VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.
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el juicio del diablo
Maximiliano:
El Mercedes frenó en seco frente al edificio de Monterrey, dejando una marca negra y humeante en el asfalto. Tenía el pulso a doscientas pulsaciones por minuto y la vista nublada por un velo de furia roja. No apagué el motor. Agarré el teléfono y marqué su número, apretando el volante con tanta fuerza que el cuero crujió.
Uno, dos, tres tonos. Sabía que me estaba mirando en la pantalla. Sabía que se estaba regodeando en mi desesperación.
—Baja ahora mismo, María Luiza —solté en cuanto descolgó, con una voz que no era humana, sino un gruñido cargado de amenaza—. Estoy abajo. Tienes exactamente sesenta segundos para salir de ese portal antes de que suba y convierta ese apartamento en un matadero. No me pongas a prueba.
Hubo un silencio al otro lado, roto solo por el sonido de una respiración agitada. Pero no era la de ella. Escuché un gemido ahogado, el sonido de unos labios separándose y la risita nerviosa de ese imbécil de Alex.
—¿Max? Lo siento, estoy un poco... ocupada —respondió ella, y pude oír la burla en su tono—. Alex dice que no me vaya. Y yo creo que me voy a quedar un rato más. Su sofá es mucho más cómodo que el asiento de tu coche.
—María, te lo advierto... —empecé a decir, pero ella me cortó con un sonido que me partió el alma en dos: el sonido de un beso largo, húmedo y deliberado.
—Umm, qué bien besas, Alex... —murmuró ella, asegurándose de que el micrófono captara cada detalle—. Quédate ahí abajo cuidando el perímetro, "guardia". Avísame si ves algo interesante.
Click.
Me colgó. Me dejó con el pitido del teléfono en el oído y el sonido de sus besos grabados a fuego en mi cerebro. El silencio que siguió en el coche fue lo más violento que he sentido en mi vida. Vi la luz de la ventana del cuarto piso, donde las sombras se movían con una intimidad que me estaba arrancando la piel a tiras.
Ella no iba a bajar. Estaba usándolo a él para castigarme, para demostrarme que ella no espera a nadie. Y el hecho de que ese tipo tuviera sus labios donde hace unas horas estaban los míos me hizo perder el control por completo.
Sentí un clic en mi cabeza. La parte racional, la que decía que ella era la jefa, murió en ese instante.
—¿Quieres jugar a esto, Luiza? —susurré para mí mismo, abriendo la guantera y sacando un cargador extra—. Pues vamos a ver qué tal besa Alex cuando le falten los dientes.
Salí del coche sin cerrar la puerta, con la Beretta en la mano y la mirada de un hombre que ya no tiene nada que perder. Entré en el lobby del edificio como un huracán. El conserje intentó decir algo, pero bastó una mirada mía para que se escondiera debajo del mostrador.
Subí las escaleras, no el ascensor. Necesitaba quemar la energía necesaria para no matar a María también en cuanto la viera. Cada escalón era un pensamiento de muerte para Monterrey.
Llegué al cuarto piso. El pasillo estaba en silencio. Me detuve frente a la puerta del 4B. Podía oír música suave sonando dentro. Mi mano se cerró sobre el pomo, pero estaba cerrado.
—Sesenta segundos, nena —dije en voz baja, levantando la bota—. Se acabó el tiempo.
El estruendo de la madera astillándose bajo mi bota fue el único aviso que les di. La puerta del 4B voló hacia adentro, golpeando la pared con un estrépito que debió oírse en toda la manzana. Entré como una exhalación, con la Beretta en la mano y el corazón rugiendo como un volcán en erupción.
Los vi.
Axel tenía sus manos sobre la cintura de María, y sus bocas estaban fundidas en un beso que me hizo ver el mundo en blanco y negro. La rabia fue tan pura que sentí que el pecho me iba a estallar. El imbécil se separó de ella con los ojos desorbitados, pero no le di tiempo ni de gritar. Le estampé la culata del arma en la mandíbula, enviándolo al suelo como un fardo de ropa sucia.
—¡Fuera de aquí! —le rugí al tipo, que se arrastraba sangrando por la alfombra.
Me giré hacia María. Ella me miraba con una mezcla de desafío y esa chispa maníaca que me volvía loco. No dije nada. No había palabras para lo que sentía. La agarré por el brazo con una fuerza que sabía que le dejaría marca y la arrastré por el pasillo.
—¡Suéltame, Maximiliano! —gritaba ella, intentando zafarse, pero yo era un animal ciego.
