En un mundo devastado por una pandemia que acabó con la civilización, Jimena, una enfermera que aún carga con el duelo por la pérdida de su pareja, sobrevive en soledad en la periferia de una ciudad en ruinas. Su existencia se limita a cuidar de un pequeño grupo de marginados: un anciano con una herida incurable, una mujer que ha perdido la razón por el dolor, y una niña salvaje que vive escondida.
Su monótona y silenciosa rutina se rompe cuando Iván, un joven mensajero, llega para pedir su ayuda. En ese momento conoce a Mateo, la persona que hará que todo en su mundo cambie.
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Capítulo 1
La luz del amanecer se filtraba por las persianas metálicas de la antigua farmacia, dibujando líneas paralelas en el suelo cubierto de polvo. No era una luz amable como la que Jimena recordaba de antes, esa que entraba por las ventanas de su pequeño apartamento y calentaba la ropa de cama los domingos por la mañana, cuando ella y Carlos se permitían el lujo de no hacer nada más que estar juntos. Esa luz olía a café recién hecho y a las plantas del balcón que Carlos regaba con esmero mientras tarareaba canciones desafinadas. Esta luz era diferente: más blanca, más cruda, como si incluso el sol se hubiera vuelto indiferente a la suerte de los humanos.
Jimena abrió los ojos y durante un segundo, olvidó dónde estaba. Su cuerpo, entrenado por tres años de supervivencia, se tensó antes incluso de que su cerebro procesara la información. El colchón era demasiado fino —una simple plancha de espuma que había encontrado en un trastero—, el olor a antiséptico y moho demasiado penetrante, el silencio demasiado absoluto. Por un instante creyó oír el tráfico, las sirenas, la voz de Carlos llamándola desde la cocina, pero era solo el viento moviendo las ramas secas contra el cristal roto de la puerta trasera.
Se incorporó con lentitud, sintiendo cada vértebra protestar. El colchón lo había puesto tras el mostrador, estratégicamente protegido de las miradas si alguien forzaba la entrada principal, pero nadie lo hacía ya, no en esa zona. Los saqueadores habían pasado hacía tiempo, en esos primeros meses de caos cuando la gente aún creía que acumular latas de conserva y televisiones de plasma tenía algún sentido. Se habían llevado lo evidente: la comida, el dinero que ya no valía nada, los cargadores de móviles que ya no tenían cobertura. Luego vinieron los que buscaban algo más, los desesperados, los que rompían lo que no podían llevarse, pero ellos también se fueron cuando comprendieron que la ciudad era un cadáver del que ya no se podía extraer nada.
Ella había llegado después, cuando el polvo comenzaba a asentarse sobre los cadáveres que nadie podía enterrar. Llegó con la mochila a cuestas y las manos vacías, buscando lo que nadie más quería: vendas, alcohol, analgésicos caducados, pero aún útiles. Los estantes de la farmacia estaban vacíos de lo valioso, pero en el almacén trasero, debajo de un montón de cajas de pañales para adultos, encontró un tesoro: cajas de antibióticos, sueros, jeringuillas, y un manual de primeros auxilios que había utilizado tantas veces que las páginas amenazaban con desprenderse. Ese manual era ahora su biblia. Lo había leído de principio a fin nueve veces, y aun así consultaba cada procedimiento antes de aplicarlo, porque en este mundo un error podía significar la muerte.
Se sentó en el suelo, apoyando la espalda en el mostrador, y cerró los ojos un instante. Los sueños de esa noche habían sido confusos: imágenes de pasillos de hospital, la cara de Carlos sonriéndole desde el otro lado de una puerta de cristal, el ruido de los respiradores. Siempre los respiradores. Ese pitido incesante que marcaba el compás de la vida y la muerte. Cuando despertó, el pitido aún resonaba en sus oídos, pero era solo su propio corazón latiéndole en las sienes.
Revisó su cuaderno, era su única posesión valiosa, aparte de la mochila y el botiquín. Un cuaderno escolar de espiral, de esos que antes costaban cincuenta céntimos, ahora forrado con cinta aislante para evitar que se deshiciera. Con una caligrafía pequeña y apretada para ahorrar espacio, llevaba el registro de sus pacientes. Cada nombre, cada síntoma, cada tratamiento, una memoria escrita por si ella también desaparecía.
En la página de hoy: el señor Gutiérrez, necesitaba cambiarle el vendaje de la pierna; la mujer del edificio amarillo, ataques de pánico cada vez más frecuentes; y luego, si le quedaba tiempo, buscar más hojas de sauce para hacer infusiones. El señor Gutiérrez era un hombre de setenta años, viudo, con una úlcera varicosa que no terminaba de curarse. Se negaba a morir por pura terquedad, como decía él, y Jimena había desarrollado un extraño cariño por sus quejas constantes y su humor ácido. Él la llamaba “doctora”, aunque ella le había repetido cien veces que era solo una enfermera. “Para mí eres doctora”, respondía él, y Jimena había dejado de corregirle.
