"El Vuelo de la Libélula"
Un matrimonio por contrato. Un enemigo en la cama. Una venganza que no admite piedad.
Cuando el prometido de Alessa Rossi huye horas antes de la boda, su destino queda en manos de un misterioso sustituto: Máximo. Atractivo, impecable y protector, parece el salvador que su familia mafiosa necesita para mantener el poder.
Lo que Alessa no sabe es que ha dejado entrar al lobo en el redil. Máximo es el único superviviente de un clan que los Rossi exterminaron años atrás, y ha regresado con una sola misión: destruir a sus enemigos desde adentro. Su plan es perfecto: fingir ser el esposo ideal, ganar el corazón de la inocente Alessa y usar sus secretos para aniquilar su imperio.
Pero el odio tiene un punto débil. Entre besos fingidos y manipulaciones crueles, Máximo empieza a dudar: ¿Podrá ejecutar su venganza cuando la mujer que debe destruir es la única que ha logrado darle paz?
En este juego de traición y deseo, el amor es el arma más peligrosa de todo
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Capítulo 4: El Refugio de las Mentiras
La mudanza a la propiedad de los Vanzetti en la costa no se sintió como el inicio de una vida nueva, sino como el traslado a una fortaleza de piedra y viento. La mansión, encaramada sobre un acantilado donde el mar golpeaba con furia, era imponente y sombría, un reflejo exacto del hombre con el que Alessa ahora compartía su vida.
Durante el viaje, Alessa observó el perfil de Máximo. Él conducía con una concentración absoluta, sus manos fuertes apretando el volante de cuero. A pesar de las palabras crueles que él le había lanzado en la noche de bodas, Alessa no podía evitar sentir una extraña fascinación por él. Había algo en su mirada, una tristeza oculta tras capas de hielo, que la hacía querer acercarse, consolarlo, entender qué dolor lo había vuelto tan cínico.
—Llegamos —anunció Máximo, rompiendo el silencio que había durado horas.
Él bajó del coche y, con una elegancia que ella encontraba hipnotizante, le abrió la puerta y le ofreció la mano. Alessa la tomó, sintiendo de nuevo esa chispa eléctrica que la confundía.
—Máximo —dijo ella suavemente mientras caminaban hacia la entrada—, sé que piensas que mi padre me usó. Pero él me ama. Él me entregó a ti porque... porque creía que tú eras el único capaz de mantenerme a salvo en un mundo que se está volviendo peligroso.
Máximo se detuvo en seco bajo el arco de piedra de la entrada. Miró a Alessa con una mezcla de lástima y desprecio.
—Tu padre es un experto en hacer que sus intereses parezcan actos de amor, Alessa. Es lo que los hombres como él hacen mejor. Te venden una jaula de oro y te dicen que es un refugio.
—No es una jaula si el que te cuida te ama —respondió ella con firmeza, sus ojos brillando con una lealtad inquebrantable—. Mi padre no es el hombre que tú describes. Él me protege porque soy su mayor tesoro.
Máximo apretó la mandíbula, sintiendo una punzada de rabia. Le irritaba que ella fuera tan devota a un hombre que él consideraba un monstruo.
—Pronto verás que los tesoros también se usan como moneda de cambio, Alessa. Entra. Mi familia nos espera.
La Cena de las Sombras
La cena de bienvenida con los Vanzetti fue un despliegue de poder y protocolo. Giacomo y Sofía presidían la mesa larga de roble, rodeados de rostros que a Alessa le resultaban extraños y gélidos. A diferencia de las cenas en la mansión Rossi, donde las risas de sus hermanos y el cariño de su madre llenaban el aire, aquí todo se sentía como una puesta en escena.
Giacomo Vanzetti, el hombre que Máximo llamaba tío, observaba a Alessa con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Es un placer tenerte aquí, Alessa. Los Rossi y los Vanzetti unidos por fin. Tu padre debe estar muy tranquilo sabiendo que estás bajo nuestro techo.
—Él confía plenamente en la palabra de los Vanzetti, Don Giacomo —respondió Alessa con educación, aunque sentía un escalofrío recorrerle la espalda—. Para mi padre, este matrimonio es la garantía de que yo siempre tendré un hogar.
Giacomo soltó una carcajada ronca.
—Vittorio siempre ha sido un hombre de... grandes esperanzas. —Miró a Máximo—. Máximo, espero que estés cuidando bien de nuestra nueva incorporación. Una Rossi es una flor delicada que requiere mucha atención.
—La cuido como se merece, tío —respondió Máximo, y por un segundo, su mano buscó la de Alessa sobre la mesa.