La bajé por las escaleras casi en volandas, ignorando sus insultos. Al llegar al Mercedes, abrí la puerta trasera de un tirón y la empujé dentro. Me metí tras ella, cerrando la puerta con un golpe que sacudió el chasis, dejando el mundo exterior —y su absurda libertad— fuera.
El espacio en el asiento trasero era asfixiante, cargado de la adrenalina de la pelea y el perfume de ella mezclado con el mío. La acorralé contra el cuero, atrapando sus muñecas por encima de su cabeza con una sola mano.
—¿Querías un nombre para lo nuestro, Luiza? ¿Querías saber qué somos? —le siseé a centímetros de su boca, mi respiración golpeando su rostro—. Mírame bien. No soy tu guardia, ni tu socio, ni ese estúpido niño rico que acabas de dejar sangrando arriba.
La tomé con una ferocidad que no conocía límites, un reclamo salvaje que buscaba borrar cualquier rastro de Axel de su piel. Mis besos eran mordiscos, mis manos eran grilletes de fuego. Quería que sintiera cada gramo de mi furia, cada gota de mi posesividad.
—Eres mía —le gruñí contra el cuello, marcándola de nuevo, reclamando cada centímetro de su cuerpo como mi territorio exclusivo—. No importa cuántos apellidos tengas o cuántos imperios heredes. En este coche, en esta vida y en el infierno que vamos a construir, tú tienes dueño. Y soy yo.
Sentí cómo su resistencia empezaba a transformarse en algo más, en esa chispa de oscuridad que siempre nos unía cuando el mundo se volvía violento. Sus ojos, fijos en los míos, brillaban con la comprensión de que había despertado a la bestia, y que la bestia no pensaba volver a su jaula.
—Dilo... —le ordené, mi voz rompiéndose por la pasión desatada—. Di de quién eres, María.
El interior del Mercedes se convirtió en una celda de cuero y deseo, aislada del mundo por los cristales tintados y el calor sofocante de nuestros cuerpos. La atmósfera era eléctrica, cargada con el olor a adrenalina, perfume caro y la posesividad cruda que acababa de estallar.
No esperé a que contestara. Mis labios chocaron contra los suyos con la fuerza de un impacto, un beso que no pedía permiso, sino que reclamaba propiedad. Sabía a furia, a desafío y a ese vino tinto que acababa de compartir con el imbécil de arriba, un rastro que me propuse borrar de su boca a base de mordiscos y fuego.
—Mía... —gruñí entre sus labios, mi voz vibrando contra su lengua.
La empujé contra el respaldo del asiento trasero, atrapando sus manos con una firmeza que la inmovilizaba. María no se rindió; se arqueó contra mí, devolviéndome la violencia del beso con una urgencia que me quemaba la sangre. Sus tacones de aguja se clavaron en el cuero del coche mientras buscaba enredar sus piernas en mi cintura, desesperada por acortar la distancia.
Mis manos, todavía temblando por la rabia de verla con otro, bajaron por su cuerpo, recorriendo la seda de su vestido rojo que ahora se sentía como un estorbo. Con un movimiento brusco, desgarré la tela fina del escote, dejando su piel pálida expuesta a la luz tenue que se filtraba por las ventanas. Ella soltó un jadeo que fue mitad protesta y mitad gemido, un sonido que me hizo perder la poca cordura que me quedaba.
Bajé mi rostro a su cuello, marcándola con una intensidad que dejaría claro a cualquiera quién era el hombre que la poseía. Mis manos bajaron por sus muslos, subiendo por la seda de sus medias hasta encontrar la humedad ardiente que me confirmaba que, a pesar de su juego con Alex, su cuerpo solo respondía ante mí.
—Dime quién te hace sentir así, Luiza —le siseé al oído, mientras mis dedos la reclamaban de una forma que la hizo arquear la espalda y clavar sus uñas en mis hombros.
—Tú... siempre tú, maldito animal... —logró articular ella, con la respiración entrecortada y los ojos nublados por el placer y la rabia.
La tomé ahí mismo, con una urgencia salvaje que hizo que el coche se meciera sobre sus ejes. Fue un encuentro desprovisto de ternura, una colisión de dos sombras que se necesitaban para sentirse vivas. Cada embestida era un reclamo, cada gemido era una rendición. En la penumbra del vehículo, María Luiza no era la jefa de los Correa, ni yo era un Veraldi; éramos dos bestias devorándose en medio de una guerra que nosotros mismos habíamos provocado.
Su cuerpo temblaba bajo el mío, sudoroso y vibrante, mientras sus manos buscaban mi espalda, marcándome con la misma posesividad con la que yo la reclamaba a ella. El espacio era estrecho, sofocante, pero eso solo alimentaba el hambre. Cuando el clímax nos alcanzó, fue como una explosión de pólvora: cegador, violento y absoluto.
