Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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LAS HERIDAS QUE NO SE VEN
Hades llevaba toda la mañana intentando encontrar las palabras adecuadas.
Había enfrentado a criaturas que harían temblar a los guerreros más valientes. Había escuchado las últimas súplicas de incontables almas y había tomado decisiones que ningún mortal debería tener que tomar.
Sin embargo, nada de eso lo había preparado para sentarse frente a Alison y hablarle de sí mismo.
No de su reino.
No de sus obligaciones.
De él.
Del hombre que existía detrás de aquel nombre que ella encontraba tan extraño.
—Mi señor.
Hades levantó la mirada. Uno de sus servidores esperaba a unos pasos, con la cabeza inclinada.
—¿Qué ocurre?
—Los asuntos del tribunal están preparados. Solo falta su presencia.
—Que esperen.
El servidor vaciló.
—¿Debo informarles de que ha surgido algún inconveniente?
—Diles que su gobernante tiene otras cosas en las que pensar.
El hombre inclinó la cabeza y se retiró sin hacer más preguntas.
Hades volvió a mirar hacia la salida del palacio.
Otras cosas en las que pensar.
Era una forma bastante ridícula de describir a Alison Benet, una mortal que probablemente estaría desayunando o buscando su libro favorito, sin imaginar que el soberano de los muertos estaba retrasando sus obligaciones porque temía no saber qué decirle.
Hades soltó un suspiro.
—Esto tiene que terminar.
Pero cuando se puso de pie, no se dirigió al tribunal.
Se marchó al mundo de los mortales.
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Alison lo esperaba junto a la fuente.
Había llegado temprano y llevaba varios minutos observando a las personas que cruzaban la plaza. No quería admitirlo, pero desde la conversación del día anterior había estado pensando en él más de lo habitual.
Le preocupaba aquella mujer.
Le preocupaban los silencios de Hades.
Y le preocupaba todavía más que, a pesar de todo, siguiera deseando verlo.
Cuando finalmente lo distinguió entre la gente, se levantó del banco.
—Pensé que no vendrías.
Hades se detuvo frente a ella.
—Te dije que vendría.
—Sí, pero últimamente tus promesas parecen venir acompañadas de muchas complicaciones.
—No puedo discutir eso.
Alison lo examinó.
—¿Estás bien?
La pregunta lo tomó desprevenido.
Había esperado que ella le reclamara respuestas, que insistiera en conocer la identidad de la desconocida o que le exigiera explicaciones por sus secretos.
En cambio, lo primero que había hecho era preguntarle si estaba bien.
—No estoy acostumbrado a que alguien me pregunte eso —admitió.
La expresión de Alison se suavizó.
—Pues deberías acostumbrarte. No es tan difícil preocuparse por alguien.
Hades bajó la mirada hacia sus manos.
—¿Podemos caminar? Hay algo que quiero contarte.
Alison no hizo ninguna broma.
Simplemente asintió.
—Claro.
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Caminaron hasta un jardín apartado, lejos del ruido de la plaza. Allí había un pequeño muro de piedra bajo un árbol cuyas ramas ofrecían sombra durante las horas más calurosas.
Alison se sentó y esperó a que Hades hiciera lo mismo.
Él permaneció de pie unos segundos, contemplando el sendero.
No sabía por dónde comenzar.
Había vivido demasiado tiempo para contar su historia de una manera sencilla. Su pasado no podía resumirse en una infancia difícil, una familia complicada o una traición que hubiera dejado una herida.
Pero podía hablarle de algo que nunca había confesado en voz alta.
—¿Alguna vez has sentido que las personas esperan que seas alguien que no eres? —preguntó.
Alison ladeó la cabeza.
—¿Te refieres a cuando tu familia quiere que estudies una cosa, pero tú quieres hacer otra?
—Algo parecido.
—Entonces sí. Bastante.
Él se sentó a su lado.
—Imagina que no puedes marcharte. Que, aunque todo lo que te rodea te haga sentir atrapado, tienes que quedarte porque hay personas que dependen de ti.
Alison lo observó con atención.
—Eso suena agotador.
