Scarlett Padro Castello es una mujer empoderada, CEO de su propia firma de maquillaje y presidenta de una potencia automotriz. Ha construido un imperio desafiando los prejuicios de género, demostrando que su intelecto es tan afilado como su sentido de los negocios. Sin embargo, su mundo perfectamente controlado se tambalea cuando su padre le impone un proyecto junto al gigante tecnológico de la familia Robles Di Bianco. El problema tiene nombre y apellido: Rodrigo Robles Di Bianco.Rodrigo, el frío y calculador dueño del imperio tecnológico, no quiere tenerla cerca "ni en pintura". Su rechazo es visceral; ambos comparten un pasado marcado por escándalos y una competitividad feroz que los llevó a detestarse públicamente. Para Rodrigo, Scarlett es una distracción peligrosa; para Scarlett, Rodrigo es el único hombre que ha logrado herir su orgullo.Lejos de amedrentarse, Scarlett decide utilizar toda su astucia y elegancia para infiltrarse en el mundo del multimillonario.
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Capítulo 10
...SCARLETT:...
Cerré la puerta de mi habitación con más fuerza de la necesaria, dejando que el silencio de mi casa intentara calmar el caos que bullía en mi pecho.
Me quité los tacones y caminé descalza por la alfombra, sintiendo todavía la mirada de Rodrigo quemándome la piel.
"Instalarse en su departamento", repetí mentalmente.
La idea era tan absurda que rozaba lo cómico, pero conociendo a mi padrino y a mi padre, no había escapatoria.
Eran dos tiburones que ya habían olido la sangre del éxito y no soltarían la presa.
Me dejé caer en la cama, mirando el techo.
Mi confesión en la cena sobre las bromas de la infancia me había dejado expuesta, y odiaba sentirme así.
Rodrigo siempre había sido mi punto débil, el único capaz de hacerme perder la compostura con una sola palabra.
Mañana entraría en su santuario, y aunque le dije que "planeáramos algo", en el fondo sabía que esto iba a ser una guerra.
— ¿Viviendo con el enemigo, Scarlett? Realmente te gusta el peligro — me dije a mí misma con un suspiro.
El vestido verde esmeralda me apretaba, o quizás era la ansiedad de saber que en menos de doce horas mi cepillo de dientes estaría compartiendo estante con el de Rodrigo Robles Di Bianco.
Busqué mi teléfono con manos ligeramente temblorosas y marqué el número de Laura.
Ella era la única persona que conocía la historia completa, la que sabía que mi odio por Rodrigo no era solo profesional, sino un incendio que nunca terminaba de apagarse.
Le conté todo con lujo de detalles, y ya esperaba su reacción.
— ¡Dime que no es cierto! — fue lo primero que gritó Laura, casi me deja sorda —. Dime que no vas a dormir bajo el mismo techo que "El Témpano".
— Es peor de lo que imaginas, Lau — dije, caminando hacia mi vestidor para empezar a sacar maletas —. Es una orden directa de la junta. Mi padre y Alberto creen que si nos encierran en un departamento, la "magia empresarial" sucederá.
— O la tercera guerra mundial — rio Laura —. Scarlett, esto es una locura. Ese hombre tiene reglas hasta para respirar. ¿Cómo vas a sobrevivir a su orden maniático?
— No voy a sobrevivir, Laura. Voy a invadir — respondí, lanzando un par de tacones de aguja dentro de la maleta —. Él cree que su departamento es un búnker impenetrable. Mañana va a descubrir lo que es tener el aroma de mis cremas en cada rincón y mis infusiones de jazmín en su cocina minimalista.
Ya me imagino su rostro, y sonreí.
— Si quiere guerra fría, le voy a dar un invierno siberiano.
— Ay, por favor... — Laura bajó el tono de voz, poniéndose seria —. Admítelo, una parte de ti está aterrada porque sabes que estar tan cerca de él va a hacer que sea imposible ocultar que todavía te afecta.
» Esa mirada que se dieron en la gala de Milán no fue de odio, Scarlett. Fue de "quiero besarte o lanzarte por el balcón".