Me desplomé sobre ella, respirando el aroma de su pelo revuelto. El silencio que siguió solo estaba roto por nuestros jadeos pesados y el goteo de la lluvia que empezaba a caer sobre el techo de metal.
La miré a los ojos, todavía atrapada bajo mi peso. Su lápiz labial estaba corrido y su vestido hecho jirones, pero nunca la había visto más hermosa ni más peligrosa.
—Ahora vuelve a decirme que somos solo socios —le dije, retirando un mechón de pelo de su frente con una suavidad que contrastaba con la tormenta de hace un momento—. Vuelve a decirme que ese niño rico sabe qué hacer contigo.
María sonrió, una sonrisa lenta y triunfante, mientras entrelazaba sus dedos en mi nuca.
—Eres un psicópata, Maximiliano... —susurró, atrayéndome de nuevo para un beso que ahora sabía a victoria—. Pero eres mi psicópata.
El silencio en el coche era denso, cargado de un magnetismo que casi se podía tocar. Me incorporé lo justo para quedar sobre ella, apoyando mis antebrazos a cada lado de su cabeza, atrapándola en el pequeño universo que acabábamos de crear entre el cuero y el sudor. La miré fijamente, con los ojos todavía inyectados en una mezcla de lujuria y advertencia.
Mi mano, ruda y marcada por la pelea de hace un rato, subió por su cuello hasta envolverlo con una presión posesiva, pero sin apretar, solo recordándole que la tenía en mi puño. Me acerqué a su oído, dejando que mi respiración, todavía pesada, le erizara la piel.
—Escúchame bien, Luiza —mi voz bajó a un registro que era puro instinto territorial, un rugido sordo que venía desde lo más profundo del pecho—. No voy a permitir que vuelvas a usar a otro hombre para castigarme. No voy a permitir que nadie más respire tu aire.
Me separé unos centímetros para clavar mis ojos en los suyos. Quería ver su alma, quería ver si la jefa de los Correa era capaz de sostenerle la mirada a la bestia que ella misma había alimentado.
—Me importa una mierda el riesgo. Me importa una mierda si el mundo nos pone un blanco en la espalda por ser "débiles". Prefiero morir en una emboscada contigo a mi lado que vivir un segundo más viendo cómo juegas a ser libre con idiotas como Monterrey.
Apreté un poco más el agarre en su nuca, obligándola a sentir la urgencia de mi pregunta.
—Así que dímelo ahora, antes de que arranque este coche y te lleve de vuelta a casa —siseé con una autoridad que no admitía réplicas—. ¿Vas a ser mi novia? ¿Vas a ser mi mujer ante cada maldito mafioso de esta ciudad, o tengo que empezar a matar a cada hombre que se te acerque hasta que no quede nadie más que yo?
Me quedé esperando, con el corazón golpeando contra mis costillas, saboreando el poder de tenerla así: despeinada, con el vestido roto por mis manos y los labios hinchados por mis besos. No quería un "sí" diplomático. Quería su rendición absoluta.
Maria:
Lo miro a los ojos y lo que veo me fascina. Maximiliano ya no es el guardaespaldas comedido ni el estratega frío que intenta protegerme del mundo. Es un animal herido por los celos, un depredador que ha marcado su territorio y que está dispuesto a quemar el cielo con tal de que nadie más me toque.
Esa voz... esa voz territorial, ronca y cargada de una vibración que me recorre la columna, es exactamente lo que quería provocar. Quería romperlo. Quería que dejara de ser "lógico" y empezara a ser mío.
No respondo de inmediato. Me gusta ver cómo la mandíbula se le tensa, cómo su mano en mi nuca tiembla ligeramente por la contención de su propia fuerza. Disfruto de su desesperación un segundo más, saboreando el poder de haber puesto de rodillas al hombre más peligroso de la familia Veraldi.
—¿Quieres una respuesta, Max? —le susurro, mis labios rozando los suyos, sintiendo el calor de su aliento que todavía sabe a mí.
No lo dejo hablar más. Enredo mis dedos en su cabello, tirando con fuerza para obligarlo a bajar, y lo sello con un beso que anula cualquier necesidad de palabras. Es un beso que sabe a sangre, a posesión y a un pacto eterno. No es un beso de "novios" de secundaria; es el choque de dos imperios que deciden unirse para arrasar con todo lo demás.
