Después de un día duro de trabajo como pasante pero entra en su apartamento se desmaya luego de tropezar y de quejarse por las horas extras desearía no tener horas laborales desearía ser una holgazán y que me adorarán, cae inconsciente se oye una voz dentro de su mente iniciándo el sistema de la Diosa iniciando viaje desea comenzar...
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EL CAOS EN LA CAPITAL
El sistema me había avisado de la situación urgente en la ciudad imperial.ALERTA DEL SISTEMA: anfitriona el segundo Príncipe kyros , tercer Príncipe Theron y la princesa Elara, junto al Emperador ,Emperatriz y la concubina imperial se encuentran en asedio con el Reino vecino Xiongnu
De repente, sin previo aviso, me desvanecí ante sus ojos. Un segundo estaba allí, a su lado, y al siguiente no quedaba rastro de mi.
Pensé...
"La paz que hemos construido aquí se ve amenazada en otro lugar. La Ciudad Imperial está bajo ataque. Los enemigos vecinos han cruzado las fronteras y han puesto sitio a la capital. Allí están el Emperador la Emperatriz y la Concubina Imperial, los hermanos reales y el Segundo Príncipe, todos rodeados y en peligro mortal".
Y entonces mi voz volvió a sonar en sus pensamientos, esta vez con instrucciones claras y firmes:
"No vengan solos. Solo encargo que se dirijan hacia la Ciudad Imperial con todas las tropas que tenéis aquí. No dejen a nadie atrás. Necesitamos toda la fuerza posible para defender la capital. Yo ya estoy allí, esperando vuestra llegada. Estaré en la ciudad, protegiendo a la familia real mientras vosotros marchan. Cuando lleguen, nos reuniremos allí y juntos haremos frente al enemigo."
Ian asintió con determinación, entendiendo lo que debía hacer.
"Así lo haremos dijo en voz alta, como si yo pudiera escucharlo desde dondequiera que estuviera. Reuniremos a todos los hombres, organizaremos la marcha y partiremos sin perder un minuto."
El príncipe heredero dijo con una voz firme y preocupada llegaremos en siete días la ciudad Imperial se queda a siete días de aquí .
El General Emmanuel ya se había puesto en movimiento, dando órdenes a los capitanes, pero de vez en cuando se giraba, miraba a su alrededor con una expresión inquieta, y yo podía sentir cómo me estaba buscando. A pesar de que sabía que yo estaba en la Ciudad Imperial, su instinto lo hacía desear tenerme cerca, saber dónde estaba exactamente, asegurarse de que estuviera bien.
Yo podía percibir esa búsqueda suya, esa necesidad de saber de mí, y mi voz volvió a resonar en su mente con un tono suave pero seguro:
"No me busques aquí, Emmanuel. Estoy donde se me necesita más ahora. Dediquense en preparar a las tropas y marchar con ellas. Yo estaré esperándo en la capital. No tarden, el tiempo corre en nuestra contra, pero esten tranquilos: mientras yo esté allí, nadie podrá hacerles daño."
El General se detuvo un instante, cerró los ojos como si quisiera grabar mis palabras en su memoria, y luego asintió con la cabeza. Ya no seguía mirando a su alrededor, pero podía ver en su expresión que seguía pensando en mí, que seguía pendiente de mi presencia aunque no pudiera verme.
Ambos se pusieron manos a la obra de inmediato. Reunieron a todos los soldados, organizaron las filas, revisaron el equipo y prepararon todo para el viaje. Sabían que tenían una misión importante: marchar con todo el ejército hacia la Ciudad Imperial, donde yo los estaría esperando.
Y mientras ellos se preparaban para partir, yo ya estaba allí, en medio del caos de la capital, lista para proteger a todos los que estaban en peligro y esperando el momento en que Ian, Emmanuel y todas las tropas llegaran para unirse a mí.
No podía creerlo. Justo cuando habíamos asegurado la frontera, el peligro llegaba al centro mismo de nuestro poder. Pensé en el Segundo Príncipe, en ese joven que aún no había tenido la oportunidad de conocer bien, pero que formaba parte de la familia que debía proteger. Pensé en el Emperador Albert, en su preocupación constante por su gente, y en la Emperatriz, que siempre había sido tan amable conmigo. Todos estaban en peligro, sitiados, esperando una ayuda que no llegaba.
Lo que vi al llegar me heló la sangre.
