¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.
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El peso de la verdad.
El resto de la jornada escolar fue un desierto de ruidos lejanos y rostros borrosos. Isela caminaba por los pasillos como un fantasma atrapado entre los vivos, sintiendo el peso del teléfono en el fondo de su mochila como si cargara un bloque de plomo. Las imágenes que Hades había rescatado del servidor central, aquellas fotos crudas de la escena donde Julián Novak, el papá de Isela, perdió la vida hace diez meses, se repetían en su mente en un bucle infinito de dolor y evidencia. Cada vez que cerraba los ojos, veía los detalles que la policía oficial había omitido: la posición antinatural de la silla, el desorden calculado de los expedientes y esa pluma tirada a un costado, como el punto final de una historia que alguien más había escrito por él.
La biblioteca, el patio y los salones se sentían como escenarios de cartón piedra. Nada era real, excepto la vibración gélida que emanaba de su pecho.
—Ela, respirá. Tenés que bajar las revoluciones —la voz de Hades llegó a ella como un susurro cargado de una advertencia eléctrica—. Tu ritmo cardíaco está subiendo demasiado y estás empezando a temblar. Si tu mamá te ve así cuando llegues a casa, va a saber que algo pasó. Va a notar que el aire cambió entre ustedes, y no podemos permitir que ella se involucre todavía. No está lista para saber que su mundo es una mentira.
Isela apretó los dientes, forzándose a inhalar el aire viciado del pasillo.
—Mi mamá cree que Miller es un santo, Hades —respondió en un pensamiento cargado de amargura—. Ella lo ve como el protector, como el hombre que se quedó a juntar los pedazos después de la muerte de mi padre. Si supiera que ese mismo hombre guardó las fotos del cuerpo de su esposo en una carpeta oculta dentro del servidor del Director Octavio Villafañe... si supiera que nuestro dolor es solo un archivo de respaldo para ellos...
—Por eso estamos haciendo esto —sentenció Hades. Su imagen parpadeó por un segundo junto a una de las grandes columnas de la entrada, invisible para la marea de alumnos que salían riendo—. Porque la justicia que ella conoce está encadenada por la lealtad y el dinero. Pero la verdad no tiene dueño.
Al cruzar el portón de salida, el sol de la tarde la golpeó con una claridad hiriente. Isela divisó el auto de su madre a media cuadra. Elena Novak estaba al volante, todavía con la camisa del uniforme impecable, aunque sus ojos reflejaban el cansancio de una doble jornada. Pero lo que hizo que a Isela se le revolviera el estómago fue la figura apoyada en la ventanilla del acompañante. Dante Miller estaba allí, relajado, compartiendo una risa ligera con su madre. El responsable de su ruina y la viuda, charlando bajo el sol como si el mundo fuera un lugar justo.
—¡Iselita! —exclamó Miller al verla acercarse. Levantó una mano de forma amistosa, con esa confianza depredadora que él disfrazaba de carisma—. Justo le decía a tu madre que hoy voy a pasar un rato por la casa para ver cómo están esas filtraciones en el techo. No quiero que se queden sin ayuda ahora que se viene el frío de verdad.
Isela sintió un escalofrío que le recorrió cada vértebra. "Ayuda". Esa era la palabra que Miller usaba para mantenerlas vigiladas, para entrar en su hogar y sentarse a su mesa mientras escondía el rastro de la sangre de Julián en sus bolsillos.
—Hola, tío Miller... —logró decir Isela, forzando una sonrisa que le dolió en los músculos de la cara. Era la actuación más difícil de su vida. Se subió al auto rápidamente, evitando que él le tocara el hombro, y se hundió en el asiento trasero—. Hola, má.
Mientras Elena arrancaba el auto, la voz de Hades resonó en el habitáculo, solo para los oídos de Isela, cargada de un desprecio técnico.
—Es mentira, Ela. No va a ir a tu casa esta noche. Revisé su agenda privada y los registros de su unidad: tiene marcado el depósito a las 22:30. Les miente en la cara solo para marcar territorio, para que Elena sienta que todavía depende de él. Es un manipulador, nada de lo que dice es real.
—¿Todo bien en el colegio, hija? —preguntó Elena, ajena a la advertencia espectral, mientras Miller las saludaba desde la vereda con un gesto sobrado—. Dante es un sol, siempre está tan pendiente de nosotras desde que tu padre... bueno, ya sabés. No sé qué habríamos hecho sin su apoyo estos meses. Realmente Julián tenía razón al decir que era su mejor amigo.
Isela apretó las correas de su mochila hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El silencio en el auto se volvió denso, casi sólido. Elena seguía manejando, convencida de que el "sol" que las iluminaba era un héroe, sin sospechar que su hija llevaba en el bolsillo la prueba de que ese hombre era el responsable de su oscuridad.
Al llegar a casa, Isela se encerró en su habitación bajo la excusa de tener que estudiar. Necesitaba aire, necesitaba distancia. Se sentó en el piso, apoyando la espalda contra la cama, y sacó el cuaderno de bocetos.
—Hades, mostrame de nuevo la estructura —pidió ella en voz baja.
Hades se materializó frente a ella, proyectando una luz azulina sobre las páginas. Los planos y las notas que habían detectado en el servidor de Octavio Villafañe se superpusieron a sus dibujos.
—La entrada trasera del galpón tiene un sensor magnético, pero con el código CTR-LOG-4490 puedo crear un bucle en el sistema y anularlo por sesenta segundos. Es el tiempo exacto que tenés para entrar antes de que la patrulla haga su ronda. Miller va a estar ahí a las once de la noche supervisando el traslado de las cajas azules.
Isela miró el frasco de pastillas sobre su escritorio. El cristal parecía brillar con una luz maligna.
—Es nuestra única oportunidad de filmar el traslado y vincularlo directamente con las facturas que bajaste hoy. Si logramos captar a Miller y a la gente de Villafañe cargando ese veneno, no habrá "amistad" que los salve.
Hades se quedó en silencio, su figura parpadeando con una melancolía que Isela pudo sentir en su propia piel.
—Si logramos salir de ahí, Ela —advirtió él—. Recordá que en ese depósito no sos la hija de su amigo. Sos una amenaza. Y ya viste cómo operan ellos cuando se sienten acorralados.
Isela se levantó y se miró al espejo. Ya no reconocía a la chica que solía ser. Se puso las zapatillas negras y guardó la cámara compacta en el bolsillo.
—Mi papá no se suicidó, Hades. Él amaba la vida, me amaba a mí —dijo Isela, su voz ganando una firmeza gélida—. Y vos... vos caíste en una depresión enorme cuando perdiste a tu hermana por culpa de ellos. Te llevaron al límite, te arrastraron hasta que la única salida que viste fue esa ventana. No fue una elección libre, fue el resultado de lo que ellos te hicieron. Pero se olvidaron de un detalle: yo sigo acá. Esta noche, Octavio y Dante van a entender que el pasado no se entierra. El pasado vuelve para morderte.
Cerró el cuaderno con un golpe seco. El sol ya se había ocultado y las sombras empezaban a devorar las calles de la ciudad. La cacería estaba a punto de comenzar.