Sombra En El Altar

Sombra En El Altar

El contrato del silencio.

​El eco de los tacones de Alessandra sobre el mármol de la mansión sonaba como disparos en un campo de batalla. Nadie en esa casa la miraba a los ojos. Para el servicio, ella era un fantasma; para sus padres, una decepción; y para su hermanastra, Isabella, solo un escalón más hacia el éxito.

​—¿Te gusta, Alessandra? —la voz de su madre, fría y afilada, la sacó de sus pensamientos. Señalaba el vestido de novia de encaje francés que colgaba en el salón—. Isabella dice que es demasiado elegante para ti, pero bueno, ya que vas a gastar tu dinero en salvar a ese hombre, al menos que no parezcas una mendiga en el altar.

​Alessandra apretó los puños, ocultando el temblor de sus manos. Su dinero. Nadie sabía que durante años ella había construido su propia fortuna en silencio, lejos de las burlas familiares.

​—A Julián no le importa el vestido, mamá —respondió ella con un hilo de voz.

​—Por supuesto que no —intervino Isabella, entrando al salón con esa sonrisa perfecta que siempre lograba que Alessandra se sintiera pequeña—. A él solo le importa que pagues sus deudas y salves a su familia de la cárcel. Pobre Julián... pasar de estar conmigo a tener que dormir contigo por obligación. Es casi un castigo divino.

​Las risas de su madre y su hermana se mezclaron, pero Alessandra no bajó la cabeza. No hoy.

​El Reencuentro

​Horas más tarde, Alessandra entró en el despacho privado de la oficina de Julián. El hombre que había amado desde los seis años estaba de pie frente a la ventana, con la espalda tensa y los hombros cargados con el peso del mundo.

​—Aquí están los documentos —dijo ella, colocando la carpeta sobre la mesa—. La transferencia se hará efectiva en el momento en que el juez reciba el acta de matrimonio. Tu familia estará a salvo. Tus empresas volverán a ser tuyas.

​Julián se giró lentamente. Sus ojos, que alguna vez fueron el refugio de Alessandra, ahora eran dos pozos de odio puro. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal hasta que pudo oler su perfume, ese que él solía elogiar y que ahora parecía darle asco.

​—¿Te sientes poderosa ahora? —le escupió con desprecio—. Siempre supe que tenías envidia de Isabella, pero nunca imaginé que serías tan rastrera como para comprar a un hombre que no te quiere.

​—No te compré, Julián. Te ofrecí una salida —murmuró ella, aunque el corazón se le estaba haciendo pedazos por dentro.

​—Me encadenaste, Alessandra. Eso es lo que hiciste —él firmó el contrato de matrimonio con un trazo violento—. Mañana serás mi esposa ante la ley. Pero escúchame bien: tendrás mi apellido y mi presencia en los eventos, pero nunca, entiéndelo bien, nunca tendrás mi cama ni mi corazón. Para mí, seguirás siendo la sombra de Isabella.

​Julián salió del despacho dando un portazo que hizo vibrar los cristales. Alessandra se quedó sola en el silencio, rodeada de la riqueza que tanto le había costado ganar, dándose cuenta de que acababa de comprar la jaula más lujosa y dolorosa del mundo.

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