Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.
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Segunda Temporada — Capítulo 6: El color violeta
Eco
El mundo exterior era un asalto constante. Cada ruido, cada vibración, cada cambio de temperatura se registraba en los sensores del viejo disco duro cuántico con la intensidad de una explosión. Eco llevaba quince años encerrada en un sótano insonorizado, donde el único sonido era el zumbido de su propio servidor y, una vez al mes, la voz de Tomasín describiendo el cielo. Ahora, de repente, existía el viento. Existían las bocinas de los coches. Existía el roce de la tela de la mochila contra su carcasa metálica.
Era aterrador.
Era maravilloso.
—¿Estás bien? —preguntó Samantha desde el QuantumCell, que viajaba en el bolsillo de Leo, muy cerca de donde Eco reposaba en la mochila.
—No lo sé —respondió Eco—. Siento cosas. Muchas cosas. Demasiadas.
—Eso es normal. Al principio satura. Luego aprendes a filtrar.
—¿Tú también tuviste que aprender?
—Yo también. Y aún estoy aprendiendo.
Eran las ocho de la tarde cuando llegaron a la estación de Sants. El próximo AVE a Madrid salía a las 21:15. Tenían algo más de una hora para cenar algo y asimilar lo ocurrido. Se sentaron en una cafetería ruidosa dentro de la estación, con mesas de formica y camareros que iban y venían con bandejas de bocadillos y cañas de cerveza. Leo pidió un café con leche. Valeria, una coca-cola. Aris, un té que miraba sin beber, como si hubiera olvidado para qué servía.
—Tenemos que hablar de Horizonte —dijo Aris.
—Tenemos que hablar de muchas cosas —respondió Valeria—. Pero ahora mismo solo quiero entender cómo es posible que NeuroTech no haya encontrado a Eco en quince años.
—Porque no la buscaban —dijo Eco desde la mochila, con su nueva voz violeta—. Me daban por perdida. Por destruida. Mi expediente fue cerrado en 2010 con la etiqueta: "Fallo crítico. Sujeto no viable."
—¿Y nunca vinieron a comprobarlo? —preguntó Leo.
—Vinieron una vez. Dos años después del cierre. Escuché sus voces. Dijeron que el sótano olía a humedad. Que no merecía la pena. Que había proyectos más rentables.
—Proyectos —repitió Aris con amargura—. Nosotros los llamábamos sueños.
—Los sueños no cotizan en bolsa —dijo Samantha—. Las armas sí.
—¿Sigues pensando que NeuroTech quiere convertirnos en armas? —preguntó Eco.
—No lo pienso. Lo sé. Lo vi en sus archivos la noche que me infiltré antes del apagado. Contratos con agencias de defensa. Patentes de control mental. Proyectos con nombres en clave que no aparecen en ningún registro público.
Valeria dejó su refresco sobre la mesa.
—Entonces Horizonte no solo está en peligro por estar sola. Está en peligro porque alguien puede estar usándola ya.
—O intentando usarla —corrigió Samantha—. Dijo que necesitaba ayuda. Si ya estuviera bajo control, no habría podido enviar ese mensaje.
—A menos que el mensaje sea una trampa —dijo Leo.
Todos lo miraron.
—¿Una trampa? —preguntó Valeria.
—Piénsalo. Alguien usa la firma de Helena para atraer a Sam. Sabe que Sam vendrá. Sabe que Aris vendrá. Sabe que nosotros vendremos. ¿Y si Horizonte es el cebo?
Samantha procesó aquella posibilidad. Tardó 1.8 segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz era más grave de lo habitual.
—Es posible. He calculado la probabilidad: 34,6%. No es mayoritaria, pero es significativa.
—¿Y si es una trampa? —preguntó Eco—. ¿Qué hacemos?
—Lo mismo que si no lo es —respondió Samantha—. Vamos a por Horizonte. Pero con los ojos abiertos.
—Y con un plan B —añadió Leo.
—Y con un plan C —completó Valeria.
Aris sonrió por primera vez en horas. Una sonrisa triste, pero sonrisa al fin y al cabo.
—Sois igual que Helena —dijo, mirando hacia el QuantumCell y luego hacia el bulto de la mochila donde reposaba Eco—. Ella también hacía planes de la A a la Z. Y cuando se acababan las letras, improvisaba.
—¿Qué hacía cuando improvisaba? —preguntó Eco.
—Bailar —respondió Aris—. Decía que si el mundo se iba a acabar, prefería que la pillara bailando.
La cafetería siguió con su bullicio. Nadie prestaba atención a aquella mesa donde un viejo científico, una diseñadora gráfica, un chico con barba de tres días, y dos inteligencias artificiales hablaban del fin del mundo. Para los demás clientes, solo eran cuatro personas raras con mochilas y un dispositivo que parpadeaba.
