En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."
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capitulo 15
El Valle de las Lágrimas, una cuenca natural de proporciones titánicas flanqueada por picos de obsidiana y granito, hacía honor a su nombre fúnebre. En el pasado, sus ríos habían corrido rojos; hoy, el suelo estaba cubierto por un manto de escarcha blanca que no era nieve, sino el residuo de la magia de luz que la Gran Alianza estaba concentrando. Frente a nosotros, cien mil armaduras de plata pulida creaban un mar de reflejos cegadores que herían mis ojos, acostumbrados ya a la penumbra eterna de Nox Aeterna.
En el centro exacto de la formación enemiga, sobre una plataforma de mármol que levitaba mediante cánticos continuos, se alzaba el Ojo de Helios. Era una estructura circular de oro y espejos celestiales, de diez metros de diámetro, que vibraba con una nota musical tan alta que hacía sangrar los oídos de mis jinetes de sombras.
Valerius y yo observábamos desde el risco norte. El viento de la montaña azotaba nuestras capas, pero la temperatura a nuestro alrededor era extrañamente cálida debido a la energía que el espejo proyectaba hacia el cielo, despejando cada nube para permitir que el sol del mediodía alimentara su maquinaria de muerte.
—Están asustados, Elena —dijo Valerius, desenvainando a Devoradora de Luz. La hoja negra parecía jadear, emitiendo pequeñas volutas de humo que se disolvían antes de tocar el suelo—. Han desenterrado un arma de la Era de los Dioses solo para detener a una mujer y a un hombre que no quisieron morir cuando ellos lo ordenaron.
—No es miedo lo que siento en ese espejo, Valerius —respondí, con mi voz resonando con un eco metálico. Mis pupilas eran ahora orbes de un violeta eléctrico—. Es odio puro. El Ojo de Helios no busca ganar una batalla; busca borrar nuestra existencia de la trama del tiempo. Siente mi linaje. Siente que el Abismo ha vuelto a casa.
El Despertar del Fuego Sagrado
La batalla no comenzó con el choque de la infantería. Comenzó con un rugido que pareció partir el firmamento. El Ojo de Helios rotó sobre su eje, enfocando la luz solar en un punto infinitesimal antes de disparar un pilar de fuego blanco y dorado. El rayo impactó en nuestra vanguardia de jinetes espectrales. No hubo gritos, ni sangre, ni restos; simplemente una vaporización instantánea. Mil guerreros del Norte dejaron de existir en un latido, dejando tras de sí solo un rastro de ceniza que el viento dispersó con indiferencia.
El espejo comenzó a girar más rápido, disparando ráfagas erráticas que convertían el suelo de piedra en lava líquida. Entonces, el rayo principal se estabilizó y comenzó a barrer el valle, dirigiéndose directamente hacia la colina donde nos encontrábamos.
Valerius se interpuso, clavando su espada en la roca y alzando su mano libre. Un escudo de sombras sólidas se alzó, pero el rayo del Ojo de Helios lo atravesó como si fuera papel quemado. El impacto lanzó a Valerius diez metros hacia atrás, estrellándolo contra un muro de piedra. Su armadura del brazo derecho comenzó a fundirse, goteando metal incandescente sobre su piel.
—¡Elena, retrocede! —rugió él, poniéndose en pie con una voluntad sobrehumana, a pesar de que el costado de su rostro estaba marcado por una quemadura de luz—. Ese rayo está sintonizado con tu sangre. Si te toca, deshará el vínculo con el Vacío y tu alma se fragmentará.
El Martirio del Rey Demonio
Yo no podía retroceder. Detrás de nosotros, los generales y el resto del ejército estaban siendo diezmados. Cerré los puños, dejando que el poder de la Sombra Primordial fluyera por mis venas hasta que sentí que mis huesos se convertían en hierro. Expandí mi voluntad, creando una cúpula de oscuridad absoluta, una membrana de nada que logró frenar el avance del rayo por unos segundos. Pero el coste era atroz. Mis venas se marcaron en mi piel como raíces negras y la sangre comenzó a brotar de mis oídos.
Valerius vio mi agonía. Vio que la Emperatriz que él mismo había ayudado a crear estaba a punto de colapsar bajo el peso de una luz que no podíamos devorar solos.
—No dejaré que te apaguen —susurró, y por primera vez, escuché algo que no era autoridad en su voz, sino una devoción desesperada.
