¿Cuánto tiempo toma borrar a una persona que nunca fue realmente tuya?
Alba tiene cuarenta y dos canciones guardadas en una playlist titulada simplemente "Nuestra". Cuarenta y dos fragmentos de una historia que siempre vivió en el "tal vez", en las miradas a escondidas y en las promesas que se quedaron a mitad de camino.
Mateo no fue su novio. No fue un error. Fue su "casi algo": ese espacio gris donde los sentimientos son más intensos porque nunca llegan a ser oficiales. Pero ahora que el silencio entre ellos es más fuerte que la música, Alba ha tomado una decisión: cada noche borrará una canción. Y con cada canción, intentará borrar un recuerdo.
Desde el primer acorde bajo la lluvia hasta el último mensaje sin responder, Alba recorrerá el mapa de su corazón roto para entender en qué momento el "nosotros" se convirtió en un "casi".
A veces, el desamor más difícil de superar es aquel que nunca tuvo un nombre.
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Notificaciones fantasma.
Capítulo 4: Notificaciones fantasma
El silencio tras borrar aquella triste balada me permite escuchar el zumbido de la nevera en la cocina y el latido de mi propio cuello. Treinta y nueve canciones. Mi dedo acaricia el borde del móvil, dudando si seguir bajando por la lista de reproducción o apagar la pantalla y rendirme al sueño.
Pero entonces, el móvil vibra.
No es una notificación de la lista. Es un globo blanco sobre la pantalla de bloqueo. Mi respiración se detiene.
Mateo: ¿Estás despierta? He escuchado una canción y me he acordado de aquel día en el puerto.
Siento un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura de la habitación. Es el "efecto radar". Dicen que los ex —o los casi algo— tienen un sexto sentido para saber exactamente cuándo estás empezando a soltar lastre. Aparecen justo cuando el nudo de la garganta empieza a deshacerse, solo para volver a apretarlo.
No contesto. No puedo. Bloqueo el teléfono y lo dejo boca abajo sobre la cama, pero es inútil: la curiosidad es un veneno lento. Vuelvo a entrar en la lista. Necesito un antídoto.
Pista 4: Una melodía de sintetizador synthwave, nocturna e hipnótica.
El teclado ochentero empieza a llenar mis oídos. El puerto. Él tiene razón. Esta canción es el puerto de noche, el olor a salitre y la luz de los faros reflejada en el capó de su coche.
[Pasado]
Fue un mes después del desplante en el cine. Yo debería haber puesto distancia, pero Mateo tenía esa habilidad de compensar sus ausencias con noches magnéticas.
Estábamos aparcados frente al mar. El motor estaba apagado, pero la música seguía sonando. El ambiente era eléctrico, cargado de todo lo que no nos atrevíamos a decir.
—A veces siento que no eres real, Alba —dijo él, mirando al horizonte oscuro—. Que eres demasiado buena para ser verdad y que, en cualquier momento, vas a desaparecer.
Fue la manipulación más elegante que me habían hecho nunca. Me estaba diciendo que él tenía miedo de perderme, cuando en realidad era yo la que vivía aterrada por sus silencios. Al desplazar la culpa hacia su supuesta "vulnerabilidad", me desarmó.
Esa noche, bajo el ritmo hipnótico de la música de electrónica retro, me convencí de que sus dudas eran una forma de amor. Que si él era distante, era porque le asustaba lo mucho que sentía. Qué estúpida. No era miedo al compromiso; era falta de interés por el esfuerzo.
Me besó con una urgencia que me hizo olvidar el jersey azul y la espera en la plaza. Me hizo sentir que el puerto era el centro del universo.
[Presente]
Vuelvo a mirar el mensaje en la pantalla. "¿Estás despierta?".
La Alba de hace tres meses habría contestado al segundo con un "Sí, ¿qué canción era?". La Alba de hoy sabe que ese mensaje no es amor; es mantenimiento. Mateo solo está comprobando si el hilo del que tira todavía está sujeto a mi corazón.
Mis dedos vuelan sobre la pantalla. No voy a contestar. En lugar de eso, busco la canción. La banda sonora de aquella noche "mágica" que solo sirvió para mantenerme encadenada un tiempo más.
—Ya no hay nadie al otro lado de la línea, Mateo —susurro.
Click.
"¿Deseas eliminar esta canción de la lista?"
El sintetizador se apaga. El puerto se hunde. El mensaje sigue ahí, pero ahora me parece un eco lejano, un código binario sin alma.
Quedan 38 canciones. Y por primera vez, no siento ganas de llorar. Siento ganas de ganar.