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Sangre De Dos Imperios : Bisturí Y Plomo

Sangre De Dos Imperios : Bisturí Y Plomo

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Mafia / Completas
Popularitas:7.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.

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Capítulo 10: La sombra de Milán en el Golfo

Tres años y medio de guerra despiadada habían transformado a Dante Moretti en una leyenda negra dentro del crimen organizado europeo.

No había dejado cabos sueltos. Tras la traición de aquella noche lluviosa en Milán, emergió de su búnker de Monza convertido en una máquina implacable de exterminio. Uno a uno, los lugartenientes que habían brindado con Valerio terminaron en el fondo de las canteras de mármol de Carrara o flotando en las aguas del puerto de Génova. La Cosa Nostra en el norte de Italia ya no tenía fisuras; Dante gobernaba con una frialdad matemática que infundía más pavor que la violencia descontrolada de sus antepasados.

Sin embargo, detrás del blindaje de titanio de sus trajes a medida y de su imperio restablecido, un vacío corrosivo lo carcomía por dentro.

Jamás había dejado de buscar a la mujer de ojos verdes. Cuando recuperó el control de Milán, envió a sus sabuesos cibernéticos a revisar cada legajo, cada turno de guardia y cada fotografía de los setecientos médicos y residentes del Policlínico. Pero el rastro estaba muerto. El profesor Martinelli, cumpliendo su promesa, había sellado el traslado de Aleksandra bajo convenios diplomáticos y confidencialidad emiratí; en los registros italianos, la doctora simplemente figuraba como «renuncia voluntaria por motivos personales», sin domicilio posterior ni registros bancarios activos dentro de la Unión Europea. La mujer que había reconstruido su carne y encendido una hoguera en su mente parecía haber sido un espejismo forjado por la fiebre y la morfina.

Hasta esa noche.

A las once y media, en el helipuerto privado del Dubai Neuroscience Institute, el viento del Golfo cortaba con violencia las aspas detenidas de un helicóptero de rescate médico. Las puertas dobles del acceso de emergencia se abrieron de golpe, tragándose la camilla donde el equipo de reanimación bombeaba aire manualmente hacia el tubo traqueal del herido.

Detrás de los camilleros caminaba Dante.

Llevaba un traje gris carbón cortado a mano, camisa negra desabrochada en el cuello y la mandíbula tensa como el cerrojo de un rifle. A su alrededor, cuatro hombres con aspecto de mastines de seguridad privada mantenían un perímetro discreto pero letal, con las manos apoyadas bajo las solapas de sus chaquetas.

El atentado en la autopista Sheikh Zayed había sido quirúrgico: dos todoterrenos sin matrícula habían embestido en pinza al vehículo blindado donde viajaba Giancarlo Moretti, su tío segundo y el estratega financiero encargado de firmar las concesiones portuarias en Jebel Ali. Giancarlo era el único miembro de la vieja guardia que se había mantenido leal durante el intento de golpe de Valerio, y en ese momento su cerebro se ahogaba bajo una hemorragia masiva.

—¿Dónde carajo está el jefe de servicio? —la voz de Dante retumbó en el pasillo de urgencias, baja pero cargada de una vibración que hizo retroceder dos pasos al supervisor de planta emiratí.

—Está en camino al quirófano híbrido tres, señor Moretti —respondió el doctor Al-Mansoor, apresurándose a su lado con una reverencia nerviosa mientras revisaba las imágenes de la tomografía en una tableta digital—. El paciente presenta una fractura temporal conminuta con compromiso de la arteria meníngea media. El hematoma epidural supera los setenta centímetros cúbicos y ya desplaza la línea media cerebral casi doce milímetros. Si no entra un bisturí en los próximos cinco minutos, enclavará el tronco encefálico y no habrá nada que hacer.

—No me dé lecciones de anatomía —cortó Dante, clavándole sus ojos grises, afilados como el plomo fundido—. Salven a ese hombre. Si sale vivo de esta mesa, el fondo médico que financia este complejo recibirá diez millones de euros antes del amanecer. Si muere por incompetencia... me encargaré personalmente de que no vuelva a abrir una sala de operaciones en este hemisferio.

Al-Mansoor tragó saliva con dificultad.

—La doctora Rossi está a cargo. Es la mejor cirujana vascular de Medio Oriente. Si alguien en este planeta puede vaciar ese hematoma a tiempo, es ella.

Dante se detuvo en seco en medio del pasillo. La palabra golpeó sus tímpanos como un eco extraño.

Rossi.

Un apellido demasiado común en Italia. Miles de familias llevaban ese nombre. Sin embargo, una corriente helada y repentina le erizó los vellos de la nuca.

—¿Rossi? —repitió Dante despacio, con un brillo peligroso encendiéndose en el fondo de sus pupilas—. ¿De dónde es esa doctora?

—Milanesa. Hizo su formación en el Policlínico Central de Milán antes de ganar la beca internacional hace unos años —explicó el director médico, desconcertado por la repentina inmovilidad del Don—. Debe entrar a cambiarse de ropa ahora mismo. La cirugía ya comenzó; puede observar desde el anfiteatro superior si lo desea.

Dante no respondió. Caminó con zancadas largas hacia las escaleras que conducían a la galería de observación del quirófano tres.

El anfiteatro estaba sumido en una penumbra fría, separada de la sala de operaciones por una gruesa lámina de cristal blindado que daba una vista panorámica directa de la mesa quirúrgica. Abajo, el equipo médico se movía con la sincronía mecánica de un engranaje perfecto. Los monitores emitían bips rítmicos y agudos.

En el centro, de pie junto a la cabeza rapada y desinfectada del paciente, estaba la cirujana.