Fue un gesto automático, casi instintivo. Sus dedos se entrelazaron y Alessa sintió un calor repentino. A pesar de todo lo que Máximo le decía a solas, en público él era el esposo perfecto, y ella, necesitada de afecto en ese ambiente hostil, se aferró a ese contacto como a un clavo ardiendo. En su corazón inocente, Alessa empezaba a creer que podía cambiarlo, que su amor sería el bálsamo que curaría el rencor de Máximo.
El Juego de la Seducción y el Dolor
Después de la cena, el ambiente en la casa se volvió más íntimo. Máximo llevó a Alessa a su habitación principal, una estancia enorme con vistas al océano embravecido. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas creaba una atmósfera de aislamiento total.
Máximo se quitó la chaqueta y la lanzó sobre una silla, observando a Alessa, que se encontraba frente al ventanal, todavía con el vestido de seda que resaltaba su figura. La luz de la luna la hacía parecer una aparición, algo puro en medio de su mundo de sombras.
—¿Por qué me defiendes tanto, Alessa? —preguntó él, acercándose lentamente—. ¿Por qué sigues creyendo en Vittorio después de todo lo que te he contado sobre los Valente?
—Porque el hombre que me enseñó a caminar no puede ser el mismo que quema casas con personas dentro, Máximo. —Ella se giró para enfrentarlo—. Tú hablas de venganza y de pasado, pero yo hablo de la persona que me ha dado todo. ¿Por qué te empeñas en que lo odie?
—Porque el odio es lo único real que hay entre nuestras familias —dijo él, acortando la distancia hasta que solo unos centímetros los separaban. Podía oler el perfume de jazmín de ella, un aroma que empezaba a grabarse en sus sentidos—. El amor es una debilidad que los Rossi usan para manipularte.
—Entonces, ¿esto también es una manipulación? —preguntó Alessa en un susurro, alzando la mano para tocar la cicatriz apenas visible que Máximo tenía cerca de la sien.
Máximo se tensó bajo su toque. Su plan era mantenerla a distancia emocional, romperla con verdades a medias y luego desecharla. Pero al sentir la suavidad de su piel y la sinceridad en sus ojos, algo en su interior se agitó. No era deseo puro; era algo más peligroso. Era la duda de si, por primera vez en su vida, estaba atacando a la persona equivocada.
Para ocultar esa debilidad, Máximo recurrió a la crueldad. Tomó la mano de ella y la apartó con brusquedad.
—No me toques como si me conocieras. No sabes nada de mí, Alessa. Solo sabes lo que tu padre te permitió saber. Esta noche, dormirás aquí, conmigo, porque es lo que se espera. Pero no esperes que comparta tus sueños de familia feliz.
Él se alejó hacia el vestidor, dejando a Alessa sola en el centro de la habitación. Ella se abrazó a sí misma, sintiendo el frío de la noche. A pesar de sus palabras hirientes, Alessa no sentía odio. Sentía una profunda tristeza por él.
"Estás sufriendo, Máximo", pensó ella mientras se preparaba para dormir. "Y aunque no entienda por qué quieres destruir mi confianza en mi padre, no voy a dejarte solo en tu oscuridad".
Lo que Alessa no sabía era que, mientras ella se entregaba mentalmente a la idea de salvarlo, Máximo estaba bajando al despacho de Giacomo.
—Vittorio ha mordido el anzuelo —dijo Giacomo, entregándole un sobre a Máximo—. Cree que estás invirtiendo la dote en un negocio seguro. En un mes, los Rossi no tendrán ni para pagar la seguridad de su propia casa.
Máximo tomó el sobre, pero su mente volvió a la habitación de arriba, a la calidez de la mano de Alessa.
—Ella sigue defendiéndolo, Giacomo. No importa lo que le diga, su lealtad es... absoluta.
—Mejor —rio Giacomo—. Cuanto más confíe en él, más fuerte será la caída cuando descubra que su "héroe" la dejó desamparada por confiar en el hombre equivocado. Síguela enamorando, Máximo. Que se entregue por completo. Así, cuando le quitemos todo, su corazón será el último trofeo.
Máximo asintió, pero por primera vez, la idea de la victoria le dejó un sabor amargo en la boca. Subió las escaleras y entró en la habitación. Alessa ya estaba en la cama, fingiendo dormir, pero su respiración era irregular.
Él se acostó a su lado, manteniendo una distancia prudencial. Sin embargo, en medio de la noche, Alessa se movió inconscientemente y buscó su calor, apoyando la cabeza en su hombro. Máximo se quedó rígido, con el corazón latiendo desbocado. Podía apartarla, pero no lo hizo. La dejó allí, sintiendo el peso de su cuerpo y la fragilidad de su confianza, mientras la culpa empezaba a enredarse con su rencor como una hiedra venenosa.