🔞🔞En una ciudad donde las torres de cristal ocultan mafias, corrupción y cuerpos bajo neón, Cassian Cooling intenta vivir lejos de la violencia que marcó su juventud. Arquitecto prodigio de Central City, heredero de una fortuna y dueño de un talento capaz de construir maravillas, lleva años enterrando al monstruo que alguna vez aterrorizó las calles de Cuatro Leguas.
Cuando su mejor amigo queda atrapado en una deuda y la mujer de la que se enamora resulta herida, Cassian descubre que el pasado nunca desapareció. Solo esperó en la oscuridad el momento para volver.
Una guerra criminal comienza a devorar las dos ciudades más peligrosas, Cassian deberá decidir qué parte de sí sobrevivirá: el hombre que construye hospitales… o el que aprendió a destruir mafiosos.
Entre conspiración, mafias, tecnología, romance oscuro y una violencia tan brutal como adictiva, Cenizas y Cristal es una novela noir de ciencia ficción donde el amor puede salvar… o romper lo poco humano que queda dentro de t
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Cap. 2: Parte 3.
Salgo de la ducha. Me miro al espejo mientras me seco. Y el reflejo de mis ojos me vuelve a arrastrar a ese pasado oscuro… Aparto la vista… Mi barba ya tiene dos semanas. Me rasuro solo por mi madre… No me gusta la sensación de la navaja en el cuello.
Salgo del baño. Lena ya tiene la ropa preparada en el centro del vestidor. Un traje gris oscuro, impecable. Uno de los trajes de mi padre…
—Lena, ¿qué carajos te dije? —gruño.
—Sería bueno que su madre le viera con algo que perteneció a Rubén. Podría ayudar con su memoria.
—Guarda eso. Ahora mismo —gruño, sin volver a ver el traje.
—Entendido…
El traje desaparece de vuelta al closet. Bloqueo el acceso al guardarropa de mi padre con un gesto seco de la mano. No quiero ponerme su piel. No hoy… Ni nunca.
Lena extiende otro conjunto. Traje completo azul marino oscuro, detalles celestes y blancos, camisa azul sin corbata… Los colores Cooling.
Me visto a regañadientes. Tomo una colonia sin verla. Y, en cuanto la presiono… la risa de mi padre me cala la mente, entrando directamente por mi nariz.
—Mierda… —murmuro con los dientes apretados.
—Buena elección señor —dice Lena desde el holograma en la puerta.
—Ahórrate tus comentarios, IA.
Lena no responde más. Solo apaga su holograma.
Camino a la puerta, ajustándome el saco. Bajo los 138 pisos en el ascensor privado. Las luces tenues de la mañana se deslizan por las paredes y el ventanal panorámico. Por un segundo, la cara de Lekan se superpone a la imagen de Damián regañándome. Sus ojos verdes, esa seriedad antigua, esa boca que apenas sonríe.
Sacudo la cabeza. No es momento.
Llego a mi hangar privado. Mi Vortex me espera como un animal dormido. Me subo, activo los motores y la ciudad se abre debajo de mí. En la radio, la música no deja más que otra herida abierta. El tecno-rock que tanto le gusta Damián suena por todo el habitáculo.
Veinte minutos de vuelo hacia el este, dejando atrás las torres brillantes y entrando en la zona más exclusiva de Central City.
Al aterrizar en la mansión familiar, los trabajadores del jardín y del mantenimiento se detienen. Algunos me saludan con cariño genuino, otros con respeto casi reverencial.
—Señor Cooling, qué bueno verlo por aquí —dice uno de los jardineros más antiguos, quitándose el gorro.
Les devuelvo el saludo con un gesto de cabeza. La familia Cooling siempre trató bien a su gente. Sabemos lo que es venir de abajo. Pero, como siempre, evitan mirarme directamente a los ojos. Mis ojos dorados. Los mismos que, según la religión de la Luz, solo tienen los héroes enviados por Santini.
A la mierda con eso…
Yo nunca me he sentido un héroe. Y ellos tampoco me ven como uno. Solo ven algo peligroso. Algo que no encaja en este mundo de cristal y acero.
Respiro hondo y camino hacia la entrada principal. Mi madre me espera dentro, y con ella, los pedazos rotos de lo que alguna vez fue mi familia.
La mansión familiar sigue igual de imponente, pero se siente más vacía que nunca. Entro al salón principal y ahí está ella: mi madre, sentada junto a la ventana con una manta sobre las piernas. Nana. Su cabello ya casi completamente blanco contrasta con la luz que entra del jardín.
—Cassian… —dice con una sonrisa frágil, como si temiera que yo fuera solo un recuerdo—. Viniste.
Me acerco y la abrazo con cuidado. Huele a lavanda y a los mismos medicamentos que tomaba mi padre. Su cuerpo se siente más pequeño, más frágil.
—Claro que vine, mamá.
