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La Esposa Villana Del CEO Es Fatal.

La Esposa Villana Del CEO Es Fatal.

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Villana
Popularitas:6k
Nilai: 5
nombre de autor: Lewis Alexandro Delgado

La Esposa Villana Del CEO Es Fatal

Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.

Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.



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Capitulo 13: La corona y el látigo

El salón del banquete era un mar de luces y seda, y cuando entré, el murmullo se detuvo de golpe. Todos me miraban: los ojos se abrían, las cabezas se giraban, y los susurros recorrían la sala. Caminé despacio, de la mano de mis hijos, el vestido de beige dorado y brillo satinado, como seda de nácar bajo las luces, ceñido con elegancia, la falda amplia moviéndose tras de mí con cada paso. No era una bandera de guerra: era la presencia de quien ya no necesita ocultarse. Antes, en lugares así, bajaba la cabeza para no existir. Ahora no necesitaba que nadie me confirmara quién era. Lo sabía.

Me acerqué a la mesa principal donde Dalila y Violeta ocupaban los asientos que me pertenecían. Me detuve justo frente a ellas. Mi voz fue clara, firme, para que todos escucharan:

—Levántense. Denos el lugar que nos corresponde a mí y a mis hijos. Ustedes solo eran suplentes. Los verdaderos dueños de estos asientos ya llegamos.

Dalila palideció, pero antes de que pudiera responder, mi suegra asintió con firmeza.

—Así es —dijo—. Dalila, retírate.

Dalila se levantó entre murmullos, con la cabeza baja, pero la mirada encendida de rabia. Al pasar junto a Ian, le susurró algo que solo él pudo oír. Él sostuvo mi mirada un instante… y luego la bajó. Apreté los dientes, pero no dije nada. Allí no. En la mesa estaban los accionistas más importantes. Me senté y no perdí tiempo.

Expuse mi proyecto de reconstrucción con datos, planos y proyecciones tan sólidas que hasta los accionistas más escépticos se inclinaron, escuchando embelesados. Mi suegra y mis cuñados se miraban asombrados: no sabían que poseía tal sabiduría. Ian me escuchaba sin apartar la vista, con orgullo y asombro, pero también con algo más: duda.

Dalila, viendo cómo todos se volvían hacia mí, intentó interrumpir.

—Todo eso suena muy bien —dijo con mordacidad—, pero ¿De dónde aprendiste tanto? Parece que de la noche a la mañana…

La miré con calma.

—Aprendí en la universidad —respondí con voz serena—. Mientras otros buscaban quién los sostuviera, yo estudiaba, trabajaba, construía mi mente. Lo que sé me costó noches sin dormir. El Departamento B ya supera a todos los demás, no por suerte, sino porque cada línea la revisé yo misma. No necesito que nadie me preste su inteligencia. El valor me lo gano yo misma.

Dalila se quedó sin palabras, roja de rabia. Poco después, mientras pasaba junto a mí, su amiga tropezó deliberadamente contra mi hombro y derramó una copa de vino tinto sobre mi vestido. La mancha oscura se extendió sobre la seda clara, evidente, irrecuperable. Miré la mancha un instante: igual que intentaron manchar mi nombre, mi cuerpo, mi vida. Levanté la vista.

—¡Qué torpe soy! —exclamó la chica, fingiendo.

La sujeté de la muñeca antes de que pudiera alejarse. Mi sonrisa heló su sangre.

—No te preocupes —le dije, bajando la voz—. Ven al baño. Me ayudarás a limpiarlo.

La arrastré conmigo. En cuanto la puerta se cerró, la empujé contra el lavabo.

—Creí que podías con el juego —susurré, agarrándola del cabello y obligándola a inclinarse sobre el inodoro—. Pues te equivocaste. No eres más que una marioneta que Dalila mueve a su antojo. ¿Crees que no veo cómo la miras, esperando que te dé una migaja de atención? Eres patética.

Le metí la cara en el agua, la sostuve un instante y la saqué, tosiendo, goteando.

—Así te sientes, ¿Verdad? —continué, fría y cortante—. Pequeña, sucia, olvidada. Exactamente como querían que yo me sintiera. Pero tú no tienes ni la mitad de mi valor. No tienes nombre propio, no tienes voz, no tienes nada que no te presten.

Saqué unas tijeras de mi bolso. Antes de que pudiera gritar, corté el escote de su vestido, dejándolo hecho jirones.

—Mira lo que eres —le dije, señalándola—. Un trozo de tela rota, igual que tu dignidad. Te mandan a hacer el trabajo sucio porque Dalila no tiene el valor de ensuciarse las manos ella misma. Eres su escoba, su perro faldero. ¿Estás orgullosa? ¿Te sientes importante ahora?

La dejé allí, sollozando, cubriéndose con un trozo de tela.

Regresé a la sala con la cabeza alta, sin ocultar la mancha. Dalila se acercó disimuladamente.

—¿Dónde está mi amiga? —preguntó.

Me incliné hacia ella y susurré:

—Ve a buscarla. Y escúchame bien: no vuelvas a enviar a nadie a hacer tu trabajo sucio. La próxima vez no será con tijeras.

Dalila apretó los puños y dio un paso hacia mí.

