✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
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Volver a casa
El zumbido sordo del pilar de fuego solar que cruzaba el techo abierto de la pirámide negra parecía marcar el compás de la muerte en la recámara de cuarzo blanco. Las picas de gancho de la Guardia de Hierro brillaban bajo el fulgor dorado, formando un muro de metal negro en la entrada del santuario. En medio de la sala, los cuerpos destrozados del Príncipe Saevus y su escuadrón yacían sobre el suelo, con la sangre carmesí tiñendo las baldosas de piedra.
Lin permanecía firme a un paso del pedestal del Faro. Su mano derecha, donde la marca de los Hechiceros del Sol latía ahora con un calor dulce y pausado, sostenía la espada corta de campaña. El poder silencioso que los dioses del equilibrio le habían otorgado por única vez corría por sus venas de forma invisible. No había un aura exagerada a su alrededor, pero sus ojos grises veían el entorno con una claridad absoluta: el peso exacto de la maza de Armoton, la fatiga en los hombros de los soldados y el microsegundo exacto en que el aire se cortaba ante un ataque.
—¡Miren a este traidor del norte! —rugió el Príncipe Armoton, dando un paso al frente con una risa gorda y sádica que deformó sus facciones brutales—. ¡Piensa que por encender esa esfera de vidrio se ha vuelto inmune al hierro! ¡Soldados del flanco izquierdo, destrocen a los dos cazadores viejos y traigan al pequeño Vetmi encadenado! ¡Al capitán me lo dejen a mí, quiero escuchar cómo crujen sus costillas bajo mi hierro!
Jinetes pesados, los guerreros más corpulentos de la Guardia de Hierro, rompieron filas con furia, lanzándose hacia adelante con las picas de gancho en alto. No les importaba el cansancio de sus caballos; solo buscaban la recompensa en oro que Val prometía en el palacio.
—¡¡Atrás, muchachos!! —ordenó Lin, y su voz profunda sonó con un trueno de acero que heló la sangre de los atacantes—. ¡No den un solo paso más!
El primer soldado de hierro llegó lanzando una estocada horizontal que buscaba atravesar el pecho de Lin. Gracias a la bendición de los dioses, el tiempo real pareció ralentizarse ante los ojos del capitán. Lin no usó su escudo; simplemente inclinó el torso dos centímetros hacia la izquierda, permitiendo que la punta del gancho pasara de largo rozando su chaleco de cuero. Antes de que el guardia pudiera recuperar la guardia, Lin dio un paso al frente y asestó un tajo ascendente y brutal con su espada. El acero, bendecido por el pulso gélido de la marca, cortó las placas de la gola de hierro y se hundió profundamente en la garganta del soldado. Un chorro espeso y caliente de sangre carmesí brotó con fuerza, salpicando las baldosas de cuarzo. El hombre cayó de rodillas, ahogándose en su propio plasma, antes de desplomarse inerte.
Los otros soldados, encendidos por la saña y el olor de la carnicería fresca, rodearon al capitán lanzando tres golpes al mismo tiempo. El sonido del metal chocando en ese espacio cerrado fue ensordecedor.
Lin se movió con la agilidad agudizada de un espectro. Bloqueó la pica del segundo guardia con el plano de su hoja, desvió el peso con un giro de su muñeca y, aprovechando el impulso del enemigo, le cercenó la mano derecha de un solo tajo. El miembro cortado rodó por la greda mientras el hombre soltaba un alarido de agonía. Lin completó el castigo girando sobre sus talones y hundiendo su acero directamente por debajo de la axila del tercer atacante. El hierro entró limpio, partiendo el corazón del soldado, quien escupió una espuma roja por la boca antes de caer muerto sobre las piedras.
Los lanceros intentaron retroceder, aterrorizados por la destreza asesina de un hombre que parecía adivinar cada uno de sus movimientos antes de que ocurrieran. Pero Lin no les dio tregua. Avanzó con pasos pesados y decididos, descargando un revés brutal que le partió el casco y el cráneo a otro guardia, dejando ver una costra oscura de hueso y sesos que manchó la túnica gris del capitán. Al último de los heridos lo atravesó con una estocada directa en el vientre, sacando el acero con un movimiento rápido que arrastró parte de las entrañas del soldado sobre la arena carmesí del suelo.
Los soldados de la Guardia de Hierro yacían destrozados, mutilados y ahogados en su propia sangre en menos de dos minutos. La recámara de cuarzo blanco era un escenario de carnicería pura, un matadero donde el acero del norte había dictado la sentencia.