Me quedé helada con una blusa de seda en la mano.
— Fue de "quiero lanzarlo por el balcón", definitivamente — rebatí, aunque el calor en mis mejillas decía otra cosa —. Mañana me mudo. Y no me voy a llevar una maleta, Lau. Me voy a llevar cinco. Solo para ver cómo se le salta una vena de la frente cuando vea todo mi equipaje en su sala perfecta.
— Eres malvada — dijo riéndose —. Me encanta. Mantenme informada minuto a minuto. Si necesitas que te rescate con un helicóptero o que llame a emergencias por combustión espontánea entre ustedes, avísame.
Colgué la llamada con una sonrisa maliciosa.
Miré mi habitación, mi santuario, y luego las maletas abiertas.
Rodrigo creía que el control era suyo por ser el dueño de casa, pero no tenía idea de que yo no iba a ser una invitada.
Iba a ser el caos que su vida perfectamente programada necesitaba.
*****
El departamento de Rodrigo era exactamente como él: frío, insultantemente organizado y con una iluminación tan perfecta que parecía diseñada para resaltar cada una de mis inseguridades.
Sin embargo, yo no estaba allí para sentirme intimidada.
Entré arrastrando mis maletas con un estruendo deliberado, rompiendo el silencio sepulcral de su sala minimalista.
Él estaba allí, de pie junto a un ventanal que ofrecía una vista cínica de la ciudad, con la misma expresión de "acceso denegado" que tenía en su oficina.
— He llegado, Rodriguito — solté, dejando caer las llaves sobre la mesa de mármol con un eco metálico —. Si vamos a planear cómo sabotear este plan de nuestros padres, necesito café, aunque sea de ese amargo que tanto te gusta.
Él se giró lentamente, y juro que sus ojos verdes lanzaron chispas que habrían derretido el hielo de la Antártida.
Se acercó a mí con pasos lentos, invadiendo mi espacio hasta que pude oler de nuevo ese perfume a madera que me nublaba el juicio.
Me acorraló contra la encimera de la cocina, apoyando las manos a ambos lados de mi cuerpo.
La tensión era tan espesa que se podía cortar con un bisturí.
— Primero: no vuelvas a llamarme así en mi propia casa — su voz era un susurro ronco que me recorrió la columna como una descarga eléctrica —. Segundo: la única razón por la que no he hecho nada es porque mi padre te adora. Así que dime, gata astuta, ¿cuál es el plan?
» Porque no pienso dormir bajo el mismo techo que tú, y mucho menos compartir mi desayuno con alguien que intenta robarme la empresa cada vez que parpadea.
Sostuve su mirada, negándome a bajar la guardia.
Estábamos tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban, una danza peligrosa de odio y algo que ninguno se atrevía a admitir.
Levanté una mano y, con una lentitud calculada, le ajusté el cuello de la camisa, rozando su piel con la punta de mis dedos.
Vi cómo su garganta se movía al tragar saliva, un pequeño signo de grieta en su armadura de acero.
— El plan es simple — le susurré, acercándome a su oído mientras una sonrisa maliciosa se dibujaba en mis labios —. Vamos a fingir que somos el equipo perfecto. Tan perfecto, tan empalagoso y tan unido, que nuestros padres se asustarán y pensarán que hemos perdido el juicio.
Me separé un centímetro, clavando mis ojos marrones en los suyos con una mirada que prometía guerra.
— Pero mientras tanto... vas a tener que soportar que invada cada rincón de tu vida. Y créeme, Rodrigo, lo que empieza jugando, termina gustando.
Él no se movió.
Su mirada bajó por un segundo a mis labios, cargada de una intensidad que me hizo flaquear las rodillas, antes de volver a mis ojos con un destello de pura competitividad.
El aire entre nosotros vibraba, cargado de una electricidad que nadie podría soportar.
Éramos dos fuerzas de la naturaleza atrapadas en una cocina elegante, y el primer round acababa de comenzar.
Pues quien se ceee este 🤭