—Lo es.
—¿Y no puedes decirles que necesitas descansar?
Hades soltó una risa sin humor.
—Ojalá fuera tan sencillo.
Ella guardó silencio, dándole espacio para continuar.
—Desde hace mucho tiempo, mi vida está determinada por las decisiones de otras personas. Hay cosas que se esperan de mí, responsabilidades que no puedo abandonar y obligaciones que nunca elegí de verdad.
Alison apoyó los brazos sobre las rodillas.
—¿Tu familia?
—En parte.
—¿Y tú qué quieres?
La pregunta lo dejó inmóvil.
Era tan sencilla que casi resultaba cruel.
¿Qué quería?
Había pasado siglos cumpliendo con lo que se esperaba de él. Había aceptado un reino, una posición y una vida que parecían pertenecerle por derecho, aunque nunca hubiera tenido la libertad de decidir si las deseaba.
Antes de conocer a Alison, no se había detenido a pensar en ello.
Ahora, la respuesta comenzaba a formarse con una claridad inquietante.
—Quiero saber cómo sería mi vida si pudiera escogerla —dijo finalmente.
Alison no sonrió ni intentó animarlo con una frase bonita.
—¿Y qué escogerías?
Hades volvió el rostro hacia ella.
Durante un instante, estuvo a punto de responder que la escogería a ella.
Pero todavía no podía pronunciar aquellas palabras.
No sabía cuánto de lo que sentía era amor, cuánto era el deseo de escapar de una eternidad solitaria y cuánto era el miedo de perder algo que apenas empezaba a comprender.
No quería convertir a Alison en una respuesta antes de conocer la pregunta.
—Todavía no lo sé —contestó.
Ella asintió lentamente.
—Está bien.
Hades pareció sorprendido.
—¿No vas a decirme que debería seguir mis sueños o que la vida es demasiado corta para desperdiciarla?
—Podría hacerlo, pero probablemente ya lo has escuchado antes.
—No de esa manera.
—Pues entonces escucha algo diferente.
Alison se volvió hacia él.
—No tienes que resolver toda tu vida hoy. Puedes empezar por reconocer lo que no te hace feliz. Después decides qué puedes cambiar y qué necesitas aceptar. Pero no confundas estar obligado a hacer algo con querer hacerlo.
Hades la miró en silencio.
Era una respuesta sencilla. No contenía promesas extraordinarias ni soluciones mágicas.
Y, aun así, había algo profundamente liberador en escucharla.
—Hablas como si fuera fácil —murmuró.
—No he dicho que sea fácil. He dicho que puedes empezar.
Alison sonrió un poco.
—Además, si yo puedo pasarme años intentando descubrir qué quiero hacer con mi vida, tú también puedes tomarte un tiempo.
Hades dejó escapar una risa.
—Eres extraordinariamente paciente cuando quieres.
—No te acostumbres.
Por un instante, el silencio entre ambos dejó de ser incómodo.
Hades no le había contado toda la verdad, pero había compartido algo real. Y Alison parecía comprender que aquello, para él, no era poca cosa.
—Gracias por contármelo —dijo ella.
Él bajó la mirada.
—No sé por qué lo he hecho.
—Quizá porque querías hacerlo.
Hades la contempló.
Tal vez era eso.
Tal vez, por primera vez, había encontrado a alguien con quien podía hablar sin sentir que cada palabra sería utilizada para juzgarlo o exigirle algo.
Alguien que no le pedía ser poderoso.
Alguien que solo quería conocerlo.
Y esa posibilidad le produjo una emoción que no supo nombrar.
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—Ahora me toca a mí —dijo Alison después de un rato.
Hades arqueó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Contarte algo que no suelo contarle a nadie.
Él se volvió hacia ella, dispuesto a escuchar.
Alison contempló las hojas que se movían sobre sus cabezas.
—A veces tengo miedo de quedarme en el mismo lugar para siempre.
Hades no la interrumpió.
—No porque odie mi vida. Tengo personas a las que quiero y cosas que agradezco. Pero me aterra despertar un día y descubrir que he pasado tanto tiempo intentando no decepcionar a los demás que nunca hice nada por mí.