Llevaba el ambo estéril verde oscuro, guantes quirúrgicos que se ajustaban a sus dedos finos como una segunda piel y una cofia que cubría todo su cabello. Solo sus ojos quedaban al descubierto sobre el barbijo quirúrgico.

Unos ojos verde esmeralda profundo, límpidos, inmutables, enfocados en la incisión en forma de herradura que acababa de trazar sobre el cuero cabelludo con un bisturí diez.

Dante apoyó ambas palmas contra el cristal.

El aire se le atascó en los pulmones. El pulso, que ni siquiera las ráfagas de ametralladora habían logrado acelerar en tres años de guerra, le golpeó las sienes con violencia salvaje.

Reconocería esa postura en el infierno. La forma en que sus hombros caían ligeramente hacia adelante, la calma glacial con la que sostenía el instrumento, la economía absoluta de movimientos que no desperdiciaba un solo milímetro de energía. Eran las mismas manos que habían extraído una bala de nueve milímetros de sus propias entrañas sobre la madera de una cocina en Milán; las mismas manos suaves y firmes que lo habían acariciado en medio de la fiebre mientras él suplicaba por su vida.

—Por todos los demonios... —susurró Dante, y una sonrisa oscura, incrédula y voraz se dibujó en las comisuras de sus labios—. Eras tú. Te escondiste en el maldito desierto.

Abajo, ajena a la mirada que la devoraba a través del vidrio, Aleksandra tomó el craneótomo neumático.

El zumbido del motor cortó el silencio de la sala. Con tres perforaciones milimétricas y un corte continuo, levantó la plaqueta ósea temporal, dejando al descubierto el coágulo negro y gelatinoso que comprimía el lóbulo cerebral.

—Aspiración continua y bipolar lista —ordenó Aleksandra con voz cristalina a través del intercomunicador estéril—. Tenemos una rotura en la rama anterior de la meníngea media. Clampeo temporal. Voy a colocar una sutura de suspensión dural.

Sus dedos bailaron sobre el tejido dañado con una velocidad sobrehumana. En menos de cuarenta minutos, el hematoma había sido evacuado por completo, el vaso sangrante coagulado sin comprometer la corteza y la presión intracraneal descendió en el monitor a niveles seguros. El cerebro, antes aplastado y cianótico, comenzó a latir con un pulso rítmico y rosado, recuperando su espacio vital.

—Cierre óseo y fijación con placas de titanio —dijo ella, soltando el portaagujas en la bandeja metálica con un chasquido limpio—. Excelente trabajo de todo el equipo. Cierren piel con grapas estériles.

Aleksandra dio un paso atrás, quitándose los guantes ensangrentados con un movimiento rápido y automático. Salió por las puertas automáticas del área quirúrgica hacia el vestuario de descontaminación.

Se desató el barbijo, dejándolo caer al contenedor de residuos biológicos, y exhaló una larga bocanada de aire mientras el vapor del agua tibia le empapaba el rostro en la bacha de lavado. Su rostro cansado se reflejaba en el espejo: piel blanca, pómulos marcados y ojeras tenues tras la tensión de la cirugía.

Secó sus manos con una toalla descartable y empujó la puerta batiente para salir al pasillo privado que conectaba los quirófanos con el estacionamiento subterráneo de los médicos de planta. Eran casi las dos y media de la madrugada; solo quería subir a su auto, regresar a su departamento y besar la frente tibia de Dimitri mientras dormía.

Caminó por el corredor desierto, iluminado por una luz blanca fluorescente.

A mitad del pasillo, una sombra alta y ancha se despegó de la pared.

Aleksandra se detuvo al instante. Cada músculo de su cuerpo se puso en guardia, sus dedos se arquearon listos para golpear y su centro de gravedad descendió en una fracción de segundo.

—Tu técnica quirúrgica ha mejorado, dottoressa —dijo una voz grave, profunda y áspera, arrastrando una cadencia italiana que hizo temblar los cimientos de la realidad—. Aunque debo admitir que en mi cocina trabajabas con mucho más dramatismo.

Aleksandra levantó la vista.

Frente a ella, a menos de cuatro metros de distancia, Dante Moretti la miraba con sus ojos de tormenta, recortado contra la luz del pasillo como un depredador que finalmente había alcanzado a su presa.

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Marta Luisa Nebreda Escalante
no sólo que lo abrió sino que ella se abrió de piernas a él 🤣
Marta Luisa Nebreda Escalante
ella es más mafiosa que él, porque viene de la mafia rusa 🤔🤦
Marta Luisa Nebreda Escalante
no quiere llevarlo hacia la mafia de su padre y qué lindo ejemplo le está dando al hijo con un arma en la mano.....va va vs🤔
Ana Cortes
felicidades me encantó tu novela fue fluida y no monótona lo único que al final las edades de los hermanos no coincidían ya que de principio se llevaban por tres años al final fueron por seis años todo lo demás lo disfrute al máximo éxito y bendiciones♥️♥️♥️
Marta Luisa Nebreda Escalante
jajaja jajaja 🤣, idiota e inconsciente dijo porque se fué y no pensó lo mismo cuando se encamo 😂😂😂😂😂😂
Ana Cortes
dios los libre
Mayra C Velez V
cuándo le dirá papá ☺️
Mayra C Velez V
madre mía 🤭
Ana Cortes
como dra puede irse sin pensar en sus pacientes de Dubai irse sin dar ninguna explicacion
Mayra C Velez V
mas de cuatro años... tres años y medio de Dimitri más el embarazo
Mayra C Velez V
/Toasted//Shy//Gosh/
Maria Gudiño
y el trabajo en Dubai 🤔🤔🤔?????
Mayra C Velez V
"en tú cama"
Mayra C Velez V
"en tu cocina" creo
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