A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.
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Capítulo 13
El tiempo, ese juez implacable que siempre parecía correr en contra de JiNian, decidió detenerse por un instante sobre aquella azotea del Distrito Norte. El estruendo lejano de la ciudad, el chirrido de los neumáticos sobre el pavimento mojado y el eco de las sirenas se convirtieron en un ruido blanco, una frecuencia sorda que no podía penetrar el círculo sagrado que ellos habían trazado entre las rosas salvajes y los escombros.
Zhi Zhi mantenía sus brazos rodeando el cuello de JiNian. Podía sentir la aspereza de la chaqueta de cuero contra la delicada piel de sus antebrazos y el calor casi febril que emanaba de él. Era un calor que olía a trabajo duro, a gasolina y, ahora, al aroma embriagador de las flores que él había rescatado del olvido.
JiNian la miraba con una fijeza que la quemaba. Sus manos, vendadas y marcadas por el esfuerzo de los dobles turnos, temblaron ligeramente antes de posarse en la cintura de la chica. Tenía miedo de romperla. Para él, Zhi Zhi era algo hecho de luz y porcelana, una criatura que no pertenecía a este entorno de hierro oxidado.
—Si me acerco más —susurró JiNian, su voz apenas un roce contra los labios de ella—, no habrá vuelta atrás, Zhi Zhi. Tu mundo se manchará con el mío. No podrás borrar el rastro de la grasa y el barro de tu vestido de plata.
Zhi Zhi cerró los ojos, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla.
—Ya está manchado, JiNian. Y no me importa —respondió ella con una valentía que no sabía que poseía—. Prefiero estar manchada de algo real que vivir en una vitrina impecable donde no puedo respirar. Bésame. Olvida quiénes somos afuera de esta azotea.
JiNian no necesitó más. Se inclinó, acortando esa última frontera, y sus labios se encontraron con los de ella.
Fue un beso que sabía a desesperación y a una esperanza prohibida. No hubo suavidad inicial; fue una colisión de dos mundos que se habían estado buscando en la oscuridad. El sabor de Zhi Zhi era dulce, como las frutas caras que él nunca probaba, mientras que el de él era salado, terroso y cálido. En ese contacto, JiNian volcó todo el dolor de sus manos llagadas, todo el cansancio de las noches sin dormir y todo el odio que sentía hacia un sistema que los quería separados.
Zhi Zhi soltó un pequeño suspiro, un sonido de rendición absoluta, y se pegó más a él. Sus dedos se enredaron en el cabello oscuro y rebelde de JiNian, tirando con suavidad, queriendo asegurarse de que esto no era otro sueño nacido del agotamiento. En la mente de la "chica de oro", las imágenes de la Torre de Cristal, de los discursos vacíos de su padre y de la sonrisa plástica de Lin Feng se desintegraron como ceniza al viento. Solo existía este chico de mirada tormentosa que la sostenía como si ella fuera su único ancla en un mar embravecido.
Separaron sus labios apenas unos milímetros, jadeando, sus alientos mezclándose en el aire gélido de la noche, formando pequeñas nubes de vapor.
—Te odio por hacerme sentir así —murmuró JiNian contra su boca, aunque sus manos la apretaban con una ternura infinita—. Te odio porque ahora, cada vez que mire mis manos sucias, solo querré que tú las sostengas. Me has vuelto débil, Princesa.
Zhi Zhi sonrió, una sonrisa real que iluminó su rostro más que cualquier joya.
—No es debilidad, JiNian. Es lo que nos hace humanos. En mi mundo, nadie siente nada de verdad. Todo es una transacción. Pero esto... —ella puso su mano sobre el corazón de él, sintiendo el latido errático y potente bajo la camiseta— esto no se puede comprar.
JiNian la tomó de la mano y, con una delicadeza que contrastaba con su apariencia ruda, la llevó a sentarse sobre una de las cajas de madera, justo en medio del mar de rosas rojas. Se sentó a su lado, dejando que ella apoyara la cabeza en su hombro. El silencio que se instaló entre ellos no era incómodo; era un refugio.
—Háblame de ellas —pidió Zhi Zhi, señalando las flores—. ¿Cómo las conseguiste todas?
JiNian soltó una risa seca, mirando sus nudillos vendados.
—No fue fácil. Hay un viejo jardín detrás de la acería abandonada. El dueño murió hace años y las flores se volvieron locas, creciendo sobre la maquinaria. Tuve que saltar la valla y lidiar con un par de perros callejeros que creen que ese lugar es su reino. Pero valió la pena. Al verlas allí, resistiendo entre el metal, solo pude pensar en ti.
Zhi Zhi se acurrucó más contra él. El frío empezaba a calar su vestido de seda, pero el calor de JiNian era suficiente.
—A veces siento que soy como este lugar —confesó ella en voz baja—. Un edificio con una fachada bonita, pero lleno de grietas por dentro. Mi padre no ve a una hija, ve una extensión de su poder. Feng no ve a una mujer, ve un trofeo para su vitrina. Tú eres el único que me ha mirado y ha visto las grietas, JiNian. Y no has intentado taparlas.
—Las grietas son por donde entra la luz, ¿no? —dijo él, citando algo que probablemente había leído en uno de los libros que ella le prestaba para estudiar—. No quiero que seas perfecta, Zhi Zhi. La perfección es aburrida. Quiero que seas tú. Incluso cuando estás asustada, incluso cuando lloras por un par de rosas feas.
—No son feas —lo corrigió ella, tomando una de las flores y llevándola a su nariz. El aroma era penetrante, un recordatorio de que la vida persistía incluso en las condiciones más duras—. Son perfectas porque son reales.