Se mordió el labio antes de continuar.
—Y me da vergüenza admitirlo, porque hay personas que tienen problemas mucho peores que los míos. Pero no quiero vivir sintiendo que necesito permiso para ser feliz.
Hades sintió una punzada en el pecho.
Conocía aquella sensación, aunque sus circunstancias fueran distintas. Él también había pasado demasiado tiempo obedeciendo expectativas que nadie se había molestado en preguntarle si deseaba cumplir.
—No tienes que avergonzarte por querer algo para ti —dijo.
Alison sonrió débilmente.
—Mira quién está dando consejos ahora.
—Estoy aprendiendo de una persona muy insistente.
—Una persona extraordinaria, sin duda.
—No quería exagerar.
Ella le dio un pequeño empujón con el hombro.
Hades se rio.
Alison lo observó durante unos segundos y después bajó la mirada hacia sus manos.
—Me gusta cuando te ríes.
La sonrisa de Hades se desvaneció lentamente, sustituida por una expresión más vulnerable.
—¿Por qué?
—Porque pareces menos triste.
Él no supo qué responder.
Alison no intentó llenar el silencio. Simplemente dejó su mano junto a la de él, lo suficientemente cerca para que sus dedos se rozaran.
Hades miró aquel pequeño espacio entre ambos.
Podía tomarla de la mano.
Podía hacerlo y descubrir si ella se apartaba.
Pero, por alguna razón, la posibilidad de que Alison rechazara aquel gesto le pareció más aterradora que cualquier amenaza que hubiera enfrentado.
Fue ella quien acortó la distancia.
Sus dedos se entrelazaron con los de él.
Hades se quedó inmóvil.
No hubo visiones de sangre, ni gritos lejanos, ni aquella extraña sensación de pérdida que lo había perseguido durante los últimos días.
Solo sintió el calor de una mano mortal entre las suyas.
Alison levantó la vista.
—¿Ves? No era tan difícil.
Hades bajó la mirada hacia sus dedos unidos.
—No —respondió en voz baja—. No lo era.
Pero ambos sabían que no se referían únicamente a tomarse de la mano.
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En el Olimpo, Perséfone contemplaba un pequeño objeto que había conseguido llevarse del mundo mortal.
Era una cinta que Alison había dejado caer sin darse cuenta cuando se marchó de la plaza el día anterior. No tenía ningún poder aparente. Era una simple cinta de tela, sin inscripciones ni adornos divinos.
Perséfone la había recogido por curiosidad.
Ahora, mientras la sostenía entre los dedos, intentaba comprender por qué la existencia de aquella joven le provocaba una inquietud tan profunda.
—No tiene nada de especial —murmuró.
La cinta no respondió.
Por supuesto que no.
Era un objeto común, perteneciente a una mortal común.
Y, sin embargo, Hades había cambiado sus costumbres por ella.
Perséfone cerró la mano.
—Tiene que haber una razón.
Dejó la cinta sobre una mesa y se dirigió hacia un antiguo salón donde se guardaban registros de las familias y los linajes que habían llamado la atención de los dioses a lo largo de los siglos.
No esperaba encontrar a Alison entre aquellas páginas.
Pero necesitaba asegurarse.
Las puertas se abrieron ante ella.
El salón estaba lleno de estanterías, tablillas y rollos antiguos. Perséfone recorrió los registros dedicados a los mortales, buscando cualquier referencia al nombre Benet.
Nada.
Ninguna profecía.
Ningún linaje divino.
Ninguna señal de que Alison estuviera destinada a ocupar un lugar en los asuntos del Olimpo.
La diosa apretó los labios.
Quizá la muchacha no era especial.
Quizá Hades solo estaba atravesando una de esas etapas en las que los inmortales se interesaban demasiado por la brevedad de las vidas humanas.
Pero entonces recordó la forma en que él había sonreído junto a Alison.
Y comprendió que no podía convencerse de aquello.
No era la primera vez que Hades conocía a una mortal.
Era la primera vez que parecía querer permanecer a su lado.
