El destino teje hilos oscuros, pero el poder verdadero reside en decidir qué nudos desatar y cuáles cortar con tu propia voluntad
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Capítulo 07
La frontera del Abismo no era una línea en un mapa, sino un cambio en el alma del mundo. Atrás quedaba la ceniza volcánica y el silencio sepulcral de los muertos; frente a ellos, se alzaban los Picos de Hierro, montañas tan altas y afiladas que parecían querer rasgar el vientre del cielo. El aire aquí ya no olía a azufre, sino a pino helado, nieve vieja y algo más... el olor metálico de la sangre fresca.
Alessia cabalgaba al frente de los Sombríos. Su figura, envuelta en una capa de piel de lobo gris sobre su armadura de acero abisal, se había vuelto una leyenda entre sus hombres. Ya no caminaba con la vacilación de la aristócrata que fue; cada movimiento suyo era preciso, cargado de una autoridad que emanaba de la oscuridad que ahora palpitaba en sus venas como un segundo corazón.
—Estamos entrando en el territorio de *él*, mi señora —susurró Silas, acercando su caballo. El General, un hombre que no temía a la muerte, tenía la mandíbula tensa y la mano siempre cerca de la empuñadura de su hacha—. Los hombres del norte dicen que aquí la ley no la dicta el Rey, sino el hambre.
—¿El Lobo Negro? —preguntó Alessia, sin desviar la mirada del desfiladero sombrío que se abría ante ellos.
—Valerius —pronunció Silas con una mezcla de respeto y odio—. Fue el comandante de la Legión Negra antes de que lo condenaran por insubordinación. Dicen que masacró a toda una unidad de la Guardia Real porque intentaron obligarlo a quemar un orfanato durante la Gran Purga. No es un hombre, es una fuerza de la naturaleza que se alimenta de la rabia de los desposeídos.
Alessia sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento gélido. Había oído hablar de Valerius en los salones de palacio. Caleb solía burlarse de él, llamándolo "el perro rabioso del norte". Pero Alessia sabía que Caleb temía lo que no podía controlar, y Valerius era el epítome de lo incontrolable.
—Necesitamos su caballería y su conocimiento de los pasos ocultos hacia la capital —dijo ella con firmeza—. Si queremos tomar Vyrwel, no podemos rodear las montañas. Tenemos que cruzarlas por el corazón.
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Una Emboscada de Colmillos y Sombras
De repente, un aullido rompió el silencio de la montaña. No era un lobo animal; era un sonido humano, cargado de un frenesí guerrero.
—¡Formación de tortuga! —rugió Silas, pero antes de que los Sombríos pudieran reaccionar, una lluvia de flechas con puntas de obsidiana cayó sobre ellos.
Desde las laderas escarpadas, figuras vestidas con pieles oscuras se deslizaron como sombras. No eran muchos, quizás unos cincuenta, pero se movían con una coordinación aterradora. Eran los jinetes del Lobo Negro.
Alessia reaccionó por instinto. Extendió sus manos y la oscuridad brotó de sus palmas, creando un escudo semiesférico de sombras que interceptó las flechas, convirtiéndolas en polvo antes de que tocaran a sus hombres.
—¡BASTA! —gritó ella, y su voz resonó en las paredes del desfiladero como el estallido de un trueno—. ¡He venido a hablar con Valerius, no a enterrar a sus hombres!
De entre la niebla blanca que cubría el suelo, surgió un semental negro, tan grande que parecía un monstruo de las pesadillas. Sobre él, un hombre de hombros anchos y cabello negro como el ala de un cuervo la observaba. Tenía el rostro marcado por una cicatriz que bajaba desde la sien hasta la mandíbula, y unos ojos de un ámbar intenso que parecían arder en la penumbra.
Ese era Valerius. El Lobo Negro.
Él desmontó con una gracia felina y caminó hacia ella, ignorando las armas apuntadas a su pecho. Se detuvo a pocos pasos de la barrera de sombras de Alessia y extendió una mano, tocando la oscuridad con curiosidad.
—Magia de sangre... —dijo Valerius. Su voz era un barítono profundo que vibraba en el pecho de Alessia—. No esperaba que la "Princesa Caída" tuviera un sabor tan amargo en el alma.
Alessia deshizo el escudo y desmontó, manteniendo la barbilla alta a pesar de que el hombre la superaba en altura y en una presencia física que la hacía sentir extrañamente vulnerable.
—Mi nombre es Alessia. Y lo que tengo en el alma no es amargura, es el combustible que quemará el trono de Caleb.
Valerius soltó una carcajada seca, un sonido que no tenía nada de alegría.
—Caleb es un niño jugando a ser dios. Pero tú... tú eres algo que no debería existir. Una criatura de luz que se ha enamorado de su propia sombra. —Se acercó más, invadiendo su espacio personal. Alessia pudo oler el cuero, el acero y el aroma a bosque salvaje que desprendía—. ¿Por qué debería ayudarte, Alessia de ninguna parte? Mis hombres están a salvo aquí. El Rey no se atreve a subir a mis cumbres.
—Porque la seguridad es una ilusión, Valerius —respondió ella, dando un paso hacia adelante, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban—. Caleb está reuniendo a los nigromantes de las Tierras del Sur. Si él consolida su poder, el Abismo y estas montañas serán lo próximo en su lista. No vendrá con soldados; vendrá con una plaga que no respetará tus fronteras. Ayúdame a matarlo, y estas montañas serán tuyas por derecho, bajo un nuevo reino que no te pedirá que quemes orfanatos.