Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.
NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4
Capítulo 4. Los papeles del divorcio. Fírmalos de una vez
Valeria siguió insultándola. Los celos le habían deformado el rostro hasta volverlo aterrador.
Lucía sonrió como si no le importara. —Soy su esposa. Con gusto lo ayudo a desahogarse.
—¡Lucía, tú…! ¡Qué perra eres!
—No tanto como tú, hermanita. Tuviste que drogarlo para intentar casarte con él. ¿Qué pasa? ¿Sobrio no te toca?
Por un instante, Valeria se quedó rígida, como si Lucía hubiera dado justo en el blanco. Pero enseguida recuperó su aire tranquilo y presumido.
—Claro que le encanta tocarme. ¡No sabes cómo me busca! Pasa todas las noches conmigo. Tú, en cambio, vives como una viuda, aunque tu marido siga bien vivo.
Cada palabra llevaba veneno. Valeria sacó un documento y lo arrojó frente a Lucía.
—Adrián me pidió que te trajera los papeles del divorcio. Fírmalos de una vez. No quiere volver a ver a una puta de quinta, pobre y vulgar como tú.
La máscara de indiferencia que a Lucía le había costado tanto sostener se quebró al ver el documento.
El divorcio.
Adrián quería divorciarse de ella.
Sintió como si la hubieran arrojado a una cámara de hielo. El frío le dolía hasta en la última célula del cuerpo.
Siempre había sabido que ese día llegaría. Solo que no tan pronto.
Adrián amaba a Valeria. En aquella lucha por su amor, Lucía ya había perdido. Estaba condenada a perderlo todo.
Al ver cómo se le iba el color de la cara, Valeria soltó una carcajada triunfal.
—Mírate, Lucía. Tan vulgar, tan poca cosa. Adrián jamás podría enamorarse de una mujer como tú. Me lo ha dicho muchas veces: eres la mujer más repugnante, más descarada, más asquerosa que ha conocido. ¡Casarse contigo es la peor mancha de su vida!
Se acercó y miró con desprecio a Lucía, que seguía con la cabeza baja, leyendo los papeles.
Soltó una risa helada. Cada vez se sentía más dueña de la situación.
—¡Perra sin vergüenza! Firma y lárgate de Puerto Real. ¡O haré que Adrián te dé una paliza cada vez que me cruce contigo!
—Ja.
La risa de Lucía la tomó por sorpresa.
Un segundo después, Lucía agarró los papeles y los hizo pedazos con varios tirones secos.
Sus labios pálidos se curvaron en una sonrisa fría. Le arrojó los trozos de papel a Valeria en la cara.
—Como tú misma le dijiste a Adrián, voy a seguir pegada a él hasta después de muerta. ¿Quieres que me divorcie? Sigue soñando.
—¿Qué? —Tras la sorpresa, Valeria estalló—. ¡Maldita perra! ¿Te atreves a hablarme así? ¡Te quieres morir!
Sin ocultar ya su verdadera cara, levantó la mano para abofetearla. Pero Lucía fue más rápida: alzó el brazo y, con todas las fuerzas que le quedaban, le estampó la palma en la cara.
—Escúchame bien, Valeria. ¡Ni muerta me divorcio de Adrián! Voy a mostrarle quién eres de verdad. ¡Una mujer tan retorcida y venenosa como tú no lo merece!
Cuando terminó de hablar, le temblaba todo el cuerpo.
Desde que había descubierto que solo era una pieza en el plan de Valeria, había dejado de sentir aquel cariño de hermana.
No. Nunca había habido cariño de hermanas. Tampoco una familia. Solo mentiras para usarla y trampas preparadas de antemano.
—¡Me pegaste! —chilló Valeria con el rostro desfigurado por la rabia—. ¡Te vas a arrepentir, Lucía!
La señaló con un dedo y salió furiosa.
Lucía no le hizo caso. Volvió a sentarse en la cama. Quizá se había esforzado demasiado: el dolor volvió, como si la desgarraran por dentro.
