Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
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Capítulo 14: El juego social del internado
El problema no era el evento.
Era que nadie le había dicho que aquí también existían… solo que con mejores modales y peores intenciones.
—No tienes que ir —dijo Maeve por tercera vez, sentada en la cama mientras observaba a Allegra frente al espejo.
—Claro que tengo que ir —respondió ella, ajustando la manga del uniforme con precisión quirúrgica.
—No, no tienes.
—Maeve, es un evento social.
—Es una reunión obligatoria con comida aburrida.
—Exacto.
Maeve frunció el ceño.
—Eso no suena como algo que te entusiasme.
Allegra se giró lentamente.
—No me entusiasma.
—Entonces—
—Pero tampoco voy a esconderme.
Silencio.
Maeve la observó un segundo más.
—Esto no se trata solo del evento, ¿verdad?
Allegra sostuvo su mirada en el espejo.
—Nada aquí es solo lo que parece.
—Eso sonó dramático.
—Lo soy un poco.
Maeve suspiró.
—Solo… intenta no provocar a nadie.
Allegra sonrió.
—No prometo nada.
—Lo sé.
El salón estaba iluminado con una elegancia fría.
Velas. Mesas largas. Todo perfectamente organizado.
Demasiado perfecto.
—Esto parece una versión deprimente de una gala —murmuró Allegra.
Maeve soltó una risa baja.
—Es lo más cercano que tenemos aquí.
Allegra observó el lugar.
Grupos ya formados.
Conversaciones medidas.
Miradas calculadas.
Y, por supuesto…
evaluación constante.
—Empieza el juego —susurró.
—¿Qué juego? —preguntó Maeve.
—El social.
—No es un juego.
Allegra la miró.
—Siempre lo es.
Caminaron hacia una mesa.
Pero antes de que pudieran sentarse—
—Llegaste.
Esa voz.
Allegra giró.
Thornbridge.
Impecable como siempre.
—Difícil no hacerlo cuando es obligatorio —respondió Allegra.
—Y aun así consideré la posibilidad de que no vinieras.
—Te habría decepcionado.
—No especialmente.
Allegra sonrió.
—Qué fría.
—Qué predecible.
Silencio.
Pero no vacío.
Tenso.
—Tu uniforme está correcto —añadió Thornbridge.
Allegra bajó la mirada teatralmente.
—Un esfuerzo sobrehumano.
—Se nota.
—¿Eso fue un cumplido?
—No.
—Lástima.
Maeve intervino con una sonrisa incómoda.
—Hola, Eliza.
—Maeve.
Breve.
Formal.
Distante.
—¿Lista para comportarte? —preguntó Thornbridge, volviendo a Allegra.
Allegra inclinó la cabeza.
—Nunca lo estoy.
—Entonces intenta.
—Lo intentaré… un poco.
—Hazlo más que eso.
—No prometo milagros.
Silencio.
Thornbridge la observó un segundo más.
—Eso será suficiente… por ahora.
Y se alejó.
Maeve soltó el aire.
—Eso fue menos terrible de lo esperado.
—Eso significa que algo peor viene —respondió Allegra.
—No digas eso.
—Es estadística.
Se sentaron.
Comida servida.
Conversaciones iniciando.
Todo muy… civilizado.
Demasiado.
Allegra jugaba con el tenedor, observando.
Analizando.
—¿Qué haces? —susurró Maeve.
—Estudio el terreno.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
—Allegra—
—Mira —interrumpió ella.
Maeve siguió su mirada.
Rowan.
Al fondo.
Sentado.
Y no estaba solo.
Clara.
Otra vez.
Riendo.
Cómoda.
Cercana.
—No mires —susurró Maeve.
—No estoy mirando.
—Estás mirando.
—Estoy evaluando.
—Eso es peor.
Allegra dejó el tenedor.
—No es relevante.
—Claro.
—No lo es.
—Ok.
Silencio.
Pero no tranquilo.
—Voy a moverme —dijo Allegra de pronto.
—¿A dónde?
—A donde no tenga que ver eso.
Maeve dudó.
—No hagas nada—
—No voy a hacer nada.
—Eso nunca es cierto.
—Esta vez sí.
Y se levantó.
Caminar entre mesas era como atravesar un campo minado.
Miradas.
Susurros.
Evaluación constante.
Pero Allegra lo hacía con naturalidad.
Como si perteneciera ahí.
Aunque no fuera cierto.
—Valiente —dijo una voz.
Lila.
Apoyada contra una columna.
Observando.
—Siempre —respondió Allegra.
—O imprudente.
—Depende de quién mire.
Lila la evaluó.
—No estás disfrutando esto.
—No estoy aquí para disfrutar.
—Entonces, ¿para qué?
Allegra sonrió.
—Para no perder.
—Ya lo estás haciendo.
Eso golpeó.
Pero no lo mostró.
—No juego para ganar fácil.
—Aquí no hay fácil.
—Perfecto.
Silencio.
Lila dio un paso más cerca.
—No necesitas demostrar nada.
Allegra la miró.
—Siempre se necesita demostrar algo.
—No aquí.
—Entonces, ¿qué hago?
Lila sostuvo su mirada.
—Ser real.
Allegra soltó una pequeña risa.
—Eso suena peor que perder.
—Es más difícil.
—Lo imaginé.
Silencio.
Pero esta vez… distinto.
—Cuidado —añadió Lila—. No todo el mundo aquí juega limpio.
Allegra inclinó la cabeza.
—Yo tampoco.
Lila asintió levemente.
—Eso ya lo sé.
—¿Buscas algo?
Allegra se giró.
Clara.
Por supuesto.
Sonriendo.
Demasiado amable.
—No —respondió Allegra—. Solo caminaba.
—Es un lugar grande.
—Se siente pequeño.
Clara rió suavemente.
—Supongo que sí.
Silencio.
Breve.
Pero incómodo.
—¿Te estás adaptando? —preguntó Clara.
—Lo intento.
—No parece.
Directo.
Interesante.
Allegra sonrió.
—No todos lo hacen fácil.
—No debería ser fácil.
—Estoy de acuerdo.
Silencio.
Pero más tenso.
—Rowan dice que eres… diferente.
Allegra levantó una ceja.
—¿Eso dijo?
—Algo así.
—Interesante.
—Sí.
Allegra la observó.
Evaluando.
—¿Y tú qué dices?
Clara dudó apenas.
—Que no sé aún.
—Buena respuesta.
Silencio.
Pero cargado.
—Bueno —dijo Clara finalmente—. Nos vemos.
—Claro.
Se fue.
Allegra la siguió con la mirada un segundo.
Luego—
—Eso fue raro.
Maeve apareció a su lado.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—No fue nada.
—Fue… interesante.
Maeve suspiró.
—Esto no va a terminar bien.
—Nada aquí lo hace.
Cuando la noche terminó, Allegra salió primero.
El aire frío la golpeó.
Pero no le importó.
Se detuvo.
Respiró.
Pensó.
—Perdí —murmuró.
Pero no en voz alta.
No frente a nadie.
No de forma visible.
Porque el juego…
no era como antes.
Aquí no ganaba quien destacaba.
Ganaba quien entendía.
Y Allegra…
aún estaba aprendiendo las reglas.