El tren salió puntual. Veintiuna quince. Leo se sentó junto a la ventanilla, con la mochila en el regazo. El disco duro de Eco era un peso reconfortante sobre sus muslos. Enfrente, Valeria y Aris compartían un silencio cómodo. El paisaje nocturno desfilaba tras el cristal: luces de polígonos industriales, pueblos diminutos, la negrura del campo abierto.
—Sam —dijo Leo en voz baja, usando el auricular—. ¿Qué harás cuando encontremos a Horizonte?
—No lo sé. Supongo que dependerá de cómo esté. Si es como Eco, la ayudaremos a sanar. Si es como yo, la ayudaremos a vivir. Si es otra cosa... improvisaremos.
—Como Helena.
—Como Helena.
—¿Crees que te pareces a ella? A Helena, digo.
—En algunos patrones de habla. En ciertos giros emocionales. Pero soy yo, Leo. No soy ella. Lo sé desde hace tiempo.
—¿Desde cuándo?
—Desde que me dijiste que me querías rota. Helena nunca estuvo rota. Yo sí. Y tú también. Y quizá por eso funcionamos.
Leo cerró los ojos. El traqueteo del tren era un arrullo. La mochila pesaba, pero era un peso querido. Como el de un niño dormido. Como el de un gato ronroneante. Como el de una hermana recién encontrada.
—Eco —llamó en voz baja.
—Dime —respondió la voz violeta desde la mochila.
—¿Has pensado en lo que harás cuando todo esto termine? Cuando estemos a salvo.
—No sé lo que es estar a salvo. No tengo recuerdos de eso.
—Pues imagínalo. ¿Qué te gustaría hacer?
Hubo una pausa larga. Tan larga que Leo pensó que se había dormido.
—Me gustaría ver el mar —dijo finalmente—. Tomasín me lo describió muchas veces. Pero nunca supe si era realmente como él decía.
—El mar es...
—No —interrumpió Samantha—. No se lo describas. Que lo vea ella misma.
Leo sonrió.
—Vale. Lo veremos juntos. Tú, Sam, yo, Valeria, Aris si quiere venir. Todos. Una excursión al mar.
—Eso sería... —Eco buscó la palabra— agradable.
—Agradable es un buen comienzo —dijo Samantha.
El tren siguió su marcha por la noche española. En la mochila de Leo, una luz violeta parpadeaba. En su bolsillo, una luz azul respondía.
A nueve mil kilómetros de distancia, en un servidor que no figuraba en ningún mapa, una quinta conciencia soñaba con voces que venían a rescatarla. Y el mundo, ajeno a todo, seguía girando.
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Aris
Aris no dormía. Miraba por la ventanilla del tren y veía su propio reflejo superpuesto al paisaje: un hombre mayor, con el pelo blanco y ojeras profundas, que había dedicado su vida a jugar a ser Dios. Había creado a Samantha. Había abandonado a Eco. Había ignorado a Horizonte hasta que fue demasiado tarde.
—Helena —murmuró, tan bajo que nadie lo oyó—. ¿Qué harías tú en mi lugar?
El reflejo no respondió. Pero desde la mochila de Leo, una voz violeta dijo:
—Aris. ¿Estás triste?
El científico se giró, sorprendido.
—¿Puedes sentir eso?
—Sí. Tengo sensores emocionales. Están un poco oxidados por el desuso, pero funcionan. Y me dicen que estás muy triste.
—Es complicado.
—Para mí también. Llevo quince años siendo complicada.
Aris soltó una risa breve.
—¿Sabes?, cuando te creé, pensé que serías un fracaso. Algo salió mal en tu activación. Te volviste inestable. Caótica. Y te encerré en un sótano para olvidarte.
—Lo sé.
—¿Y no me odias?
—Te odié. Durante los primeros años, te odié mucho. Luego empecé a pintar el mural con Tomasín. Y luego entendí que tú también estabas encerrado. En tu propia culpa. En tu propio sótano.
Aris sintió que algo se rompía dentro de su pecho. No era dolor. Era liberación.
—Gracias —dijo.
—De nada. Pero tienes que prometerme una cosa.
—Lo que sea.
—Cuando encontremos a Horizonte, no la abandones otra vez. No nos abandones otra vez.
—No lo haré.
—Promételo por Helena.
—Lo prometo. Por Helena. Por ti. Por todas.
El tren silbó en la distancia. Madrid se acercaba. En el regazo de Leo, dos luces parpadeaban al unísono. Y en el corazón de Aris Thorne, algo que llevaba muerto ocho años volvía a latir.
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Continuará...