Le muerdo el labio inferior con una ferocidad que le arranca un gruñido profundo, y succiono su lengua como si quisiera robarle el alma. Con este beso, le estoy entregando las llaves de mi reino, pero también le estoy poniendo las cadenas de mi voluntad. Le estoy diciendo que sí, que acepto ser su mujer, pero que a partir de ahora, su vida me pertenece tanto como la mía le pertenece a él.
Mis manos bajan por su espalda, clavando las uñas en sus músculos tensos, marcándolo a través de la camisa como él me marcó a mí. El coche se siente pequeño, una burbuja de pecado donde la respuesta ha quedado clara: no hay vuelta atrás.
Me separo apenas unos milímetros, jadeando, con los ojos brillando con esa luz psicópata que él tanto ama.
—Si alguien intenta quitarnos lo que es nuestro, Max... —murmuro contra sus labios, con una sonrisa que es pura declaración de guerra—, nos aseguraremos de que no queden ni las cenizas de sus nombres.
Él me mira, y en su rostro veo que ha entendido. Ya no hay dudas. Ya no hay "análisis de riesgo". Solo estamos nosotros, y el resto del mundo es solo el campo de tiro para nuestro amor retorcido.
Justo en ese momento, el silencio post-combate se rompe. Mi teléfono, tirado en la alfombra del coche, empieza a vibrar con una insistencia agresiva. La pantalla ilumina la oscuridad del Mercedes con un nombre que nos devuelve a la realidad de golpe:
PAPÁ (MARCOS CORREA)
El brillo de la pantalla del teléfono cortó la penumbra del coche como un bisturí. El nombre de mi padre parpadeaba, recordándonos que, aunque nos creyéramos dueños del infierno, todavía había un diablo mayor vigilando el trono.
Maximiliano se quedó rígido sobre mí, con la mirada fija en el aparato que no dejaba de vibrar. Vi cómo la furia territorial de sus ojos se transformaba en esa alerta fría que lo convierte en un soldado. Suspiré, estiré el brazo y descolgué.
—¿Hola? —dije, tratando de que mi voz sonara aburrida, aunque mis pulmones todavía quemaban por la falta de aire.
—¡María Luiza! ¿En qué demonios estás pensando? —la voz de Marcos Correa tronó a través del altavoz, cargada de una autoridad que hacía temblar las paredes—. Mis informantes me dicen que Maximiliano acaba de derribar la puerta de un Monterrey como si fuera un animal herido. ¡Un Monterrey! Tenemos negocios con su familia, no guerras personales.
Miré a Max. Él me observaba en silencio, con el rostro a centímetros del mío, escuchando cada palabra. Su mano todavía rodeaba mi cintura, apretando con esa posesividad que ahora me pertenecía legalmente.
—Fue un malentendido, papá. Alex tenía algo mío y no quería devolverlo —mentí con una naturalidad psicópata, mientras acariciaba la mandíbula de Max con la punta de mis dedos.
—¡No me mientas! —rugió mi padre—. Tengo fotos de Max sacándote del edificio como si fueras su botín de guerra. ¿Qué está pasando entre ustedes dos? Si ese Veraldi ha olvidado cuál es su lugar, le recordaré yo mismo dónde terminan los traidores.
Maximiliano apretó los dientes, a punto de quitarme el teléfono para responder él mismo, pero lo detuve con una mirada. No era el momento de que el animal hablara; era el momento de la reina.
—Maximiliano no ha olvidado nada, papá —respondí, mi voz volviéndose gélida, cortante como un cristal—. Al contrario. Ha recordado exactamente cuál es su deber: protegerme de cualquiera que intente usarme. Incluidos los Monterrey.
Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea. Sabía que Marcos estaba procesando mi tono. Yo ya no era la niña que obedecía; era la mujer que acababa de aceptar un pacto de sangre en el asiento trasero de un Mercedes.
—Vengan a la mansión. Ahora mismo —ordenó Marcos, recuperando ese tono de amenaza contenida—. Los dos. Quiero la verdad cara a cara. Y más vale que Maximiliano tenga una buena explicación para esa mirada que tiene en las fotos, porque si me entero de que ha puesto una mano sobre ti sin mi permiso, no llegará a ver el amanecer.
Colgué. El silencio volvió a inundar el coche, pero ahora era un silencio de guerra.
—Quiere vernos —le dije a Max, mientras me acomodaba el vestido roto y los restos de mi dignidad guerrera—. Quiere saber si eres mi dueño o mi empleado.
Maximiliano sonrió, una mueca peligrosa y sombría. Se pasó al asiento del conductor y arrancó el motor con un rugido que hizo temblar el chasis.
—Pues vamos a darle la respuesta, nena. Espero que tu padre tenga buen whisky, porque lo que va a oír no le va a gustar nada.