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La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:911
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.

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XIV- el decreto de sangre

Alessio:

Me levanté bruscamente, haciendo que Belial se pusiera en pie al instante, con la cicatriz blanca en su costado resaltando bajo las luces tenues. Miré hacia el palco superior, donde sabía que mi padre nos observaba con esa mirada de autoridad absoluta, su cabello plateado brillando como una corona de poder.

—Que lo intente —desafié, sintiendo cómo la furia de los Veraldi se mezclaba con la frustración de mis labios vacíos—. Nadie se mete con lo que es mío. Ni siquiera él.

Bianca me observó, y por un segundo, su frialdad vaciló, revelando esa lealtad inquebrantable que nos unía por encima de todo.

—Entonces deja de actuar como un niño, hermano. Si quieres que se rinda a ti, deja de pedir permiso y empieza a exigir obediencia. Pero hazlo antes de que sea yo quien tenga que entrar en esa cabaña para limpiar tu desastre.

El aire en el Inferno parecía comprimirse bajo la mirada de mi padre. Maximiliano Veraldi no necesitaba gritar para hacerse sentir; su sola presencia, erguido en el palco superior como un monarca sobre su trono de cenizas, era una sentencia de muerte para cualquier atisbo de debilidad. Vi cómo se levantaba, ajustándose los puños de su traje italiano, y cómo sus ojos grises —esos espejos fríos donde no cabía el error— se clavaban en mí con una precisión quirúrgica.

Bianca, notando el cambio en la atmósfera, se puso en pie con una fluidez felina. Lucifer, su leona, soltó un ronroneo vibrante y bajo, un sonido que presagiaba peligro.

—Viene hacia acá —murmuró ella, su tono despojado de cualquier emoción. Era el tono de una estratega que ya estaba calculando las bajas—. Si vas a hacer una estupidez, Alessio, asegúrate de que el resultado valga la pena.

Maximiliano bajó los peldaños de la escalinata privada con una calma aterradora. Cada paso que daba resonaba en el club, silenciando gradualmente la música y los murmullos hasta que solo quedó el sonido del hielo chocando contra el cristal de mi propio vaso, que aún sostenía con fuerza.

—Dices que nadie se mete con lo que es tuyo —la voz de mi padre era un trueno contenido, grave y autoritario—. Pero la propiedad exige cuidado, disciplina y, sobre todo, una mano firme que no tiemble cuando el objeto se vuelve rebelde.

Se detuvo a pocos centímetros de mí. Su estatura me igualaba, y la corona de plata de su cabello brillaba bajo la luz estroboscópica del club. Podía sentir el peso de sus años, de las cicatrices ocultas bajo su traje, y esa sabiduría peligrosa que le permitía ver a través de mis mentiras como si fueran cristal.

—Estás perdiendo el tiempo con juegos de niños, hijo —continuó, su mirada gris desplazándose hacia Belial, quien gruñó con el pelo erizado—. Las mujeres Veraldi no se "ganan" rogando por besos. Se someten mediante la lealtad absoluta o se rompen bajo el peso de su propia desobediencia. Si ella no está lista para ser tu ancla, entonces es solo un lastre. Y los lastres se cortan.

Sentí un impulso violento de lanzarle el vaso a la cara, pero mi lealtad —ese vínculo inquebrantable que me ataba a él a pesar de nuestra fricción— me mantuvo estático. Bianca, sin embargo, intervino con su astucia característica.

—No es un lastre, padre —dijo ella, con una media sonrisa sardónica que me hizo fruncir el ceño—. Es una aprendiz. Alessio simplemente se ha olvidado de que el entrenamiento no termina cuando la presa se entrega por primera vez.

Maximiliano soltó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de humor. Se acercó a mi oído, invadiendo mi espacio personal con ese aroma a tabaco caro y autoridad pura.

—Tienes hasta el amanecer para demostrar que eres capaz de controlar lo que has despertado, Alessio. Si no lo haces, Bianca tendrá vía libre para intervenir. Y ya sabes que su método es... más definitivo.

Me giré hacia ellos, con la mandíbula apretada hasta el dolor. La rabia que sentía por Clara, por haberme negado ese beso, se transformó en una determinación gélida.

