“Mi amor: El guachimán” es una historia de amor intensa entre un humilde guachimán (guardia de seguridad) y una joven millonaria que vive rodeada de lujos pero se siente vacía y sola.
A pesar de venir de mundos totalmente distintos, ambos se enamoran profundamente. Sin embargo, la madre de la chica se opone a la relación y hace todo lo posible para separarlos, creyendo que él no es digno de su hija.
Con el tiempo, el amor entre ellos se vuelve más fuerte y deciden luchar por estar juntos. Cuando finalmente llega el día de su boda, todo cambia drásticamente: ocurre un ataque inesperado y la chica termina herida al protegerlo a él, lo que provoca que pierda la memoria.
Desde ese momento, ella ya no lo recuerda. Él, roto por el dolor pero lleno de amor, hace todo lo posible por ayudarla a recuperar sus recuerdos y volver a enamorarla, demostrando que su amor puede resistir incluso la tragedia y el olvido.
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Capítulo 8: Lo que el corazón no olvida
Ya habían pasado varios meses desde aquel día en el evento, mi llave. Meses desde que vi a esa chica por primera vez en el baño, meses desde que la volví a ver en el evento, meses en los que mi vida siguió en Barranquilla con el mismo ritmo de trabajo, responsabilidad y lucha diaria.
Pero aunque los días pasaban, algo dentro de mí no cambiaba.
Yo seguía pensando en ella.
No de una forma obsesiva, ni nada raro, sino de esas veces que uno se queda mirando al vacío y la mente se va sola. A veces estaba en el trabajo, otras veces en la casa, y de repente me encontraba recordando su mirada, su forma de hablar, ese momento incómodo que vivimos sin querer.
Y lo más raro es que no entendía por qué.
Yo trataba de concentrarme en mis cosas, en mi familia, en seguir adelante después de todo lo que había pasado en mi vida. Pero había momentos en los que simplemente me quedaba quieto, callado, pensando sin darme cuenta.
Mi mamá ya se había dado cuenta.
Ella siempre me conoce, mi llave. Aunque yo intente ocultar las cosas, ella sabe cuando algo me pasa.
Un día estaba sentado en la casa, después de llegar del trabajo, y me quedé mirando al vacío sin darme cuenta. No estaba haciendo nada, solo pensando.
Mi mamá me miró desde la cocina y me dijo:
—Gregory… ¿y usted qué tanto piensa, mijo?
Yo reaccioné como si me hubieran despertado.
—Nada, mami… cosas del trabajo —le respondí rápido.
Ella me miró con esa cara de madre que ya sabe la verdad, aunque uno no la diga.
—Ajá… “cosas del trabajo” —repitió ella, como dudando—. Usted anda muy callado últimamente.
Yo me levanté, intentando cambiar el tema.
—No es nada, de verdad.
Pero ella no se quedó tranquila.
Se acercó un poco y se sentó.
—Gregory, usted sabe que conmigo puede hablar… ¿qué le pasa?
Ahí me quedé callado unos segundos.
Porque no era fácil explicar lo que sentía.
No era tristeza como cuando perdí a mi papá o a Mariana… era algo diferente. Algo más confuso.
Yo respiré profundo.
—Mami… no es nada malo —le dije por fin—. Solo… estoy pensando mucho.
Ella me observó en silencio.
—¿En qué piensa tanto?
Yo dudé.
No quería decirle todo.
Porque ni yo mismo entendía lo que me pasaba.
—En la vida… en el trabajo… en todo lo que ha pasado —le respondí, sin entrar en detalles.
Ella asintió lentamente.
—Usted ha pasado por muchas cosas, mijo… es normal que a veces se quede así.
Yo bajé la mirada.
Porque tenía razón.
Después de todo lo que viví en Santa Marta, después de perder a mi papá, después de Mariana, después de empezar de nuevo en Barranquilla… era normal que mi cabeza estuviera llena de pensamientos.
Pero lo que mi mamá no sabía era que no era solo eso.
Había algo más.
Algo que yo no estaba diciendo.
Ella volvió a hablar:
—Gregory, usted no me está diciendo todo.
Yo la miré.
—Sí le estoy diciendo, mami.
Ella suspiró.
—Ajá… bueno.
Pero no me creyó del todo.
Se levantó y volvió a la cocina, pero antes de irse me dijo:
—Si es por una mujer… dígalo de una vez.
En ese momento me quedé quieto.
No dije nada.
Porque no era tan simple.
No era que yo estuviera “enamorado” así como así.
Pero sí había algo en mí que se estaba moviendo otra vez.
Y eso me asustaba un poco.
Porque mucha gente pensaba que yo ya había olvidado a Mariana.
Pero no.
Yo no la olvidé.
Mariana sigue en mi corazón.
Sigue siendo parte de mí.
Hay cosas que uno no borra, mi llave. Uno no borra el amor verdadero como si nada. Eso se queda, se transforma, se guarda en un lugar especial del alma.
Yo aprendí a vivir con ese recuerdo.
A veces me acuerdo de ella y me duele, pero no como antes. Es un dolor distinto, más tranquilo, más de nostalgia.
Y eso me hizo entender algo con el tiempo.
Que el corazón no siempre se cierra cuando uno pierde a alguien.
A veces el corazón se parte… pero sigue funcionando.
Y una parte de mí siempre va a ser de Mariana.
Pero la otra parte…
La otra parte empezó a despertar otra vez.
Sin que yo lo buscara.
Sin que yo lo planeara.
Simplemente pasó.
A veces en el trabajo, cuando tenía un momento libre, me encontraba pensando en esa chica del evento. No sabía su nombre, no sabía su historia completa, pero por alguna razón se me venía a la mente.
Y eso me confundía.
Porque yo no estaba buscando enamorarme otra vez.
Yo estaba tratando de seguir adelante.
Pero la vida no pregunta.
La vida simplemente pone cosas en el camino.
Mi hermana también me notó diferente.
Un día me dijo:
—Usted está muy pensativo, Gregorio… ¿qué le pasa?
Y yo solo le dije:
—Nada, Laura… estoy bien.
Pero no era del todo cierto.
Yo estaba en una etapa rara.
Una etapa donde el pasado no se va… pero el presente empieza a tocar la puerta.
Y uno no sabe si abrir o no.
Porque abrir esa puerta significa arriesgarse otra vez.
Y yo ya había perdido demasiado.
Pero también entendí algo importante.
Que vivir con miedo no es vivir.
Que uno no puede quedarse congelado en el pasado toda la vida.
Y aunque Mariana siempre iba a estar en mi corazón…
también tenía que aceptar que la vida sigue.
Y que tal vez…
solo tal vez…
el amor puede volver a aparecer cuando uno menos lo espera.