Matrimonio por conveniencia
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CAPÍTULO 1: LA FUNCIÓN DEBE CONTINUAR
Alessandra Valeriano no lloraba. Las lágrimas de un desperdicio de electrolitos y una señal de que el sistema límbico había tomado el control sobre el córtex prefrontal. Y Alessandra no permitía que nada, ni siquiera su propia biología, tomara el control.
Frente al espejo del salón de novias, el vestido de seda de veinte mil dólares parecía una armadura blanca.
—Alessandra... —la voz de César Iván Castro sonó desde la puerta.
—César... César... ¡Césaaaar! —gritó ella sin girarse—. Al fin... "Habemus César". ¿Dónde está el informe de la auditoría de la mañana?
—Señora, son las diez de la mañana. Se supone que debe caminar hacia el altar en quince minutos. La auditoría puede esperar a que diga "Sí, acepto".
—La auditoría no me engañó con una modelo de lencería de veinte años hace cuarenta minutos a través de un mensaje de WhatsApp, César. La auditoría es fiel —Alessandra se giró. Su rostro estaba tan calmado que daba miedo—. Rodrigo no viene. Se fue.
César se quedó petrificado.
—¿Qué? ¿El señor Rodrigo... huyó?
—"Huir" implica cobardía heroica. Él simplemente se dejó llevar por sus instintos básicos de primate. Ahora mismo debe estar a mitad de camino al aeropuerto.
Alessandra caminó hacia su escritorio (sí, había instalado un escritorio en la suite nupcial) y se sirvió un whisky puro.
—Tengo a trescientos accionistas afuera. Si salgo y digo que el idiota me dejó, las acciones de *Valeriano Prime* caerán un 15% antes del almuerzo. Los buitres del consejo me sacarán de la presidencia alegando "inestabilidad emocional". No voy a perder mi empresa por un hombre que no sabe deletrear "fidelidad".
—¿Qué piensa hacer? —preguntó César, preocupado.
—Necesito un sustituto. Alguien con mandíbula cuadrada, que sepa usar un traje y que no hable demasiado para que no arruine el perfil de hombre culto que le inventaremos.
César tragó saliva. Conocía esa mirada. Era la mirada de "voy a cometer un fraude matrimonial y tú me vas a ayudar".
—Señora, no podemos simplemente agarrar a un camarero.
—Por supuesto que no. Los camareros tienen manos de trabajador, se notaría en las fotos —Alessandra lo miró con esos ojos de lince—. Dijiste que tenías un amigo. Ese... "consultor de compañía".
—¿Dante? —César casi se ahoga—. Señora, Dante es un gigoló. Un acompañante de altísimo nivel. Vive de engañar a mujeres ricas, pero cobrará una fortuna por un año de actuación. Y es... bueno, es un arrogante.
Alessandra sonrió por primera vez. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Perfecto. La arrogancia es fácil de manejar con un contrato bien redactado. Tráelo, César. Si vamos a comprar un marido, que sea el modelo de lujo. "Habemus boda"... aunque sea una estafa.
César Iván Castro soltó un suspiro tan largo que pareció desinflarse dentro de su traje de marca. Mientras observaba a su jefa ya inclinada sobre la tablet, ignorando el caos emocional del momento, el secretario comenzó a masajearse las sienes con un tic nervioso.
"Yo se lo advertí", se dijo a sí mismo en un mantra mental de pura supervivencia.
"Le dije que el café orgánico y las jornadas de veinte horas le estaban secando el juicio, pero no, la señora Valeriano siempre tiene que ir un paso más allá de la locura".
César ya se veía redactando contratos de confidencialidad para niñeras y pediatras, mientras gestionaba las acciones de una empresa dirigida por una mujer que planeaba una boda y de seguro un embarazo con la misma calidez con la que se compra una impresora láser.
—Señora, solo quiero que conste que si este sujeto la llena de hijos como a una garrapata, no será mi problema. No, señor —murmuró César para sí mismo mientras salía a hacer la llamada—. No me pagan lo suficiente para ser el niñero de un heredero nacido de un contrato de arrendamiento. Mi seguro médico no cubre crisis nerviosas por tramas de paternidad mercenaria.
Alessandra Valeriano no caminó hacia el altar; marchó hacia él como un general hacia una ejecución. Frente a los trescientos invitados, se paró con la espalda tan recta que parecía hecha de acero.
—Damas, caballeros, accionistas —su voz proyectó una frialdad absoluta a través del micrófono—. El señor Rodrigo ha sufrido un inconveniente médico grave camino a la ceremonia. En este momento está siendo ingresado en el hospital.
