Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
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De vuelta
Sebastián regresó a la empresa sin ceremonias.
No hubo comunicado grandilocuente ni titulares espectaculares anunciando su retorno. El edificio seguía siendo el mismo, pero él no lo era. Entró una mañana temprano, cuando los pasillos aún estaban casi vacíos y el eco de sus pasos parecía acompañarlo con una familiaridad incómoda.
Volver a tomar su lugar como presidente no fue una victoria.
Fue una responsabilidad asumida sin ilusiones.
El consejo lo había votado semanas antes, tras meses de transición, auditorías y reestructuración. No todos estaban convencidos. Algunos aceptaron por pragmatismo, otros por falta de alternativas. Sebastián lo sabía. Y lo aceptó.
Su primer acto como presidente no fue estratégico, fue simbólico.
Solicitó que la oficina principal —aquella que durante décadas había sido un bastión de poder vertical— se abriera al equipo directivo. Quitó la puerta maciza, cambió el escritorio imponente por una mesa más funcional y pidió que las reuniones se realizaran con luz natural siempre que fuera posible.
—El poder no necesita esconderse —dijo simplemente.
Algunos lo miraron con escepticismo. Otros, con curiosidad. Nadie aplaudió. Y eso estaba bien.
Sebastián entendía que el respeto no se recuperaba con discursos, sino con coherencia sostenida.
Los primeros meses fueron intensos.
Retomar la presidencia significó enfrentarse a decisiones que no podían seguir postergándose. Proyectos suspendidos, áreas debilitadas, alianzas que debían redefinirse desde cero. Cada contrato era revisado. Cada promesa, medida con cautela.
Sebastián instauró algo que antes habría parecido impensable: pausas deliberadas antes de las decisiones clave. No se votaba nada importante sin al menos dos rondas de discusión. No se firmaba ningún acuerdo sin entender plenamente sus consecuencias humanas, no solo financieras.
—No somos una máquina —repetía—. Somos un sistema que impacta vidas.
El cambio no fue cómodo.
Hubo directivos que renunciaron al sentirse desplazados por una cultura menos jerárquica. Otros se adaptaron con dificultad, acostumbrados a órdenes claras y rápidas. Sebastián no los juzgó. Sabía que no todos estaban hechos para ese tipo de liderazgo.
Pero también aparecieron voces nuevas.
Personas que antes callaban comenzaron a hablar. Mandos medios propusieron soluciones innovadoras. La empresa empezó a respirar distinto. Más lento, sí… pero con más oxígeno.
Sebastián no delegó su autoridad, delegó confianza.
Volver a ser presidente también implicó exponerse de nuevo.
Las entrevistas regresaron. Las preguntas incómodas también. Sebastián ya no respondía a la defensiva. No justificaba el pasado, no lo borraba. Lo integraba.
—Aprendimos de una forma dolorosa —decía—. Y no repetirlo es ahora parte de nuestra responsabilidad pública.
Algunos medios lo acusaron de construir una narrativa conveniente. Otros reconocieron la consistencia entre discurso y acción. Sebastián no se obsesionó con ninguna reacción. Había aprendido que la validación externa era un terreno inestable.
El verdadero termómetro estaba dentro.
El primer año de su presidencia fue de consolidación.
No hubo crecimiento explosivo, pero sí sostenido. La empresa recuperó clientes que valoraban la transparencia por encima de promesas infladas. Se firmaron acuerdos más modestos, pero más sólidos. El nombre de la empresa dejó de aparecer asociado al escándalo y comenzó a vincularse a prácticas responsables.
Sebastián se mantuvo cercano.
Recorrió oficinas. Visitó plantas. Escuchó a empleados que jamás había conocido en su etapa anterior. Se sorprendió al descubrir cuánto desconocía del funcionamiento real del negocio. Esa humildad —aprendida a fuerza de caída— se convirtió en su mayor herramienta.
Por las noches, revisaba informes solo.
No por desconfianza, sino por compromiso. Sabía que cualquier descuido podía interpretarse como una recaída en viejos vicios. El margen de error era mínimo. Y lo aceptaba.
Volver a la presidencia también implicó redefinir su relación con el poder.
Sebastián ya no se sentía cómodo en la cima. No porque no pudiera sostenerla, sino porque entendía que el poder debía circular. Creó comités independientes, fortaleció los controles internos y estableció límites claros incluso para sí mismo.
—Nadie es indispensable —dijo una vez—. Ni siquiera yo.
Esa frase incomodó a muchos. Pero también marcó una diferencia.
Con el tiempo, el ambiente cambió.
Las reuniones dejaron de ser campos de batalla silenciosos. Las decisiones comenzaron a compartirse. El miedo a hablar disminuyó. La empresa no se volvió perfecta, pero se volvió más honesta.
Sebastián observaba esos cambios con atención contenida. Sabía que cualquier retroceso podía ser fatal. Que la confianza, una vez rota, tarda mucho más en reconstruirse.
A nivel personal, la presidencia ya no ocupaba todo su ser.
Sebastián aprendió a salir del edificio sin culpa. A tener espacios propios. A no confundirse con su cargo. Esa distancia le permitió liderar con mayor claridad.
A veces, al final del día, pensaba en Amanda.
No como una ausencia dolorosa, sino como un punto de referencia. Ella había elegido otro tipo de liderazgo: uno íntimo, cotidiano, silencioso. Y aunque sus caminos eran distintos, Sebastián sentía que ambos habían aprendido la misma lección desde lugares opuestos.
Ser dueño de una vida no significa dominarla todo el tiempo.
Dos años después de retomar la presidencia, la empresa celebró su aniversario sin excesos. Un evento sobrio, interno, centrado en reconocer procesos y personas, no figuras.
Sebastián habló poco.
—No estamos aquí para demostrar que somos distintos —dijo—, sino para sostenerlo en el tiempo.
Miró a su alrededor: rostros cansados, comprometidos, reales. No había idolatría. Había respeto crítico. Y eso era suficiente.
Al terminar el evento, Sebastián volvió a su oficina —esa que ya no era un trono— y se quedó solo unos minutos. Observó la ciudad desde la ventana. Recordó al hombre que había sido cuando llegó por primera vez a ese lugar, creyendo que liderar era imponer.
Sonrió con una mezcla de nostalgia y alivio.
Había vuelto a tomar su lugar como presidente, sí.
Pero ya no para ocuparlo…
sino para sostenerlo con responsabilidad.
Y entendió, con una certeza tranquila, que esta vez no estaba repitiendo la historia de su padre.
Estaba escribiendo su propia historia.
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.