La mujer del edificio amarillo era más complicada. Nunca le había dicho su nombre, y Jimena la llamaba “la mujer del ático” para sus adentros. Vivía sola desde que su marido y sus dos hijos murieron en la primera ola. Ahora rara vez salía de su piso, y cuando Jimena la visitaba, pasaban la mayor parte del tiempo en silencio, porque hablar requería un esfuerzo que ninguna de las dos podía permitirse. A veces la mujer lloraba en silencio, sin hacer ruido, y Jimena se sentaba a su lado y no decía nada, porque no había nada que decir. También a veces la mujer se agarraba a su mano con una fuerza que dolía, Jimena apretaba los dedos para que supiera que no estaba sola.
Desayunó un puñado de galletas duras y agua hervida. Las galletas eran de una marca que antes anunciaban en televisión con niños sonrientes y eslóganes felices; ahora sabían a cartón y a polvo, pero tenían calorías. Las guardaba en una lata de galletas de metal que había encontrado en la trastienda, y cada mañana contaba cuántas quedaban, haciendo cálculos mentales de cuántos días podría estirarlas. El fuego lo hacía en un bidón cortado por la mitad, cuidando que el humo no fuera visible. Esa fue una de las primeras lecciones que aprendió: el humo atrae. Atrae a los desesperados, a los hambrientos, a los que han olvidado que antes también eran personas. En las noches más frías prefería tiritar antes que encender un fuego que pudiera delatarla.
Las reglas de supervivencia eran simples: no llames la atención, no confíes en extraños, no te encariñes.
Esa última era la que más le costaba.
Antes de la pandemia, Jimena había sido enfermera en un pequeño hospital de barrio. No era un trabajo glamuroso; pasaba la mayor parte del tiempo cambiando pañales a ancianos y aguantando las quejas de pacientes con gripes mal curadas. Pero le gustaba. Le gustaba la rutina de las curas, el olor del alcohol, el sonido de los carritos de medicación recorriendo los pasillos. Le gustaba la sensación de hacer algo útil, de que sus manos sirvieran para algo más que para sostenerse a sí misma.
Conoció a Carlos en ese hospital. Carlos trabajaba en el área de mantenimiento, era el hombre que arreglaba los grifos que goteaban y las luces que parpadeaban, y siempre tenía una sonrisa para los pacientes más difíciles. La primera vez que lo vio, estaba de espaldas, metido debajo de un lavabo con una llave inglesa en la mano, maldiciendo en voz baja. Jimena se acercó a pedirle que arreglara también el grifo de la sala de curas, y él asomó la cabeza con una sonrisa tan amplia que ella olvidó lo que iba a decir. “Tú eres la nueva”, le dijo. “La que pone inyecciones sin que nadie se queje. Me han hablado de ti”.
Fue él quien se acercó a su mesa en la cafetería una tarde, quien le preguntó si podía sentarse, quien tres años después se mudó a su apartamento con una maleta y una colección de plantas que ocupaban la mitad del balcón. “Son mis hijas”, decía él regando los geranios, Jimena se reía y le llamaba “padre planta”. Los domingos por la mañana se turnaban para hacer el desayuno; él hacía tortitas que siempre se le pegaban, ella preparaba café con leche y lo servía en las tazas de cerámica que habían comprado en un viaje a la playa.
Carlos le habría dicho ahora: “No pienses en eso. Piensa en hoy”. Carlos siempre estaba en el presente, siempre mirando hacia adelante. Jimena, en cambio, vivía atrapada en el pasado, en ese instante interminable en que la mano de Carlos se volvió cada vez más fría entre las suyas, mientras las alarmas del hospital sonaban sin cesar y los médicos pasaban de largo porque ya no había camas, ya no había respiradores, no quedaba esperanza.
Se obligó a levantarse. Guardó el cuaderno en la mochila, comprobó que el cuchillo estaba en su funda. El cuchillo había sido de Carlos. Era un cuchillo de cocina, de hoja ancha, que él usaba para cortar verduras los domingos mientras preparaba su famoso guiso de lentejas. Lo había llevado al hospital cuando todo se desmoronó, por si acaso, y ella lo había guardado después, limpiándolo cada noche, pasándole la piedra de afilar para que no perdiera el filo. Ahora lo llevaba siempre consigo, no solo como arma, sino como recordatorio de lo que había perdido y de lo que estaba dispuesta a hacer para que no volviera a pasar.
Salió a la calle cuando el sol comenzaba a calentar el asfalto agrietado. La mañana estaba fría, pero el cielo estaba despejado, un azul pálido que apenas se veía entre los edificios derruidos. Las calles estaban vacías, como siempre. Los coches abandonados formaban barreras caprichosas, algunos con las puertas abiertas como bocas de animales muertos, otros calcinados hasta quedar en esqueletos de metal, la mayoría simplemente oxidándose en silencio. En las aceras, la vegetación comenzaba a abrirse paso entre las grietas: hierbas altas, arbustos que nadie podaba, algún árbol joven creciendo en el centro de un paso de cebra. La naturaleza reclamaba lo que siempre había sido suyo, con una paciencia que Jimena admiraba. No tenía prisa, podía esperar.