—No tocará a nadie —rugí, mi voz filtrada por el gruñido gutural de Belial a mi lado—. Es mía. Y si tengo que enseñarle a obedecer, lo haré a mi manera.

Sin decir una palabra más, me di la vuelta. Belial me siguió, sus garras golpeando el suelo de mármol como un recordatorio constante de mi propia furia. Salí del club sin mirar atrás, con el sabor de la derrota todavía en los labios, pero con un plan oscuro formándose en mi mente.

Valentina tenía razón al temer por ella, pero no por lo que yo pudiera hacer, sino por lo que yo estaba a punto de exigirle. Si ella quería jugar a la rebeldía, le demostraría exactamente por qué el apellido Veraldi no se cuestiona.

(minutos despues)

El motor de mi coche rugió al aparcar frente a la cabaña, un sonido que cortó la quietud del bosque como un disparo. Bajé de un salto, con los músculos todavía tensos por la charla con mi padre y el veneno que Bianca me había inyectado en el orgullo. Belial bajó conmigo, su melena negra erizada, sus ojos dorados escaneando el entorno con esa vigilancia territorial que compartíamos.

No me detuve a dudar. Empujé la puerta y entré en la sala.

El aroma me golpeó primero: era una mezcla de especias, algo casero y terrenal que no encajaba con el caos que yo traía en el sistema. Allí estaba ella, de espaldas a mí, frente a la pequeña cocina. Llevaba una camiseta que le quedaba grande, el cabello recogido en un moño desordenado, y se movía con una parsimonia que me encendió la sangre. Estaba cocinando, ignorando por completo el hecho de que su mundo se había puesto patas arriba hace pocas horas.

Me quedé en el umbral, observándola. Cada movimiento suyo —el cómo removía el contenido de la olla, el cómo se secaba las manos en el delantal— era un recordatorio de la paz que ella intentaba mantener y que yo estaba dispuesto a destruir.

—¿Dónde está ella? —gruñí, mi voz sonando demasiado fuerte en el pequeño espacio.

Clara ni siquiera saltó. Simplemente apagó el fuego y se giró hacia mí con una lentitud irritante, sus ojos encontrándose con los míos sin una pizca de miedo, solo con una curiosidad templada.

—Hola, Alessio —dijo, ignorando mi pregunta con una naturalidad que me hizo apretar los puños a los costados.

—Te he hecho una pregunta, Clara. ¿Dónde está Valentina? —repetí, avanzando un paso hacia ella, sintiendo cómo Belial se posicionaba a mi lado, su presencia masiva intimidando el espacio.

Ella soltó un suspiro, bajando la mirada hacia la olla como si la comida fuera más importante que mi urgencia.

—Se fue, Alessio —respondió, levantando la vista con esa misma picardía divertida que me había sacado de quicio antes—. Como todos los días. Tiene que trabajar en el bar, ¿recuerdas? Alguien tiene que ganarse la vida mientras otros se dedican a hacer berrinches y a salir huyendo.

Sentí una punzada de adrenalina recorrer mi columna. Me reía en su cara. Me estaba desafiando, usando mi propio comportamiento en mi contra con una falta de respeto que, en cualquier otra persona, habría terminado en una tragedia.

Me acerqué hasta quedar frente a ella, invadiendo su espacio personal hasta que nuestras respiraciones se mezclaron. Ella no se retiró; se mantuvo firme, con la mano apoyada en la encimera, sosteniéndome la mirada con un desafío que me obligó a relajar los dedos que se habían cerrado en puños.

—¿Te crees muy valiente porque no está aquí para defenderte? —le susurré, mi voz descendiendo a ese tono gutural que solía hacerla temblar.

—No necesito que nadie me defienda de ti, Alessio —dijo ella, con una calma que me resultó aterradora—. Ni a vida ni a muerte.

El aire en la cocina se volvió irrespirable.

La chispa de desafío en sus ojos fue la gota que colmó el vaso. Mi paciencia, ya de por sí escasa, se agotó por completo. La miré, dejando que el león en mí tomara las riendas, y solté una sonrisa fría que no prometía nada bueno.