En ese momento, su amiga salió del baño, llorando, cubriéndose con un paño. Todos la miraron.

—¿Qué le hiciste? —gritó Dalila.

Tomé una copa de vino, pero antes de moverla, Ian dio un paso adelante y se interpuso entre nosotras.

—Basta —dijo, mirándome a los ojos—. No más escándalos.

Me quedé inmóvil. Lo miré, buscando algo en su mirada.

—¿La defiendes? —dije, con voz que tembló a pesar mío—. Ella manchó mi vestido, envió a su amiga a humillarme… y tú te pones delante de mí para protegerlas.

—No la defiendo a ella —respondió él, claro, firme—. Solo intento que no nos destruyamos los tres.

Mi hijo se acercó, me tomó de la mano y suplicó con lágrimas:

—Mamá, por favor… déjala estar. No pelees. Tengo miedo.

Lo miré. Sentí un nudo en la garganta. Me arrodillé a su altura, soltando su mano con suavidad.

—Escúchame —le dije, mirándolo a los ojos—. No quiero que tengas miedo. Pero tampoco quiero que aprendas que debes callar cuando te lastiman. Yo no aprendí a decir "basta" a tiempo, y sufrí mucho. No quiero que tú aprendas eso. Ian quiero el divorcio.

Bajó la mirada, confundido.

—Pero Dalila dice que tú nos vas a dejar…

Respiré hondo. Dolía. Separarlos dolería más que cualquier golpe. Pero no podía quedarme donde no me creían.

—Si tú crees que estás más seguro con ella, si prefieres que yo calle… entonces quédate —dije, con voz quebrada—. No te obligaré a elegir. Yo me voy. Me llevo a tu hermana. Tú decides.

—¡No! —me abrazó con fuerza—. No quiero quedarme.

Me levanté. Mi suegra me tomó del brazo.

—Morana, espera…

—No —la solté con suavidad—. Esta noche terminó.

Salí de la sala sin mirar atrás. Pedí un taxi. Ian corrió tras de mí, dudó un instante, miró a Dalila que se quedó sola en el pasillo… y siguió corriendo. La dejó allí.

Llegamos a casa. Los niños, confundidos, se fueron a dormir. Ian entró tras de mí. Cerré la puerta y me giré. Tenía en la mano el bastón, pero dudé. Lo solté sobre la mesa con un golpe seco.

—No voy a golpearte —dije, y mi voz sonó extraña, nueva—. Ya no. Porque lo que necesito que entiendas no se aprende con dolor. Se aprende con la verdad.

Se quedó quieto, sorprendido.

—Cuando te pones entre mí y ellas —continué, acercándome despacio—, no me proteges. Me dejas sola. Como aquel día. Si vuelves a dudar de mí, si vuelves a ponerlas por encima de nosotros… no te golpearé. Simplemente me iré. Y esta vez no volveré.

Lo miré a los ojos.

—No te odio —dije, baja—. Pero no confío en ti. Y sin confianza no hay lugar para mí. Duerme en el suelo. Piensa en ello.

Ian se sentó en la alfombra, despacio, sin quejarse. Me miró, y vi en sus ojos algo más que miedo: comprensión.

—Lo haré —dijo, con voz ronca—. Pensaré en ello. Y te demostraré que puedo elegirnos a nosotros.

Asentí, sin sonreír.

—Mañana hablamos.

palabras de la autora:

quizás para mucho la reaccion de Morana es exagerada, pero le doy la razón porque él tonto de Ian cuando le lanzaron la copa de vino a propósito no la defendió, pero cuando ella iba a defenderse se interpuso, créame que al inicio van a odiar a este hombre por tonto.

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inuyasha/ Tomoe🦊
necesito un maratón yaa
Aleida Delgado Santana: Si les gusta.
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Mayka Puche Velasquez
saludos más capítulos por favor
Aleida Delgado Santana: Ya subí.
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Sandra Maritza Mesa
es un tonto va a pagar una deuda toda su vida no va a tener vida propia está amarrado a esa víbora hasta que se muera
inuyasha/ Tomoe🦊
morana se merece algo mejor
Minnie Jhonson
porque morana no lo manda a la goma el nos sirve es un tremendo estupidoooooooooo
Aleida Delgado Santana: Todo puede pasar.
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Cristina Sanchez
subeeee otrooo🙏🙏🙏🙏🙏 Ian es un calzonazos...
Magda
vamos? ya lo odio 😡
Dany 😎🇨🇱
Muy bonita
Denia
Me encanta más capítulos por favor 👏👏🥰
Cardona salazar yolanda
me gusta 🥰felicidades y gracias autora por compartir pero por favor más capitulos
Mayka Puche Velasquez
Excelente Felicitaciones
Aleida Delgado Santana: Gracias.
total 1 replies
Pris
Excelente inicio. Muy interesante
Alicia Quintana
esa es una villana bien por ella a cortar cabezas
Alicia Quintana
empezó bien distinto a todas las reencarnadas
Aleida Delgado Santana: Si, Morana es muy diferente. Es muy humana, no es la protagonista perfecta. Ella tiene tintes de villana pero también tiene su corazón. Es una mujer con errores y virtudes.
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