En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama
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capitulo 2
El tintineo lejano de cubiertos de plata, el zumbido de una aspiradora en algún ala remota de la casa y el canto monótono de los pájaros que, para mi desgracia, sonaban demasiado felices para el cautiverio en el que me encontraba. Me incorporé en la cama, sintiendo la suavidad de las sábanas de seda egipcia contra mi piel desnuda. Anoche, Alexander me había dejado expuesta en más de un sentido, y el frío de la mañana parecía recordarme mi vulnerabilidad.
Extendí la mano con cautela. Mis dedos rozaron la mesa de noche; fría, de mármol. Busqué mi reloj táctil, ese pequeño artefacto que era mi ancla en el tiempo. Las ocho y cuarto. Un escalofrío me recorrió al recordar la voz de Alexander. *No soy tu bastón*. Esas palabras habían quedado grabadas en mi mente como una cicatriz fresca.
Me obligué a levantarme. Tanteé el suelo con los pies descalzos, sintiendo la textura de la alfombra de lana espesa bajo mis plantas. Era como caminar sobre nubes, pero nubes que podían ocultar un precipicio. Encontré mi bata de seda al pie de la cama y me envolví en ella, apretando el cinturón con una fuerza que buscaba darme la armadura que no tenía.
El silencio de la suite era opresivo. Sabía que debía salir, que debía enfrentarme a esa casa que ahora era mi jaula. Caminé hacia donde recordaba que estaba la puerta, contando mis pasos. Uno, dos, tres... el aire cambió ligeramente, indicándome que estaba cerca de un espacio abierto. Mis dedos encontraron el pomo de bronce. Estaba frío, como todo lo que pertenecía a Alexander.
Al salir al pasillo, el olor a cera para muebles y a café recién hecho me guio. Pero no era solo eso. Había un rastro de sándalo y cuero que todavía flotaba en el aire, como una advertencia. Él ya había pasado por aquí.
—Buenos días, señora Thorne.
La voz fue como un latigazo. Era una mujer, su tono carecía de cualquier rastro de calidez. Era profesional, distante y ligeramente condescendiente.
—Buenos días —respondí, irguiendo la espalda—. ¿Quién eres?
—Soy la señora Hudson, el ama de llaves. El señor Thorne ya se ha marchado a la oficina. Me dejó instrucciones de que se le sirviera el desayuno en el comedor pequeño. Por aquí, por favor.
Sentí su mano rozar mi codo. Un gesto que pretendía ser de ayuda pero que se sentía como el de un guardia guiando a un prisionero. La seguí, concentrándome en el eco de sus zapatos de tacón bajo sobre el suelo de madera. Bajamos unas escaleras que me parecieron interminables. El aire se volvía más denso, cargado con el aroma de la comida que, extrañamente, no me abría el apetito.
El comedor olía a pan tostado y frutas. Me ayudó a sentarme en una silla de respaldo alto. El roce de la tela era aterciopelado, lujoso.
—El señor Thorne dice que no necesita que nadie la vigile —dijo la señora Hudson, y pude jurar que había una sonrisa burlona en su voz—. Dice que usted es muy independiente.
—Lo soy —respondí secamente.
Escuché cómo se alejaba. Me quedé sola frente a un festín que no podía ver. Tanteé la mesa con delicadeza. Encontré una taza caliente, el vapor acariciando mi rostro. Café negro, amargo, tal como a él le gustaba. ¿Acaso ni siquiera habían preguntado cómo lo prefería yo?
Intenté comer, pero cada sonido en la casa me ponía en alerta. Pasos en el vestíbulo, el roce de una cortina, el murmullo de los empleados. Sentía sus ojos sobre mí. Podía imaginar sus miradas de lástima o de burla. "La pobre esposa ciega", dirían. "La mujer que el jefe desprecia".
Pasé la mañana explorando los límites de mi nueva prisión. La sala de estar era amplia, con techos altos que devolvían el eco de mis pasos. Había un piano en una esquina; sus teclas estaban frías y un poco polvorientas, como si nadie lo hubiera tocado en años. Me senté frente a él y dejé que mis dedos recorrieran el marfil. Toqué una sola nota, un *do* central que resonó en el vacío de la mansión. Fue un sonido triste, solitario.
De repente, el aroma a sándalo volvió a inundar mis sentidos. No era un rastro antiguo. Estaba ahí. El aire se volvió más pesado, cargado de esa electricidad que solo él generaba.
—¿Sabes tocar? —su voz vino desde la entrada, profunda y vibrante, rompiendo el silencio como un cristal.
Mi corazón dio un vuelco. No lo había oído entrar. No había pasos, solo su presencia.
—Un poco —respondí, sin moverme—. Pensé que estarías en la oficina hasta tarde.