—¿Sola? ¿Vulnerable? —musité, mi voz convertida en un susurro cargado de una promesa oscura—. Vamos a ver qué tan valiente eres, Clara, cuando no tengas ni siquiera la luz para defenderte de lo que soy.

Di un paso hacia atrás, sin apartar mis ojos de los suyos, disfrutando de la ligera tensión que empezaba a aparecer en sus rasgos. Con un movimiento rápido, mi mano se extendió hacia el interruptor de la luz. El click resonó en el silencio, y la cabaña se sumió en una oscuridad casi total. Solo unos débiles hilos de luz de la tarde se colaban por las ventanas, apenas suficientes para delinear su silueta y la mía.

El ambiente cambió de inmediato. El olor a comida, antes reconfortante, se volvió pesado, opresivo. Clara se quedó inmóvil, y por primera vez desde que regresé, vi una pizca de miedo real asomando en sus ojos. Un miedo que me pertenecía.

Caminé hacia ella con pasos lentos, deliberados, saboreando cada segundo de su creciente ansiedad. Belial, mi león, se mantuvo quieto en el gran sofá, una sombra maciza en la penumbra, otorgándonos esa intimidad forzada que yo deseaba. Su presencia, aunque silenciosa, era un recordatorio constante de mi poder.

Llegué hasta ella y extendí mi mano. No la agarré con violencia; no era necesario. Mis dedos se envolvieron suavemente alrededor de su cuello, mi mano grande y llena de venas que parecían cables. No apreté, no la lastimé, pero la ligera presión era una demostración innegable de dominio. Podía sentir el pulso agitado bajo la piel de su garganta, la fragilidad de su tráquea bajo mis dedos.

Clara gimió. No fue un grito de dolor, sino un sonido ahogado, una mezcla de sorpresa y esa misma sumisión que había brotado en ella en el sofá. Su cuerpo se tensó, pero no intentó liberarse. Se quedó allí, atrapada en la oscuridad, en el frío agarre de mi mano y en la innegable sensación de su propia vulnerabilidad.

—¿Todavía crees que no necesitas que nadie te defienda? —susurré, acercando mi rostro al suyo hasta que pude sentir su aliento temblar contra mis labios. La vi tragar saliva, un pequeño nudo en su garganta que se movió bajo mi pulgar—. Esto, Clara, es lo que eres sin mis reglas. Sin mi luz. Nada.

Ella cerró los ojos, y su cuerpo cedió un poco, apoyándose contra la encimera. El dominio era absoluto.

La oscuridad de la cabaña era mi aliada, un lienzo perfecto para mis intenciones más oscuras. Mis dedos, tensos y marcados por las venas que palpitaban con el deseo de someterla, presionaron apenas lo suficiente contra la piel de su cuello para que soltara ese gemido que me volvía loco, un sonido que vibraba en la penumbra y me confirmaba que, en este momento, ella era solo mía.

—Tu orgullo me encanta, ratoncito —gruñí contra su oído, sintiendo el calor de su piel—. Pero el orgullo no te va a servir de nada aquí, donde nadie puede oírte.

La levanté sin el menor esfuerzo, mis manos rodeando su cintura con una firmeza que no admitía réplicas. La deposité sobre la encimera de la cocina, haciendo que los utensilios tintinearan con el impacto. Clara soltó un jadeo, un sonido ahogado que se perdió en el aire viciado de la estancia. Sin esperar, mis manos bajaron hacia el borde de su mini short. No hubo paciencia; tiré de la tela con una brusquedad que hizo que el botón saltara y cayera al suelo con un chasquido seco.

Deslicé la prenda hacia abajo, dejando al descubierto la suavidad de sus muslos y el centro de su deseo, oculto tras la tela de su ropa interior. Mis dedos encontraron el camino, rompiendo la barrera de encaje sin piedad.

—¡Ah! —exclamó ella, sus manos buscando apoyo en mis hombros.

No perdí tiempo. Con un movimiento decidido, enterré tres dedos en su interior. La sentí apretada, hirviendo, un santuario que estaba condenado a recibirme. El impacto de mis dedos recorriendo sus paredes internas la hizo arquearse, y su aliento se convirtió en un jadeo frenético.