Al ver la velocidad de la matanza, los soldados sobrevivientes que esperaban en la entrada del santuario se tensaron de golpe, sintiendo que el pánico les congelaba los músculos. Se miraron entre sí con los ojos abiertos por el shock absoluto. Ya no veían a un fugitivo común; veían a un demonio de la muerte que no mostraba un solo gramo de fatiga en su postura rígida. Sin esperar una orden de retirada, la cobardía y el instinto de conservación pesaron más que el fanatismo de la corona. Los soldados sobrevivientes dieron media vuelta con desesperación, arrojando sus picas de gancho al suelo y huyendo despavoridos por los peldaños de la pirámide negra, montando sus caballos para escapar hacia los desfiladeros lejanos, vaciando el perímetro por completo. No se quedaron a ver qué pasaba con su líder; prefirieron el anonimato del desierto antes que terminar convertidos en pedazos de carne en el cuarzo.
Armoton se quedó solo en el centro de la sala, pero su mirada sádica no flaqueó. La huida de sus hombres y la carnicería de sus guardias solo le provocaron una sonrisa desfigurada por la locura de la ira. Levantó su inmensa maza de espinas de hierro con las dos manos, apretando los dientes hasta dejarse los nudillos blancos.
—¡¡Malditas ratas cobardes!! —rugió Armoton, y su voz profunda pareció hacer temblar las vigas de la pirámide sepultada—. ¡No necesito a esos imbéciles para triturar tus placas, Lin! ¡Has despejado el tablero para que nuestro duelo sea más limpio! ¡Voy a disfrutar cada segundo que pase rompiéndote los huesos con mi hierro!
El Verdugo se lanzó al ataque con un paso brutal que levantó el polvo de greda del suelo. Descargó su maza de espinas en un tajo descendente que buscaba aplastar al capitán contra las piedras. Lin no esquivó con prisa. Utilizando la visión agudizada que los dioses le otorgaban, esperó el microsegundo exacto en que el hierro pesado cortaba el aire. Dio un paso lateral con su bota, permitiendo que la maza pasara a milímetros de su hombro. El impacto del arma de Armoton contra el suelo de cuarzo blanco fue ensordecedor, partiendo la baldosa de piedra en mil pedazos y levantando una nube de fragmentos afilados.
Armoton intentó recuperar la guardia tirando de la cadena del pomo, pero la pesadez de su armadura de placas completas lo hacía lento ante la velocidad bendecida de Lin. El capitán aprovechó el flanco expuesto y le asestó un tajo horizontal en la pierna derecha, cortando la carne por debajo de la rodillera. El gigante soltó un gruñido de rabia, la sangre oscura brotando de la herida profunda, obligándolo a hincar una rodilla en la arena carmesí.
—¡¡Maldito seas!! —gritó Armoton, intentando levantarse mientras lanzaba un revés ciego con su maza de hierro.
Lin bloqueó el impacto con el plano de su hoja corta, pero esta vez aplicó la técnica combinada que Marcos le había enseñado al joven príncipe Vetmi en el Oasis Seco: desvió el peso de la maza usando el centro de gravedad de su propio cuerpo, desestabilizando al gigante por completo. Con un paso al frente, rápido como un susurro, Lin descargó un golpe con el pomo de su espada directamente en el centro de la maza de espinas. Al contacto de la marca dorada con el hierro de la criatura, el arma de Armoton se partió en dos con un crujido sordo, los trozos de metal negro volando por las esquinas de la sala.
El Verdugo quedó desarmado, con los ojos abiertos por el shock de ver su fuerza bruta rota por el acero del norte.
Lin no tuvo piedad. Dio el último paso decisivo de la travesía marcial. Con un movimiento limpio, directo y cargado con toda la fuerza de su juramento eterno, hundió su espada directamente en el centro del peto de placas negras de Armoton. El acero, guiado por el pulso frío de los dioses, perforó el metal inmaculado como si fuera de lino viejo, atravesando los pulmones y el corazón del monstruo del sur.
Armoton se arqueó de golpe, un hilo espeso de sangre oscura y grisácea brotando de su boca, manchándole las cicatrices del rostro. Sus manos toscas intentaron tomar el cuello de la túnica de Lin en un último intento sádico por estrangularlo, pero sus fuerzas se extinguieron en un parpadeo. El gigante soltó un silbido de aire ahogado, sus ojos fijos en la nada se volvieron vidriosos por la muerte, y su cuerpo descomunal se desplomó pesadamente hacia adelante, cayendo inerte sobre el lodo sangriento del cuarzo blanco. El Verdugo de Yalnizlik había sido ejecutado por el acero de un hombre libre, terminando con la tiranía de los bastardos en el fondo de la pirámide sepultada.