La Ciudad Imperial estaba envuelta en humo y llamas. El cielo, que antes era claro y azul, ahora estaba oscurecido por el humo de los incendios y las nubes de polvo. Se escuchaban gritos, el choque de espadas, los relinchos de los caballos y los estruendos de las catapultas enemigas. Las calles estaban vacías, la gente se había refugiado en sus casas o había huido, y el palacio imperial estaba rodeado por un ejército inmenso, que parecía no tener fin.
El enemigo había rodeado el edificio real por todos lados. Sus estandartes ondeaban en lo alto, y sus soldados estaban listos para asaltar las puertas, que ya empezaban a ceder ante la presión.
Allí, en el gran salón del trono, estaban todos ellos: el Emperador Albert, con la espada en la mano y la mirada seria, intentando mantener la calma a pesar de todo; la Emperatriz, a su lado, con la expresión preocupada pero firme, intentando consolar a la familia; el tercer Príncipe y la princesa junto con las concubinas, asustadas pero tratando de no perder la compostura, que miraban a su alrededor con miedo, sin entender del todo lo que estaba pasando.
Y en primera línea, defendiendo la entrada del salón, estaba el Segundo Príncipe.
Era un joven de aspecto valiente, con el cabello oscuro y una mirada decidida. Tenía una espada en la mano, y aunque se veía cansado y herido, se mantenía de pie, protegiendo a su familia con todo lo que tenía. Era el escudo de ellos, el que se había puesto al frente para evitar que el enemigo llegara hasta donde estaban. Pero era obvio que no podrían aguantar mucho más. Eran demasiados contra ellos, y sus fuerzas se estaban agotando.
Escuché cómo uno de los generales enemigos gritaba desde afuera:
"¡Ríndanse! ¡No tienen escapatoria! ¡Entréguense y quizás les perdonemos la vida!"
El Emperador respondió con voz fuerte y clara:
"¡Nunca nos rendiremos! ¡Lucharemos hasta el final por nuestro hogar y por nuestra familia!"
Pero por dentro, sabía que no tenían muchas esperanzas. El asedio era demasiado fuerte, y la ayuda que esperaban no llegaba.
Mi aparición ante ellos
Di un paso al frente, y con mi poder, hice que las puertas del palacio se abrieran de golpe, sin que nadie las tocara. El viento sopló con fuerza, apagando algunas de las llamas que nos rodeaban, y una luz suave y brillante empezó a emanar de mi cuerpo, iluminando todo el lugar.
Los soldados enemigos se detuvieron de golpe, asustados por lo que veían. Se quedaron quietos, sin saber qué hacer, mirándome con miedo y respeto.
Todos se giraron hacia mí, sorprendidos, sin saber quién era yo ni de dónde había salido. Vi cómo los ojos del Emperador se abrieron con sorpresa, cómo la Emperatriz se llevó una mano a la boca, y cómo el Segundo Príncipe bajó la espada por un momento, confundido.
Me detuve en el centro de la sala, y con voz clara y segura, me dirigí a todos ellos:
"No teman más. Ya estoy aquí."
El silencio se hizo absoluto. Nadie hablaba, todos me miraban con asombro.
El Emperador dio un paso al frente, con una mezcla de incredulidad y esperanza en sus ojos.
Sonreí con calma, y mi voz se volvió más potente, resonando en todo el salón y alcanzando incluso a los soldados que estaban afuera:
Soy la que levanta muros donde solo hay ruinas. Soy la que trae la vida donde solo hay muerte. Y hoy, soy su escudo. Ese ejército que nos rodeaba, esos enemigos que pensaban que podrían conquistar lo que no les pertenece... ya no son una amenaza."
Levanté mi mano, y con un simple gesto, activé el poder que el Sistema me había otorgado, reuniendo las armas.
El Segundo Príncipe me miraba con los ojos muy abiertos, llenos de admiración y algo más, algo que no podía definir del todo. Vi cómo se acercó un poco más, sin apartar la vista de mí, como si quisiera decir algo pero no supiera cómo.
La Emperatriz se acercó también, con lágrimas en los ojos, y me tomó de las manos con ternura.
"Gracias Diosa me dijo con voz temblorosa. Gracias por venir a salvarnos. No sabíamos qué hacer, no sabíamos a quién recurrir."
"Es mi deber le respondí con suavidad. Y mientras yo esté aquí, nadie volverá a hacerles daño. Ni a ustedes, ni a su familia, ni a este imperio."
