Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
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Capítulo 14 Los Secretos
María la condujo a una mesa apartada, la misma donde solían sentarse cuando el restaurante cerraba y se quedaban charlando hasta tarde.
Gaya sintió que el corazón se le encogía al reconocer el lugar.
—Bien —dijo María, cruzándose de brazos y mirándola con desprecio—. Tus cinco minutos. Habla.
Gaya respiró hondo. Esto era más difícil de lo que había imaginado.
¿Cómo le dices a alguien que eres su mejor amiga muerta reencarnada en el cuerpo de la mujer que odia? ¿Cómo pruebas algo así sin sonar completamente loca?
—María —comenzó, eligiendo las palabras con cuidado—, sé que me odias. Y entiendo por qué. Desde tu perspectiva, soy la mujer que ocupó el lugar de Luisa, la que se casó con Sebastián, la que vive en su casa, la que... bueno, la que tiene la vida que ella debería haber tenido.
—No tienes ni idea —murmuró María, con los ojos brillantes.
—Sí la tengo. —Gaya la miró directamente—. Porque yo soy Luisa.
El silencio que siguió fue tan absoluto que podía oírse el zumbido de la nevera en la cocina.
María la miró fijamente durante varios segundos, y luego, lentamente, su expresión pasó de la furia a la incredulidad, y de la incredulidad a una especie de horror.
—¿Qué has dicho? —susurró.
—Soy Luisa. Luisa Méndez. Tu mejor amiga desde que teníamos doce años. La que te sostenía el pelo cuando vomitabas después de beberte tres mojitos. La que te acompañó a abortar cuando te quedaste embarazada de ese imbécil de Raúl. La que…
—¡Basta! —María se levantó de golpe, la silla cayendo al suelo con un estrépito. Su rostro estaba desencajado, pálido como la cera—. ¿Quién te ha contado todo eso? ¿Sebastián? ¿Alguna de nuestras amigas? ¿Has estado investigando mi vida?
—Nadie me ha contado nada —dijo Gaya, levantándose también, con las manos extendidas en un gesto de paz—. Lo sé porque estaba allí. Lo sé porque soy yo.
—¡Estás loca! ¡Completamente loca! —María comenzó a caminar de un lado a otro, nerviosa, histérica—. ¡Eres la esposa de Sebastián y vienes a decirme que eres mi amiga muerta! ¿Qué clase de juego es este? ¿Qué quieres de mí?
—Pinky —dijo Gaya en voz baja.
María se detuvo en seco. El apodo la había golpeado como un puñetazo en el estómago.
—¿Qué has dicho?
—Pinky —repitió Gaya—. Así yo te llamaba. Y tu me decías Cerebro. Porque en nuestra serie favorita, Pinky y Cerebro, tú siempre decías que yo era el cerebro y tú la divertida. "Pinky, Pinky, ya llegó tu cerebro", te decía cada vez que nos veíamos después de mucho tiempo.
Los labios de María temblaban. Sus ojos, aquellos ojos que tanto quería Gaya, se llenaron de lágrimas.
—Eso... eso no lo sabe nadie. Solo nosotras.
—Lo sé. —Gaya dio un paso adelante—. Como sé que perdiste la virginidad con Samuel Goye en el asiento trasero de su coche, un Renault 9 color azul, y que después de hacerlo, él se hizo el loco y no te volvió a hablar. Lloraste una semana entera, sin parar, y yo lo amenacé por teléfono. Le dije que si no te pedía disculpas, iba a arruinarle la vida.
María se llevó una mano a la boca, ahogando un sollozo.
—Un mes después —continuó Gaya, imparable ahora—, Samuel tuvo un accidente de moto. Nada grave, pero... quedó sin posibilidad de tener hijos. Y tú dijiste que fue mi maldición. Que yo tenía boca maldita. Porque yo había gritado, en medio de mi furia, que ojalá se quedara eunuco. Y así fue.
—¡Basta! —el grito de María rasgó el aire del restaurante vacío. Pero no era un grito de furia, sino de dolor—. ¡Basta, por favor, basta!
Gaya se acercó a ella lentamente, con cuidado, como quien se acerca a un animal herido.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, extendió una mano y tocó su brazo.
—María, soy yo. No sé cómo explicarlo, no entiendo cómo ha pasado, pero soy yo. Desperté en el cuerpo de Gaya después de morir. Desperté y descubrí que habían pasado cinco años, que Sebastián se había vuelto a casar, que Vanesa sigue allí, que Lauren... —su voz se quebró—, que Lauren me odia. Pero Tomás no. Tomás sigue siendo mi niño. Tomás me miró y supo que algo era diferente.
María levantó la cabeza. Las lágrimas corrían por sus mejillas sin disimulo, arrastrando máscaras de rímel. Miró a Gaya—a los ojos verdes de Gaya, al rostro perfecto de Gaya—y buscó, buscó algo que pudiera confirmar o desmentir la locura de lo que estaba oyendo.
—Si eres Luisa —dijo con voz ronca—, dime algo que solo ella pudiera saber. Algo que no estuviera en ningún sitio, que nadie pudiera contarte.
Gaya sonrió con ternura. Había tantas cosas... tantos secretos compartidos a lo largo de veintitantos años de amistad.
—La noche antes de mi boda con Sebastián —comenzó—, nos emborrachamos en tu piso. Las dos solas, con una botella de tequila que robaste de no sé dónde. Y tú me confesaste que siempre habías estado un poco enamorada de mí. Que no era algo sexual, no, sino algo más profundo. Que yo era la persona más importante de tu vida y que te daba miedo que el matrimonio nos separara. Y yo te prometí, te prometí entre lágrimas y risas, que nada nos separaría nunca. Ni hombres, ni matrimonios, ni hijos, ni nada. Que seríamos Pinky y Cerebro hasta el final.
María se derrumbó.