempre decía que cocinar era otra forma de decir te amo.

Y honestamente…

Creo que tenía razón.

Nos sentamos.

El sonido de los cubiertos llenó el espacio durante unos segundos.

Hasta que algo golpeó mi memoria.

Abrí los ojos de golpe.

—¡Es verdad!

Mis papás levantaron la mirada al mismo tiempo.

—¿Qué pasó? —preguntó mi mamá.

Miré directo a mi papá.

—La sorpresa.

Mi papá sonrió.

Esa sonrisa peligrosa.

La que siempre significaba que estaba tramando algo.

—¿Recuerdas que querías otra patineta?

Mis ojos brillaron al instante.

—¿En serio?

Él asintió.

—La que tienes ya casi no sobrevive.

No pude evitar reír.

Porque tenía razón.

Demasiadas caídas.

Demasiadas aventuras.

Demasiadas historias.

—Y pensé… —continuó— que ahora que vas a empezar la secundaria…

Tal vez necesites algo que vaya a tu ritmo.

Mi corazón se aceleró.

—Papá…

Mi voz salió mucho más pequeña de lo normal.

Mucho más real.

—¿Me compraste una?

Él sonrió con orgullo.

—Siempre usas tus protecciones.

Siempre cumples.

Así que sí.

No recuerdo haberme levantado.

Solo recuerdo correr.

Abrazarlo.

Fuerte.

Tan fuerte como podía.

—Gracias…

Mi voz salió quebrada.

—En serio.

Sentí cómo sus brazos me rodeaban.

Seguros.

Inquebrantables.

—Siempre, princesa.

Esas dos palabras…

Siempre.

Princesa.

En ese momento…

Sonaban eternas.

Mi mamá carraspeó con falsa molestia.

—Qué bonito…

Nos separamos.

Ella cruzó los brazos.

—¿Y yo qué?

Mi papá sonrió de lado.

Esa sonrisa que siempre significaba problemas.

—Curiosamente…

También tengo algo para ti.

Mi mamá frunció el ceño.

—¿Qué hiciste?

Yo no esperé la respuesta.

Salí corriendo hacia afuera.

Y entonces…

Lo vi.

Un auto.

El mismo.

Exactamente el mismo que mi mamá había estado mirando semanas atrás.

Me llevé ambas manos a la boca.

—No…

Volteé hacia la puerta.

—¡Mamá!

Ella salió.

Y cuando lo vio…

Se quedó completamente inmóvil.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Sus labios temblaron.

Y luego…

Literalmente gritó.

Yo me doblé de la risa.

—¡No puede ser!

Ella se giró hacia mí.

—¡No te rías!

Pero ya era demasiado tarde.

—¡Mamá, jamás te había escuchado gritar así!

Incluso mi papá estaba riéndose.

Y por unos minutos…

Nada dolió.

Nada preocupó.

Nada faltó.

Solo existíamos nosotros.

Nuestra familia.

Nuestro pequeño mundo.

Perfecto.

O al menos…

Eso parecía.

Esa noche…

Mientras cenábamos entre risas, historias y planes para el día siguiente…

Miré a mis papás.

Y sonreí.

Porque, en ese instante…

De verdad creí…

Que algunos momentos podían durar para siempre.

Pero la vida…

Tiene una forma muy cruel de enseñarte…

Que los recuerdos más felices…

Muchas veces…

Son los que más terminan doliendo.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play