Miré a todos los presentes: al Emperador, que asentía con respeto; a las concubinas, que me miraban con gratitud; a los hermanos menores, que me sonreían con confianza; y especialmente al Segundo Príncipe, que seguía mirándome con esa intensidad que me hizo sentir que, ya había un vínculo entre nosotros.
Había terminado de construir un muro en la frontera, pero ahora me daba cuenta de que mi verdadera misión era ser el muro que protegiera a estas personas, a esta familia, de cualquier peligro que se les presentara.
La guerra no había hecho más que empezar, pero yo estaba aquí.
Kyros:
Ha pasado tanto tiempo desde aquella primera vez que la vi, y sin embargo, no ha habido un solo día en que no haya pensado en ella.
Fue en una reunión de estado, hace ya meses. Llegó acompañada de mi hermano Ian y del General Emmanuel estaban en una campaña militar, el primer instante en que habló, supe que era diferente. Sus palabras eran tajantes, directas, sin rodeos, sin miedo a contradecir a nadie ni a decir lo que pensaba de forma clara y firme. Yo, que estoy acostumbrado a que todos me hablen con respeto y a veces con temor, me quedé helado ante esa actitud. No sabía si admirarla o sentirme ofendido, pero lo que sí sé es que su imagen quedó grabada en mi mente para siempre.
Todos en la corte la llamaban Diosa Pearl no sabía si hablarle de esa manera aunque lo fuera. Y lo que más me sorprendió de aquel día no fue solo su forma de ser, sino lo que trajo consigo.
Llevaba consigo artefactos divinos, objetos que no se parecían a nada que hubiéramos visto antes: herramientas que hacían que la tierra se volviera fértil en cuestión de días, que hacían crecer los cultivos con una velocidad increíble, que facilitaban la cosecha de tal forma que lo que antes nos llevaba meses hacer se hacía en solo unas horas. Nos los entregó con la misma seguridad con la que hablaba, explicándonos cómo usarlos para que nuestra gente no pasara hambre, para que nuestra tierra fuera próspera y abundante.
En ese momento, me di cuenta de que no era una mujer común y corriente. Era una deidad, una fuerza superior que venía a ayudarnos, a guiarnos, a darnos lo que necesitábamos para sobrevivir. Y aunque no la volví a ver después de ese día, no he dejado de pensar en ella, en su voz firme, en su mirada decidida, en esa capacidad de traer bienestar y vida allá donde fuera.
La llegada de la salvación con armas que desafían la imaginación
Y hoy, cuando todo parecía perdido, cuando veía cómo el enemigo rodeaba el palacio, cómo nuestras defensas se debilitaban y cómo yo, a pesar de tener la espada en la mano y estar dispuesto a luchar hasta la muerte, sentía que no podríamos aguantar mucho más... ella apareció.
Las puertas del salón se abrieron de golpe sin que nadie las tocara, y una luz brillante, casi cegadora, llenó todo el recinto. Allí estaba ella. No venía sola. A su alrededor flotaban armas que me dejaron sin aliento, armas que no he visto en toda mi vida, que no se parecían a ninguna espada, lanza o arco que conozca.
Eran armas divinas, pero de un tipo completamente distinto a los artefactos que nos dio antes para la tierra. Allí estaban las que ella llamó Gatling: grandes, imponentes, con múltiples tubos que brillaban con una luz metálica y poderosa, capaces de lanzar una lluvia de proyectiles sin cesar, con una fuerza y una velocidad que harían añicos cualquier armadura, cualquier muro, cualquier ejército que se interpusiera en su camino. Y junto a ellas, flotaban las bombas: esferas de energía contenida, que irradiaban un calor y una potencia que se podían sentir en el aire, capaces de destruir todo a su alrededor con un solo estallido, limpiando el campo de batalla de cualquier enemigo en cuestión de segundos.
Cada arma se mantenía en el aire, lista para ser usada, como si obedecieran a su voluntad sin necesidad de que ella las tocara. Y ella, en medio de todo ese poder destructivo, se veía más imponente, más hermosa, más radiante que nunca. Era la misma deidad que nos había traído vida y prosperidad, pero ahora venía con el poder necesario para proteger lo que había creado.
Entró con paso firme, se paró en el centro del salón y habló. Y cuando escuché su voz, sentí que el tiempo se detenía. Era la misma voz que recordaba: clara, fuerte, tajante, que imponía respeto sin necesidad de gritar, que no pedía permiso para decir lo que tenía que decir.
