A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.
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Capítulo 06
El cielo sobre Shengli se había teñido de un color plomizo, como si las nubes estuvieran cargadas de ceniza en lugar de agua. El aire pesaba, esa calma tensa que precede a las tormentas de verano, y para Shen Zhi Zhi, la atmósfera en la Academia no era muy diferente.
Durante todo el día, sus ojos habían buscado inconscientemente una chaqueta de cuero o una mirada desafiante entre la multitud de estudiantes de la escuela técnica que cruzaban por la calle principal. Se sentía como una traidora, una espía infiltrada en su propia vida. Cada vez que el profesor de ética hablaba sobre la "rectitud" y el "futuro brillante de los líderes del mañana", ella sentía el roce invisible de una chaqueta de cuero sobre sus hombros y el eco de un grito prohibido en su garganta.
A las diez en punto, bajo una lluvia fina que empezaba a humedecer el asfalto, Zhi Zhi llegó al taller. Pero esta vez, el ambiente no era el de un aula improvisada.
El sonido de las motos rugiendo y el resplandor de las luces de emergencia inundaban la entrada de "El Pulmón de Hierro". Había gritos, voces cargadas de una agresividad que Zhi Zhi solo había visto en las películas. Se detuvo en la esquina, ocultándose tras un contenedor de basura, con el corazón golpeando sus oídos como un tambor frenético.
En el centro del taller, JiNian estaba frente a tres hombres que le sacaban una cabeza de altura. Eran tipos rudos, con tatuajes que trepaban por sus cuellos y rostros marcados por una vida de violencia real, no de peleas escolares. En el suelo, encogido y temblando, estaba A-Guang, con el labio partido y la mirada perdida.
—Te lo dije, JiNian —gruñó uno de los hombres, el que parecía el líder, mientras jugaba con una navaja mariposa—. El mocoso de tu amigo nos debe dinero. Si no paga él, pagas tú. O nos llevamos las herramientas del taller.
JiNian no retrocedió. Sus pies estaban firmemente plantados en el suelo manchado de aceite, y su rostro era una máscara de piedra. No había miedo en él, solo una furia fría y contenida que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito.
—A-Guang no les debe nada —dijo JiNian. Su voz era un susurro peligroso—. Ustedes le vendieron piezas defectuosas y luego intentaron cobrarle el triple por el "seguro". Este taller es mi territorio. Y en mi territorio, las ratas como ustedes no entran gratis.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer, cachorrito? —el hombre se adelantó, invadiendo el espacio personal de JiNian—. ¿Llamar a tus amigos de la escuela?
Lo que ocurrió después fue tan rápido que Zhi Zhi apenas tuvo tiempo de ahogar un grito. JiNian no esperó al primer golpe. Se lanzó hacia adelante con una precisión brutal. No era una pelea elegante; era una lucha por la supervivencia. Esquivó la navaja, sujetó el brazo del hombre y, con un movimiento seco, lo estampó contra el capó de un coche viejo. Los otros dos se lanzaron sobre él, y de repente, el taller se convirtió en una masa de puños, metal chocando y maldiciones.
Zhi Zhi quería correr, quería llamar a la policía, pero sabía que en el Distrito Norte, eso solo empeoraría las cosas. Se quedó allí, paralizada, viendo cómo JiNian recibía un golpe en el pómulo que lo hizo tambalearse, para luego recuperarse y derribar al siguiente atacante con una patada lateral que sonó a hueso rompiéndose.
Finalmente, tras lo que parecieron horas pero fueron apenas minutos, los tres hombres se retiraron, maldiciendo y arrastrando a su líder hacia una furgoneta negra.
—¡Si volvemos a verlos por aquí, no saldrán caminando! —gritó A-Guang desde el suelo, intentando recuperar su valentía mientras se limpiaba la sangre de la boca.
JiNian no respondió. Se quedó de pie en medio del taller, respirando con dificultad. Su camiseta de tirantes estaba desgarrada y un hilo de sangre corría por su sien, perdiéndose en su cuello.
Zhi Zhi salió de las sombras y corrió hacia él sin pensar en las consecuencias.
—¡JiNian! —su voz salió quebrada.
Él se giró bruscamente, con los puños todavía cerrados y los ojos inyectados en sangre. Por un segundo, ella vio al "villano" que todos temían, una criatura salvaje lista para atacar. Pero cuando sus ojos se enfocaron en ella, la agresividad se evaporó, siendo reemplazada por una mezcla de sorpresa y cansancio absoluto.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, su voz ronca—. Te dije que no vinieras si había problemas.
—No... no sabía que esto pasaría —Zhi Zhi se acercó más, ignorando el olor a hierro de la sangre y el sudor—. Estás herido. Déjame ayudarte.
—Estoy bien. He tenido peores —él intentó apartarla, pero un espasmo de dolor cruzó su rostro cuando intentó levantar el brazo izquierdo.
—No seas testarudo —Zhi Zhi, por primera vez, usó ese tono de mando que solía usar en el consejo estudiantil—. Siéntate. Ahora.
JiNian la miró, atónito por su firmeza, y terminó sentándose en el taburete metálico de siempre. A-Guang, que ya se estaba levantando con la ayuda de otro chico, los miró de reojo.
—Vaya, la princesa tiene garras —murmuró A-Guang con una sonrisa dolorida—. Gracias por el rescate, Jefe.
—Cállate, A-Guang —gruñó JiNian—. Ve a buscar hielo para tu cara.