Damián aparece poco después y nos acompaña al comedor. Desayunamos en silencio casi religioso: café negro, frutas y pan recién horneado. Los mellizos no están.
—¿Y los niños? —pregunto—. Quería ver a Anabel y Dorian. ¿Todavía creen que soy el tío que les trae dulces prohibidos y, les cuenta las historias de caballeros oscuros que tanto les gustan?
Damián suelta una risa corta y seca.
—Ya tienen siete años, Cassian… Casi ocho. No cinco… —me mira directo a los ojos, como si fuera una bofetada por olvidar algo tan importante como la edad de mis sobrinos—. Están en la escuela. Dorian es… demasiado parecido a ti… —lo dice serio, pero noto ese microgesto, esa sonrisa torcida de familia, intenta ocultar algo casi parecido al orgullo—. Terco, impulsivo, salta sobre cualquiera que necesite ayuda. Anabel no deja de preguntar por su tío. Aun dice que vas a construirle un castillo flotante sobre la ciudad.
Sonrío, pero duele. El tiempo se me escapa entre los dedos… Y, solo es mi culpa.
—¿Como esta Walter…? —pregunta mi madre, viendo por la ventana.
Me quedo con la tostada a medio mordisco… No le puedo decir la verdad. No con todo lo que lleva a penas encima de su frágil mente. Recordarle que uno de sus hijos es aún más estúpido que antes, no ayudará en nada…
—Está bien, mamá… —digo, evitando sonar forzado, pero veo en los ojos de Damián que no me cree—. Ya sabes cómo es Walter, mamá. Solo trabaja y visita a su madre y a Susy.
—Espero que eso sea verdad… —me dice ella, viéndome directo a los ojos, incluso a través de sus cataratas logro ver la chispa de la mujer que alguna ves fue—. Espero que este comiendo bien y no solo bebiendo. Cuando tenga tiempo tráelo… Lo extraño.
Esa ultima palabra me destroza por dentro… Siento como el aire se me bloquea al exhalar. Aun con la enfermedad avanzando no deja de pensar en sus tres hijos…
Pero sus ojos se vuelven a perder en la ventana, en su infinita pradera de rosales… Mi padre plantó a fuera de la ventana todas esas rosas. —“Una por cada beso que me dio”—. Eso solía decir…
La conversación deriva inevitablemente hacia lo mismo de siempre…
—Padre quería que tú fueras la cabeza de la familia, Cassian… —dice Damián, cortando un trozo de fruta con precisión fría—. Lo dejó claro en el testamento. No era una sugerencia.
—No quiero ese puesto, Damián. Nunca lo quise. Ese lugar siempre te ha pertenecido a ti. Tú eres el que se quedó aquí, el que entendía los números, el que apoyaba a papá todas las noches, mientras yo…
—Mientras tú estabas en Cuatro Leguas rompiéndole la cara a las escorias… —completa él, en voz baja, mirando con ira el trozo de fruta.
Mi madre nos mira por el reflejo de la ventana, aparentemente ausente, pero sé que escucha más de lo que parece.
—Cumpliré la voluntad de papá —continúa Damián—, pero no voy a obligarte. Aunque me moleste…
Poco después se levanta, molesto. Tiene una reunión con banqueros.
—Odio a esos buitres… —murmura mientras se ajusta los puños de la camisa—. Ninguno es de fiar.
Se va. Mi madre y yo nos quedamos viendo antiguas fotografías holográficas. A los veinte minutos se duerme profundamente en el sofá, con la cabeza ligeramente inclinada sobre mi hombro… Su rostro se ve más sereno de lo que había visto en meses.
Los empleados se acercan con sigilo. Cubren sus piernas con una manta suave y acomodan un cojín bajo su cabeza.
—El médico dice que dormir le ayuda a recomponer su mente fracturada —me explica Marta, la jefa del servicio, en voz baja—. Hace días que no la veíamos dormir tan plácidamente. Sin duda es por usted, joven Cassian. Su presencia le hace bien… Sin duda alguna.
Asiento y les pido que la dejen descansar. Subo al tercer piso, a mi viejo cuarto.
Abro la puerta y el pasado me golpea como un puñetazo directo a la nariz. Siento como se me nubla la vista… Los posters viejos, los modelos a escala de naves y edificios, la cama en forma de auto de carreras que mi padre me regaló cuando cumplí dieciocho, aunque ya era casi un adulto. Ese “algo” que nunca me pudo dar de niño… Pero él no lo olvidó, hasta que tuvo el dinero para comprármela.
Me arrodillo y veo bajo la cama. Ahí está… Mi caja negra todavía guarda las fotografías del Círculo. No las saco. No hoy. No las quiero ver.