"No teman más. Ya estoy aquí. He traído conmigo lo necesario para acabar con esta amenaza con estas armas ningún enemigo podrá acercarse, ningún ataque podrá hacernos daño" dijo, y al instante, las armas que flotaban a su alrededor se movieron, saliendo por las ventanas y las puertas del palacio, dirigiéndose hacia las filas enemigas con una velocidad y una precisión que dejaron a todos boquiabiertos.
Vi cómo las armas llamadas Gatling lanzaban su lluvia de fuego y metal, deteniendo a los soldados enemigos antes de que pudieran siquiera acercarse a las murallas. Vi cómo las bombas caían en puntos estratégicos, estallando con un brillo cegador que hacía que las formaciones enemigas se desmoronan sin causar daño a los inocentes que estaban refugiados. Vi cómo el asedio se desmoronaba en cuestión de minutos, cómo lo que parecía una catástrofe inevitable se convertía en una victoria segura gracias a ella y a ese poder que manejaba con tanta naturalidad.
Yo me quedé allí, de pie, con mi espada en la mano, sin poder moverme, sin poder apartar la vista de ella.
La miraba con los ojos muy abiertos, llenos de un asombro que no podía ocultar. No solo por lo que estaba haciendo, por el poder de esas armas divinas, por la forma en que había salvado a todos nosotros en un instante. Sino porque era ella. La deidad que nos había dado la capacidad de cultivar la tierra, de alimentar a nuestro pueblo, estaba ahora aquí, delante de mí, defendiendo mi hogar, mi familia, mi vida, con un poder que demostraba que estaba por encima de todo y de todos.
Y entonces, algo que llevaba tiempo latente en mi interior, algo que no había querido admitir ni siquiera a mí mismo, explotó con una fuerza que me dejó sin aliento: un deseo inmenso, abrasador, de poseerla.
No era un deseo cualquiera. No era solo querer tenerla cerca, ni siquiera querer que me amara. Era la necesidad de que fuera mía, de que nadie más pudiera tenerla, de que solo yo pudiera estar a su lado, de que solo yo pudiera escuchar su voz, solo yo pudiera ver esa mirada decidida, solo yo pudiera estar cerca de ese poder divino que podía dar vida y también protegerla con una fuerza indetenible.
Ella era una deidad. Era especial, era única, estaba por encima de todo y de todos. Había venido a nosotros con regalos para nuestra prosperidad, y ahora venía con armas para nuestra defensa. Y yo, que siempre había conseguido todo lo que quería, que nadie se me había resistido nunca, sentía que ella era el premio más grande, más valioso y más deseable que podría obtener. Quería tenerla para mí, quería que fuera mi compañera, la que estuviera a mi lado en cada momento, en cada época, compartiendo tanto la prosperidad como la guerra. Quería que todo ese poder divino, toda esa fuerza, toda esa sabiduría que demostraba, fuera solo para mí.
La miraba con una intensidad que habría hecho que cualquiera se diera cuenta de lo que sentía. Mis ojos seguían cada uno de sus movimientos, cada gesto, cada palabra. Sentía cómo mi corazón latía con fuerza, cómo mi respiración se aceleraba, cómo todo lo demás dejaba de importar: el asedio, el enemigo, el peligro... nada importaba más que ella.
Vi cómo hablaba con mi padre, cómo consolaba a mi madre, cómo miraba a todos con esa misma seguridad. Y yo solo podía pensar en una cosa: Ella es mía. Tiene que ser mía.
Sé que mi hermano Ian la mira con admiración, sé que el General Emmanuel siente algo por ella, lo he visto en sus ojos cuando hablan. Pero no me importa. Yo también la quiero, y yo haré lo que sea necesario para que sea yo quien esté a su lado. No me importa que sea una deidad, no me importa que tenga poderes que superan a los de cualquier ser humano. Eso solo hace que mi deseo sea más fuerte, que quiera poseerla aún más, que quiera tener a esa fuerza divina a mi lado, compartiendo mi vida, mi imperio, mi futuro.
En tan solo unas horas logro ganar la batalla ella sola nunca me había imaginado su poder absoluto,aquella vez que apareció su presencia no intervino en la batalla de mi hermano y del General Emmanuel, eso me dio un orgullo.
Ella nos dio los medios para vivir en abundancia, y ahora nos ha dado los medios para protegernos. Ha vuelto a demostrar que es nuestra salvación. Y ahora, yo haré todo lo que esté en mi poder para que ella sea mía. Y cuando lo consiga, nadie podrá separarnos. Nadie podrá quitarme lo que es mío.