El silencio absoluto regresó a la recámara central del Faro espiritual, interrumpido solo por el zumbido templado del fuego solar que continuaba cruzando el cielo hacia el norte profundo.
Lin permaneció de pie junto al cadáver, soltando el aire de sus pulmones de forma pausada. De repente, una sensación de vacío absoluto le recorrió los músculos. El poder silencioso que le permitía ver el viento y ralentizar el tiempo comenzó a desvanecerse de sus venas de forma lenta, dejándolo de nuevo con el peso real de sus hombros cansados y el dolor en las rodillas por las horas de marcha forzada. La marca dorada de su palma derecha regresó a un brillo tenue, una pulsación dulce y pacífica que le devolvió toda la humanidad a sus facciones de soldado.
Marcos se acercó a paso lento, con el machete pesado bajo el brazo, mirando los cuerpos destrozados de los guardias y la figura gigante de Armoton en el suelo, desbordaba se asombro. Ettore llegó detrás, con la ballesta baja, y el joven príncipe Vetmi se limpió el sudor de la cara con la túnica, mirando al capitán con respeto.
—Lin… —dijo Marcos, deteniéndose a dos pasos del pedestal—. ¿Cómo sucedió eso? Tu movimiento contra la maza… tu fuerza... Cortaste el hierro de ese monstruo como si fuera paja seca. ¿Qué clase de poder fue ese que usaste en la arena?
Lin se giró hacia sus tres compañeros, apoyando la punta de su espada en el suelo para sostener el peso de su cuerpo exhausto. Su semblante serio se suavizó con esa decencia protectora que Norman había sembrado en su pecho.
—No lo sé con exactitud, Marcos —respondió Lin y su voz sonó con una solemnidad—. No fue una magia que yo dominara. Siento que las deidades antiguas de este Altar, aquellas que Alma mencionó en la gruta, me otorgaron una bendición efímera para proteger la línea. Sintieron que la misión de Norman corría peligro y me dieron el pulso frío necesario para limpiar esta sala de las mentiras de Erke. Estoy muy agradecido por esa ayuda oportuna. Si ese poder no hubiera entrado en mis venas, nuestros aceros cansados se habrían roto ante las picas de la Guardia.
Ettore dejó escapar una sonrisa de lado, guardando la saeta en su aljaba con un suspiro de puro alivio.
—Vaya con los dioses de la arena… Al menos sabían a quién entregarle el hierro. Capitán, la Guardia de Hierro ha huido hacia los desfiladeros. El sur se ha quedado sin príncipes que cobren aranceles en esta meseta profunda.
Vetmi miró hacia el techo abierto, donde el pilar de luz dorada continuaba creando el puente invisible hacia las montañas del norte. El joven príncipe de Yalnizlik envainó su espada con una firmeza real, sintiendo que la lealtad de la unidad había borrado la podredumbre de su familia para siempre.
—El Faro está encendido, Lin —dijo Vetmi en un susurro—. Tu hechicero de luz ya tiene el camino abierto para regresar a su cuerpo.
Lin introdujo su mano izquierda bajo su chaleco de cuero viejo, tocando el relieve del diario que permanecía intacto en la ranura del pedestal, absorbiendo la radiación del oro viejo del mecanismo. Sintió que la carnicería había terminado y que la primavera del norte ya no era una promesa lejana en sus notas escritas con tinta. Miró a sus tres exhaustos pero sonrientes escudos, y por primera vez en todo el viaje por la meseta profunda, una pequeña sonrisa de orgullo melancólico cruzó su rostro de caballero protector.
—La cacería por el alma de Norman se ha completado en estas dunas rojas, muchachos —sentenció Lin con su voz de acero, mirando hacia la salida del templo—. Las cadenas del Cónclave están rotas. Ahora… solo quiero volver a casa.
El grupo se preparó para la marcha de regreso, dejando atrás los restos de la colmena de víboras de Yalnizlik y avanzando con las cuatro monturas veloces bajo el cielo del alba, listos para cruzar las fronteras de la alianza y llevar el rastro de la redención de vuelta al Manantial del despertar, donde el sol del norte esperaba volver a encender la vida bajo el amparo de los hombres libres.
Fin.
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Nos vemos pronto en otra historia. Besos, mis amores.💥⚠️
⚠️✨️⬇️Mis Chickis, aquí nos arriesgamos a un GL.⬇️✨️⚠️