Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.
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jake al Rey
El edificio corporativo de la constructora de Julián, una torre de cristal que solía simbolizar su orgullo, hoy parecía un campo de batalla. En el piso 42, el aire en la sala de juntas era tan pesado que se podía cortar con un bisturí. Los socios minoritarios, hombres con trajes caros y lealtades baratas, evitaban mirarse entre sí mientras Adrián Vancamp presidía la mesa desde la cabecera, ocupando el asiento de Julián con una arrogancia que rayaba en lo sacrílego.
—Señores —la voz de Adrián era un ronroneo de confianza—, Julián está en una cama de hospital, su reputación está en cenizas y su esposa... bueno, todos sabemos que es una criminal a la espera de un milagro. Mi oferta es la única balsa de salvamento que les queda. Firmen la transferencia de acciones y yo me encargaré de que sus carteras no sufran el peso del escándalo.
Justo cuando el socio más antiguo levantaba la pluma para firmar, las puertas dobles de roble se abrieron de par en par.
El regreso de la soberana
Alessandra entró. No era la mujer que habían visto llorar en la televisión. Vestía un traje sastre blanco impecable, un contraste violento contra el luto de su familia que acababa de enterrar. Su cabello estaba recogido en un moño tenso, y su mirada tenía la frialdad del hielo alpino que casi la mata.
Detrás de ella, cuatro abogados de Blue Phoenix cargaban maletines de cuero negro. El sonido de sus tacones sobre el parqué era el único ruido en la sala.
—Levántate de ese asiento, Adrián —dijo Alessandra, sin levantar la voz, pero con una autoridad que hizo que dos socios se pusieran de pie por instinto—. Ese lugar no te pertenece ni por derecho, ni por capacidad.
Adrián soltó una carcajada cínica, recostándose en la silla de cuero.
—Alessandra, querida. ¿Vienes directamente de la comisaría? Debes estar confundida. Julián no está aquí para protegerte, y tus acciones en esta empresa son nulas.
—Tienes razón —respondió ella, caminando hacia el otro extremo de la mesa—. Mis acciones en esta empresa son mínimas. Pero las acciones de Vancamp Enterprises... esas son otra historia.
El colapso del imperio Vancamp
Alessandra hizo un gesto a su abogado principal, quien abrió un maletín y deslizó una serie de documentos sobre la mesa, justo frente a Adrián.
—Durante los últimos tres días, mientras tú jugabas a ser el carroñero de los problemas de Julián, Blue Phoenix ha estado ocupada —explicó Alessandra, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa y mirándolo fijamente—. Hemos comprado el 45% de tu deuda externa a los bancos de Singapur. También hemos adquirido las hipotecas de tus astilleros en Grecia.
Adrián palideció, su sonrisa se congeló. —Eso es imposible. No tendrías el capital...
—Yo soy Blue Phoenix, Adrián —lo cortó ella con una sonrisa gélida—. La "esposa tonta" que todos ignoraban en las galas es la misma que salvó a Julián en secreto y la que ahora tiene el poder de embargar tu casa, tu jet y hasta el anillo que llevas en el dedo.
El silencio en la sala fue absoluto. Los socios minoritarios guardaron sus plumas. Alessandra ya no era una sospechosa; era la dueña del destino de todos los presentes.
—Ahora —continuó ella—, tienes dos opciones. Te retiras de esta OPA hostil, vendes tus acciones actuales de esta constructora a Blue Phoenix por el valor nominal —que es la mitad de lo que valen— o mañana por la mañana, declararé el impago de tus deudas y veré cómo tu imperio se desmorona en la bolsa de valores.
El precio de la derrota
Adrián Vancamp sintió el sudor frío bajando por su espalda. Miró a los socios, pero ellos ya lo miraban como a un cadáver. Había subestimado a la mujer equivocada. Lentamente, se puso de pie, su rostro transformado en una máscara de odio y derrota.
—Esto no ha terminado, Alessandra —siseó él mientras recogía sus papeles—. Has ganado una batalla, pero te has quedado sola. Tu hermana está ahí fuera, y créeme, ella no necesita acciones para destruirte.
—Que venga —respondió Alessandra con una calma aterradora—. Ya no tengo miedo de la oscuridad, Adrián. Yo inventé la oscuridad.
Cuando Adrián salió de la sala, los socios estallaron en aplausos fingidos y felicitaciones, pero Alessandra los detuvo con un gesto de la mano.
—No se confundan —dijo ella, mirándolos uno por uno—. Ninguno de ustedes es leal a Julián, ni a mí. Son leales al dinero. Por eso, a partir de hoy, la junta directiva queda disuelta. Blue Phoenix asume el control total. Tienen una hora para recoger sus cosas.
El secreto bajo el sobre
Más tarde esa noche, en la soledad de su nueva oficina, Alessandra sacó el sobre arrugado que Julián había rescatado del fuego. Sus dedos temblaban. Había una pequeña solapa oculta que no había visto antes. Al rasgarla, cayó una fotografía vieja y una carta escrita a mano con una caligrafía elegante y antigua.
Era una foto de una mujer que se parecía asombrosamente a ella, pero no era su madre. Detrás decía: "Para mi pequeña A. Algún día entenderás por qué tuve que dejarte con el monstruo para que pudieras sobrevivir. No eres una Rossi. Eres una..."
El resto de la frase estaba borrado por una mancha de sangre seca. Alessandra sintió que su mundo volvía a girar. Si ella no era una Rossi, entonces todo su pasado era una mentira aún más grande de lo que imaginaba.