Completa
Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.
Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.
Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.
Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.
Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:
Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.
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Capítulo 12 — Valeria
Sofía escuchó los pasos antes de ver la puerta abrirse.
Pasos pequeños. Rápidos. De alguien que no había aprendido todavía que las cosas importantes se hacen despacio.
La puerta se abrió tres centímetros.
Luego seis.
Luego un ojo azul — idéntico al de su padre, idéntico — apareció por la rendija y la miró fijo.
Sofía sostuvo la mirada.
La puerta se abrió de golpe.
Valeria Villareal entró a la habitación de su padre con Carmelo el cangrejo de peluche bajo el brazo y una expresión que mezclaba la sorpresa con algo que se parecía mucho a la satisfacción de quien descubre exactamente lo que sospechaba.
—Papá dijo que había una amiga especial — anunció, con la solemnidad de un fiscal presentando pruebas —. Eres tú.
—Soy yo — confirmó Sofía.
Valeria la estudió durante tres segundos completos. La misma mirada directa de Andrés. La misma calma evaluadora.
—¿Por qué dormiste aquí? — preguntó.
Sofía abrió la boca.
—Porque se hizo tarde — dijo Andrés desde la puerta, con una taza de café en cada mano y una expresión de hombre que ha tenido exactamente esta conversación en su cabeza durante los últimos diez minutos.
Valeria lo miró.
Lo consideró.
—Abuela también se queda cuando se hace tarde — dijo finalmente —. Pero ella duerme en el otro cuarto.
Andrés le dio una taza a Sofía sin decir nada.
Sofía tomó el café para esconder la sonrisa.
Valeria decidió quedarse.
No lo preguntó. Simplemente se trepó a la cama con la naturalidad absoluta de quien sabe que ese espacio también es suyo, acomodó a Carmelo entre ella y Sofía, y empezó a hablar.
Sobre las vacaciones. Sobre el abuelo Héctor que le había enseñado a pescar cangrejos con una red pequeña. Sobre la abuela Miriam que hacía el mejor helado de coco del mundo pero no le daba más de uno porque decía que el azúcar la ponía loca — lo cual, aclaró Valeria con total seriedad, era completamente falso.
Sofía escuchó. Hizo preguntas. Se rió.
Andrés estaba apoyado en el marco de la puerta con su café, mirándolas.
Con esa expresión nueva. La abierta. La sin paredes.
—¿Tú tienes hijos? — preguntó Valeria, en uno de sus cambios de tema sin aviso.
—No — dijo Sofía.
—¿Y marido?
—Valeria — dijo Andrés.
—Solo pregunto, papá. — Y a Sofía, sin perder el hilo —: ¿Tenés novio?
Sofía miró a Andrés.
Andrés la miró.
—Algo así — dijo Sofía.
Valeria frunció el ceño.
—¿Algo así cómo? O tenés o no tenés.
—Tengo — dijo Sofía.
—¿Quién es?
Andrés se llevó la taza a los labios.
—Tu papá — dijo Sofía.
Silencio de exactamente dos segundos.
Valeria giró la cabeza hacia su padre con una velocidad que habló de que esa respuesta no la había tomado completamente por sorpresa. Lo miró. Lo evaluó. Volvió a mirar a Sofía.
—¿En serio, papá?
—En serio — dijo Andrés.
Valeria procesó esto con la seriedad de una negociación importante. Miró a Carmelo el cangrejo como consultándolo. Volvió a mirar a Sofía.
—¿Sabes cocinar? — preguntó.
—Algunas cosas.
—¿Arepas?
—Las aprendo.
—¿Eres buena con los animales?
—Me paso el día en el mar estudiándolos.
—¿Te gustan los delfines?
—Son mis favoritos después de los caballitos de mar.
Valeria asintió despacio. Con el peso de alguien tomando una decisión que no se toma a la ligera.
—Está bien — dijo finalmente —. Puedes ser la novia de mi papá.
Andrés cerró los ojos un segundo.
Sofía se mordió el labio.
—Gracias — dijo, con toda la seriedad que pudo reunir —. Eso me alegra mucho.