—¡Mírame! —le ordené, aunque sabía que en la oscuridad apenas podíamos vernos, solo sentirnos—. Siente cómo te obligo a estar lista para mí. Tres dedos... apenas el principio de lo que te voy a hacer por haberme desafiado.

Comencé a moverlos, adentro y afuera, con un ritmo que buscaba encontrar cada rincón sensible, provocando que su cuerpo se estremeciera con cada embestida manual. Mis dedos, largos y fuertes, la estiraban, la invadían, la obligaban a aceptar mi presencia en ella mientras el sonido de nuestra humedad llenaba el silencio de la cocina.

—Eres tan sucia, Clara... —susurré, con la voz rota por la excitación, mientras mis dedos golpeaban con fuerza su punto más sensible—. Mírate, gimiendo para el hombre al que hace unos minutos trataste como a un niño. Dime, ¿todavía quieres negarme ese beso? ¿O prefieres que siga metiéndote mis dedos hasta que me supliques que te llene por completo?

La presión de mi mano en su cuello no disminuyó; al contrario, la mantuve ahí, anclándola a la encimera, recordándole que no tenía escapatoria. Mis movimientos se volvieron más rápidos, más exigentes, obligándola a convulsionar contra mis dedos mientras mi propia sangre ardía por reclamarla otra vez, sin piedad, hasta dejarla sin rastro de voluntad.

El aire en la cocina se había vuelto espeso, saturado por el aroma de nuestra urgencia y el sonido metálico de mis dedos chocando contra la encimera. Clara se arqueó con fuerza, sus manos aferrándose a mis hombros con los nudillos blancos, clavando sus uñas en mi piel mientras sus caderas intentaban escapar de mi asalto, aunque yo la mantenía anclada contra el granito frío.

—¡Alessio, basta! —gritó, su voz rompiéndose en un sollozo ahogado—. ¡Duele! ¡Por favor, detente, me duele demasiado!

Sus gemidos golpeaban las paredes de la cabaña, una melodía de agonía que me excitaba hasta el límite de la cordura. La obligué a abrirse aún más, aumentando la profundidad de mis tres dedos, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían frenéticamente alrededor de mi mano, succionándome en un abrazo agónico.

Me incliné hacia su oído, dejando que mi aliento caliente recorriera su cuello antes de susurrarle con una voz cargada de una dominación cruel:

—¿Qué tipo de dolor exactamente, piccola principessa? ¿Es un dolor que te quiebra o es un dolor que te está obligando a reconocer quién es el dueño de tu cuerpo?

Ella soltó un grito que comenzó como una protesta y terminó en un gemido prolongado, un sonido que vibró en mi pecho mientras mis dedos encontraban su punto más sensible y lo presionaban con una exigencia implacable. Su cuerpo se sacudió, convulsionando bajo mi control, y su voz, entrecortada por el placer y el sufrimiento, salió como un alarido de rendición absoluta:

—¡Se siente como la mierda más rica que he sentido nunca! ¡No pares, hazlo! ¡Me vas a matar, maldito animal, pero no pares!

Una carcajada ronca escapó de mi garganta al escuchar su confesión. La furia de los Veraldi que corría por mis venas se convirtió en un deseo oscuro y posesivo. Sin dejar de mover mis dedos con violencia, comencé a susurrarle obscenidades en mi lengua materna, apretando su cuello con suavidad para recordarle su lugar.

—Sei solo mia, una puttana che brama il mio possesso. Ti scoperò finché non implorerai pietà, finché non sarai rotta e mia per sempre. (Eres solo mía, una puta que ansía mi posesión. Te follaré hasta que implores piedad, hasta que estés rota y seas mía para siempre).

—Guarda come tremi sotto le mie dita, come ti apri per me. Sei la mia schiava, nient'altro che carne per il mio piacere.

(Mira cómo tiemblas bajo mis dedos, cómo te abres para mí. Eres mi esclava, nada más que carne para mi placer).

Sus ojos, perdidos en la oscuridad, se clavaron en los míos, brillantes por las lágrimas y la excitación desmedida. Estaba completamente a mi merced, consumida por el dolor exquisito y la humillación que yo le infligía, y lo mejor de todo, lo que hacía que mi sangre hirviera, era que ella ya no quería que terminara.

