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SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.
Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.
Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.
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Capítulo 10: El Paso de los Lamentos (continuación)
El estruendo del acero chocando contra el acero ahogó por un momento el rugido de la tormenta. La entrada de la cueva se convirtió en un embudo de muerte. La guardia real, envuelta en capas de lana gris y armaduras que brillaban fríamente bajo la luz de las antorchas, intentaba irrumpir en el refugio con la disciplina de un ejército profesional.
Pero se encontraron con una muralla de carne y furia que no esperaban.
Alaric se posicionó justo en la boca de la cueva. Su silueta masiva de casi dos metros bloqueaba la mayor parte del acceso. Sin escudo, con su espada pesada en la mano derecha y una daga de caza en la izquierda, parecía una deidad de la guerra surgida de las profundidades de la montaña.
—¡POR AETHELGARD! —rugió, y el sonido fue tan potente que incluso la nieve pareció detenerse por un latido.
El primer guardia que se atrevió a acercarse no tuvo tiempo ni de levantar su escudo. Alaric lanzó un tajo descendente con tal fuerza que partió el casco de hierro y el cráneo del hombre como si fueran de cristal. Sin detenerse, Alaric giró sobre sus talones, su cabello largo volando con el viento, y hundió su daga en la garganta de un segundo atacante que intentaba flanquearlo.
La sangre, caliente y roja, salpicó la nieve blanca y las paredes de piedra de la cueva.
Isolde observaba desde las sombras del fondo, protegida por Cédric y dos rebeldes más. Tenía las manos apretadas contra el pecho, sus ojos azules fijos en la espalda de su esposo. Cada vez que una espada enemiga rozaba la armadura de Alaric, a ella se le escapaba un sollozo que ahogaba con los dientes.
—¡Son demasiados! —gritó Cédric, disparando su ballesta hacia el exterior, donde más luces de antorchas indicaban que el grueso del ejército de Valerius estaba llegando—. ¡Duque, tenemos que retroceder hacia el túnel del fondo!
—¡Vayan ustedes! —respondió Alaric sin girarse, bloqueando tres lanzas al mismo tiempo con la hoja de su espada. Sus músculos, definidos y tensos por el esfuerzo, parecían a punto de estallar bajo el cuero de su jubón—. ¡Yo los mantendré aquí!
—¡No te dejaré! —gritó Isolde, escapando del agarre de Cédric y corriendo hacia Alaric.
—¡ISOLDE, ATRÁS! —el grito de Alaric fue una orden que hizo temblar la piedra.
Pero fue tarde. Un guardia real, aprovechando un hueco, se deslizó por el lateral y agarró a Isolde por el cabello rubio, tironeando de ella con violencia para usarla como escudo. Isolde soltó un grito de dolor y terror.
Lo que sucedió a continuación fue algo que los pocos supervivientes recordarían en sus pesadillas por el resto de sus vidas.
Alaric no gritó. No dijo nada. Simplemente, algo dentro de él se rompió. Sus ojos café se volvieron negros, vacíos de cualquier rastro de humanidad. Con una velocidad que nadie de su tamaño debería poseer, soltó sus armas, se lanzó sobre el guardia que tenía a Isolde y lo agarró con sus manos desnudas.
Ignorando la espada del hombre que le cortó el hombro, Alaric lo levantó por encima de su cabeza. La fuerza en sus brazos era sobrehumana. Con un rugido animal, estrelló al guardia contra el techo de la cueva con tal brutalidad que el sonido de los huesos rompiéndose resonó como truenos. Luego, lo lanzó al suelo y, con su bota pesada, le aplastó el pecho hasta que el metal de la armadura cedió.
Se giró hacia Isolde, que estaba en el suelo, temblando. Alaric estaba cubierto de sangre, desde la barba hasta las botas. Se veía huraño, peligroso, un verdadero carnicero.
—Te dije... que no te movieras —dijo con una voz que no era la suya, era un susurro quebrado, cargado de una furia asesina.
La agarró por la cintura con un solo brazo y la levantó como si fuera una muñeca, pegándola a su costado mientras recuperaba su espada con la otra mano.
—¡Cédric! ¡Ahora! —ordenó.
Cédric lanzó una bomba de humo y azufre hacia la entrada, creando una cortina cegadora. Aprovechando los segundos de confusión, el grupo se internó por una grieta estrecha al fondo de la cueva que Cédric conocía bien. Era un camino traicionero, pero era su única oportunidad.
Caminaron durante horas por la oscuridad de las entrañas de la montaña hasta que el aire volvió a ser puro. Salieron a un valle oculto, protegido de la tormenta por los picos más altos. El silencio era absoluto.
Alaric dejó a Isolde en el suelo con una brusquedad que delataba su agotamiento. Se alejó unos metros, dándoles la espalda a todos, y se dejó caer de rodillas sobre la nieve. Sus manos temblaban. No por el frío, sino por la descarga de adrenalina y el horror de lo que casi había perdido.
Isolde no esperó. Corrió hacia él y se lanzó a su espalda, rodeando su cuello masivo con sus brazos pequeños.
—Estás vivo... estás vivo —sollozaba ella contra su nuca manchada de sangre.
Alaric no la apartó. Se quedó allí, de rodillas, con esa niña de oro aferrada a él, mientras los primeros rayos del sol empezaban a teñir de rosa las cumbres nevadas.
—Casi te pierdo —susurró él, y por primera vez, su voz de malo tenía miedo—. Si ese hombre te hubiera...
—No lo hizo —lo interrumpió ella, girándolo para que la mirara. Puso sus manos pequeñas sobre las mejillas hoscas de Alaric, limpiando con sus pulgares las manchas de sangre—. Porque tú eres mi escudo, Alaric. Mi escudo y mi espada.
Alaric la miró con una intensidad que hizo que el aire entre ellos se volviera denso. La agarró por las muñecas, sujetándola con esa firmeza que ella ya conocía, y la atrajo hacia su pecho con una urgencia que no admitía más demoras.
—Vas a ser mi ruina, Isolde —dijo él, y su boca buscó la de ella en un beso que sabía a supervivencia, a posesión y a un deseo que ya no podía ser contenido por ninguna ley ni ninguna promesa de edad.
En ese valle olvidado de Aethelgard, entre la nieve y el sol naciente, el Carnicero y su pequeña duquesa sellaron un pacto que el mundo entero no tardaría en sentir.