—Pero hay una condición — agregó Valeria, levantando un dedo.
—¿Cuál?
—Los sábados vamos los tres en la lancha. Papá prometió que me iba a enseñar a bucear y todavía no ha cumplido.
Andrés abrió los ojos.
—No prometí nada — dijo.
—Sí prometiste. En diciembre. Después de Navidad.
—Dijiste que querías aprender. Yo dije que ya veríamos.
—Eso es lo mismo — sentenció Valeria, con una lógica impecable de siete años —. ¿Verdad, Sofía?
Sofía miró a Andrés.
Andrés la miró a ella.
—En eso no me meto — dijo Sofía.
—Cobarde — murmuró Andrés.
—Estratégica — corrigió ella.
Valeria los miró a los dos alternativamente con una expresión que en una persona mayor hubiera sido ternura y en ella era algo más parecido a la satisfacción de quien ha logrado exactamente lo que quería sin que nadie se diera cuenta de cuándo empezó a quererlo.
Elena llegó a las nueve.
Entró por la puerta con una bolsa de pan de mañana y se detuvo al ver a Sofía sentada en la cocina con Valeria, las dos inclinadas sobre un dibujo que la niña estaba haciendo con los marcadores que había sacado de su mochila sin pedir permiso.
Elena miró a Sofía.
Miró a su hijo.
Volvió a mirar a Sofía.
Y sin decir una sola palabra fue a la cocina, sacó el pan de la bolsa y empezó a preparar el desayuno para cuatro.
Fue después del desayuno — Valeria en el patio persiguiendo un lagartijo con Carmelo en la mano, Andrés lavando los platos — cuando Elena se sentó frente a Sofía con su café y la miró de esa manera suya que no necesitaba preámbulo.
—¿Estás bien? — preguntó.
—Muy bien — dijo Sofía.
Elena asintió.
—¿Él está bien?
Sofía miró hacia la cocina — la espalda ancha de Andrés, los hombros más relajados que de costumbre, la manera en que silbaba muy bajito mientras fregaba, tan bajito que probablemente él mismo no sabía que lo hacía.
—Sí — dijo Sofía —. Creo que sí.
Elena siguió su mirada.
Y sonrió — pequeño, hacia adentro, de las sonrisas que no son para nadie más que para uno mismo.
—Bien — dijo.
Y le dio un sorbo largo a su café.
Andrés la acompañó a casa de Doña Carmen al mediodía.
Caminaron por las calles del pueblo en el calor tranquilo del domingo — Valeria adelante de los dos saltando sobre las rayas de la acera con una concentración absoluta, Andrés y Sofía detrás, sus brazos rozándose con cada paso.
En algún momento, sin decir nada, Andrés tomó su mano.
Sofía entrelazó los dedos con los suyos.
Valeria se giró, los vio, y volvió a sus rayas sin hacer comentario — con la tranquilidad de quien ya tomó su decisión y no necesita revisarla.
En la puerta de la casa de Doña Carmen, Andrés se detuvo.
La miró.
—Esta noche hay fogata en la playa — dijo —. Val quiere que vayas.
—¿Y tú?
—Yo también quiero que vayas.
Sofía sonrió.
—¿A qué hora?
—A las siete.
—Ahí voy a estar.
Andrés asintió. Le apretó la mano antes de soltarla. Y se fue con Valeria — que ya iba medio bloque adelante gritándole que se apurara — sin mirar atrás.
Pero Sofía vio, justo antes de que doblaran la esquina, que le decía algo a la niña al oído.
Y que Valeria soltaba una risita y lo miraba con esos ojos azules brillantes.
Y que Andrés — su Andrés callado y de paredes altas y silencios profundos — caminaba por las calles de Puerto Sereno un domingo al mediodía con algo en la cara que se parecía, completa e inequívocamente, a la felicidad.
Sofía entró a su cuarto, se sentó en la cama y abrió su cuaderno.
Escribió:
Hoy una niña de siete años me dio permiso de querer a su mamá.
No sé por qué eso es lo más importante que me ha pasado desde que llegué a este pueblo.
Pero lo es.
Fin del Capítulo 12 ✨