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AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

Status: En proceso
Genre:Terror / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 17

El sonido del monitor cardiaco era un metrónomo infernal que marcaba el ritmo de mi desintegración. *Pi... pi... pi...* Una línea verde, monótona y cruel, que me decía que el cuerpo postrado en esa cama seguía respirando, mientras el mío, de pie y tembloroso, se sentía como una cáscara vacía.

Me acerqué un paso más, ignorando el sudor frío que me bajaba por la nuca. El rostro de la mujer en la cama era el mío, pero sin el barniz de los últimos diez años. Era la Elena que aún creía en la justicia, la que no sabía que el silencio podía comprarse con acciones de bolsa y silencios compartidos. Verla allí, en medio de una habitación que olía a mi propia casa, me hizo sentir que Aethelgard no solo nos había secuestrado, sino que nos estaba diseccionando para encontrar el momento exacto en que dejamos de ser humanos.

—Esto no es real —susurré, y mi voz sonó extraña, como si viniera de debajo del agua—. Es una proyección. Un truco de luces.

Estiré la mano para tocar la sábana, esperando que mis dedos atravesaran la imagen como si fuera humo. Pero el tejido era áspero, real. La piel de la otra Elena estaba tibia, con esa temperatura febril de quien lucha por no hundirse definitivamente.

De repente, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Me giré, esperando ver a Marcus o a uno de esos empleados con máscara de silicona, pero lo que entró fue una ráfaga de aire helado y el sonido de unos pasos metálicos que resonaban en el pasillo.

—¡Elena! —la voz de Marcus llegó desde algún punto lejano, distorsionada—. ¡No te quedes ahí! ¡El sistema se está reiniciando!

Salí de la habitación de un salto, dejando atrás a mi yo del pasado. El pasillo, que antes parecía un hospital, ahora estaba mutando. Las paredes de madera se retraían, revelando paneles de circuitos que chispeaban con una energía azulada. Corrí hacia el sonido de la voz de Marcus, sintiendo que el suelo se inclinaba.

Lo encontré al final del corredor, junto a una consola que escupía datos a una velocidad imposible. Tenía el rostro desencajado y sostenía la jeringuilla de líquido dorado que le había arrebatado al empleado en el nivel anterior.

—¿Qué es eso? —pregunté, señalando la aguja.

—Nuestra póliza de seguro —respondió él, con un brillo maníaco en los ojos—. Si esto es una simulación o un experimento, este líquido es el "parche". He visto cómo lo cargaban en los inyectores del sótano. Es lo que mantiene a los monitores conectados. Si nos lo inyectamos, quizás podamos engañar al sistema.

—O quizás nos mate —sentencié, mirando cómo el líquido brillaba bajo las luces de emergencia—. Marcus, he visto una habitación... me he visto a mí misma en una cama.

Él no me escuchó. Estaba demasiado ocupado intentando forzar una cerradura electrónica que bloqueaba el acceso a la zona que el mapa marcaba como "El Bosque Interior".

—Lucía ha desaparecido —dijo de pronto, deteniéndose—. Se la llevaron los cables. Si queremos encontrarla, tenemos que cruzar esta zona. Es una zona prohibida, Elena. El anfitrión dijo que allí el lujo se acaba y empieza la anatomía.

Logró abrir la puerta y lo que vi me dejó sin aliento. No era un bosque natural. Eran pilares de acero que se ramificaban como árboles, cubiertos de una red de fibra óptica verde que imitaba el musgo. El techo era una pantalla led inmensa que proyectaba un cielo nocturno perpetuo, con estrellas que parpadeaban con una cadencia matemática. El olor a ozono era tan fuerte que me mareaba.

—Tenemos que movernos en silencio —susurró Marcus, apagando su linterna—. Hay sensores en las raíces. Si pisamos donde no debemos, alertaremos a los monitores.

Caminamos por aquel bosque artificial, esquivando los cables que colgaban como lianas eléctricas. Cada paso era una apuesta contra el olvido. A lo lejos, escuchamos un grito. No era Lucía. Era un sonido animal, gutural, que no debería existir en una isla de alta tecnología.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté, sintiendo que el rastro de sangre de mi habitación empezaba a tener sentido. No era un símbolo, era una advertencia de que aquí la carne y el metal se estaban mezclando.

Nos agachamos tras un pilar de acero cuando una luz blanca barrió el área. Una figura enmascarada, más alta y robusta que los empleados que habíamos visto antes, caminaba entre los árboles metálicos. Llevaba una vara larga que emitía pulsos eléctricos. Estaba buscando algo. O a alguien.

—Es un monitor de caza —susurró Marcus—. Si nos ve, se acabó el juego.

