Aranza Jordán murió atropellada cuando huía de un matrimonio arreglado... y de un amigo que la dejó desangrándose en plena calle.
Despierta en el cuerpo de Renata Anastasia Salvatierra, la nieta consentida de dos de las familias más poderosas del país. El problema: Renata es el personaje de relleno de una novela que Aranza nunca terminó de leer, la chica ingenua que, en la historia original, acaba muerta por culpa de su prima Selena.
Pero Aranza ya no está dispuesta a ser una víctima. Con una sonrisa dulce que no le llega a los ojos, una inteligencia afilada y un talento oculto para el hackeo, Renata se pone la máscara de la inocencia y juega con las cartas que la novela le dio. Ahora conoce el guion de todos: la prima que finge ser su amiga, la rival que la humilla, el protagonista que aún no sabe lo que se le viene encima.
Cinco primos que la adoran, abuelos que daría la vida por ella, un hacker de mirada fría que parece ver a través de su máscara... y enemigos que están a punto de descubrir que subestimar a la nueva Renata fue el peor error de sus vidas.
¿Astuta tú? Ella lo es más.
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¿Quién es?
En el salón, que era un hervidero de ruido, Renata abrió el celular y se puso a buscar información sobre Selena.
Qué hacía, adónde iba, con quién se veía.
Entonces entrecerró los ojos al ver a un chico bastante guapo, a su parecer. Sonrió de medio lado.
—¿Será el que le gusta a Selena?
Su sonrisa se volvió burlona al ver varios videos en los que Selena intentaba acercársele.
Ver con qué empeño lo perseguía le dio ganas de destrozarla.
Podía lograr que ese chico se fijara en ella, claro que podía. Y Selena no iba a soportarlo, estaba segura.
—Bien... Más tarde averiguo quién es —murmuró, con un plan nuevo en la cabeza.
—Rena... —la llamó Clara, que ya estaba a su lado.
Renata guardó el celular.
—¿Qué pasa? —preguntó, intrigada al ver que Clara venía corriendo desde fuera del salón.
—Los profesores tienen reunión hoy. ¡Nos dejan salir! —explicó Clara, emocionada. Hacía muchísimo que no tenían una hora libre así.
Renata asintió. Con eso podría averiguar qué estaba haciendo Selena. Pero antes tenía que hacer algo con sus dos hermanos.
No podía llevarlos con ella; se arriesgaba a que descubrieran su verdadera personalidad. No, no. Tenía que inventar algo... pero ¿qué?
—Caro, Isabel y yo vamos al centro comercial. ¿Te vienes? —preguntó Clara, con la esperanza de que aceptara.
Renata sonrió.
—Mm. Déjame pedirle permiso a mi hermano —dijo. Ya tenía una excusa para que sus hermanos no se quedaran en su departamento esa noche.
Clara asintió y la dejó ir al salón de sus hermanos.
Renata ya se había aprendido la distribución del colegio. No sabía si era por lo lista que era o porque de verdad era facilísimo memorizar los edificios.
Cuando tuvo enfrente el salón de último año, caminó hacia allí con total tranquilidad. Aunque muchos la miraban, no le importó.
Al llegar a la puerta vio la pelea que se estaba armando dentro: otra vez Perla llorando y Evelina furiosa.
Sus dos hermanos solo observaban, sin decir nada.
Renata entrecerró los ojos al mirar a Perla. Tampoco era tan buena como parecía. Era cierto que, en esa novela, Perla era la protagonista femenina a la que siempre hacían daño para que el protagonista masculino se le acercara más.
Pero cuanto más la veía, más se parecía a Selena.
A esta también tengo que investigarla, pensó.
Y más ahora que Camilo era su familia. Tenía que ver quién le convenía y quién no se le pondría en contra más adelante.
Había que frenarlo todo antes de que fuera tarde.
Puso cara de despistada y entró al salón como quien no entiende nada de lo que ha pasado.
Andrés fue el primero en verla y se acercó enseguida.
—¿Qué pasa, Rena? —preguntó, un poco preocupado.
Renata negó con la cabeza.
—Solo venía a ver a mis hermanos. Pero ¿qué pasó aquí? ¿Por qué hay tanta gente reunida? —dijo, sin dejar de mirar el gentío.