Salgo a la terraza. El lago artificial brilla bajo el sol de Central City. Aquí me peleé con Damián por este cuarto, el primer día que llegamos a esta mansión. Mi padre actuó de árbitro. Walter como público. Mi madre se opuso. Papá solo dijo: “Los hombres Cooling se entienden así”. Gané por muy poco. Damián ya tenía veinte años, acababa de volver del Ejército. Yo tenía dieciocho y, tres costillas aun fracturadas por la despedida en Cuatro Leguas.
Abro el cajón del viejo escritorio y… ahí siguen las manoplas de acero gastado que usaba en las calles. También los restos de madera y metal que mi padre me traía del trabajo. Con eso empecé a hacer mis primeras maquetas rudimentarias. De niño me encantaban los bloques de construcción… hasta que Cuatro Leguas me enseñó que era más fácil destruir que construir.
Me siento en el borde de la cama y cierro los ojos. El recuerdo llega sin permiso.
Tenía once años… Llovía como si el cielo quisiera ahogar toda la mierda de Cuatro Leguas. Llegaba tarde a casa, por quedarme sobre las viejas torres de agua. Recuerdo que iba corriendo y saltando entre charcos negros de agua ácida, cuando escuché el grito salir desde un callejón oscuro a mi derecha. Un grito de una mujer que se cortó en seco… acompañado de un golpe seco contra carne blanda.
Entré al callejón sin pensarlo. El olor me golpeó primero: sangre, semen, orina y basura podrida.
Una mujer yacía tirada contra unos contenedores, casi inconsciente. Tenía la cara convertida en una masa sangrante, hinchada y morada, un ojo completamente cerrado, la boca rota y sin dientes. Le habían arrancado la ropa hasta desgarrarla. Sangre espesa y oscura le corría por los muslos abiertos, mezclándose con el semen de los hijos de puta que la acababan de violar.
Lo entendí de inmediato… Era solo un niño. Pero ya sabía bien como era la realidad.
Y entonces vi al segundo monstruo…
Tenía a una niña —no podía tener más de ocho años— aplastada contra la pared mugrienta del callejón. Le estaba rasgando la ropa interior con una mano mientras se bajaba los pantalones con la otra, la verga del infeliz ya dura y asquerosa balanceándose en el aire frío.
La madre, con un hilo de voz rota y babosa, apenas logró balbucear con la boca rota:
—No… a mi hija no… por favor…
Algo dentro de mí se rompió en ese momento… Algo que era importante y jamás recuperé.
Agarré una viga de madera gruesa y pesada que había en el suelo, llena de clavos oxidados. Corrí como un animal. Aun me retumba en los oídos y la garganta el grito que solté en ese momento. Lleno de ira y odio… Un odio visceral, uno que un niño de once años no debería sentir. Pero eso es Cuatro Leguas… Solo recuerdo que vi a mi madre reflejada en el charco de sangre bajo la mujer.
El primer golpe fue brutal. Le reventé la cabeza al hijo de puta que sujetaba a la niña. La viga se partió en dos por el impacto. Escuché el crujido húmedo del cráneo partiéndose. Sus ojos saltaron de las cuencas como dos huevos reventados antes de que se derrumbara como un saco de carne podrida.
Después de eso… no recuerdo nada.
Cuando volví en mí, estaba encima del segundo hombre, de rodillas sobre su pecho, apuñalándolo una y otra vez con el trozo astillado. La madera rota se hundía en su cuello y pecho con sonidos húmedos y carnosos. El tipo gorgoteaba sangre, con los ojos desorbitados de terror, intentando sujetar mis muñecas con sus manos ya débiles.
—Por… favor… no… no me mates… —suplicaba entre borbotones de sangre y saliva, la voz rota y patética.
No me detuve. Seguí clavándole la madera una y otra vez, con rabia animal. Mi primer puñal astillado se clavaba en su cuello, en su pecho, en su cara. Sentía la carne cediendo, el calor de la sangre salpicándome la cara y el cuello. Cada puñalada sonaba hueca, viscosa, brutal… No paré hasta que dejó de gritar, hasta que su cuerpo solo temblaba en espasmos debajo de mí.
Y lo peor… lo que aún me revuelve las tripas… es que se sintió bien. Muy bien. Una euforia salvaje, caliente y pura me recorrió el cuerpo mientras lo destrozaba.
Cuando por fin me detuve, jadeando como un perro, la mujer se había arrastrado hasta un rincón y abrazaba a su hija con los brazos temblorosos. Lloraba y murmuraba “gracias” una y otra vez, pero no se atrevía a mirarme a la cara.
La niña, en cambio, sí me miró… Directo a mis ojos dorados.
Y en su mirada solo había puro terror. Más terror del que había sentido mientras veía a su madre ser violada… Me miró como si yo fuera el verdadero monstruo del callejón.
Ese fue el verdadero comienzo de El Círculo…
Me froto la cara con fuerza, intentando borrar las imágenes. Mis ojos dorados se reflejan en el cristal de la terraza. La gente cree que son ojos de héroe. Santini y sus leyendas.
—Qué ironía tan cruel… —murmuro.