Un murmullo de sorpresa recorrió el salón. Alessandra levantó una mano, silenciándolos de golpe.
—La boda se pospone dos semanas, sujeto a los informes médicos oficiales. Sin embargo, la recepción sigue en pie. Disfruten del caviar y el champán. Pero les recuerdo —sus ojos se entrecerraron, escaneando la sala como un láser— que el contrato de confidencialidad que firmaron al entrar sigue vigente. Cero fotografías. Cero videos. Cualquier píxel de mi vida privada que aparezca en redes sociales esta noche resultará en una demanda que dejará a sus tataranietos en la quiebra. César, saca mi auto. Nos vamos a la oficina.
CUARENTA MINUTOS DE MARTIRIO DESPUÉS...
El trayecto a la empresa fue un monólogo de bilis.
Alessandra iba en el asiento trasero revisando correos, mientras César intentaba desesperadamente contactar a "la solución".
—¿Dónde está, César? ¿Viene en tortuga o está esperando a que el universo conspire a su favor?
—Está llegando, señora. Dante es... meticuloso con su apariencia.
—Es un gigoló, César. No es un cirujano cerebral. Solo necesita verse bien y cerrar la boca.
Cuando entraron al piso de la presidencia de *Valeriano Prime*, Alessandra se arrancó el velo y lo tiró sobre una trituradora de papel de diez mil dólares. Se sentó en su trono de cuero negro y miró el reloj.
—Treinta y nueve minutos y cincuenta y ocho segundos. Si no entra en dos segundos, César, tu liquidación será tan corta que...
La puerta se abrió.
No entró un hombre, entró una distracción biológica. Dante no caminaba, se deslizaba con una confianza que rozaba el insulto. Llevaba un traje que costaba lo que el salario anual de un analista junior, y una sonrisa que decía claramente: "Sé exactamente cuánto valgo y no puedes pagarlo".
Alessandra lo escaneó de arriba abajo con la misma calidez con la que un patólogo examina un cadáver.
— Resumen ejecutivo —dijo ella, apoyando los codos en el escritorio—. César dice que eres "divino". Yo solo veo un gasto deducible de impuestos.
Dante se detuvo frente al escritorio, ignorando la silla.
Se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Alessandra hasta que ella pudo oler su perfume: sándalo, bourbon y arrogancia pura.
—Y yo —respondió Dante, con una voz de barítono que vibró en la oficina— veo a una mujer que acaba de ser plantada y está tan desesperada que va a contratar a un extraño para que le caliente la cama frente a sus amigos superficiales.
César Iván se encogió en su esquina, murmurando:
—Dante, por favor, no la hagas enojar... ya tiene un hacha en la mano.
Alessandra ni siquiera parpadeó.
—No quiero que me calientes la cama, Dante. Quiero que firmes un contrato de arrendamiento sobre tu existencia durante los próximos doce meses. Vas a ser el "marido milagro" que despertó del coma con una cirugía plástica total si es necesario.
Dante soltó una carcajada seca y se sentó, cruzando las piernas con elegancia.
—Un año de convivencia con la "Reina de Hielo". Eso tiene un recargo por riesgo laboral. Pero me gusta el desafío. ¿Qué dice el contrato sobre los "servicios adicionales"?
Alessandra le lanzó una carpeta con la fuerza de un disco de hockey.
—Léelo. Pero te adelanto la cláusula de paternidad: si quiero un heredero, pones el material genético, firmas tu renuncia y te esfumas. No quiero un padre, quiero un donante de alta gama.
Dante arqueó una ceja, impresionado por la frialdad de la mujer.
—Vaya... y yo que pensaba que los robots no podían reproducirse. César, tu jefa tiene más huevos que todo el consejo de administración.
César desde su esquina anotó mentalmente:
«Bitácora de supervivencia, día 1: El Gigoló sobrevivió al primer round. Yo todavía no cobré. Riesgo de liquidación: alto»
Alessandra no respondió.
Solo abrío el cajón del escritorio, sacó un contrato virgen y un bolígrafo Montblanc.
Lo dejó sobre el escritorio. Sin mirarlo.
César Iván suspiró, ajustándose las gafas. Llevaba una tablet en una mano y un teléfono que no paraba de vibrar en la otra.
—Nota: pedir un reembolso al seguro de vida por tantos años de aportes que no cubren contra desastres científicos. Diosito, ten piedad de mi pobre alma en banca rota.