—Dímelo otra vez —gruñí, aumentando la velocidad de mis movimientos—, dímelo mientras te marco con cada fibra de mi ser.

Clara:

El dolor era un incendio, una llamarada que me devoraba por dentro, pero lo que realmente me quemaba la garganta era el odio. Un odio visceral, antiguo y punzante hacia ese hombre, hacia sus dedos, hacia la forma en que su mano apretaba mi cuello como si yo fuera una simple propiedad que él podía moldear a su antojo.

Cada vez que sus dedos se hundían más, buscando mi esencia, bombeando con esa fiereza animal que no conocía la piedad, un gemido de pura agonía escapaba de mis labios, transformándose en un grito de guerra.

—¡Te odio, Alessio! —grité, con la voz rasgada, mientras mis caderas saltaban ante su ritmo incesante—. ¡Te odio tanto que me duele cada maldita célula de mi cuerpo!

Él no se detenía. Al contrario, su ritmo se volvió un martilleo mecánico, un vaivén profundo, repetitivo y brutal que me sacudía contra el granito de la encimera. Cada estocada era una violación a mi voluntad, una invasión que me obligaba a sentir cómo él reclamaba un territorio que, en mi cabeza, estaba tratando de defender con todas mis fuerzas.

—¡Eres un animal! —seguí gritando, con los ojos cerrados, sintiendo cómo mis piernas temblaban sin control—. ¡Me asquea lo que me haces, me asquea cómo me tocas! ¡Quítame las manos de encima, maldito bastardo!

Pero aunque mis palabras eran dagas cargadas de veneno, mi cuerpo me traicionaba. Mis caderas seguían su bombeo, persiguiendo el contacto, buscando ese roce eléctrico que él provocaba con una precisión tan cruel. El odio me mantenía viva, me daba un ancla en medio de la tormenta, pero el placer que me arrancaba a la fuerza era la cadena que me mantenía atada a él.

Él se movía con una rabia eléctrica, sin dejarme un respiro, enterrando sus dedos más profundo, hasta el límite de mi resistencia. Me obligaba a sentir su tamaño, su posesión, mientras yo seguía escupiéndole mi rabia, buscando desesperadamente cualquier cosa que lo hiciera parar, aunque en el fondo sabía que, si se detenía ahora, me dejaría en un vacío todavía más insoportable.

—¡No te soporto! —sollocé, arqueando la espalda, mientras una nueva oleada de espasmos me recorría el vientre debido a su penetración manual—. ¡Cada vez que me tocas, me destruyes un poco más! ¡Te odio... te odio, maldito Veraldi!

Él no decía nada. Solo me sometía, bombeando con esa fiereza inquebrantable, obligándome a reconocer que, a pesar de todo el odio que gritaba a los cuatro vientos, él tenía el control total de mi caos.

El silencio que siguió a mis gritos fue más violento que el acto mismo. La presión de su mano en mi cuello desapareció de golpe, y los dedos que me estaban torturando —que me estaban dando la vida y quitándomela al mismo tiempo— se retiraron con una frialdad quirúrgica.

Me quedé allí, apoyada contra la encimera, con el cuerpo todavía convulsionando por el deseo interrumpido, la respiración entrecortada y el corazón martilleando contra mis costillas con una fuerza salvaje. La repentina falta de contacto me dejó desamparada, un frío antinatural recorriendo la piel que él acababa de incendiar.

Alessio se separó, sus movimientos carentes de la urgencia depredadora de hace un segundo. Se irguió, ajustándose la ropa con una calma que me hizo hervir la sangre. Me miró desde la penumbra, sus ojos verde olivo brillando con una determinación gélida que no admitía réplicas.

—¿Me odias? —preguntó, su voz despojada de cualquier emoción, un eco seco en la cocina—. Okey. Entonces, te quedas con las ganas, mia principessa.

Caminó hacia el interruptor con una parsimonia que me resultó insultante. Un "click" metálico inundó la sala y la luz cegadora de la cabaña me golpeó de lleno, exponiéndome en mi estado más vulnerable: jadeante, desordenada, con la piel húmeda y el deseo marcado a fuego en cada gesto, pero sin nada a qué aferrarme.

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Anonymous
me encantó!! bendiciones 🙏
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