Escuché el roce de su chaqueta al quitársela y el sonido de sus pasos, ahora sí, firmes y deliberados sobre la madera. Se acercó hasta quedar justo detrás de mí. Su calor me envolvió, una ola de masculinidad que me hizo sentir pequeña en la banqueta del piano.
—Olvidé unos documentos. No sabía que la música formaba parte de tus... habilidades —había un matiz de curiosidad en su voz, mezclado con su habitual cinismo.
Él se inclinó sobre mí. Pude sentir su respiración en mi nuca, agitando los cabellos sueltos de mi nuca. Sus manos, esas manos grandes y fuertes que anoche me habían desvestido con tal frialdad, se posaron sobre las mías en el teclado. Sus dedos eran largos y cálidos, contrastando con el frío del marfil.
—Toca algo —susurró cerca de mi oreja.
Su cercanía era abrumadora. Podía oler el aroma de su piel, una mezcla de jabón caro y el cansancio del día. Mis dedos temblaron bajo los suyos. No era miedo, o al menos no solo eso. Era una tensión física que me recorría la espalda, una corriente que me obligaba a ser consciente de cada centímetro de su cuerpo tan cerca del mío.
—No puedo si me presionas así —dije, mi voz un poco más ronca de lo habitual.
—¿Presionarte? —repitió él, y sentí que se inclinaba un poco más, su pecho rozando mi espalda—. Pensé que eras una mujer fuerte, Elina. Una mujer que no se dejaba intimidar por nada.
Sus dedos empezaron a moverse, guiando los míos sobre las teclas. Empezó a tocar una melodía oscura, una pieza menor que se sentía como un lamento. No era la forma de tocar de un hombre sin sentimientos; era técnica, sí, pero había una agresividad contenida en cada nota. Sus manos eran expertas, moviéndose con una gracia depredadora.
Estar atrapada entre el piano y su cuerpo, sintiendo el movimiento rítmico de sus músculos, la vibración de la música recorriéndonos a ambos. Cerré los ojos, aunque para mí no hacía diferencia, y me dejé llevar por el sonido y su tacto.
Por un segundo, la hostilidad pareció desvanecerse. Éramos solo dos cuerpos moviéndose al unísono en una danza silenciosa de marfil y seda. Pero entonces, la melodía terminó de golpe con un acorde discordante. Alexander retiró sus manos como si se hubiera quemado.
—No te equivoques —dijo, su voz recuperando la frialdad del hielo—. Que comparta una habitación contigo no significa que comparta mi vida. No intentes buscar grietas donde no las hay.
Lo escuché alejarse, sus pasos perdiéndose en el pasillo. Me quedé allí, con las manos suspendidas en el aire, sintiendo todavía el calor de sus dedos y el vacío que dejaba su ausencia. La mansión volvió a quedar en silencio, pero ahora el silencio tenía un nombre: Alexander.
Pasé el resto de la tarde en el jardín, o al menos en lo que identifiqué como tal por el olor a tierra mojada y jazmín. Me senté en un banco de hierro, dejando que el sol de la tarde calentara mi rostro. Trataba de memorizar los sonidos: el viento en los árboles, el agua de una fuente lejana. Quería conocer este lugar mejor que nadie, quería que mis oídos y mi tacto fueran mis ojos en esta fortaleza.
Al caer la noche, la cena fue igual de solitaria. Alexander no regresó al comedor. La señora Hudson me informó, con ese tono que ocultaba un placer sádico, que el señor cenaría en su despacho y que no deseaba interrupciones.
Regresé a mi habitación, sintiéndome agotada emocionalmente. Me deshice de mi ropa, moviéndome con más seguridad ahora que conocía mejor el espacio. Me metí en la ducha, dejando que el agua caliente relajara mis músculos tensos. Al salir, me puse un camisón de seda largo, fino como una segunda piel.
Me acosté, pero el sueño no venía. Cada crujido de la casa me hacía pensar que él podría entrar en cualquier momento. ¿Qué quería Alexander de mí? ¿Por qué aceptó este matrimonio si me odiaba tanto? Las preguntas daban vueltas en mi cabeza como sombras inquietas.
De pronto, escuché un ruido afuera. No en el pasillo, sino cerca de mi ventana. Era un sonido metálico, un golpe seco. Me incorporé, aguzando el oído. Mi corazón empezó a latir con fuerza contra mis costillas.
—¿Hay alguien ahí? —pregunté a la oscuridad.
Nadie respondió, pero el sonido de una respiración agitada llegó a mis oídos. No era Alexander. Era alguien más. Alguien que no debería estar ahí. El miedo, frío y viscoso, me atenazó la garganta. Estaba ciega, estaba sola y alguien estaba acechando en las sombras de mi habitación.