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Sombra En El Altar

Sombra En El Altar

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anibeth Arguello

Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.

NovelToon tiene autorización de Anibeth Arguello para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El llanto del linaje

El eco del disparo de Eléonore de Valois aún rebotaba en las paredes de metal del almacén, mezclándose con el rugido de la tormenta exterior. El muelle 14 se había convertido en un escenario suspendido en el tiempo. Isabella, herida en el brazo, sollozó mientras se desplomaba de rodillas, viendo cómo el bisturí —su último rastro de poder— se perdía en la oscuridad del suelo sucio.

​Alessandra no miró a su hermana. Sus manos, antes firmes sobre el revólver de plata, ahora temblaban mientras se lanzaba sobre Julián. Con dedos frenéticos, comenzó a desatar las cuerdas que laceraban la piel quemada de su esposo.

​—Julián, mírame. Por favor, mantén los ojos abiertos —suplicaba ella, su voz quebrada por un terror que ninguna quiebra financiera le había provocado jamás.

​Julián intentó sonreír, pero sus labios estaban azulados por el frío y la sedación. Su cabeza cayó sobre el hombro de Alessandra, y ella lo rodeó con sus brazos, protegiéndolo con su propio cuerpo, mientras sentía el calor de la sangre de él empapando su camisa de seda blanca. En ese momento, para Alessandra, el imperio de Blue Phoenix, las cuentas en Suiza y el nombre de los Valois no valían más que el aliento errático del hombre que una vez la despreció y que hoy había muerto mil veces por ella.

​El encuentro con la muerte viviente

​Fue entonces cuando los pasos rítmicos y elegantes de Eléonore de Valois se acercaron. La mujer se detuvo a tres metros de distancia. Su presencia emanaba una frialdad aristocrática que congelaba el aire. Alessandra levantó la vista, y por primera vez, se miró en un espejo que le devolvía el reflejo de lo que sería dentro de treinta años: una mujer de una belleza letal, con ojos que habían visto el abismo y habían regresado para cobrar intereses.

​—¿Madre? —la palabra salió de los labios de Alessandra como un susurro extraño, un sonido que su garganta no sabía cómo modular.

​—El concepto de "madre" es algo que nos fue robado a ambas, Alessandra —dijo Eléonore, guardando su arma en el bolsillo de su gabardina con una calma aterradora—. Tu padre, ese hombre insignificante que llamaste progenitor, no era más que un secretario ambicioso que aprovechó una tragedia para borrarme del mapa y convertirte en su seguro de vida.

​Isabella, desde el suelo, soltó una carcajada histérica que terminó en un quejido de dolor.

—¡Mírenlas! —gritó la hermanastra, señalándolas con su mano sana—. Las dos reinas de hielo. ¿Sabes lo que él me decía de ti, mamá? Me decía que eras una loca que intentó ahogar a su propia hija. Me crió para odiarte, Alessandra, para ser tu verdugo. ¡Todo este tiempo fui el peón de un muerto!

​Eléonore miró a Isabella con un desprecio soberano.

—Tú no eres mi sangre, niña. Eres el resultado de una aventura de ese hombre con una camarera. Él te usó como el perro de presa para mantener a Alessandra sumisa. Te dio las migajas del poder para que nunca te dieras cuenta de que la verdadera fortuna solo podía ser reclamada por una Valois pura.

​El peso de la corona de espinas

​Alessandra apretó más fuerte a Julián contra su pecho. La revelación no le traía paz, le traía una náusea profunda. Toda su vida de humillaciones, el hecho de haber sido tratada como la "hija decepcionante" mientras Isabella era la favorita, había sido una coreografía meticulosa para evitar que ella despertara.

​—¿Dónde estuviste? —preguntó Alessandra, su voz ganando una fuerza gélida—. Mientras ellos me encerraban en internados, mientras me obligaban a casarme por dinero, mientras este hombre —señaló a Julián— sufría por mi culpa... ¿dónde estaba la gran Eléonore de Valois?

​La mujer mayor bajó la mirada por un breve segundo, y una grieta de humanidad apareció en su máscara de mármol.

—Estuve en una prisión de terciopelo en una isla privada, declarada legalmente muerta y dopada para que no recordara mi propio nombre. Tuve que morir para sobrevivir, Alessandra. Solo cuando supe que habías tomado el control de Blue Phoenix, supe que la sangre de los Valois finalmente había triunfado sobre el veneno de los Rossi. Me tomó años recuperar mis contactos, pero aquí estoy. He venido a darte tu reino.

​—No quiero un reino —respondió Alessandra, mirando el rostro pálido de Julián—. Quiero que él viva. Quiero una vida que no esté escrita con la sangre de otros.

​El juicio final en el muelle

​Mientras hablaban, Adrián Vancamp, que había quedado aturdido tras la caída de los contenedores, intentó arrastrarse hacia el rifle que Isabella había dejado caer. Pero antes de que sus dedos rozaran el metal, la bota de Eléonore se plantó sobre su mano, rompiendo sus dedos con un crujido seco.

​—Adrián —dijo Eléonore, casi con dulzura—, siempre fuiste un inversor mediocre. Intentar robarle a una Valois es un error que no se perdona en nuestro mundo.

​Alessandra se puso en pie, sosteniendo a Julián con la ayuda de Marcus, quien acababa de irrumpir en el almacén con el equipo de seguridad. Miró a su madre, luego a su hermanastra desmoronada y finalmente al villano a sus pies.

​—Llévenselos —ordenó Alessandra a Marcus—. A Isabella, entréguenla a las autoridades suizas. Que el caso del internado se reabra, pero esta vez con la verdad: ella y su padre fueron los instigadores. A Adrián... destrúyanlo. No quiero que vuelva a tener crédito ni para comprar un vaso de agua.

​—¿Y yo, hija mía? —preguntó Eléonore, extendiendo una mano hacia ella—. Tenemos una herencia que reclamar en Francia. El mundo financiero está esperando el regreso de la verdadera heredera.

​Alessandra miró la mano de su madre. Era una mano elegante, pero manchada con la misma ambición que casi destruye su vida. Luego miró a Julián, que estaba siendo subido a una camilla por los paramédicos de Blue Phoenix.

​—Mi herencia es el hombre que está en esa camilla —dijo Alessandra con una claridad que cortó la lluvia—. Quédate con tus castillos y tus títulos, Eléonore. Yo ya construí mi propio imperio. Mi nombre no es Rossi, ni es Valois. Mi nombre es Alessandra, y a partir de hoy, yo escribo mi propia historia.

​Alessandra caminó hacia la ambulancia, dejando a su madre sola en la penumbra del muelle. El fénix no solo había renacido de las cenizas de su matrimonio y de su familia; había renunciado incluso al trono que le pertenecía por derecho para elegir el único trono que realmente le importaba: el corazón del hombre que, contra todo pronóstico, había aprendido a amarla en la oscuridad.

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