Andrés se rascó la cabeza. ¿Qué le iba a decir? ¿Que dos chicas se peleaban por su otro hermano?
—No le hagas caso. Déjalas —dijo, y prefirió no contárselo.
—Bueno, está bien —dijo Renata. Quería seguir viendo qué hacían Evelina y Perla.
—¡TÚ NO TIENES VERGÜENZA! ¡CAMILO ES MI PROMETIDO, MALDITA SEA! —gritó Evelina, fuera de sí.
Perla, asustada, se escondió detrás de Rafa, que había levantado las manos para dejar claro que no quería meterse en el pleito.
Pero Perla igual se había escondido detrás de él.
—Evelina... Yo solo quería darle las gracias a Camilo —dijo Perla, sin sentirse culpable.
Solo le había preparado comida a Camilo como agradecimiento. ¿Qué tenía de malo?
Evelina, con la respiración agitada, le clavó la mirada.
—No tenías por qué prepararle comida a Camilo. Y a ti no te ayudó solo él, maldita sea. Bruno y Rafa también estaban ahí. ¿Por qué solo te le pegas a Camilo, que es mi prometido? —explicó, desesperada.
En el fondo, Evelina no quería hacer eso. Pero en el colegio había espías de su familia. Si dejaba que Perla se acercara a Camilo, en casa la castigarían a ella.
Ya no aguantaba más la violencia de su familia. Tenía que conservar lo poco que tenía.
Los alumnos empezaron a cuchichear sobre Perla y Evelina. Había opiniones para todos los gustos. Algunos decían que Perla se equivocaba al perseguir a Camilo, que ya tenía prometida.
Pero también culpaban a Evelina por vigilar de más todo lo que hacía Camilo. Y además trataba muy mal a Perla.
Por eso muchos seguían apoyando que Perla estuviera con Camilo.
Lo malo era que el Camilo del que hablaban todos no estaba prestando atención. Seguía concentrado en terminar su tarea, sin mirar el escándalo que se había armado en el salón.
Estaba agotado de ver a esas dos.
Ting...
Elías: Tengo tiempo esta tarde. Pueden venir a la cafetería que está cerca del parque.
Camilo suspiró, aliviado. Ojalá Elías lograra ayudarlo a averiguar qué pasaba entre Renata y Selena.
Cuando iba a llamar a Andrés, abrió los ojos de par en par: Renata estaba allí, disfrutando de la pelea entre Perla y Evelina.
—Rena... —la llamó, y todos giraron la vista hacia la puerta.
A Renata le incomodó que todos la miraran.
Camilo hizo a un lado a Bruno y se acercó a ella.
—¿Quieres algo? —preguntó.
Renata sonrió.
—No es eso. Quería pedirte permiso —dijo.
Camilo frunció el ceño.
—¿Permiso para qué? —Le daba un poco de miedo que ella quisiera irse otra vez al extranjero.
—Clara y yo queremos ir al centro comercial, Cami. Es que los profesores tienen reunión y nos dejan salir temprano —explicó, esperando que su hermano le diera permiso.
Andrés miró a Camilo para hacerle señas de que fueran con ella. Pero Camilo la dejó ir.
—Una cosa más: esta noche quédense en la mansión, ¿sí? Es que pensamos hacer una pijamada en mi departamento.
Camilo suspiró.
—Pero acuérdate de llamarme si pasa algo —dijo. No quería que le ocurriera nada.
Renata abrazó a sus dos hermanos y se fue.
—Cami, ¿por qué la dejaste ir? —se quejó Andrés. Todavía temía que alguien de la familia la descubriera.
Sobre todo Joaquín y Leandro. Capaz que se la llevaban directo a la mansión Montalvo.
—Elías aceptó vernos esta tarde. Tenemos que ir —explicó Camilo.
Andrés se dio una palmada en la frente. Había olvidado que ya habían quedado con Elías. Pero tenía curiosidad por saber qué le había dicho su hermano para que Elías aceptara ayudarlos.
Aunque ese no era el momento de preguntar. Los alumnos seguían mirándolos.
—Ustedes dos, fuera de mi salón —le dijo Camilo, con voz plana, a Perla y a Evelina. No tenía tiempo para su pelea.