Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 12
A tu madre la mataron. Y yo sé quién.
Las palabras de Beatriz venían con Renata en el carro, en el ascensor, en la ducha, y todavía le zumbaban en la cabeza esa noche cuando Ximena la arrastró casi a la fuerza a cenar a su casa.
—No acepto un no. —Ximena la había llamado tres veces—. Llevas días con cara de velorio, no has comido bien, y hoy cocino yo. Vienes, punto.
Renata fue porque no tenía fuerzas para inventar una excusa, y porque una parte de ella no quería quedarse sola con lo que Beatriz le había dicho, dándole vueltas en un cuarto vacío hasta enloquecer. Lo que no calculó, lo que debió calcular, fue que en casa de Ximena también estaría Adrián.
—Mi hermano se autoinvitó. —Ximena puso los ojos en blanco mientras servía—. Dijo que tenía hambre. Como si no tuviera cocinera, chofer y medio edificio a su servicio. Siéntense, siéntense.
La mesa era pequeña, para tres, y el destino, o Ximena, sentó a Renata frente a Adrián y demasiado cerca de todo.
—
Durante la sopa, Renata logró sostenerse. Habló de trabajo, dejó que Ximena llevara la conversación, evitó mirar a Adrián más de lo estrictamente educado. Pero la mesa era chica, y las piernas de ambos quedaban a un palmo bajo el mantel, y en algún momento entre el plato principal y el vino, la rodilla de él rozó la de ella.
Fue apenas un contacto. Renata apartó la pierna de inmediato, y clavó los ojos en su plato como si ahí hubiera algo fascinante. Pero un minuto después volvió a pasar, y esta vez Adrián no se apartó, y Renata tampoco, y los dos se quedaron así, quietos, con las rodillas rozándose bajo el mantel mientras arriba, sobre la mesa, hablaban de cosas que a ninguno le importaba.
—¿Y entonces la campaña la lanzan el mes que viene? —preguntó Ximena, sirviéndose más vino, ajena.
—El mes que viene, sí. —A Renata la voz le salió un poco alta—. Todo va en tiempo.
La pierna de Adrián presionó apenas contra la suya, una respuesta muda, y Renata sintió el calor subirle desde el punto exacto del contacto hasta la cara. Agarró su copa y bebió más de lo que pensaba beber. Por debajo del mantel, sin mirarlo, sin decir nada, deslizó la mano un centímetro sobre su propia rodilla, y los dedos de Adrián le rozaron los nudillos, tibios, y se quedaron ahí, apenas encima de los suyos, y a Renata se le fue el aire.
Estaba mal. Todo eso estaba tan mal. Con Ximena a un metro, sirviendo la comida que había hecho para las dos personas que en ese momento se buscaban las manos debajo de su mesa como dos adolescentes. Con la voz de Beatriz todavía en su cabeza. Con cuarenta y tres años y un divorcio a medio firmar. Y aun así Renata no movió la mano, y odió lo bien que se sentía no moverla.
—Oigan. —Ximena dejó el cucharón—. ¿Ustedes dos están bien?
Renata retiró la mano tan rápido que casi tira la copa.
—Sí. ¿Por?
Ximena los miró, primero a uno, después al otro, con los ojos un poco entrecerrados. No era una mujer tonta, y algo en el aire de esa mesa le había llegado, una corriente que no supo nombrar pero que la hizo dejar de servir y mirar con más atención.
—No sé. —Ximena entrecerró más los ojos—. Están muy callados. Muy raros. Tú, hermanito, no has soltado una sola de tus bromas malas, y eso en ti es preocupante.
—Estoy cansado. —Adrián se encogió de hombros con una tranquilidad que Renata no supo de dónde sacaba—. Semana larga.
—Ajá. —Ximena no le creyó del todo, se le notó, pero volvió al cucharón—. Bueno. Coman, que hice postre.
Renata sintió el corazón latiéndole en la garganta. Un segundo más, una mirada más de Ximena, y todo se habría venido abajo. Y no era el miedo a que las descubrieran lo que la tenía temblando, era darse cuenta de lo poco que le había importado que las descubrieran mientras la mano de Adrián estaba sobre la suya. Lo fácil que había sido olvidarse de todo.
Eso la asustó más que ninguna llamada anónima.
—
Después del postre, Renata se levantó a ayudar a recoger, más por escapar de la mesa que por otra cosa. En la cocina, sola por un momento, apoyó las dos manos en el borde del fregadero y respiró.
—Deja, yo lo hago.
Adrián había entrado detrás de ella con los platos. Estaban solos; Ximena se había ido a buscar el vino que faltaba. Él dejó los platos en el fregadero y se quedó ahí, a su lado, tan cerca que Renata podía sentir el calor que salía de él.
—Adrián, lo de la mesa. —Habló bajo, sin mirarlo—. No puede volver a pasar. Ximena casi se da cuenta.
—Ya sé. —Él también habló bajo—. Pero no fui yo el único que dejó la mano ahí, Renata.
Ella cerró los ojos. Tenía razón. Esa era la parte insoportable, que él siempre tenía razón, que ella podía llenarse la boca de excusas sobre la edad y sobre Ximena, pero cada vez que estaban a un palmo era ella la que no apartaba la mano.
—Me voy a quedar a dormir aquí —dijo Renata, cambiando de tema, agarrándose de lo primero que encontró—. Es tarde y bebí. Ximena ya me ofreció el cuarto de huéspedes.
—Renata.
—Buenas noches, Adrián.
Y salió de la cocina antes de que él pudiera decir nada más, antes de que esos ojos volvieran a desarmarla, huyendo como huía siempre, no del peligro de afuera sino del que llevaba adentro.
—
El cuarto de huéspedes era el mismo de aquella primera noche, la de la borrachera y la toalla. Renata se metió bajo las cobijas todavía vestida, con la cabeza demasiado llena para dormir: Beatriz, su madre, la mano de Adrián, la cara de sospecha de Ximena, todo revuelto.
Estaba a punto de apagar la lámpara cuando el teléfono vibró en la mesita.
Número desconocido.
Renata dudó. A esa hora, un número que no conocía, después del día que había tenido. Casi lo dejó sonar. Pero la voz de Beatriz seguía ahí —a tu madre la mataron— y algo, un presentimiento frío, la hizo contestar.
—¿Aló?
Silencio. Un silencio con respiración del otro lado, denso, deliberado.
—¿Quién es? —Renata se sentó en la cama.
Cuando la voz habló, estaba distorsionada, apagada, como filtrada a través de un trapo, imposible saber si era de hombre o de mujer.
—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir. —La voz arrastró cada palabra—. Deja en paz a Rodrigo. Retira el divorcio, deja de meter las narices donde no te llaman, y vuelve a ser la mujercita callada que siempre fuiste.
A Renata se le secó la boca.
—¿Quién habla? ¿Cómo consiguió este número?
—Y sobre todo. —La voz bajó aún más, hasta un susurro que le erizó toda la piel—. Deja de andar preguntando por tu mamá. Porque lo que le pasó a ella te puede pasar a ti. Y esta vez nadie va a llamarlo accidente.
La línea se cortó.
quedé sorprendida por toda la redacción
Mi imaginación, recreo toda la escena 👏👏👏
Felicidades autora ☺️🎆