"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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Veneno en la sangre
Tras el encuentro con Vittoria D’Angelo, el aire en la villa se volvió irrespirable para Alessandra. Se sentía pequeña, como una intrusa en un mundo de gigantes que hablaban un idioma de poder que ella ya no podía costear. Los invitados la miraban con una mezcla de curiosidad y desprecio; para ellos, ella era solo la "garantía" de una deuda, una pieza de exhibición que Damian Volkov había decidido lucir esa noche.
Cuando Vittoria finalmente se alejó hacia el bar con una elegancia que parecía coreografiada, Alessandra se giró hacia Damian. Sus ojos ardían de una rabia que ya no podía contener.
—¿Para esto me ordenaste venir, Damian? —le reclamó en un susurro cargado de veneno, acercándose tanto que podía sentir el calor de su cuerpo—. ¿Para exhibirme y humillarme frente a tu verdadera reina? ¿Para que ella pudiera recordarme que solo soy un objeto que compraste para saldar una deuda?
Damian no esperaba ver a Vittoria esa noche; su aparición lo había dejado descolocado, pero su orgullo le impedía dar explicaciones. En lugar de eso, endureció su expresión, volviendo a ser el bloque de mármol que ella tanto odiaba.
—No te traje para que hicieras un berrinche, Alessandra —respondió él con una frialdad cortante—. Te traje porque eres mi responsabilidad. Si te sientes humillada, es por tu propia inseguridad, no por mi culpa.
—¡Me obligaste a venir para luego dejar que ella me tratara como a una empleada! —estalló ella, con la voz temblorosa—. Eres un cínico. Me marcas con este anillo y luego te quedas aquí, disfrutando de la compañía de una mujer que me mira como si fuera basura.
Damian apretó la mandíbula, irritado por la escena.
—Basta. No voy a tolerar esto —llamó a uno de sus guardias—. Giovanni, llévala a casa ahora mismo. Yo tengo asuntos que cerrar con los D’Angelo y no voy a permitir que tu falta de control me arruine la noche.
—¿Te quedas con ella? —preguntó Alessandra, y el miedo en su voz la traicionó.
—Me quedo a hacer negocios. Vete —ordenó él, dándole la espalda.
Alessandra caminó hacia la salida con el corazón martilleando en sus oídos. Se subió al vehículo que la esperaba, cerrando la puerta con un golpe seco. Durante todo el camino de regreso a la mansión, se mantuvo pegada a la ventanilla, observando las sombras de la noche pasar a toda velocidad.
Estaba furiosa. Una rabia volcánica la recorría, haciéndola apretar los puños hasta que los diamantes del anillo le marcaron la piel. Pero, en el silencio del trayecto, una pregunta empezó a torturarla: ¿Por qué iba tan furiosa? Intentaba convencerse de que era por el desplante, por la arrogancia de Damian o por la altanería de Vittoria. Pero la verdad era mucho más dolorosa.
No era solo odio. Era la quemazón insoportable de los celos.
Le dolía imaginar a Damian en esa villa, hablando con Vittoria con una complicidad que ella nunca tendría. Le dolía pensar que esa mujer lo conocía de verdad, que compartían un pasado y un estatus al que ella ya no pertenecía. Alessandra se odiaba por sentirlo, se odiaba por desear que Damian estuviera sentado a su lado en el coche en lugar de quedarse con "la mujer adecuada". Al llegar a la mansión, entró como un huracán y se encerró en su habitación, comprendiendo con terror que su corazón estaba empezando a pertenecerle al hombre que la mantenía cautiva.