Perséfone cerró el último registro.
—Si no hay nada en tu pasado que explique esto —susurró—, tendré que descubrir qué hay en tu presente.
Se volvió hacia las puertas.
No había encontrado una respuesta.
Pero su decisión estaba tomada.
La próxima vez que se acercara a Alison, no lo haría para hacer preguntas.
Lo haría para observarla de cerca.
Y esta vez no permitiría que una conversación incómoda la obligara a marcharse.
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Cuando llegó la hora de despedirse, Alison y Hades regresaron al camino que conducía hacia la plaza.
Habían hablado durante tanto tiempo que ella apenas se había dado cuenta de cómo avanzaba la tarde.
—Hoy has sido diferente —dijo Alison.
Hades la miró.
—¿Eso es bueno o malo?
—Todavía estoy decidiéndolo.
—Me parece justo.
Ella se detuvo frente a él.
—Gracias por confiar en mí.
Hades sintió una punzada de culpa.
Había compartido una parte de su dolor, pero seguía ocultándole la verdad más importante de su existencia.
Alison no sabía que él era un dios.
No sabía que el reino que gobernaba se encontraba bajo sus pies, separado del mundo de los vivos por una frontera que ningún mortal debía cruzar.
Y no sabía que la mujer que había intentado interrogarla era su esposa.
Hades deseaba creer que algún día podría explicárselo todo.
Pero cada día que pasaba a su lado hacía más difícil imaginar su reacción.
—Quiero contarte más cosas —dijo—. Solo necesito tiempo.
Alison lo observó.
—Puedo darte tiempo, Hades. Pero no me pidas que confíe en ti para siempre si nunca me das motivos para hacerlo.
Él asintió lentamente.
—Lo entiendo.
Ella sonrió y se puso de puntillas para depositar un beso suave en su mejilla.
Fue un gesto breve, espontáneo y completamente inesperado.
Hades dejó de respirar por un instante.
Alison se apartó, con las mejillas ligeramente sonrojadas.
—Considera eso una recompensa por haberte portado bien hoy.
Él la miró, todavía sorprendido.
—¿Y qué tendría que hacer para recibir otra?
Alison soltó una carcajada.
—¡No te emociones! No he dicho que vaya a haber otra.
—Entonces tendré que esforzarme.
—Tendrás que hacerlo.
Se despidieron poco después.
Hades permaneció inmóvil mientras Alison se alejaba, con una mano apoyada en el lugar donde ella lo había besado.
No recordaba haber deseado conservar un instante de su vida con tanta intensidad.
Y eso era precisamente lo que empezaba a asustarlo.
Porque los mortales no podían detener el tiempo.
Y él, que había vivido durante una eternidad, acababa de descubrir que quería hacerlo.
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Aquella noche, Hades regresó a su palacio con una sensación desconocida.
No era felicidad completa. Había demasiadas cosas sin resolver para eso.
Tampoco era paz.
Era algo más frágil: la esperanza de que, por una vez, pudiera construir algo que no estuviera determinado por las decisiones de los demás.
Se sentó junto a una ventana y contempló el río oscuro que atravesaba su reino.
En algún lugar del mundo mortal, Alison estaría preparándose para dormir.
Quizá recordaría la conversación del jardín.
Quizá sonreiría al pensar en el beso que le había dado.
Hades cerró los ojos.
Por primera vez, no intentó apartar aquella imagen de su mente.
No sabía cómo terminaría su historia con Alison Benet.
No sabía qué harían los dioses cuando descubrieran cuánto significaba ella para él.
Pero aquella tarde había aprendido algo que no podía ignorar.
El amor no siempre comenzaba con una promesa.
A veces comenzaba cuando dos personas dejaban de esconder sus heridas durante unos minutos.
Y, sin darse cuenta, él había empezado a entregarle a Alison las partes de sí mismo que llevaba siglos protegiendo.
Lo que todavía no sabía era que, en el Olimpo, Perséfone acababa de decidir que descubriría la razón de aquel cambio.
Y que no estaba dispuesta a aceptar ninguna respuesta que la obligara a perder a Hades.