En un mundo de poder y violencia, Luca vive sin sentir… hasta que Elena irrumpe en su vida. Entre traiciones y enemigos, el amor se vuelve su mayor debilidad… y su única salvación.
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capitulo 7
🖤 Bajo la Piel del Hielo (Versión Oscura)
Capítulo 7 — No te mueras todavía
Elena no supo cuánto tiempo estuvo inconsciente.
Oscuridad.
Silencio.
Dolor.
Eso era todo.
Cuando abrió los ojos… lo primero que notó fue el techo.
Blanco.
Limpio.
Demasiado limpio.
Parpadeó varias veces.
Confundida.
Esto… no era el depósito.
No era el cuarto.
No era la cocina.
—¿Dónde…? —murmuró, con la voz apenas saliendo.
Intentó moverse.
Error.
El dolor recorrió su cuerpo como un golpe nuevo.
Cerró los ojos con fuerza.
Respiró.
Lento.
Pero no gritó.
Nunca gritaba.
—No te muevas.
La voz la hizo abrir los ojos otra vez.
Un hombre estaba de pie al lado de la cama.
Mayor.
Serio.
—¿Quién sos…? —preguntó Elena.
—Médico.
Silencio.
Elena soltó una leve risa seca.
—Claro… ahora sí.
El hombre no reaccionó.
—Tuviste suerte.
—No lo parece.
El médico revisó unas notas.
—No hay fracturas.
Eso llamó su atención.
—¿No?
—No.
La miró directamente.
—Pero la golpiza fue brutal.
Silencio.
—Tenés contusiones en todo el cuerpo, inflamación interna y pérdida de sangre.
Elena cerró los ojos un segundo.
—Genial.
—Si querés recuperarte rápido… necesitás reposo.
—No estoy de vacaciones.
—No —respondió el médico—. Estás viva.
Eso…
Fue más frío que cualquier cosa.
—¿Quién te mandó? —preguntó ella.
—El dueño de la casa.
Silencio.
Obvio.
—¿Por qué?
El médico dudó apenas.
—Porque no le servís muerta.
Elena abrió los ojos.
Y no dijo nada más.
La puerta se abrió.
El ambiente cambió de inmediato.
Luca.
Entró sin apuro.
Pero con presencia.
El médico se enderezó.
—Señor.
Luca no respondió enseguida.
Miró a Elena.
En la cama.
Débil.
Golpeada.
Pero viva.
—¿Estado? —preguntó.
—No tiene huesos rotos.
Silencio.
—Pero la golpiza fue severa.
Luca lo miró.
—¿Va a recuperarse?
—Sí.
Pausa.
—Si descansa.
Silencio.
Eso…
No le gustó.
Se notó.
—¿Cuánto?
—Unos días.
Luca apretó apenas la mandíbula.
—Demasiado.
El médico no respondió.
—Quiero que esté bien —continuó Luca—. Rápido.
—Entonces necesita reposo.
Silencio.
Pesado.
Luca miró a Elena otra vez.
—Salí.
El médico asintió y se fue.
La puerta se cerró.
Y quedaron solos.
Elena lo observó desde la cama.
Débil… pero consciente.
—¿Ahora te preocupás? —murmuró.
Luca caminó hacia ella.
Lento.
—No.
Se detuvo al lado de la cama.
—Me molesta la incompetencia.
Silencio.
—Se pasaron.
Elena lo miró.
—¿Y?
—No era la idea.
—¿Cuál era? —preguntó— ¿Romperme de a poco?
Luca la sostuvo.
—Exacto.
Silencio.
—Te estás adelantando.
Eso fue frío.
Real.
Elena soltó una leve risa sin fuerza.
—Qué decepción.
Luca inclinó la cabeza.
—No.
Se acercó un poco más.
—La decepción sería que te mueras antes de tiempo.
Silencio.
—Porque entonces… no servirías para nada.
Elena lo miró.
—Nunca serví para vos.
—No.
Pausa.
—Pero vas a pagar igual.
Silencio.
Elena respiró con dificultad.
—Seguís sin decir por qué.
Luca no respondió enseguida.
La miró.
Más fijo.
—No necesitás saberlo.
—Sí.
—No.
Elena apretó los dientes.
—Entonces esto es solo capricho.
Eso…
Lo tensó.
—No hables de lo que no entendés.
Su voz bajó.
Más peligrosa.
—No tenés idea de lo que hiciste.
Silencio.
Elena lo sostuvo.
—Entonces decímelo.
Luca se quedó quieto.
Un segundo.
Dos.
Pero no habló.
Se alejó.
—Te vas a recuperar acá.
Elena miró alrededor.
Recién ahí procesó el lugar.
Una habitación grande.
Luminosa.
Elegante.
Todo lo contrario a lo anterior.
—¿Esto qué es?
Luca respondió sin mirarla:
—Para que sanes.
Silencio.
—Rápido.
Elena frunció el ceño.
—¿Y después?
Luca se giró apenas.
Su mirada fue oscura.
—Después…
Pausa.
—Empieza de verdad.
Silencio.
—Lo que te merecés.
Elena no apartó la mirada.
—Nunca te voy a dar lo que querés.
Luca sonrió.
Pero fue frío.
—Todos lo hacen.
Se dirigió a la puerta.
—Descansá.
Se detuvo.
Sin girarse.
—Lo necesitás.
Silencio.
—Porque cuando te levantes…
Su voz bajó.
Más dura.
—Voy a asegurarme de que no vuelvas a hacerlo.
La puerta se cerró.
Elena quedó sola.
En una cama cómoda.
En un lugar hermoso.
Pero…
Nada de eso cambiaba algo.
Seguía siendo una jaula.
—Me odia… —murmuró.
Y no era un odio cualquiera.
Era profundo.
Personal.
Peligroso.
Mientras tanto…
En el pasillo…
Dante se acercó a Luca.
—La subiste al tercer piso.
Luca no se detuvo.
—Sí.
—Eso no es un castigo.
Silencio.
—Es una inversión —respondió Luca.
Dante lo miró.
—La odiás más que a cualquiera.
Luca siguió caminando.
—Más que a mis enemigos.
Silencio.
—Ellos… no me quitaron lo que ella sí.
Y esa frase…
Dijo más que todo.