El agua no solo está subiendo… está “vivo” de alguna forma.
A veces no ataca directamente, pero se comporta de manera antinatural, como si siguiera a las personas, como si eligiera y empezará a crear consciencia.
Nadie sabe si es un fenómeno natural… o algo más, algo que se esconde en lo más profundo.
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No duele, voces que llaman
El aire se volvió más pesado.
No fue una sensación repentina, sino algo que se fue acumulando poco a poco, como si el entorno entero estuviera cambiando de golpe. Valeria notó la forma en que el viento dejó de moverse, en cómo el sonido distante del agua comenzó a hacerse más presente, más constante, como una respiración profunda que se acercaba.
El grupo permanecía reunido cerca de la estructura, pero ya nadie estaba realmente tranquilo.
Diego se puso de pie lentamente, no de forma brusca, no con miedo. Sino con una calma que no correspondía a la situación que estaba presente. Valeria lo observó de inmediato y Tomás apretó su mano.
—Es él —susurró.
Luis también lo notó.
—¿Qué haces? —preguntó.
Diego no respondió, solo miró a la distancia hacia el agua que se acercaba.
—¿Diego? —insistió Marta, con un tono que mezclaba preocupación y advertencia.
El chico giró la cabeza lentamente y por primera vez desde que lo conocieron… su expresión no era la de un sobreviviente. Era… otra cosa.
—Ya no tenemos que correr —dijo.
El silencio cayó como un golpe. Valeria sintió el cuerpo tensarse por completo.
—¿Qué quieres decir?
Diego dio un paso adelante.
—Está bien —continuó—. Ya no duele.
Las palabras eran demasiado familiares, demasiado parecidas. Tomás retrocedió.
—No es él.
Marta se acercó, con la voz quebrándose.
—Diego… mírame.
El chico la miró, pero no la reconoció.
—Nos está buscando —dijo—. Y ya sabe cómo encontrarnos.
Claudia negó con la cabeza y retrocedió unos pasos.
—No… no, no otra vez…
Valeria dio un paso adelante.
—¿El agua?
Diego sonrió apenas.
—No solo el agua.
Un silencio más profundo se instaló.
—Entonces ¿qué? —preguntó Valeria, sintiendo cómo el miedo regresaba con más fuerza.
Diego inclinó la cabeza, como si escuchara algo que ellos no.
—Nosotros —respondió.
Y entonces ocurrió, su cuerpo se tensó de golpe,sus dedos se curvaron, su respiración cambió y su voz... se quebró.
—Valeria…
Ella se quedó congelada, no era su voz, no era su forma de hablar, pero dijo su nombre.
—Valeria… —repitió—… ayúdame.
El corazón le dio un vuelco y dió un paso adelante, fue su hijo Tomás quién la jaló con fuerza.
—¡No!
Valeria reaccionó, retrocedió y Diego dio un paso más.
—No te vayas —dijo—. Por favor…
Pero ahora no era una súplica, era una imitación. Marta comenzó a llorar.
—¡Salte de él! ¡Él no habla así!
El chico levantó la cabeza de golpe y gritó. El sonido fue insoportable, no fue humano y por supuesto no fue natural. Y el agua.... Respondió.
*Se movió.
*Rápido.
*Violento.
—¡Nos vamos! —gritó Valeria.
Sin embargo Diego al ver qué empezaban a retroceder, no los atacó, al contrario les dió la espalda y se giró hacia el agua y comenzó a caminar hacia ella. Como si lo estuviera llamando.bMarta gritó su nombre, pero no sirvió de nada, el chico no se detuvo. Y cuando el agua tocó sus pies… no reaccionó, simplemente siguió avanzando, hasta desaparecer.
El grupo quedó en silencio, nadie intentó seguirlo, nadie pudo. Tomás habló en voz baja.
—Ahora ya puede hablar como nosotros.
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🌊 Mientras tanto…
Mateo, Raúl y Ernesto se habían alejado más de lo que planeaban, no por decisión, sino porque lo que buscaban no aparecía. Hasta que finalmente lo encontraron, un pequeño gallinero, destruido en parte, pero no vacío. Había tres gallinas vivas y unos cuantos huevos.
—Esto sí… —murmuró Raúl, aliviado por primera vez.
Mateo observó con cuidado.
—No están mojadas.
Ernesto asintió.
—Se mantuvieron en alto.
Era una buena señal, tal vez la primera en mucho tiempo.
—Rápido —dijo Raúl.
Se movieron con cuidado, sin hacer ruido.
Raúl atrapó una, Ernesto otra, mientras que la tercera intentó escapar, pero Mateo la detuvo.
Cuando les amarraron las patas con unas cuerdas delgadas que habían encontrado en el camino, los tres se quedaron en silencio unos segundos.
—Tenemos comida —dijo Ernesto.
Pero no sonó como una victoria.
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🌊 De regreso
El grupo estaba en movimiento, más rápido, más nervioso.
Valeria no dejó de mirar hacia atrás, podía sentir como el agua avanzaba más rápido.
—No va a parar —dijo Claudia, casi sin aliento.
—No —respondió Valeria—. No va a parar.
Y entonces… los vieron. Mateo, Raúl y Ernesto, venían de regreso.
—¡Aquí! —gritó Luis.
Se reunieron rápido.
—Tenemos comida —dijo Mateo.
Pero al ver sus caras… entendió que algo había ocurrido.
—¿Qué pasó?
Valeria lo miró.
—Diego...
Mateo cerró los ojos un segundo.
—Entiendo.
No pidió más detalles de momento, no había tiempo para ello, debían seguir avanzando.
—Tenemos que movernos —dijo—. Ya.
Pero el agua ya estaba demasiado cerca, se podía escuchar el sonido del deslizamiento.
Entonces, un grito.
Claudia.
Su pie se hundió de repente en una zona blanda y el agua como si hubiera estado esperando llegó más rápido de lo esperado.
—¡Ayuda! —gritó.
Ernesto reaccionó de inmediato, intentó alcanzarla, pero el suelo cedió. El agua se cerró sobre sus piernas, Valeria avanzó un paso, pero Mateo la detuvo.
—¡No!
Claudia extendió la mano.
—¡Abuelo!
El hombre intentó sujetarla y por un segundo… lo logró, pero el agua se movió de forma violenta, precisa y la arrancó, luego de eso desapareció como si nunca hubiera estado ahí.
El grito de Claudia se cortó y el agua volvió a cerrarse.
Silencio. Ernesto quedó de rodillas. Inmóvil.
—No… —susurró.
Nadie habló, nadie se movió. Hasta que Mateo dijo
—Nos vamos.
Y esta vez… nadie dudó. Porque ya no era solo persecución, era realmente una cacería y ellos...eran la presa.