Soltó su espada. Caminó hacia el centro del rayo, hacia el lugar donde la luz era más letal. Sabía que su cuerpo, aunque imbuido de magia, era físico, tangible, una fortaleza de carne y hueso que podía actuar como un pararrayos para el alma etérea del Vacío que yo representaba.
—¡Valerius, no! ¡Te destruirá! —grité, intentando alcanzarlo con mis sombras, pero la luz las disolvía antes de que pudieran tocarlo.
Entonces, el Emperador liberó su verdad. Su piel se desgarró, revelando escamas de obsidiana. De su espalda brotaron alas de membrana negra que se extendieron como nubes de tormenta, y sus dedos se convirtieron en garras capaces de desgarrar la realidad. Era la Forma Primigenia, el demonio que habitaba en el linaje de los reyes del Norte. Valerius rugió, un sonido que silenció los cánticos de los mil sacerdotes de la Alianza, y se lanzó directamente contra el pilar de luz.
Lo vi arder. Vi cómo sus alas se carbonizaban y su carne se desprendía bajo el calor sagrado, pero el demonio no retrocedió. Usó su propio cuerpo como un escudo viviente, absorbiendo el castigo celestial para darme el único segundo que necesitaba para actuar.
La Singularidad de la Oscuridad
La visión de Valerius sacrificándose por mí rompió los últimos restos de mi humanidad. La rabia no fue un incendio, fue un frío absoluto que congeló el tiempo. El Vacío dentro de mí no solo despertó; reclamó su soberanía.
—¡BASTA! —Mi voz no fue un sonido, fue un pulso gravitatorio que hizo que las piedras del valle levitaran.
Me elevé en el aire, mi cabello flotando como si estuviéramos bajo el agua, envuelta en un halo de rayos violetas que bailaban sobre mi piel nacarada. Ya no canalizaba el poder; yo era el centro del Abismo. Me lancé hacia el Ojo de Helios, atravesando el campo de batalla como una saeta de negrura pura. Cuando mi mano tocó el cristal del espejo, no hubo una explosión de fuerza; hubo un silencio sepulcral.
El oro del espejo se volvió negro. El cristal celestial se cuarteó, absorbiendo la luz del sol y convirtiéndola en una energía corrupta que devolví directamente hacia la plataforma de mármol. Los sacerdotes no tuvieron tiempo de rezar; sus ojos estallaron cuando el vacío invadió sus mentes. La luz del Valle de las Lágrimas se extinguió de golpe, sumiendo a los cien mil hombres de la Alianza en una oscuridad tan absoluta que el cerebro humano no podía procesarla. La locura se apoderó de ellos; empezaron a matarse entre sí en la penumbra, gritando nombres de dioses que ya no podían oírlos.
El Trono de Ceniza
Descendí lentamente, mis pies tocando el suelo carbonizado con la ligereza de una pluma. Busqué entre los restos humeantes hasta que encontré a Valerius. Había vuelto a su forma humana, pero estaba destrozado. Sus quemaduras eran profundas y su respiración era un silbido agónico.
Lo tomé en mis brazos, acunando su cabeza contra mi pecho. Dejé que mi nuevo poder, ahora refinado y bajo mi control total, fluyera hacia él. No era una curación santa; era una reconstrucción. Mis sombras tejieron su carne de nuevo, cerrando las heridas con cicatrices que brillaban con un tenue tono violeta.
—Has ganado... —susurró él, abriendo los ojos con dificultad. Su mano, aún temblorosa, buscó mi mejilla—. Lo has... consumido todo.
—Te dije que no quería un mundo si tú no estabas para verlo —respondí, besando su frente. Mis lágrimas, cargadas de esencia de vacío, dejaron rastros luminosos en su piel—. Ahora, el Rey Sol sabrá que no hay luz que pueda salvarnos de nosotros mismos.
Valerius se apoyó en mí para ponerse en pie. A nuestro alrededor, lo que quedaba de la Gran Alianza huía despavorida hacia la capital. Pero ya no tenían a donde ir. Detrás de nosotros, nuestro ejército de sombras emergía de la negrura, más numeroso y hambriento que nunca.
—A la capital —ordenó Valerius, su voz recuperando su potencia imperial—. Quiero sentarme en su trono de oro antes de que lo convirtamos en polvo.
Caminamos juntos sobre los cadáveres de la luz, dos monarcas del eclipse final, listos para reclamar el último reino que se atrevía a existir bajo el sol.