Poco después, Valeria regresó de pronto. Apenas cruzó la puerta, se dejó caer sentada en el suelo y se llevó una mano a la mejilla, con aire de víctima.
—Lucía, por favor, no te pongas así. Fue culpa mía. No te enojes. Desquítate conmigo si quieres, pero no con el bebé que llevo dentro. Es hijo de Adrián.
¿Qué?
Lucía no entendía nada. Hasta que vio al hombre que apareció en la puerta un segundo después. Entonces lo comprendió.
Qué actuación tan perfecta. No se le podía encontrar una sola falla.
Lo que Lucía no esperaba era que Valeria también estuviera embarazada.
Pero ¿de verdad sería hijo de Adrián?
Recordaba bien lo que había oído: tres meses atrás, Valeria había preparado una trampa, se había equivocado de habitación y había terminado en la cama con un tipo de mala muerte. Si estaba embarazada, la identidad del padre todavía estaba por verse.
Aunque Lucía tampoco podía negar que Adrián pasaba todas las noches en la cama de aquella mujer.
La idea le provocó un dolor que se le clavó en el pecho y le llegó hasta los huesos.
Pero ni eso dolía tanto como verlo levantar a Valeria del suelo, tan tierno y preocupado por ella.
Valeria se cubría la mejilla y lloraba con un aire delicado y desvalido.
—No culpes a Lucía, Adrián. Todo es culpa mía. No debí enamorarme de ti. Pero, por favor, habla con ella. No dejes que le haga daño a nuestro bebé…
Al mencionar al niño, Lucía vio con claridad cómo le cambiaba la expresión a Adrián.
Él alzó de golpe la mirada. Sus ojos, duros y fríos, se clavaron en ella como cuchillas de hielo.
—¡Lucía Suárez!
Estaba furioso.
Jamás había pronunciado su nombre con dulzura ni con calma. Siempre lo hacía con odio y rabia.
—Ella me obligó. —Lucía trató de no derrumbarse—. No dejes que te engañe, Adrián. Esta mujer no es quien tú crees. Ella…
—¡Cállate! —la cortó él. Su voz baja sonaba peligrosamente fría—. ¿Le pegaste a Valeria, sí o no?
Lucía se mordió los labios resecos. —Sí.
Lo admitió sin rodeos. Detrás de Adrián, Valeria sonreía, maliciosa y satisfecha.
En ese instante, la furia le encendió los ojos a él. Era una rabia tan feroz que parecía querer quemar viva a Lucía.
El golpe sonó seco.
Adrián le había dado una bofetada. Lucía se quedó aturdida.
Sintió el sabor de la sangre en la boca, amargo y áspero.
Los ojos le ardieron al instante. Las lágrimas se acumularon hasta desbordarse y caer, pesadas.
Él le había pegado.
Siempre la había rechazado y despreciado. Pero hasta ese momento nunca le había dado una bofetada.
—¡Ven acá y pídele perdón a Valeria!
Se lo ordenó a gritos. Su hermoso rostro estaba helado, aunque en sus ojos cruzó un destello que Lucía no supo descifrar.
Valeria ocultó su alegría y se acercó con expresión dolida. —Déjalo, Adrián. Después de todo, somos hermanas. No quiero que me pida perdón. La culpa es mía. Ustedes están casados y yo no debería seguir viéndote. Pero es que no puedo evitar querer estar contigo…
—¡Deja de fingir, Valeria! ¡Tú preparaste todo esto!
Lucía se tragó las lágrimas a la fuerza. Ya no se contuvo al desenmascararla.
Valeria soltó más lágrimas, como si la hubieran herido. —¿Cómo puedes acusarme de algo así? ¿Qué te pasó, Lucía? ¿Por qué te pusiste así…?
—¡Me volví así porque tú, zorra de dos caras, me abriste los ojos!
—¡Lucía!
Adrián, enfurecido, la agarró, la arrancó de la cama del hospital y la arrastró hasta dejarla frente a Valeria.
—¡Pídele perdón! —le exigió.