Han pasado 20 años.
El hijo de Frank y Valery ya no es un bebé.
Es el heredero del imperio Morello
Él no quiere el trono.
No quiere ser rey. No quiere sangre. No quiere alianzas forzadas.
Quiere una vida normal.
Y eso, en una familia como la suya… es traición.
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Sangre y silencio
Capítulo 24
La puerta estaba abierta.
La noche contenía la respiración.
Valery de Morello estaba de pie frente a Ruiz.
Serena.
Firme.
—Ven conmigo —dijo él con suavidad calculada.
Dentro de la casa, Matías sintió que algo se rompía.
No era miedo.
Era instinto.
Ruiz no había venido a negociar.
Había venido a llevarse el corazón estratégico del imperio.
Y esta vez no habría advertencias.
Matías salió.
Arma en mano.
—Da un paso más y no sales caminando.
Ruiz lo miró sin sorpresa.
—Ahí está. El hijo de Frank Morello.
El comentario no fue casual.
Fue provocación.
Pero esta vez no funcionó.
Valeria giró apenas el rostro hacia su hijo.
—Matías…
Pero ya era tarde.
Ruiz movió ligeramente la mano hacia su chaqueta.
No fue rápido.
No fue brusco.
Fue suficiente.
El disparo de Matías rompió la noche.
Preciso.
Controlado.
A la pierna.
Ruiz cayó hacia atrás, sorprendido más por la decisión que por el dolor.
Los hombres que lo acompañaban levantaron sus armas, pero Frank ya estaba afuera.
Dos disparos más.
Desarmó a uno. El otro retrocedió.
No fue masacre.
Fue advertencia clara.
—
Ruiz, en el suelo, apretaba los dientes.
—Elegiste igual que tu padre.
Matías se acercó lentamente.
—No.
Lo miró desde arriba.
—Elegí proteger a mi familia.
Y esa era la diferencia.
No disparó por orgullo.
No disparó por poder.
Disparó para cerrar la puerta.
—
Valery se acercó.
Observó a Ruiz sin odio.
—Siempre creí que querías equilibrio.
Ruiz soltó una risa breve.
—El equilibrio necesita sacrificios.
Ella negó suavemente.
—No cuando se construye desde el miedo.
La policía no llegaría.
No habría escándalo público.
Los hombres de Ruiz entendieron el mensaje y se retiraron.
Frank dio la orden de que lo recogieran con vida.
—Que lo atiendan. No lo quiero muerto —dijo.
Matías lo miró.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Padre e hijo no estaban enfrentados.
Estaban alineados.
—
Cuando el vehículo de Ruiz desapareció en la distancia, el silencio regresó.
Pero no era el silencio tenso de antes.
Era el silencio después de una decisión firme.
Isabella salió finalmente.
Se acercó a Matías.
—¿Estás bien?
Él asintió.
Sus manos no temblaban.
Había cruzado una línea… pero no se había perdido en ella.
—
Dentro de la casa, la tensión se disolvía lentamente.
Valery se sentó.
Cansada, pero en paz.
Frank la miró largo.
—No volverás a esconderte.
No fue una orden.
Fue una promesa.
Ella sostuvo su mirada.
—No si esta vez caminamos juntos.
El peso de años de orgullo cayó entre ellos.
Matías los observaba.
Toda su vida había creído que el poder era confrontación.
Pero esa noche entendió algo distinto.
El verdadero poder era elegir no destruir cuando se tiene la capacidad de hacerlo.
—
Más tarde, cuando Isabella y Matías quedaron solos en el jardín trasero, la brisa era más suave.
—Pudiste matarlo —dijo ella en voz baja.
—Lo sé.
—¿Por qué no lo hiciste?
Matías la miró.
—Porque mi madre sobrevivió para cambiar algo. No para repetir lo mismo.
Isabella apoyó la frente en su pecho.
Por primera vez desde que comenzó todo, no había sirenas internas.
No había traición inmediata.
No había secretos explotando.
Solo familia.
—
Dentro de la casa, Valery tomó la mano de Frank.
Un gesto pequeño.
Pero histórico.
—No podemos seguir gobernando con miedo —dijo ella.
Él la miró en silencio.
—Entonces enséñame otra forma.
Y en esa frase había algo que nunca había existido antes:
Humildad.
—
Esa noche no terminó con sangre.
Terminó con decisión.
Ruiz estaba herido. Neutralizado. Vivo.
La familia Morello estaba completa. Sin máscaras. Sin mentiras públicas entre ellos.
La guerra externa aún existía.
Pero la guerra interna…
Había terminado.