Esperamos a que la figura se alejara. El miedo se había convertido en un ruido blanco en mi cabeza. Miré a Marcus y por primera vez vi que su armadura de ejecutivo se había roto por completo. Estaba sudando, sus ojos bailaban de un lado a otro y su mano apretaba la jeringuilla con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

—Elena —dijo en un susurro casi inaudible—, si no salimos de aquí... si lo de la habitación es verdad... quiero que sepas que yo no quería que huyeras. Fue Julián. Él nos amenazó a todos.

—Ahora no, Marcus —le corté—. El pasado es un lujo que no podemos permitirnos ahora. Si nos quedamos atrapados en el "por qué", no llegaremos al "cómo" salir.

Seguimos avanzando hacia el centro del bosque. Allí, el terreno se abría en un claro circular. En medio, suspendida por cables transparentes, estaba Lucía. Estaba consciente, pero sus ojos estaban fijos en el cielo led. Tenía electrodos pegados a las sienes y sus labios se movían sin emitir sonido.

—¡Lucía! —intentó gritar Marcus, pero le tapé la boca con la mano.

Alrededor de ella, tres de esos cazadores enmascarados daban vueltas, moviéndose con una coreografía inquietante. Estaban proyectando imágenes en el aire frente a ella: fotos de su infancia, recortes de periódicos sobre el accidente, y datos bancarios. Estaban descargando su memoria, o quizás, cargando una nueva.

—Están formateando su mente —comprendí con horror—. La están convirtiendo en una de ellos.

—Tenemos que sacarla de ahí —Marcus empezó a levantarse, pero lo detuve—. ¡Tengo el líquido, Elena! Si inyectamos esto en la consola central, el sistema colapsará.

—Es un suicidio —dije, mirando a los cazadores—. Mira sus movimientos. No son humanos. Son más rápidos, más fuertes.

—Entonces distráelos —me ordenó Marcus, y en su voz volvió a aparecer esa frialdad de quien está dispuesto a sacrificar a otros para salvarse a sí mismo—. Tú eres la pieza clave, ¿recuerdas? El anfitrión te quiere a ti. Si te dejas ver, irán por ti y yo podré llegar a la consola.

Lo miré con asco. Era el mismo Marcus de hace diez años. El mismo que me dijo que acelerara porque su carrera era más importante que la vida que acabábamos de atropellar.

—No voy a ser tu cebo, Marcus.

—No es una pregunta, Elena. Es la única forma.

Antes de que pudiera reaccionar, Marcus lanzó una piedra hacia el lado opuesto del claro. El sonido metálico resonó en todo el bosque. Los cazadores se giraron al unísono, sus sensores infrarrojos buscando el origen del ruido. Marcus me empujó hacia adelante, fuera de la sombra del pilar.

La luz blanca de uno de los monitores me golpeó de lleno en la cara. El pitido de alerta fue ensordecedor.

—¡Corre, Elena! —gritó Marcus mientras él se escabullía por el lado contrario, directo hacia la consola central.

No tuve opción. Empecé a correr entre los árboles de acero, escuchando los pasos pesados de los cazadores a mis espaldas. Sus varas eléctricas chispeaban, creando arcos de luz que iluminaban el bosque artificial con destellos fantasmales. Sentía que mis pulmones iban a estallar, pero el instinto de supervivencia era más fuerte que el dolor.

Llegué a una zona donde los cables eran tan densos que formaban una pared. No había salida. Me giré, con la espalda pegada al metal frío, viendo cómo los tres monitores se acercaban lentamente, rodeándome. Sus máscaras de silicona no tenían expresión, pero el brillo rojo de sus visores me decía que ya me habían juzgado.

Uno de ellos levantó la vara. El aire se cargó de estática. Cerré los ojos, esperando el impacto, pero lo que escuché fue una explosión de cristal y un grito de agonía mecánica.

Abrí los ojos y vi a Marcus. Había llegado a la consola, pero no la había saboteado. Había usado la jeringuilla de líquido dorado para sobrecargar uno de los nodos de energía. El claro estaba envuelto en llamas azules. Uno de los cazadores había caído, su sistema interno ardiendo en una pira de cables.

—¡Saca a Lucía! —me gritó Marcus. Estaba peleando con otro de los monitores, usando la linterna como un garrote improvisado.

Corrí hacia el centro del claro. Lucía seguía suspendida, pero los cables empezaban a soltarla debido a la bajada de tensión. La agarré justo cuando caía. Estaba fría, con la mirada perdida.

—Lucía, mírame. Soy Elena. Tenemos que irnos.

—Elena... —su voz era un susurro roto—. El coche... el coche nunca se detuvo. Estamos en el coche, Elena. Todo esto es lo que pasa por tu cabeza antes de morir.

Me estremecí. No tenía tiempo para sus delirios. La cargué como pude y empezamos a retroceder hacia la salida del bosque. Marcus seguía luchando, pero estaba perdiendo. El tercer cazador lo había acorralado contra un pilar y estaba a punto de descargar su vara sobre él.

—¡Marcus, vámonos! —grité.

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