Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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“Antes Que Se Acabe”
📖 CAPÍTULO 10
“Antes Que Se Acabe”
La hoja estaba en blanco.
Nicolás la miraba como si fuera más difícil que cualquier pelea que hubiera tenido.
Sentado en la mesa de la cocina, con un esfero en la mano y el café al lado, llevaba más de diez minutos sin escribir nada.
—¿Tan difícil es…? —murmuró.
Nunca había sido de escribir.
Nunca había sido de pensar tanto.
Nunca había sido de detenerse.
Pero ahora…
tenía que hacerlo.
Porque el tiempo…
ya no era infinito.
Respiró profundo.
Miró la hoja otra vez.
Y escribió.
“Antes que se acabe…”
Se quedó mirando la frase.
Simple.
Pero pesada.
Porque no era una idea.
Era una cuenta regresiva.
Apretó el esfero.
Y siguió.
Arreglar lo de mi mamá (de verdad, no a medias)
Se detuvo.
Eso no era solo visitarla.
No era solo hablarle.
Era quedarse.
Era estar.
Era no volver a fallar.
Y eso…
le daba más miedo que cualquier otra cosa.
Tragó saliva.
Siguió.
Decirle la verdad a Valeria
Se quedó quieto.
Esa…
esa era la más pesada.
Porque no era solo hablar.
Era romper lo poco que había logrado recuperar.
Pero también…
era lo único honesto.
—Mierda… —susurró.
Respiró.
Y continuó.
Dejar de vivir como un imbécil
Se rió.
Leve.
—Esa va difícil…
Pero la dejó.
Porque era verdad.
No morirme solo
Ahí…
no se rió.
La mano se le quedó quieta.
Esa frase…
le pesó más de lo que esperaba.
Porque en el fondo…
sabía que era posible.
Muy posible.
Cerró los ojos un segundo.
Y siguió.
Hacer que algo de todo esto… valga la pena
Punto final.
Soltó el esfero.
Se recostó en la silla.
Mirando la hoja.
No era una lista bonita.
No era inspiradora.
No era perfecta.
Era real.
Y eso…
la hacía más difícil.
—Bueno… —murmuró.
—Ya empezó.
El celular vibró.
Julián.
—¿Qué hace, filósofo? —dijo apenas contestó.
Nicolás sonrió levemente.
—Organizando la vida.
—Uy, ese sí está grave.
—Más de lo que cree.
Silencio corto.
—¿Está libre? —preguntó Julián.
—Sí… ¿por qué?
—Venga al billar.
Nicolás dudó.
Antes hubiera dicho que sí sin pensar.
Ahora…
no era tan simple.
—¿Para qué? —preguntó.
—Para lo de siempre… hablar mierda, reírnos, distraernos.
Pausa.
—Para no dejarlo solo, marica.
Eso…
lo tocó.
—Ya voy.
El lugar estaba lleno.
Ruido.
Risas.
Bolas chocando.
Música suave de fondo.
Un ambiente conocido.
Pero Nicolás no llegó igual.
—¡Mírelo! —gritó uno—. ¡El enfermito!
Risas.
Antes… él hubiera respondido más duro.
Hoy…
solo levantó la mano.
—Sigan riendo… —dijo—. Que no les va a durar mucho.
Se rieron más.
Pero Julián lo miró.
Y entendió.
—¿Cómo sigue? —preguntó en voz baja.
—Ahí… aprendiendo.
—¿A qué?
Nicolás sacó el celular.
Le mostró la foto de la hoja.
Julián leyó.
Y por primera vez…
no hizo chiste.
—Está pesada…
—Sí…
Silencio.
—¿Y va a cumplir eso? —preguntó.
Nicolás lo miró.
—No tengo opción.
Julián asintió.
—Entonces empiece.
Pausa.
—¿Cuál es la primera?
Nicolás pensó.
—No morirme solo.
Julián sonrió levemente.
—Entonces hoy no duerme solo.
Ese gesto…
valía más que cualquier discurso.
—Gracias, marica.
—No me agradezca… solo no se me muera todavía.
Risas.
Pero esta vez…
más suaves.
Más reales.
Horas después…
Nicolás salió.
No borracho.
No perdido.
Consciente.
Algo nuevo.
Caminó solo.
El aire de la noche…
frío.
Pero no incómodo.
Pensó en la lista.
En cada punto.
En todo lo que tenía que hacer.
Y en lo poco que le quedaba.
Sacó el celular.
Buscó un nombre.
Valeria.
Lo miró.
Esta vez…
no dudó tanto.
Pero no llamó.
Todavía no.
—Primero… las cosas bien —murmuró.
Guardó el teléfono.
Y siguió caminando.
Al llegar a la casa…
su mamá estaba en la sala.
Despierta.
Esperándolo.
—¿Salió? —preguntó.
—Sí… pero tranquilo.
Ella lo miró.
—Se nota.
Pausa.
—Siéntese.
Nicolás obedeció.
—¿Qué pasó? —preguntó ella.
Nicolás sacó la hoja.
Se la pasó.
Ella la leyó.
Despacio.
Sin decir nada.
Cuando terminó…
levantó la mirada.
Los ojos… húmedos.
—Esto sí es usted…
Nicolás no respondió.
—El que yo crié.
Silencio.
—No el que se perdió.
Esa frase…
le llegó.
—Todavía estoy a tiempo… ¿no? —preguntó él.
Ella no dudó.
—Siempre.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Nicolás lo creyó.
Esa noche…
no hubo ruido.
No hubo fiesta.
No hubo exceso.
Solo…
calma.
Pero no una calma vacía.
Una calma consciente.
De las que cuestan.
De las que valen.
Nicolás se acostó.
Miró el techo.
Y pensó:
—Bueno… entonces sí toca hacer que esto valga la pena.
Cerró los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo…
no tuvo miedo de dormir.
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