🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.
No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.
Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.
Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.
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CAPÍTULO 12
El colchón se hundía bajo su peso como si estuviera lleno de agujas, cada movimiento un recordatorio de que su cuerpo, aunque exhausto, se negaba a rendirse. Kassandra giró sobre sí misma una vez más, el sudor frío pegando la tela fina de su camisón a la piel, como una segunda capa de prisión.
La luna se filtraba entre las cortinas de seda, dibujando franjas plateadas sobre las sábanas revueltas, sobre sus brazos desnudos, sobre el vacío que ahora ocupaba el lado de Fabián en la cama. No lo extrañaba. Lo que sentía era algo más oscuro, más afilado: el alivio de no tener que fingir que dormía mientras él respiraba a su lado, dueño incluso de su aire.
El silencio de la habitación era engañoso. Dentro de su cabeza, las palabras de Fabián aún resonaban como ecos distorsionados. —Sin mí, no eres nada—. Pero esta vez, en lugar de encogerse, algo en ella se endureció. Cerró los ojos con fuerza, como si pudiera aplastar los recuerdos solo con la presión de sus párpados, pero entonces fue peor. Porque en la oscuridad, sin distracciones, el pasado se coló como un ladrón.
La fiesta olía a hierba recién cortada y a cerveza barata. Las luces de colores, colgadas entre los árboles del jardín de los Solórzano, teñían todo de un brillo artificial, como si el mundo entero hubiera sido sumergido en un acuario. Kassandra reía, el vaso de plástico transparente en su mano, el líquido ámbar burbujeando inocente. —Toma, Kas, esto te va a gustar—, le había dicho Antonella, su mejor amiga entonces, con una sonrisa que ahora, años después, reconocía como cómplice. No sospechó. ¿Por qué habría de hacerlo? A los dieciséis, el mundo aún era un lugar donde las traiciones venían envueltas en papel de regalo.
El primer sorbo saboreó a limón y a algo metálico, casi imperceptible. El segundo ya quemó menos, como si su garganta se hubiera acostumbrado demasiado rápido. Para el tercero, el jardín comenzó a inclinarse suavemente, como el suelo de un barco en alta mar. ,—Estoy mareada —pensó, pero cuando abrió la boca para decírselo a alguien, lo único que salió fue una risa tonta, alta, ajena. Sus piernas ya no le respondían del todo. Se dejó llevar hasta el banco de madera bajo el roble, donde otros cuerpos se apiñaban, sudorosos, eclipsados por la música.
Fue entonces cuando lo vio. El chico—¿Cómo se llamaba?—estaba sentado en el césped, la espalda apoyada contra el tronco del árbol, los ojos vidriosos y demasiado brillantes. Llevaba una camiseta de los Red Hot Chili Peppers, descolorida, y sus manos temblaban al sostener un vaso idéntico al de ella. —Es su cumpleaños —recordó de pronto, como si el dato hubiera estado esperando su turno para emerger. Diecisiete. El mismo grupo de amigos, las mismas risas de fondo. —Era su regalo de iniciación —dirían después, como si eso lo justificara. Como si robarle el control sobre su propio cuerpo fuera un ritual de paso y no una violación disfrazada de broma.
Él la miró. Ella lo miró. Y en ese instante, supieron que a los dos les habían tendido la misma trampa.
No hubo fuerza cuando sus dedos rozaron su muñeca. No hubo crueldad en la forma en que su boca, torpe y cálida, buscó la de ella entre la penumbra. Solo hubo confusión, y un calor que se expandía desde el estómago hacia afuera, como lava bajo la piel. Kassandra no supo si fue ella quien se acercó o si fue él quien la atrajo. Solo sabía que de pronto estaba sentada sobre sus piernas, las manos de él en su cintura, sus labios moviéndose contra los suyos con una urgencia que no entendía. El sabor a menta y a algo químico se mezclaba en su lengua. —Esto no es real —intentó decirse, pero su cuerpo no obedecía. Sus caderas se movieron solas, buscando fricción contra el vaquero áspero de él, y cuando sus dedos se colaron bajo el dobladillo de su falda, no pudo detenerlo. No porque no quisiera, sino porque su mente y su carne ya no respondían al mismo dueño.
El orgasmo la tomó por sorpresa. Un espasmo violento que la dejó sin aliento, los dedos clavados en los hombros de él, las uñas marcando media lunas en la tela de su camiseta. Él jadeó contra su cuello, su propia liberación manchando el interior de sus pantalones, los ojos cerrados con fuerza, como si intentara borrar lo que acababa de suceder. Después, el silencio. Solo el zumbido de los altavoces a lo lejos, las risas de otros que no sabían, que no entenderían.
Cuando el amanecer rasgó el cielo, Kassandra despertó con la falda arrugada, el sabor a bilis en la garganta. Él ya no estaba. Nadie mencionó lo ocurrido. Pero en el grupo de WhatsApp, al día siguiente, apareció un audio: —Kassandra y el nerd ya no son vírgenes, jajaja—. Y luego, como si nada hubiera pasado, la vida continuó.
Ahora, años después, el recuerdo no dolía igual. Kassandra apretó los puños contra el colchón, las uñas hundiéndose en la tela hasta hacerla crujir. Ya no sentía la quemazón de la vergüenza en las mejillas. En su lugar, algo más pesado, más caliente, le subía por la garganta: la rabia. Una rabia limpia, como un cuchillo recién afilado.
Ellos le habían robado el control esa noche. Él, Fabián, se lo había arrebatado después, día tras día. Pero ahora entendía algo con una claridad que le cortaba la respiración: nadie volvería a decidir por ella. Ni esos adolescentes borrachos de poder, ni su marido con sus juegos de dominación, ni siquiera el miedo que aún le serpenteaba por las venas.
Se incorporó de golpe, el camisón resbalando sobre sus muslos al moverse. El suelo estaba frío bajo sus pies descalzos, pero no retrocedió. Fue hasta el tocador, donde el espejo devolvía su reflejo fragmentado por la oscuridad: ojos brillantes, labios entreabiertos, el cabello despeinado como una corona de sombras. Abrió el cajón inferior, el que Fabián nunca revisaba—el que ni siquiera sabía que existía—y sacó el cuaderno de tapas negras. El cuero estaba gastado en las esquinas, como si alguien lo hubiera hojeado mil veces. Lo abrió en la primera página en blanco y, sin pensarlo dos veces, trazó las palabras con una letra firme, casi violenta: Mi vida vuelve a ser mía.
La tinta se secó al instante, como si el papel la hubiera absorbido con hambre. Cerró el cuaderno con un golpe seco y lo guardó de nuevo en su escondite. Luego, con un movimiento deliberado, apagó la lámpara de la mesilla.
La habitación quedó en penumbra, pero esta vez la oscuridad no era su enemiga. Era un manto. Un lugar donde esconderse para planear. Porque Kassandra ya no tenía miedo a lo que viniera después.